Auschwitz
Testimonios
germánica y la exterminación de los viles pueblos la tinos y orien tales? Ya en el siglo xv circulaban en Alemania curiosos escritos y profecías sobre el tema; el profesor N. Cohn, en sus «Fanatiques de l’Apocalypse», ha tratado de hallar recientemente el significado de estos testimonios por lo que atañe al advenimiento de la era hitleriana. Pero estas cuestiones siguen siendo muy oscuras.
Asimismo, nos es imposible profundizar en los mecanismos psicológicos subyacentes, la acción eufórica de un maniqueismo esquemático, las beatitudes de la irresponsabilidad infantil que caracterizaban la vida de los alemanes de la época de Hitleí, en los años anteriores a la guerra; época que, como sabemos de fuente cierta, despierta aún felices recuerdos en la mayoría…
TESTIMONIOS
UN SUPERVIVIENTE DEL
SONDERKOMMANDO
Me llamo Dow Paisikovic, nacido el 1 de abril de 1924 en Rakowec (C.R.S.: Checoslovaquia), domiciliado actualmente en Hederá, Israel. En mayo de 1944 fui llevado de Munkacs (ghetto) al campo de concentración de Auschwitz y recibí el número de detenido A3076, el cual me fue tatuado en el antebrazo izquierdo.
Nuestro convoy fue sometido a una selección. Un 60 % de nosotros, aproximadamente, fue seleccionado para las cámaras de gas, los otros fuimos llevados al campo. Mi madre y mis cinco hermanos fueron enviados inmediatamente a las cámaras de gas. En el momento de la selección, ignorábamos para qué se hacía esta distribución. Mi padre y yo fuimos llevados al Campo C de Birkenau, entre los «aptos para el trabajo»; allí debíamos, sin razón aparente, acarrear piedras.
El tercer día llegó, de paisano, a nuestra compañía, el SS-HauptscharführerMoll, acompañado de otros SS. Tuvimos que presentamos todos a la llamada y Molí escogió a los más fuertes de entre nosotros, doscientos cincuenta en total. Se nos llevó a la carretera que atravesaba el campo; teníamos que coger palas y otras herramientas. Fuimos llevados a la
proximidad de los crematorios III y IV, en donde fuimos recibidos por SS
armados. Hubo que ponerse en fila y cien de entre nosotros fueron destacados y llevados al crematorio III. Los demás tuvimos que proseguir la marcha en dirección del bunker V (una casa de campo en donde se procedía, igualmente, al gaseamiento de los detenidos); allí, el SS-Hauptscharführer Moll , que había llegado en motocicleta, nos recibió de uniforme blanco; nos acogió con estas palabras; «Aquí tendréis comida, pero habrá que trabajar». Fuimos llevados al otro lado del Bunker V; la fachada no tenía nada de particular, pero la parte posterior nos permitió adivinar para qué servía.
Había allí, amontonados, gran número de cadáveres desnudos; estaban completamente hinchados; se nos mandó que los llevásemos hasta una fosa de 6 metros de ancho y 30 de largo, en la que ya había cadáveres que estaban siendo quemados. Hicimos grandes esfuerzos para llevar los cadáveres al lugar indicado, pero los SS nos encontraban demasiado lentos.
Nos pegaron de modo horrible, y un SS nos ordenó: «Un solo hombre por cada cadáver». No sabiendo cómo ejecutar esta orden, fuimos golpeados de nuevo y un SS nos enseñó, entonces, que teníamos que coger el cadáver del cuello con la parte curva del bastón, y llevarlo así al otro lado. Teníamos que trabajar hasta 18 horas. A mediodía teníamos una media hora de descanso. Se nos dio de comer, pero ninguno de nosotros tenía hambre.
Luego tuvimos que volver a trabajar. Nos llevaron al bloque 13 de la Sección D del campo de Birkenau, un bloque aislado. Esa noche nos tatuaron (sobre el brazo) nuestros números.
Al día siguiente, hubo que ir nuevamente en columna al crematorio III.
Un grupo de 150 fue llevado al bunker V. Nuestro trabajo era el mismo. Y
prosiguió durante ocho días. Algunos de nosotros se arrojaron ellos mismos al fuego, porque no podían resistir más. Si tuviese que evaluar su número, lo situaría alrededor de ocho o nueve, entre ellos, un rabino.
