Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 5 de 13 · parte 11/11

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Bahía de Chesapeake

El Duelo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

Los principales adversarios de los liberacionistas se dividían en tres grupos. Estaban los grandes plantadores, cuya riqueza se hallaba conectada a los negros y con los que siempre se podía contar para financiar una persecución. No eran hombres brutales, pero no entendían por qué una pandilla de agitadores del Norte estaban tan resueltos a privarles de su legítima propiedad. Ellos querían paz con el Norte, querían que el comercio continuase y se multiplicase. Los más prudentes veían que, al ir extendiéndose los Estados Unidos hacia el Oeste, los Estados no esclavistas superarían ampliamente algún día a los esclavistas, y querían que cuando ese momento llegase fuesen respetados sus heredados derechos. Eran hombres razonables en todos los temas, menos en el de la esclavitud; al igual que Paul Steed, su portavoz, creían que para que todos los hombres fuesen libres, los negros debían aceptar la esclavitud.

En el otro extremo de los hombres favorables a la esclavitud estaban los rastreadores profesionales, como Lafe Turlock con sus perros y Herman Cline con su látigo. Odiaban a los negros. No había muchos como ellos dos, pero cada ciudad de la Orilla Oriental daba varios ejemplares iguales. Una de las diversiones

más fáciles de organizar a lo largo de los salados ríos era una caza del negro.

Entre ambos se hallaba la mayoría, un grupo difícil de interpretar. Eran blancos; no poseían mucha tierra ni otras formas de riqueza; pocos de ellos tenían esclavos, y aun entonces sólo uno o dos. Pero habían sido convencidos por los filósofos sudistas de que su bienestar dependía de la perpetuación de la esclavitud, y reaccionaban con dureza cuando gentes del Norte hablaban mal de su peculiar institución. No les impulsaba a ello el miedo a los esclavos, sino su aversión a los negros liberados, a los que consideraban perezosos, indisciplinados y disolutos. Un granjero expresó el sentir general de todos ellos cuando dijo: «No tengo nada que objetar a un esclavo que conozca su puesto, pero no puedo soportar a un negro que sepa leer. Un tipo así causa siempre líos.»

Este grupo intermedio se sorprendía cuando personas que vivían realmente en el Sur, como los Paxmore, hablaban contra la esclavitud y se alegraban de que los negros huyesen. Los componentes de ese grupo no se contrataban como cazadores de esclavos, pero si se organizaba una persecución, se unían a ella, y cuando el esclavo quedaba acorralado y ladraban los perros, disfrutaban tanto como cuando quedaba acorralado un mapache.

Pero si alguien sugería que la Orilla Oriental tal vez tuviera que separarse de la Unión para defender la esclavitud, estos hombres y mujeres se tornaban reflexivos y decían: «Nosotros estamos con Daniel Webster. La Unión debe ser preservada.»

En la década de 1850, tras la aprobación de la Ley de Esclavos Fugitivos bajo el patrocinio de los senadores Clay y Webster -

Calhoun no la consideraba suficientemente rigurosa-, estalló una guerra sutil y no declarada entre los propietarios de esclavos y los enemigos de la peculiar institución. Se libraba incesantemente; un esclavo huía de alguna plantación de South Dorchester, se dirigía al

Choptank, conocía por secretas instrucciones dónde vivían los Paxmore y en el silencio de la noche cruzaba el ancho río, tocaba tierra al pie del blanco acantilado que relucía con apagados tonos bajo la luz de la luna y subía hasta la puerta de la cocina.

En los años posteriores, muchos hombres y mujeres blancos preguntarían a menudo incrédulamente: ¿Por qué aceptaban los negros la esclavitud? En la década transcurrida desde 1851 hasta el final de 1860, unos dos mil de ellos recorrieron la Orilla Oriental luchando contra fuerzas incalculablemente superiores, tratando de abrirse paso hasta la libertad. Una anciana de setenta y tantos años decía una mañana: «Quiero morir libre.» Y se iba. Se les decía a los niños, con tono intimidante: «Si hacéis ruido, nos matarán a todos.»

Morían en los pantanos se ahogaban en los ríos; eran colgados de los árboles; eran quemados en postes. Pero continuaban llegando, y algunos se detenían brevemente en casa de los Paxmore.

Por segunda vez en la Historia, un Turlock estaba aprendiendo a leer. El pequeño Jake, de once años, se levantaba cada mañana, se lavaba la cara junto al banco de la parte posterior de la cabaña, situada en las afueras de la ciudad, y corría a la escuela. La existencia de esta academia, y especialmente la presencia de su extraordinario maestro, era uno de esos accidentes que cambian la faz de la historia, no la gran Historia, como las guerras y las elecciones, sino la pequeña historia de una ciudad como Patamoke o un río como el Choptank.

Paul Steed había ido fortaleciendo su carácter, y, pese a la irritante indiferencia del Gobierno federal, persistía en su creencia de que era posible construir un ferrocarril a lo largo del espinazo de la península, pero se preguntaba cómo, cuando empezase el trabajo, iban a encontrar las compañías constructoras suficientes obreros especializados para tender las vías. Esclavos con mulas podían encargarse de la explanación, pero se necesitaría mucho más que esclavos para la construcción propiamente dicha.

Su problema quedó resuelto cuando los periódicos de Baltimore empezaron a publicar noticias sobre el hambre en Irlanda y el obligado éxodo que se estaba produciendo en aquel país.

Una noche, en su estudio, elijo a Susan:

–¡Maldita sea! ¡Podríamos ir a Irlanda y recoger mil hombres!

La idea le excitó tanto, que no pudo conciliar el sueño. Después de retirarse a sus habitaciones, ella le oyó pasear de un lado a otro toda la noche, hablando consigo mismo.

