Auschwitz

Leon Poliakov · Capítulo 24 de 35

Páginas del PDF

Auschwitz

Visto por un Psiquiatra

vituallas. La señora Hoess no estaba nunca satisfecha; siempre venía para decirme lo que le faltaba para la casa; así me daba a entender de lo que me tenía que proveer. Estos víveres no iban destinados únicamente a su propia cocina, sino que mandaba parte de ellos a su familia alemana. Del mismo modo surtía la cocina de Hoess de carne y de leche. Hago notar que la familia Hoess tenía derecho a un litro y cuarto de leche por día, sobre la base de sus tarjetas de racionamiento. Cada día yo cogía para la cocina de Hoess 5 litros de leche de la lechería del campo y crema, muchas veces, a petición de la señora Hoess. Pero no le pagaban a la lechería más que el equivalente de un litro y cuarto. Los demás artículos, es decir, todo lo que venía del almacén y del matadero del campo, no les costaba un céntimo. La segunda fuente de aprovisionamiento de la familia Hoess era el jefe de la cantina y director de la carnicería del campo, Engelbrecht, que pasó de Obeischarführer a Obersturmführer mientras estaba en Auschwitz. Recibía carne, salazones y cigarrillos en la cantina. Vi, en casa de Hoess, cajas de 10.000 cigarrillos yugoslavos, marca Ibar. Se trataba de cigarrillos que sólo se podían obtener en la cantina y para los detenidos. La señora Hoess me daba también cigarrillos y pagaba de la misma manera las llamadas tareas pesadas de los detenidos destinados a las mismas, sin lo cual se habría expuesto a los peores castigos. Sabido es que Hoess había dado orden de prohibir estos «trabajos negros». No obstante, no tuvo en cuenta esta orden por lo que a su propia casa se refiere. Declaro que tenía noticia de los suministros efectuados para su cocina. Muchas veces me veía desempaquetar los artículos en la cocina. También veía las provisiones que se acumulaban en la despensa de su casa; además, él mismo se servía de dichas provisiones y las utilizaba para sus recepciones…[85]

VISTO POR UN PSIQUIATRA

La celda del coronel Hoess: al terminar el test de cada día, Hoess me dijo: «Supongo que quiere usted saber, por este procedimiento, si mis pensamientos y costumbres son normales.»

–Bueno, y ¿cuál es su opinión? – le pregunté.

–Soy completamente normal. Incluso cuando hacía trabajos de exterminación, llevaba una vida familiar normal y, también, durante el resto del tiempo.

–¿Tenía usted una vida social normal?

–Pues, le diré: quizá sea una de mis características, pero el hecho es que siempre me he sentido mejor solo. Si tenía preocupaciones, trataba de quitármelas yo solo. Esto era lo que más molestaba a mi mujer. Me bastaba a mí mismo. Nunca he tenido líos ni relaciones íntimas con nadie. Ni durante mi juventud. Nunca he tenido amigos. Y, en sociedad, estaba presente, a veces, pero no en espíritu. Estaba contento cuando la gente se divertía, pero no podía tomar parte.

–¿Y eso no le molestó nunca?

–No, nunca, ni siquiera estos últimos tiempos, cuando estaba escondiéndome en una casa de campo; me sentía mejor cuando estaba solo con los caballos, en el campo.

–Cuando se escondía, sí; pero, y ¿antes?

–Sí. Estaba siempre solo. Claro, quería a mi mujer, pero una verdadera unión espiritual no la había.

–¿Se dio usted cuenta de ello y se dio cuenta su mujer?

–Pues, claro, y mi mujer, también. Ella creía que yo no estaba satisfecho con ella, pero yo le decía que eso era cosa de mi carácter, y tuvo que contentarse con esa explicación.

Le interrogué sobre sus relaciones sexuales.

–Pues mire, la cosa iba normalmente, pero cuando mi mujer descubrió lo que yo estaba haciendo, pocas veces sentimos el deseo de tener relaciones mutuas. Las cosas parecían normales vistas desde fuera, pero creo que se produjo un distanciamiento, ahora que miro hacia atrás… No, nunca tuve necesidad de amigos, nunca tuve verdadera intimidad con mis padres ni con mis hermanas. Sólo después de casado me di cuenta de que habían sido como dos forasteras para mí. Cuando era niño, jugaba siempre solo. Hasta mi abuela dice que nunca tuve, de niño, compañeros de juego.

El sexo nunca jugó un papel importante en su vida. Podía interesarle, o no. Nunca sintió la necesidad absoluta de iniciar o de proseguir una intriga amorosa, pese a haber tenido relaciones ocasionales aquí y allá. Su misma vida matrimonial lleva pocas huellas de alguna pasión. Afirma que nunca sintió deseos de masturbarse y que nunca lo hizo.

Le insinué si se había preguntado si los judíos que él había asesinado eran o no culpables y si habían o no merecido su suerte. Volvió a tratar de explicarme, pacientemente, que era insensato preguntarle cosas semejantes, porque él había vivido en un mundo completamente aparte. «No ve usted