Cada día llegaba un centinela SS con cinco o seis detenidos SS, que tenían que realizar el mismo trabajo en los crematorios y II, con el fin de tomar en la Sección D del campo los alimentos del Sonderkommando. En la noche del octavo día, el Kapo del Sonderkommando del bloque 13 me designó para acompañar al grupo de detenidos al crematorio II con la comida; en efecto, un detenido de este grupo de trabajo no estaba allí y el número de los que salían tenía que ser el mismo que el de los que entraban.
Así llegué, por casualidad, al Sonderkommando del crematorio I. Estaba allí un kommando de 100 detenidos y en el crematorio II había uno de 83. El Kapo en jefe de ambos kommandos (crematorios y II) era un polaco llamado Mietek. En el I, dos rusos no judíos formaban parte del Sonderkommando; eran 10 en el Sonderkommando del II. Los demás eran todos judíos, procedentes de Polonia, de Checoslovaquia y de Hungría sobre todo; había también un judío holandés. Los Sonderkommando dormían en el mismo crematorio, en el piso superior, sobre los hornos.
Nuestro kommando, igual que el kommando II, fue dividido, en partes iguales, en un equipo de día y uno de noche. Por la mañana nos presentábamos a la llamada, en el patio; se nos llevaba al lugar del trabajo, mientras que el equipo de noche era llevado al patio, contado y dejado en libertad para descansar.
Mi primer trabajo en este kommando fue el siguiente: el Kapo Kaminski, judío polaco, había mandado cavar una fosa de 2 metros de longitud, de 1 metro de anchura y 1 metro de profundidad, en el patio del
crematorio I. En este hoyo se echaron los huesos que salían de los hornos.
Terminado el trabajo, fui llevado al transporte de cadáveres. El gaseamiento duraba, en principio, unos tres o cuatro minutos. Después, durante un cuarto de hora, poco más o menos, el sistema de ventilación se ponía en marcha.
Luego, el capataz abría la puerta de la cámara de gas -siempre bajo la vigilancia de un SS- y había que arrastrar los cadáveres hasta el montacargas eléctrico. Se podían transportar hasta quince cadáveres de una vez en este montacargas. Debíamos llevarlos nosotros mismos; seis hombres se encargaban de este trabajo. Sucedía muchas veces que algunos de los que yacían en el suelo, junto a la puerta, estaban todavía vivos. El SS
los fusilaba. La posición de los cadáveres, en general, dejaba ver que la lucha contra la muerte había sido terrible. Casi siempre los cuerpos estaban destrozados; y, más de una vez, mujeres habían dado a luz en la cámara de gas. Normalmente, en estas cámaras, cabían unas 3.000 víctimas. El hacinamiento era tal, que los gaseados no podían caer al suelo. La evacuación de los 3.000 cadáveres duraba unas seis horas. Como los quince hornos de este crematorio tardaban unas doce horas en quemar los cuerpos, los amontonábamos en la estancia situada frente a la entrada de los hornos.
Otro grupo de nuestro Sonderkommando se encargaba de ello. Cuando habíamos vaciado la parte inferior de la cámara de gas (abajo), nuestro grupo debía limpiarla con ayuda de dos cubos, para dejar sitio libre para la próxima tanda. A continuación, teníamos que ir a los hornos crematorios y ayudar a transportar los cadáveres hasta los hornos. Junto a los hornos trabajaban dos grupos de detenidos, de cuatro y seis hombres, respectivamente. Uno se encargaba de siete hornos; otro, de ocho. Estos grupos tenían que arrojar los cadáveres y asegurar una combustión adecuada sirviéndose para ello de un largo gancho. Como hacía mucho calor cerca de los hornos, estos grupos no tenían otro trabajo; durante las interrupciones, podían descansar. Y no estaban encargados, terminado el trabajo, más que de la evacuación de la ceniza y de los huesos caídos a través de la reja. La ceniza era llevada al Vístula por los detenidos, escoltados por SS. El transporte se hacía en camiones.