Por la mañana, subió a uno de sus barcos, que estaban cargando trigo, ordenó al capitán que se olvidara de la carga y preparase el barco para zarpar a mediodía, y al anochecer se encontraba en la boca de la bahía de Chesapeake, tras haber dado órdenes de que se construyeran en Patamoke cabañas destinadas a alojar a los inmigrantes que se proponía importar.

Cuando desembarcó en Cork vio un espectáculo que le obsesionaría durante el resto de su vida: filas de familias próximas a la muerte por inanición esperando, impotentes, alimento o transporte a alguna parte.

–Se irían hasta las mismas puertas del infierno -dijo a Steed el jefe del puerto.

–Yo podría encontrar sitio para trescientos hombres.

–Debe llevarse las familias,

–Yo no quería mujeres ni niños.

–Nadie quiere, pero si los deja aquí, se morirán.

Así, pues, Paul se situó al píe de la pasarela y contempló cómo desfilaban ante él 77 familias, de ojos vidriosos y con un número sorprendentemente grande de demacrados niños. Trató de elegir familias con hijos adultos, pero el jefe del puerto no permitía mucha selección, y al final Steed tuvo una mezcla de varios hombres que posiblemente serían capaces de construir un ferrocarril y muchos familiares que podrían sobrevivir con lo que

sus padres lograsen ganar. – ¡A casa, rápido! – ordenó Steed a su capitán.

Y cuando el barco levó anclas, comenzó a realizar la labor de alimentar a los hambrientos. Trabajó doce y quince horas en las cocinas, ayudando a preparar comidas e ideando formas de distribución de tal modo que nadie se diese un atracón que podría resultar mortal. Su cojera y su torcido cuello se convirtieron para los irlandeses en símbolo de salvación, y cuando llegó el domingo, organizó funciones religiosas para los trescientos siete católicos que estaba importando a su tierra natal.

No había ningún sacerdote a bordo, y Steed no sentía ningún deseo de dirigir las preces, pero encontró a un hombre locuaz y zanquilargo llamado Michael Caveny, para quien rezar era tan natural como maldecir:

«Dios Todopoderoso, que enviaste Tu plaga a Egipto y Tu hambre entre los hebreos, de tal modo que la Tierra tembló de penitencia, sabemos que Tú enviaste también los años de abundancia para que Tu pueblo prosperase. Por Tu gracia estamos embarcados en este bendito navío que nos llevará a un inimaginado paraíso donde el alimento es abundante y donde nuestros hijos podrán retozar en verdes pastos sin temor a la escasez.»

Y siguió rezando, un melifluo torrente de fantasía y fragmentos bíblicos, tan lleno de esperanza que Steed pudo oír sollozos por todas las partes de la abarrotada cubierta. Durante la perorata, en la que se entremezclaban menciones a Dios, y a los niños, y a corderos y a fiestas de acción de gracias, Paul se encontró a sí mismo enjugándose los ojos, y ese día repartió raciones dobles de comida.

Michael Caveny -su nombre había sido originalmente Cavanaugh, pero un proceso de abreviación mantenido durante varios siglos lo había reducido a su actual forma musical-, era un hombre muy poco frecuente. A los treinta y tres años, con tres

hijos, había conocido el tormento del hambre, pero jamás la desesperación. Para alimentar a sus hijos había hecho cosas que borraría de su memoria en los años subsiguientes, no deseando echar sobre su familia la carga de tales imágenes, y les había obligado a sobrevivir en condiciones que habían exterminado a docenas de sus vecinos.

Era un hombre lírico, para quien la más mínima manifestación de la Naturaleza se convertía en justificación de largos poemas en prosa: «¡Mirad el pez que vuela por el aire! Dios le envía a lo alto con una canción, y el diablo lo hace caer de nuevo en su ardiente caldera.» Cuanto más veía Steed a aquel hombre, más le agradaba, y para cuando el barco llegó a Patamoke, Michael Caveny había sido nombrado capataz de los obreros del ferrocarril.

Resultó ser un título meramente honorífico, pues no existía ningún ferrocarril. La nación estaba demasiado preocupada con la construcción de líneas realmente importantes al Oeste como para asignar fondos para la construcción de una insignificante línea a lo largo de la península Delmarva, adecuada denominación que se le había dado, formada con las primeras sílabas de los tres Estados que la compartían. El ferrocarril no llegó a Chicago hasta 1853, y tenía que continuar hacia el Sur, pues, pese a los recelos del senador Calhoun de que pudiera traer consigo la herejía nórdica, comerciantes del Sur insistían en tener ellos también caminos de hierro sobre los que hacer circular sus mercancías. Así que, una vez más, la Orilla Oriental fue ignorada. Pero no todo fue perjuicio, ya que, en el aislamiento resultante, pudo confirmar y ahondar sus singulares formas de vida.

La decisión de no construir el ferrocarril dejó a Paul Steed con su horda de católicos irlandeses desempleados apiñados en un grupo de cabañas a lo largo del límite septentrional de la ciudad.

No tenían sacerdote, ni ocupación, ni ahorros, y sólo las ropas que podían suministrar los plantadores de!a región, pero, al cabo de

unas semanas, resultó asombroso ver cuántos de ellos habían encontrado trabajo. Once se marcharon de la ciudad para desempeñar el cargo de capataces; llegaron a hacerse famosos por dos características: les echaban en seguida el ojo a las esclavas más guapas y cogían periódicamente titánicas borracheras, pero eran fundamentalmente hombres buenos, y cuando eran despedidos de una plantación, no tardaban en encontrar trabajo en otra: «McFee jura que esta vez se mantendrá sereno, y yo creo que deberíamos darle una oportunidad.»

