Auschwitz

Leon Poliakov · Capítulo 28 de 35

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Auschwitz

L. P.

de los demás que, de todas formas, están destinados a desaparecer. Esto sería, pues, de acuerdo con el poderoso razonamiento de nuestro autor, el

«Contrato social» de Auschwitz y el de los demás campos de la muerte lenta; en resumen, el de presidio universal del nazismo.

L. P.

LOS COMENTARIOS DE LOS

PROFESORES

GEORGES WELLERS Y BRUNO MINZ

I

He leído la memoria de Münch y encuentro que merece ser publicada, en la medida en que es la descripción de la situación en el campo de Auschwitz hecha por un médico SS.

Por lo que al valor científico de la memoria se refiere, la considero mediocre, pese al razonamiento verdaderamente riguroso del autor.

En efecto, para calcular la «esperanza de supervivencia» en Auschwitz, el autor reduce el problema a dos datos: 1.°: el número de calorías de que dispone el cuerpo humano en forma de reservas de grasa y 2.°: el número de calorías que el individuo consume en el curso de su trabajo. Ambos aspectos del problema son tratados por el autor en forma sumamente discutible.

Por lo que se refiere al cuerpo del detenido, el autor supone que, en el momento de la desnutrición, se suceden dos fases distintas: movilización exclusiva de las reservas de grasa, primero; y, después, destrucción de las proteínas de los tejidos. La segunda fase corresponde al «estado de musulmán» y casi no entra en los cálculos del autor. La que es tenida en cuenta para el cálculo de la «esperanza de supervivencia» es la primera fase, expresada en calorías y comparada con el número de calorías consumidas durante el trabajo.

Ahora bien, éste es un concepto muy simplista y «mecanista» de la cuestión; concepto que dominó la fisiología durante un corto período y que ha sido abandonado desde hace tiempo, pues la realidad es muy distinta.

En efecto, desde el momento de empezar el ayuno, el organismo

«quema» tanto sus grasas de reserva comp las proteínas constitutivas de sus tejidos. Esta destrucción de proteínas es inevitable y representa alrededor del 15 % del total de calorías movilizadas. Dado que un gramo de proteínas

produce 4 cal., y un gramo de grasa produce 9 cal., resulta que, para suministrar 100 cal., el organismo humano subalimentado quema a la vez unos 9,5 gramos de grasa y 3,75 gramos de proteínas. Por eso un hombre abundantemente alimentado en grasas (más azúcares, vitaminas y sales) pero privado de proteínas alimenticias, muere inevitablemente de inanición.

Münch pasa por alto completamente este aspecto fundamental de la fisiología de la desnutrición. Postula que un detenido de Auschwitz pasa a ser «musulmán» cuando ha quemado íntegras sus reservas de grasa, estimadas en unos 10 kg. Si estamos de acuerdo con el autor en esta estimación, resulta que, al iniciarse el «estado de musulmán», así definido por Münch, el detenido ha quemado ya, además de 10 kg.,de grasa, 4 kg. de sus proteínas.

Es la inevitable destrucción de las proteínas la verdadera causa de los graves desórdenes provocados por la desnutrición que transforma el hombre en «musulmán» y el individuo acaba muriendo por esta destrucción. He de añadir que, mientras dura la desnutrición general, tal como ocurría en Auschwitz, a la escasez de proteínas se suma la carencia de vitaminas que puede llegar a ser mortal por sí misma, pese a que las vitaminas no desempeñan función alguna en tanto que fuentes de calorías.

El autor atribuye erróneamente el problema de la muerte por inanición a la cantidad de calorías suministradas por las reservas de grasa, por una parte, y a la cantidad gastada durante el trabajo, por otra. Calcula la

«esperanza de supervivencia» como si se tratase de calcular la duración del recorrido de un tren teniendo en cuenta tan sólo la reserva de carbón, por una parte y, por otra, el peso del tren. En realidad, si es posible identificar el organismo con un tren, debe tratarse de un tren cuyas ruedas y cuyos ejes son de un metal tan blando que el tren se derrumba cuando se gastan sus

«órganos», mucho antes de que se agoten sus reservas de combustible. De esta manera, su «esperanza de supervivencia» es mucho más corta que la calculada en función de la cantidad de carbón.

En cuanto a la consumición de calorías debida al trabajo suministrado, Münch adopta las normas que se encuentran en los manuales. Pero olvida que esas normas se refieren a individuos que llevan una vida normal, que tienen asegurado el descanso de día y de noche, que están protegidos contra los efectos del frío y del calor, que viven sin una tensión nerviosa excesiva, que pueden conseguir un mínimo de higiene y de cuidados médicos dentro

y fuera del:rabajo, etc. Los detenidos de Auschwitz se veían privados de todas estas condiciones de existencia. Ahora bien, cada uno de los factores citados aumenta el gasto de calorías de tal manera que las normas adoptadas por Münch se hallan muy por debajo de la realidad de Auschwitz. Allí, sin duda alguna, el con lumo de calorías para el trabajo ligero, medio o intenso, era considerable nente superior al que efectúa un trabajador «normal».

Así, al equivocarse sobre la naturaleza de las reservas de energía y sobre la magnitud del consumo de energía de un detenido de Auschwitz, el autor procede a complicados cálculos y llega a resultados que no es posible aceptar. Ésta es, desde luego, la razón por la cual ningún observador enterado admitirá, por ejemplo, que un «trabajador pesado» que reciba estrictamente la ra ción del campo (1.500 calorías, según Münch) tarde tres meses en pasar a ser «musulmán» en Auschwitz. Claro está que moría mucho antes…

Tiene mucho interés la parte de la memoria de Münch que se refiere a los suplementos de la ración del campo, en el sentido de que el autor, médico SS, describe con exactitud el sistema de apropiación de la comida («organización») en beneficio de las categorías privilegiadas y a expensas de la gran mayoría de los detenidos. Pero el autor comete un error de bulto en cuanto trata de calcular la proporción de subalimentados (75 %, según Münch) en relación con los «suficientemente» alimentados (cuadros). El error del autor está en que olvida que los que formaban parte de los

«cuadros» eran, poco más o menos, los mismos individuos durante largos