Los cadáveres tardaban cuatro minutos en consumirse. En tanto los cuerpos estaban al fuego, otros detenidos debían rapar el cabello a los cadáveres preparados para la incineración. Sólo los cuerpos de mujer. Y dos detenidos dentistas recuperaban los dientes y fundas de oro. Lo hacían con
tenacillas. En la pared de la habitación, delante de los hornos, había una gran ventana. Dos o tres SS estaban en el cuarto de al lado y podían controlar constantemente nuestro trabajo.
Cuando los hornos no estaban en condiciones de quemar todos los cadáveres, los convoyes destinados al gaseamiento eran llevados al bunker V, donde el proceso podía desarrollarse prácticamente sin interrupción, porque los cadáveres se arrojaban directamente a las fosas.
Días después, en el crematorio I, Mietek fue nombrado Kapo jefe del Sonderkommando de los crematorios y II. Kaminski fue nombrado Kapo del I, y Lemke (no conozco su nombre) fue nombrado Kapo del II.
Kaminski y Lemke eran judíos de Bialystok; su número de detenidos era de la serie de los ochenta y tres mil. Lemke me empleó junto a él en el crematorio II, donde se hallaba también mi padre. Me quedé en este kommando hasta su evacuación (18145).
Todo el Sonderkommando (dependiente de los crematorios IIV y del bunker V) comprendía, en total, 912 detenidos, en el momento en que se le sumó nuestro grupo, a título complementario.
Los otros detenidos del Sonderkommando, que estaban ya en él cuando se añadió nuestro grupo, tenían números entre el 80.000 y el 83.000; un grupo compuesto de judíos de Cracovia tenían números hacia el 123.000.
No sé si los demás habían sido seleccionados para el Sonderkommando nada más llegar al KZ (campo de concentración), o si habían pasado anteriormente por otros kommandos. Algunos detenidos se quedaban en el Sonderkommando bastante tiempo: por ejemplo, el Kapo jefe, Mietek, que tenía un número de la serie de los 5.000 y que había sido destinado al Sonderkommando por la compañía disciplinaria, y dos orfebres -uno llamado Feldmann, venía de Checoslovaquia; el otro, no sé cómo se llamaba- tenían por trabajo fundir el oro recuperado (esto se hacía en una habitación especial del crematorio II a donde iba a parar todo el oro de todos los crematorios para ser fundido en grandes cubas, bajo la vigilancia de los SS). Todos los viernes venía un oficial superior de los SS a buscar el oro. Además, el judío checo Filipp Müller estaba en el Sonderkommando desde hacía tanto tiempo como Mietek. Había llegado en un convoy de Theresienstadt y pudo sobrevivir a las selecciones del Sonderkommando porque estaba protegido por un SS sudete.
Müller hubiese podido llegar a Kapo en el Sonderkommando. Pero no quiso. Además, un judío de París, al que llamaban «Oler», llevaba mucho tiempo en el Sonderkommando. Era pintor y, durante todo el tiempo que lo conocí en el kommando, tenía como único trabajo pintar cuadros para los SS; estaba dispensado de cualquier otro trabajo en el Sonderkommando.
Sabíamos que, salvo algunas excepciones, los detenidos del antiguo Sonderkommando acababan en las cámaras de gas. Las ejecuciones se llevaban a cabo por grupos, así como las agregaciones al mismo. Un grupo del kommando especial provenía del campo de Majdanek, cerca de Lublin.
Allí, los detenidos formaban parte de un grupo especial encargado del mismo trabajo.
Como nos tocaba a nosotros registrar las ropas de los detenidos concentrados en los vestuarios, se nos ofrecía la posibilidad de hacernos con muchas vituallas, alcohol y divisas. El SS toleraba que comiésemos e, incluso, bebiésemos de estas provisiones; así conservamos nuestras fuerzas, íbamos a buscar todos los días el rancho (del campo) y las raciones del sector del campo para no perder el contacto con el campo de Birkenau.
Solía encontrarme con el grupo que llevaba la comida a este sector. En general, íbamos escoltados por un viejo SS algo sordo; es el único que no nos pegó nunca y miraba siempre hacia otro lado cuando pasaba algo que él no debía ver. De este modo pudimos tirar el pan recogido, que no nos hacía falta, a detenidos de otros sectores del campo, que ya lo esperaban.