Naturalmente, Paul Steed ofreció a Michael Caveny un buen trabajo en Devon, pero, para su sorpresa, el jactancioso irlandés lo rechazó.

–Tengo la impresión, Mr. Steed, de que el propio san Mateo se habría sentido honrado de trabajar para usted, pero mi lugar está en la ciudad, con mi pueblo. Tenemos que construir una iglesia y encontrar un sacerdote, y tengo que pensar en los pequeños.

–Ya ha hecho maravillas con ellos.

–¡Ah, jamás se pronunciaron palabras más ciertas, Mr. Steed, pero estoy pensando ahora en su educación! La escuela de Patamoke necesita un maestro, y yo podría serlo.

Steed le advirtió que los metodistas locales podrían mostrarse reacios a contratar a un católico, pero Caveny repuso, dulcemente:

–Cierto como la palabra de Dios, pero estoy seguro de que usted me dará una buena recomendación.

Y así fue como el joven Jake Turlock despertó una mañana con la orden de presentarse al maestro Caveny.

–Si esos chicos papistas pueden aprender a leer -dijo su abuelo Lafe-, tú también.

Los conocimientos que durante más tiempo recordaría Jake no los obtuvo en lectura, sino en geografía. Mr. Caveny había adquirido quince ejemplares de un espléndido librito titulado Geografía Moderna, publicado en Nueva York en 1835. Había sido

compilado por un tal profesor Olney, y resumía la información más reciente sobre el mundo, con atractivos grabados en los que se ilustraba cómo un tigre devora a un hombre en la India o los perros esquimales arrastran trineos en Siberia.

La contribución más valiosa aparecía en la última página de cada sección, en un párrafo precedido del epígrafe Carácter, pues allí, en unas cuantas y concretas palabras, el profesor Olney decía a los alumnos lo que podrían esperar de los habitantes de cada país.

El profesor Olney, de extracción británica, recordaba a los alumnos cómo habían sido sus antepasados:

Ingleses: Inteligentes, valerosos, trabajadores y emprendedores.

Escoceses: Sobrios, trabajadores, audaces y emprendedores.

Famosos por su cultura general y su moralidad.

Galeses: Apasionados, honrados, valerosos y hospitalarios.

Jake advirtió que estos favorables términos describían a las personas que él conocía en Patamoke, y al recitar las descripciones a su abuelo, Lafe gruñó:

–Ese profesor sabe de qué está hablando.

Sin embargo, cuando Olney tenía que referirse a pueblos no británicos, especialmente a los de ambientes católicos, era más severo:

Irlandeses: Rápidos de comprensión, activos, valerosos y hospitalarios. Pero apasionados, ignorantes, vanos y supersticiosos.

Españoles: Sobrios, graves, corteses y fieles a su palabra. Pero ignorantes, orgullosos, supersticiosos y vengativos.

Italianos: Afables y corteses. Destacan en música, pintura y escultura. Pero afeminados, supersticiosos, mezquinos y vengativos.

Jake no veía en estas descripciones nada de qué quejarse.

Ciertamente, los irlandeses que vivían en el límite norte de la ciudad eran apasionados, ignorantes y hospitalarios, pero Mr.

Caveny tenía una opinión distinta.

–Quiero que cada uno de vosotros coja su pluma y tache las palabras que hay después de Irlandeses, porque el autor sabía muy poco acerca de éstos. Escribid: «Ingeniosos, devotos, excesivamente generosos, perspicaces, fieles hasta la muerte. Pero de genio violento, especialmente cuando son maltratados por los ingleses.» Para los italianos y los españoles no hacía falta ninguna corrección. Pero era al tratar de otras razas menores cuando Olney soltaba realmente su veneno:

Árabes: Ignorantes, salvajes y bárbaros. Los de la costa son piratas; los del interior, ladrones.

Persas: Corteses, alegres, refinados y hospitalarios. Pero indolentes, vanos, avariciosos y traidores.

Hindúes: Indolentes, apáticos y supersticiosos. Mansos y serviles con los superiores, altivos y crueles con los inferiores.

Siberianos: Ignorantes, sucios y bárbaros.

Mr. Caveny exigía a sus alumnos que aprendiesen de memoria estos perceptivos resúmenes, y en cada examen formulaba alguna pregunta como ésta: «Compara un inglés con un siberiano.» Y Jake respondía: «Los ingleses son valerosos, inteligentes, trabajadores y generosos, pero los siberianos son ignorantes, sucios y bárbaros.»

Jamás había visto a un siberiano, naturalmente, pero estaba seguro de que reconocería a uno si alguna vez iba a Siberia. Viajaban en trineos tirados por perros.

En su libro, el profesor Olney no caracterizaba a los negros que vivían en América, pero de los que permanecían en África decía sucintamente: «Gente ignorante, sucia y estúpida.» Mr. Caveny dijo:

–Si bien esa descripción es, desde luego, cierta para África, sería deseable que elaborásemos nuestra propia descripción de los negros que viven aquí, en Patamoke.

Y escribió en la pizarra las palabras que los chicos aportaban como descriptivas de los negros que ellos conocían; en lo sucesivo,

en cualquier examen, cuando Caveny preguntaba a sus alumnos:

«¿Cuál es el carácter del negro?», Jake y los demás debían formar sus respuestas a partir de esta descripción:

Negros: Perezosos, supersticiosos, vengativos, estúpidos, irresponsables. Con tendencia a escaparse, pero les gusta mucho cantar.

Mientras viviesen, los alumnos de Mr. Caveny considerarían a los británicos Turlock valerosos, honrados, hospitalarios, trabajadores, audaces y emprendedores, y a los negros Cater, totalmente irredimibles, salvo su aptitud para cantar.

La ciudad de Patamoke había adoptado ya su forma definitiva.

Todo se centraba en el puerto, que no solamente proporcionaba un buen fondeadero para los barcos, sino también un polo alrededor del cual giraba toda la vida de la ciudad, compuesta a la sazón por 1.836 habitantes. El borde septentrional del puerto se hallaba flanqueado de comercios. En la calle situada detrás se alzaban tres impresionantes edificios oficiales, el tribunal, la cárcel y, entre ambos, el nuevo mercado de esclavos, una espaciosa superficie cubierta por un techo, pero desprovista de paredes.

A lo largo del borde oriental del puerto se erguían las irregulares edificaciones del Astillero Paxmore, y al Oeste, como con tanta frecuencia sucedía en las ciudades americanas, se congregaban las mejores casas residenciales; la combinación de las soberbias vistas que desde allí se divisaban y los puros vientos del Sur hacían deseable aquella zona, y era allí donde vivían los propietarios blancos de la ciudad. En medio se hallaban las casitas de los artesanos, los marineros, los granjeros retirados y las patronas de casas de huéspedes.

Las disposiciones fundamentales habían sido acordadas hacía más de un siglo; lo que hacía diferente al Patamoke de 1855 era que se habían añadido dos nuevos y vitales elementos. Al Norte, más allá del distrito comercial, se arracimaban las familias

irlandesas, y habían tenido la desfachatez, o el buen sentido, de construirse una iglesia católica bastante grande, en la que los servicios religiosos eran oficiados por un flamígero sacerdote de Dublín. Como varios ciudadanos observaron: «En los viejos tiempos, los católicos eran caballeros que cenaban a la luz de los candelabros en isla Devon. Ahora son personas reales, y muy ruidosas.» Los Steed contemplaban esta nueva evolución no con franca aversión, pero sí con notorio desconcierto. Ningún miembro de la familia se sentía a gusto con el impetuoso y joven sacerdote, pues predicaba un catolicismo completamente extraño para aquellos cuyos antepasados habían alternado con los lores Baltimore.

La otra innovación se hallaba situada en una zona pantanosa que se extendía al este del astillero, donde había surgido toda una serie de chozas y cabañas. Se llamaba Cuello de Rana y estaba ocupada principalmente por negros emancipados, con unos cuantos colgadizos para los esclavos que eran alquilados a los comercios de Patamoke durante el día. A veces, un hombre o una mujer trabajaba fuera de su plantación durante dos o tres años seguidos, sin ver jamás ningún salario, que era pagado directamente al propietario.

No obstante, si un propietario instruido, como Paul Steed, alquilaba uno de los esclavos de Devon, se encargaba que el esclavo recibiese parte de su salario, y eran varios los que de esta manera habían ganado dinero suficiente para comprar su libertad. Existía un contacto formal entre el barrio negro y el astillero, un poco con la zona comercial, mucho con la zona residencial en que trabajaban buena parte de los esclavos, pero absolutamente ninguno con el distrito irlandés.

Había también una zona final, pero no estaba delineada. Sus habitantes vivían donde podían, unos con los irlandeses, otros en casuchas existentes dentro del distrito comercial y otros con los

negros. Había 41 Turlock repartidos por Patamoke, y nadie podía desentrañar las relaciones que existían entre ellos.

Era una buena ciudad, y florecía en paz durante los mismos años en que las pasiones extremas excitaban al resto de la nación.

Una pragmática armonía impregnaba el lugar, explicable en buena parte por el ejemplar comportamiento de sus dos principales ciudadanos. Paul Steed dirigía una buena plantación en Devon y una tienda mejor aún en Patamoke; daba empleo a muchos de los irlandeses, y buenos precios a todos. Era firme en su apoyo a la esclavitud como principio y al partido liberal como la salvación del país, pero generalmente constituía una fuerza de equilibrio. Cuando iba a la ciudad los fines de semana, asistía a misa, sentado solo en la segunda fila de bancos, un austero y pulcro hombrecillo con la cabeza inclinada a un lado, como si sopesara lo que decía el sacerdote.

La otra figura, George Paxmore, era ya un anciano, erguido y canoso a sus setenta y dos años. Ya no trabajaba todos los días en el astillero, sino que acudía de vez en cuando allí desde Acantilado de la Paz para cerciorarse de que la construcción de barcos progresaba debidamente. Tendía a emplear negros, más que irlandeses, en el astillero, pero había ayudado mucho a los segundos a construir su iglesia y efectuaba generosas aportaciones a las colectas que realizaban para sus numerosas obras de caridad. Deploraba su afición a la bebida y envidiaba su alegría. Fue él quien dispuso las cosas para que fuese nombrado comisario, y nunca se arrepintió de ello, pues Caveny demostró ser un hombre templado que prefería convencer a un hombre de que se portase debidamente, antes que emplear un arma: «Un hombre como usted que pega a su mujer debería tener barba más larga, Mr. Simpson; pues, ¿cómo va a atreverse, si no, a mirarse en el espejo?»

Las relaciones establecidas de esta pequeña ciudad saltaron en pedazos una calurosa tarde, cuando T. T. Arbigost, con su traje

blanco y su mondadientes de plata, llegó al puerto a bordo de un sucio vapor procedente de Baltimore y descargó diecisiete esclavos, a los que hacinó en los chiqueros del mercado. Hecho esto, se sacudió el polvo, miró con desprecio al destartalado barco que le había traído y envió recado a Isla Devon de que había adquirido un lote de escogidos negros de las plantaciones del sur de Maryland.