Bebíamos, sobre todo mucho alcohol; eso nos permitía continuar nuestro trabajo.
En el Sonderkommando de cada crematorio había un grupo que procuraba organizar la resistencia. Estos grupos se hallaban en contacto unos con otros y con grupos de resistentes de Birkenau, e incluso del campo principal de Auschwitz. Yo formaba parte de este movimiento… Pasábamos oro y divisas, en fraude, a nuestros camaradas del campo. Ellos se valían de estos objetos de valor para organizar mejor la resistencia. Recuerdo a tres hermanos de Bialystok que desplegaban una actividad especialísima en este sentido. Hasta los rusos de nuestro kommando - se trataba de oficiales superiores- eran muy activos. De entre todos los detenidos de nuestro convoy, procedentes de Hungría, sólo mi padre y yo estábamos al corriente de la existencia de esta organización. Tiempo después, mi padre fue nombrado portero del crematorio II.
Nuestro convoy era el tercero de la larga serie de convoyes de judíos procedentes de Hungría. (La Ucrania Subcarpática, de donde soy originario, había sido atribuida a Hungría.)
Todos los días, por aquel entonces, llegaban convoyes de Hungría y, esporádicamente, de otros países, así como de «musulmanes», al campo. No pasaba apenas un día sin que tuviesen lugar gaseamientos. Cada vez había que limpiar el crematorio entero. Como los SS nos daban órdenes de preparar los hornos (calentándolos, etc.), sabíamos cuándo se esperaba la llegada de un convoy. Después de los grandes convoyes de Hungría, se pasó al ghetto de Lodz. Todos los días (me parece que era en agosto de 1944) llegaban de Lodz dos de estos convoyes.
Terminada la que se llamó «acción de Hungría», los judíos húngaros, que habían sido destinados al Sonderkommando, fueron liquidados. Mi padre y yo no habríamos salido con vida de esta exterminación de no haber estado en el crematorio II. Los demás detenidos de nuestro convoy estaban en el bunker V y en los crematorios III y IV. Estos detenidos fueron conducidos al campo principal de Auschwitz para ser gaseados. Los cadáveres se llevaron de noche al crematorio II, y allí los quemaron los mismos SS, mientras que todo nuestro kommando estaba confinado en la habitación. Lo supimos porque tuvimos que transportar la ropa de los detenidos. Reconocíamos los vestidos y los números. Después de la acción exterminadora de Lodz, otros detenidos del Sonderkommando fueron liquidados; la mayor parte venían del bunker V, los menos eran de los crematorios III y IV. El procedimiento de liquidación fue idéntico. Se
trataba de unos doscientos detenidos en total. Durante el tiempo que permanecí en el Sonderkommando (desde mayo de 1944 hasta la evacuación en enero de 1945) no se añadió ningún detenido más.
Los crematorios estaban tan sólidamente construidos que, durante todo el tiempo que estuve allí, no supe que hubiera habido ningún fallo en ellos.
Varias veces, el montacargas de los cadáveres se estropeó por exceso de carga. Oficiales de la dirección de construcciones de las SS venían con frecuencia a inspeccionar los crematorios.
Un médico detenido, húngaro, tenía que proceder a las disecciones en una sala especial. Trabajaba bajo la vigilancia de un médico SS cuyo nombre no recuerdo. En esta sala había una mesa de disección. Se diseccionaban, sobre todo, seres de constitución anormal (jorobados, por ejemplo) y gemelos. Me acuerdo con precisión de que el Dr. Schumann estaba también presente en estas disecciones y supervisaba algunas. Los detenidos designados para trabajar en estas disecciones fueron ejecutados, no por gases, sino con inyecciones. Se recuperaba asimismo la sangre y órganos diversos de estos detenidos para abastecer los hospitales militares.