Como las plantaciones Steed siempre podían utilizar más peones, Paul fue a Patamoke preparado para comprar toda la remesa, pero cuando los examinó, los encontró en tan excelente estado que no pudo comprender por qué Arbigost los había llevado allí, en lugar de a los mercados de Louisiana, más rentables.

–Bueno, sí -admitió el untuoso traficante, balanceándose en la silla del mercado en que se había sentado-. Es la clase de aguda pregunta que yo haría si me tropezase con ejemplares tan valiosos como éstos.

Y con su látigo de montar señaló casualmente a los negros encerrados en el mercado.

–Sin duda, se han mostrado rebeldes -sugirió Steed.

–¡Se equivoca! – exclamó Arbigost, con sonrisa congraciada-.

¿Me arriesgaría yo a cruzar la bahía en ese…?

Señaló el barco con su mondadientes.

–¿Cuál es su secreto?

–Dinero, Mr. Steed. Pura y simplemente, dinero.

–Sacaría más en Louisiana.

–Y lo perdería para pagar el viaje. Mr. Steed, adondequiera que iba en Baltimore, me decían: «Steed de Devon, necesita esclavos.»

Es usted muy conocido, señor.

Paul quería efectuar la compra, pero al examinar a los hombres no pudo aceptar el testimonio que se le presentaba.

–Éstos son hombres rebeldes que usted ha introducido desde Georgia.

–¡Mr. Steed! – protestó el astuto traficante.

Y eludió hábilmente la cuestión de la procedencia, centrándose en la referente a la rebeldía, y fue lo que finalmente dijo en apoyo de su estrategia lo que inflamó a Patamoke.

–¿Alguna vez en mi vida le he vendido un negro recalcitrante?

Hizo una dramática pausa para dar tiempo a Steed a reconocer su ejemplar comportamiento y, luego, reveló una prueba adicional en su favor.

–¿Recuerda cuando le vendí a Mr. Beasley aquel magnífico xanga que respondía al nombre de Cudjo y que era tan bueno con la maquinaria? Mr. Beasley tenía las mismas dudas acerca del xanga, pero yo le aseguré entonces, como se lo aseguro a usted ahora, que Cudjo estaba domado…, que demostraría ser un buen esclavo.

Sonrió, tocó a Paul en la muñeca con su mondadientes y añadió:

–Lo que no le dije entonces a Mr. Beasley, porque no necesitaba saberlo, es que fue ese mismo Cudjo quien dirigió aquel famoso motín a bordo del Ariel. ¿Recuerda?

–¿El Ariel?

Arbigost asintió.

–Un lance sangriento. Se apoderaron del barco.

Steed se sentó pesadamente en el bloque de piedra en que los esclavos serían subastados si él no los compraba.

–Ese barco fue construido aquí. Su difunto capitán era de esta ciudad.

¡Resultaba increíble! Cudjo Cater había acaudillado el motín, y Paul Steed le había dado la libertad.

–¿Pero no demostró ser un esclavo excelente? – insistió Mr.

Arbigost-. Y le aseguro, Steed, que estos hombres lo demostrarán también, porque en mi granja sabemos amansar esclavos.

Paul quería alejarse de aquel insidioso hombre con su acicalado traje, pero necesitaba esclavos. Y en aquel momento Mr. Arbigost

desplazó el mondadientes de plata a la comisura de la boca y formuló una sorprendente oferta:

–Podríamos regatear sobre cada uno de los individuos, pero, como caballeros, resultaría desagradable. Por 21 dólares cada uno, son suyos.

Una vez que los esclavos fueron destinados para su envío a las plantaciones lejanas, Steed advirtió a Arbigost que lo más prudente sería no decir nada acerca de Cudjo y el Ariel.

–Ya se lo he dicho a los hombres encargados de los esclavos.

–Entonces, vamos a tener complicaciones -dijo Steed.

Y decidió no regresar a Devon, sino quedarse a dormir en Patamoke. Se hallaba en la casa contigua al almacén cuando Lafe Turlock, acompañado de sus cinco hijos, hombres adultos ya, se presentó allí, pidiendo verle.

Lafe era un hombre anciano, de hombros encorvados y mandíbula floja, pero tenía la fogosidad de la marisma.

–Steed, he oído que fue su negro Cudjo quien tomó el Ariel.

–Eso dice Mr. Arbigost.

–Vamos a colgarlo. Mató a mi primo Matt.

–¿Por qué me lo dice a mí?

–Porque queremos que venga. Para contener al comisario.

–Yo creo que Mr. Caveny cumplirá con su deber.

–También nosotros, y no queremos complicaciones.

–¿No están amenazando causar muchas y graves

complicaciones?

–Todo lo que vamos a hacer es colgar a un negro. No vamos a irritar a la comunidad.

–Yo pienso que eso irritaría considerablemente a la comunidad.

–No cuando les digamos lo que hizo.

Paul se retiró al interior de su casa e invitó a los Turlock a pasar. Entró en la cocina y dijo a su sirvienta que corriese a decir a Mr. Paxmore y a Cudjo Cater lo que se estaba tramando. Luego se

volvió para hablar con los Turlock. No consiguió nada. Lafe insistió en que él personalmente ataría la cuerda en torno al cuello de Cudjo, y sus hijos le instaron a que lo hiciera.

Así, pues, se marcharon al negarse Steed a participar en el linchamiento. Cuando los vio por última vez, los seis estaban recorriendo la comunidad para reunir gente.

Paul reflexionó durante unos minutos sobre lo que debía hacer, y al final decidió buscar a Mr. Caveny. El comisario había sido advertido de la acción de los Turlock y comprendió al instante que aquélla iba a ser la primera ocasión en que sería puesto a prueba su poder en la ciudad. Para él, el Ariel era un barco más; y el motín, un incidente trivial, mucho menos importante que la indigencia que había visto en Irlanda. Calculaba que la mayoría de los habitantes de Patamoke opinaría igual y que gozaría de relativa libertad para habérselas con aquella turbulenta familia.

Pero cuando Mr. Steed llegó, evidentemente asustado, la inquietud del plantador se contagió al comisario. Entró luego Mr.

Paxmore, alto y grave.

–No queremos disturbios -dijo-. Mr. Caveny, ¿estás dispuesto a disolver a esa chusma?

–Sólo son seis -repuso Caveny. – Habrá más -replicó Paxmore-.

Será mejor que vayamos a Cuello de Rana.

Así, pues, los tres hombres caminaron lentamente y sin agitación visible por las calles, desde la cárcel hasta el extremo de la marisma, y se encontraron con que habían huido todos los negros, menos Eden y Cudjo Cater.

–Nos quedamos -dijo Eden, mientras se acercaban los tres blancos.

–No debéis mostrar armas -advirtió Mr. Paxmore.

–Nos quedamos -repitió la negra, y, por su actitud, parecía estar bien armada. Cudjo no dijo nada. Se limitaba a permanecer junto a la puerta de su cabaña.

–¿Estabas a bordo del Ariel? – preguntó Steed.

–Sí.

–¡Oh, Dios mío!

Steed meneó la cabeza. Aquélla iba a ser una mala noche.

Entonces aparecieron los Turlock, y parecía como si media ciudad se hubiese unido a la impetuosa familia. Pero cuando se acercaron más, Steed vio algo que le enfureció más aún. Al frente de todos, codo a codo con Lafe Turlock, marchaba Mr. Arbigost, que, evidentemente, consideraba que el castigo de negros en cualquier lugar y en cualquier momento era cuestión que le afectaba.

–¡Arbigost! – gritó Steed-. ¡Qué diablos…!

–Queremos a ese negro -rugió Lafe.

Pero Mr. Steed le ignoró.

–¡Arbigost! ¿Qué está haciendo con estos hombres?

Y entonces el ardor de la noche se desplazó de Turlock hacia aquel forastero de traje blanco, y se produjo un breve y apasionado diálogo, durante el cual los ánimos tuvieron una oportunidad de calmarse.

–¡Caballeros! – exclamó Mr. Caveny cuando terminó el primer intercambio de palabras-. Sería una pena echar a perder una noche de verano como ésta. Propongo que volvamos todos a la ciudad a tomar unas copas por cuenta de Mr. Steed.

–Quiero a ese negro.

–Lafe -dijo Mr. Steed-. Eso fue hace mucho tiempo. Cudjo ha demostrado…

–Voy a colgar a ese negro por lo que le hizo a mi primo Matt.

Fue este nombre lo que puso fin a la situación, pues cuando fue pronunciado, todos se volvieron a mirar a Paul Steed, y muchos de los presentes recordaron su ignominia. El capitán Matt, el corpulento y alborotador pelirrojo que en otro tiempo había arrojado a Steed a las aguas del puerto.

Steed, consciente de lo que estarían pensando, cogió a Lafe del brazo, le hizo volverse y dijo, sosegadamente:

–¿Por qué no nos vamos todos al almacén a tomar algo?

Cuando la muchedumbre retrocedió y se alejó, Eden entró en la cabaña, sacó el cuchillo y el revólver que llevaba ocultos bajo la ropa y, sin manifestar ninguna emoción, los dejó sobre la mesa. Al ver las armas, Cudjo se sintió aterrorizado al pensar en lo que habría podido ocurrir y trató de cogerlas, pero Eden las cubrió con las manos.

Fue en marzo de 1857, cuando parecía a todos los americanos que el compromiso elaborado por Henry Clay y Daniel Webster antes de morir iba a salvar a la nación -es decir, a todos menos a los obstinados abolicionistas, que aceptarían nada menos que el desmembramiento de la Unión- cuando el magistrado presidente Roger Brooke Taney, hombre de Maryland, leyó en el Tribunal Supremo una decisión que destruyó el tambaleante edificio tras el que habían estado trabajando los conciliadores. En términos sencillos e incontrovertibles, el docto magistrado presidente, uno de los hombres más fuertes que jamás habían formado parte del tribunal, delineó el futuro.

El caso, como todos los que sientan jurisprudencia, era complicado. Este esclavo Scott había nacido en un Estado esclavista, había sido llevado a otro libre, luego a un territorio en el que la esclavitud estaba prohibida, de nuevo a un Estado en que se hallaba permitida y, finalmente, a Massachusetts, donde los esclavos eran automáticamente libres. ¿Cuál era su status? El tribunal habría podido decidir lógicamente casi cualquier cosa.

El magistrado presidente Taney y sus compañeros encontraron una solución fácil, aunque evasiva; anunciaron que como Dred Scott era negro, no era ciudadano de los Estados Unidos y no tenía derecho a defenderse en un tribunal federal. Su status volvía a ser

el que había sido tres décadas antes. Nació esclavo, y debía continuar siéndolo durante toda su vida.

Si Taney hubiese dejado ahí el asunto, simplemente habría privado a un negro de su libertad, pero el viejo sudista llevaba ochenta años en el corazón de las luchas políticas, y no era propio de él escabullirse. Decidió abordar de lleno el problema más explosivo de su tiempo. Resolvería de una vez por todas aquel pernicioso problema de la esclavitud. Respaldado por magistrados que también poseían esclavos, como los había poseído siempre su propia familia, el anciano introdujo en su decisión fundamental una serie de consideraciones que sobresaltaron a la nación: ningún organismo oficial, en ningún lugar de los Estados Unidos, podía privar a nadie de su legítima propiedad; el Compromiso de Missouri era nulo; el Congreso no podía impedir la esclavitud en los territorios; y los Estados carecían de facultad para liberar esclavos.