Hacía tiempo que pensábamos en una rebelión. El núcleo de esta organización se encontraba en nuestro crematorio II. Los rusos eran los organizadores, junto con los Kapos Kaminski y Lemke. Cuando, en otoño de 1944, las acciones de exterminación cesaron por completo por órdenes de Berlín, y cuando se nos encargó que borráramos todo rastro de dichas acciones, comprendimos que el momento de nuestra propia liquidación no andaba lejos. Nuestra rebelión iba encaminaba a evitarla. Este era el plan: un día en que no hubiese convoy, en el que, por consiguiente, no llegase ningún refuerzo de SS a los crematorios, nuestro grupo, que llevaba la comida de este sector a los diversos crematorios, acudiría con bidones de gasolina de los que se aprovisionaban los crematorios. Únicamente al crematorio no se llevaría gasolina; no era útil. En el bunker V no había, en aquel momento, ningún Sonderkommando, por haber cesado toda exterminación. La gasolina había sido preparada por la organización de resistencia en la Sección D del campo. Un domingo de principios de
octubre -hacia el seis o el siete, creo- debía estallar la revuelta. Los detenidos encargados del transporte de víveres fueron escogidos ese día, de modo que el grupo estuviera formado de iniciados. Todos venían del crematorio II. Yo estaba entre ellos. Llevamos los bidones de gasolina, como si fuese sopa, a los crematorios IV y III; pero, cuando llegamos a nuestro crematorio II, oímos ya los tiros que salían de los crematorios III y IV y vimos un conato de incendio. Según el plan, la rebelión tenía que empezar con un fuego encendido en nuestro crematorio II. La precipitación fue la causa de su fracaso. Los SS dieron la alarma, y todos los detenidos del crematorio II se vieron obligados a acudir a la llamada. El SS-Oberscharführer Sternberg, jefe del crematorio II, nos contó; cuando se cercioró de que no faltaba nadie, nos encerró a todos en la sala de disección.
El crematorio II estaba en llamas, y los detenidos del Sonderkommando de los crematorios III y IV cortaron las alambradas y escaparon; algunos fueron abatidos inmediatamente. En el crematorio I, los detenidos del Sonderkommando cortaron asimismo las alambradas eléctricas con tenazas aislantes, y se dieron a la fuga. Estaba previsto que las alambradas del campo de las mujeres serían cortadas para permitir una fuga en masa. No obstante, debido a lo precipitado del comienzo de la rebelión, ya no fue posible hacerlo. Los SS consiguieron coger a todos los fugitivos. Esa misma tarde, un grupo de oficiales SS llegó ante nuestro crematorio y se nos ordenó sacar a veinte de los nuestros para reemprender el trabajo. Pero como, pese a todas las negativas, estábamos convencidos de que nos distribuían en grupos para liquidarnos con mayor facilidad, nos negamos a salir de la sala de disección. Entonces, los SS trajeron refuerzos y obligaron a veinte detenidos a que trabajasen. A poco se elevaba una columna de humo del crematorio I. Dedujimos que los veinte habían reemprendido el trabajo. Su tarea consistía en quemar los cadáveres de los que habían sido asesinados durante su evasión. Así se llevó a cabo la matanza de todos los detenidos del kommando especial de los crematorios I, III y IV. En nuestro kommando hubo tan sólo una víctima: era uno que había cortado los neumáticos de la bicicleta de un SS para inutilizarla; el SS -que llevaba el sobrenombre de «el Rojo»- le estuvo pegando hasta que lo mató.
A partir de ese día, los crematorios I, III y IV permanecieron cerrados.
Los crematorios III y IV habían sido destruidos durante el motín, el crematorio estaba intacto. Ya no se procedió a nuevas ejecuciones en las
cámaras de gas. Nos hicieron quemar los cadáveres que llegaban al campo; a partir de ese momento, fusilaban pequeños grupos de detenidos y de paisanos en nuestro crematorio. Estas ejecuciones tenían lugar en el piso superior. Se hacían por obra de un tal SS-Unterscharführer Hollander que, en principio, les disparaba un tiro en la nuca; el arma llevaba un dispositivo que amortiguaba el sonido. Ya conocíamos a Holländer por su especial crueldad. Llegó a pegar a los detenidos destinados a las cámaras, a arrojar a los niños contra la pared, etc. Con nosotros, detenidos del Sonderkommando, Holländer se mostraba siempre amable. Holländer era de mediana estatura, delgado; tenía una cara alargada, cabello castaño y seguramente era originario de una región cercana a Yugoslavia. Tenía unos treinta y dos años de edad.