Cuando la decisión llegó al Choptank, los plantadores se sintieron complacidos; tenían ahora todo lo que siempre habían deseado del Gobierno federal, y hombres como Paul Steed pensaron que debían cesar las discusiones que no hacían sino desunir. Mandó fijar en todos los almacenes Steed de la región sendos ejemplares de la decisión, y dijo a sus capataces:

–Ahora podemos combatir el problema de los fugitivos con un arma real. Explicad a vuestros esclavos que, aunque logren escapar durante unos días, acabarán siendo devueltos. El problema queda definitivamente resuelto, y podemos continuar con nuestro trabajo.

El grupo medio de ciudadanos quedó complacido con la decisión; pondría fin a las disensiones. Los irlandeses se mostraban indiferentes. Y los negros emancipados, como Eden y Cudjo Cater, comprendieron que debían andarse con mucho cuidado, pues en cualquier momento podía alguien reclamarles como esclavos, presentar en el tribunal documentos falsificados y llevárselos a

alguna plantación de algodón. Eden revisó sus documentos de manumisión, pero revisó más detenidamente sus cuchillos y sus revólveres.

Los Paxmore se sintieron turbados por esta extraordinaria decisión, y, cuando recibieron una copia, tropezaron con el sorprendente pasaje en que el magistrado presidente Taney escribía: Los esclavos han estado considerados durante más de un siglo como seres de orden inferior, tan inferior, que carecían de derechos que el hombre blanco estuviese obligado a respetar.

Cuando George Paxmore oyó estas terribles palabras, inclinó su canosa cabeza, y no se le ocurrió forma alguna de refutarlas. Por dos veces empezó a hablar, pero era inútil. Si el más alto tribunal de la nación juzgaba que un negro no tenía derechos que un blanco debiera respetar, entonces no había ninguna esperanza para aquel país. Habría de caer en la barbarie.

Rachel Starbuck Paxmore encabezó la lucha contra la Decisión Dred Scott. Adondequiera que iba predicaba contra su inhumanidad. Se levantaba en las asambleas y arengaba a los cuáqueros que habían supuesto que se había logrado alguna especie de paz con el compromiso anterior. Discutía con los clientes en el almacén de Steed. Escribía cartas. Citaba las perniciosas palabras de Taney como prueba de que debía disolverse pronto la Unión:

«No podemos soportar esas teorías. Los hombres y mujeres de buena, conciencia debemos alzarnos y destrozarlas.»

Y el lado triste de su cruzada era que el magistrado presidente Taney nunca dijo aquellas palabras. Simplemente, las citó como opiniones de una generación anterior, pero cuando así se le indicó a Rachel, ésta replicó: «Quizá no las dijera, pero escribió su decisión de acuerdo con ellas.»

En octubre de aquel año tuvo su oportunidad de combatir la Decisión Dred Scott. Se encontraba en su casa de Acantilado de la Paz, con su marido y los viejos Paxmore. Habían estado leyendo

juntos varios escritos de Horace Greeley, de Nueva York, y George Paxmore encontraba en ellos motivos de esperanza.

–Greeley piensa que hay un cierto aplacamiento de las pasiones.

Y Elizabeth dijo, sosegadamente: -Eso espero.

Se disponía Rachel a apagar las lámparas y conducir a los demás a la cama, cuando oyó llamar a la puerta. Sin decir nada, volvió a dejar sobre la mesa la lámpara que llevaba, avivó cuidadosamente el pabilo y dijo a los otros:

–Tenemos trabajo.

Cuando abrió decididamente la puerta, se encontró con un trabajo con el que nunca se habían enfrentado los Paxmore. Nueve corpulentos negros se apiñaban ante ella en la oscuridad.

–Somos de Cline -dijo su portavoz.

Y cuando Elizabeth vio su lacerada y ensangrentada espalda, lanzó un débil grito y se desmayó.

–No quería asustarla -empezó a decir el herido negro, pero Rachel le cogió del brazo y le hizo entrar en la casa.

Con un movimiento del codo, indicó que George atendería a su postrada esposa; luego condujo a la cocina a los otros ocho fornidos esclavos. Llenaban la estancia y miraban consternados a la mujer caída; ésta era vieja y frágil, pero cuando volvió en sí, se apoyó en la mesa y, con mano temblorosa, le hizo darse la vuelta al primer negro para poder examinar su destrozada espalda.

–¡Dios mío! – murmuró-. Debemos llevar a estos hombres a la libertad.

Durante toda su vida se había opuesto a ayudar a los fugitivos; sus principios religiosos le decían que la esclavitud sólo podría ser erradicada mediante una lenta persuasión. Había estado dispuesta a enseñar y estimular; ahora, al ver por primera vez a un esclavo realmente apaleado, alcanzó una nueva comprensión.

–No aguantamos más -dijo el esclavo que llevaba la voz cantante.

–¿No le matarás? – preguntó cautelosamente George.

–No te preocupes -replicó ásperamente Elizabeth.

Y empezó a moverse por la cocina, preparando comida. Cuando los esclavos se hubieron saciado, se apresuró a subir las escaleras para recoger las ropas que Rachel había estado reuniendo para un caso así.

–Vamos al Norte -dijo uno de los esclavos.

–Desde luego -aprobó Rachel-, pero ¿cómo?

¡Nueve hombrachones! ¿Cómo podían escabullirse ante los guardianes que vigilaban los caminos?