Ochenta y dos detenidos del Sonderkommando - éramos nosotros, los del crematorio II- sobrevivieron hasta la evacuación de Auschwitz. Cuando ésta tuvo lugar, el 18.1.1945, los SS estaban ya en plena desorganización.
Aprovechamos la circunstancia para dirigirnos hacia el campo D. Varios fueron abatidos por una bala en plena carrera. Tenía yo tanta prisa por llegar al campo D, que no sabría decir cuántos. Todos los detenidos del campo D
fueron conducidos al campo principal de Auschwitz; allí era donde los SS
buscaban, durante la noche, a los que habían sido adscritos a los crematorios y, por consiguiente, habían formado parte del Sonderkommando. Como es natural, nadie acudió a la llamada. Todo aquel que era descubierto era fusilado al instante. Mi padre y yo nos escondimos bajo una cama. No puedo decir nada más; sólo que Filipp Müller y Bernhard Sakal (originario de Bialystok y residente actualmente en Israel) pudieron también salvar el pellejo.
También había en el Sonderkommando un tal León, cocinero, un judío polaco que había vivido en París; destinado a la cocina de los SS, se le había dispensado del trabajo general del Sonderkommando. Sólo cuando había mucho que hacer tenía que trabajar con nosotros en el servicio de cadáveres. Éramos muy amigos y así supe que León había ido tomando notas desde el momento en que se le destinó al Sonderkommando. Llevaba una especie de diario en el que anotaba los crímenes de los SS, así como los nombres de algunos criminales SS. Además, recogió documentos, pasaportes, etc., hallados junto a las ropas de los asesinados y que le parecían importantes.
Ninguno de nosotros leyó esas notas, pero yo sabía que existían. El miércoles que precedió al motín, enterré todos los documentos en un lugar que grabé cuidadosamente en mi memoria. Los papeles estaban metidos en un gran recipiente de vidrio (de unos cinco litros de capacidad), que había sido engrasado y herméticamente cerrado. Luego colocamos este recipiente en una caja de hormigón que habíamos fabricado. Esta caja fue recubierta de grasa por dentro y cerrada con hormigón. Guardamos igualmente cabellos de los cadáveres, dientes, etc., pero, por principio, ningún objeto de valor, a fin de que los que un día encontrasen esta caja no estuviesen tentados de desvalijarla para apoderarse de objetos valiosos. El rabino de Makow y Zalmen de Rosenthal tomaron apuntes que fueron escondidos en otro lugar, no sé dónde.
Para terminar, quisiera explicar cómo se llevaba a cabo una tanda de ejecuciones en las cámaras de gas. Nosotros veíamos cómo se procedía a las elecciones, tan pronto llegaban los convoyes a la rampa de entrada. Los seleccionados para el trabajo eran conducidos a las Secciones C y D del campo; los que habían de ser ejecutados se dirigían al FKL (campo de concentración para mujeres). Los que podían andar eran conducidos a pie a los crematorios; a los demás, los cargaban en camiones. En el crematorio, el camión volcaba su carga de enfermos al suelo. Un coche ambulancia de la Cruz Roja traía las cargas de gas. Todos los condenados eran conducidos al vestuario. Les decían que tenían que lavarse. Junto a cada percha había un número y se les recomendaba que procurasen acordarse del suyo. Todos los que llevaban paquetes habían de entregarlos ante el vestuario. Los efectos eran, luego, llevados en coches hasta el «Canadá». Siempre empezaban por las mujeres y los niños. Cuando éstos se habían desnudado, los SS les conducían hasta la cámara de gas. Los SS les explicaban que tenían que esperar a que llegase el agua. Luego, los hombres tenían que desnudarse y dirigirse igualmente a la cámara de gas. Cada uno tenía que hacer un paquete con sus zapatos y llevárselos consigo. Antes de entrar en la cámara de gas, tenía que entregar sus zapatos, al pasar, a dos detenidos. En su mayor parte no sabían de qué iba todo aquello. De todas formas, podía ocurrir que supiesen lo que les esperaba. Entonces, a veces, rezaban. Nos estaba prohibido hablar con los de los convoyes. En cuanto las mujeres se habían desnudado y habían entrado en la cámara de gas, un kommando de los nuestros había de llevar todas las ropas al «Canadá»; los hombres