Fue Bartley quien expuso un plan, y lo hizo con tan serena autoridad, que convenció a todos de que podía dar resultado.

–Evidentemente, no podemos cruzar por entre los vigilantes un grupo tan numeroso. Y no podemos arriesgarnos a tenerlos aquí e irlos pasando de uno en uno. Así que vamos a hacer lo siguiente: Rachel, ve a buscar a tu hermano Comly y apresuraos a ir a Filadelfia para preparar nuestra llegada. George, vete a la ciudad y haz que Parrish imprima el anuncio de una subasta. Mercado de esclavos de Patamoke. Describe a estos nueve hombres y a Eden Cater.

–¿Por qué Eden? – preguntó su padre.

–Porque voy a llevar a estos hombres al Norte como si fuesen propiedad mía. Abiertamente. Adquiridos en pública subasta, como indicará la factura de venta. Voy a llevarlos a mi plantación a orillas del Sassafras, y si viene una mujer con nosotros, parecerá más natural.

–Tendrás que partir esta noche -advirtió Rachel-. Cline te seguirá los pasos.

–Mr. Cline cree que hemos cruzado la bahía -dijo el esclavo que dirigía a los demás-. Si Cline sigue nuestras huellas, estará en

Virginia.

Esta falsa pista daba una pequeña oportunidad de éxito a la estratagema de Bartley. Antes del amanecer, Rachel se encontraba camino de casa de los Starbuck, y George navegaba hacia Patamoke para obtener la impresión del anuncio. Bartley dijo que escondería a los esclavos en los bosques situados detrás de la casa, pero su madre se negó a permitirle mover al hombre herido antes de que le aplicase un emplasto en la ensangrentada espalda. El hombre yacía en el suelo, y ella tuvo que arrodillarse para limpiarle las heridas, una canosa dama de setenta y tres años moralmente ultrajada por el fundamental salvajismo de un sistema que ella había creído entender.

En Patamoke su marido encontró al impresor cuáquero John Parrish y le confió el plan de la familia. Trabajando febrilmente, Parrish compuso el anuncio de una subasta pública supuestamente celebrada en la ciudad hacía cuatro días. Utilizó un grabado que representaba a un negro apoyado en un azadón. El vendedor era T.

T. Arbigost, de Georgia, y entre los esclavos había una mujer que respondía al nombre de Bossie y que era descrita con cierto detalle.

Mientras se imprimía este cartel y se cumplimentaba una factura de venta, George se dirigió en silencio a la cabaña de los Cater, llamó cortésmente y aguardó hasta que Cudjo abrió la puerta una rendija.

–Los esclavos de Cline se han escapado.

Cudjo no dijo nada, pero los poderosos músculos de su cuello se tensaron. Escuchó mientras Paxmore explicaba la propuesta de su hijo, y, luego, dijo entusiásticamente:

–Eden ha venido a casa esta noche, vamos los dos.

–No. Bartley teme que eso resultaría demasiado llamativo.

Alguien notaría tu ausencia. Debes estar aquí cuando llegue Cline, dentro de dos o tres días.

Cudjo volvió a quedar en silencio, pero Paxmore le vio apretar los puños.

–Mi querido amigo, no debes tocar a Mr. Cline. Nuestra tarea es llevar sus esclavos a Pensilvania.

–¿Quiere que Eden vaya a Acantilado de la Paz?

–Inmediatamente.

–Irá. Esos esclavos llegarán a Pensilvania.

Así, pues, quedó montada la expedición. Rachel estaba ya camino de Filadelfia. Elizabeth entregó el dinero que había estado ahorrando para comprar semillas, y Bartley se quedó con los esclavos, enseñándoles cómo debían repetir «sí, señó» a cualquiera que les hiciese una pregunta.

Luego, llegó Eden.

Había descendido por el río en su propio esquife, vestida de doncella. Estaba tensa y ansiosa por emprender la marcha; al mirar los rostros de los fugitivos les aseguró: «Vamos a llegar a Pensilvania», pero su actitud era tan agresiva, que Bartley se negó a aceptarla como miembro de su grupo hasta que Elizabeth la hubo registrado, quitándole la pistola que llevaba bajo el vestido y el cuchillo sujeto a la pierna.

–No debe haber violencia -advirtió Bartley a los esclavos-.

Estaremos protegidos por la gracia de Dios.

Pero Elizabeth, de pie en la puerta de la cocina mientras los esclavos pasaban, fue diciendo a cada uno de ellos:

–No dejes que te capturen.

La cadena de esclavos, unida por el ansia de libertad, marchó en silencio hasta el río, donde Bartley había fondeado un gran queche, y remontaron en él el Choptank, manteniéndose junto a la orilla más alejada de Patamoke. Cuando hubieron rebasado la ciudad, atracó el queche y dijo a los hombres:

–Ahora empieza la parte peligrosa.

Era un viaje arriesgado, un solo hombre blanco, nueve negros y una esclava. Caminaban en fila india, procurando evitar ciudades y posibles preguntas. Al finalizar la mañana del primer día, cuando ya habían rebasado Easton, fueron abordados por un granjero que preguntó adonde se dirigían.

–Al Sassafras -respondió Bartley.

Y el granjero dijo:

–Espero que tengas algún negro en el que puedas confiar.

–Tom y Nerón son excelentes peones -repuso Bartley.

Dormían en los campos, pero al ir estrechándose la península no podían ya sortear las ciudades, por lo que, tras adiestrarles minuciosamente, Bartley condujo su fila de esclavos por el centro mismo de una población, volviéndose de vez en cuando para inspeccionar a los negros, como si fuesen suyos.

–¿Adonde vas? – preguntó un agente.

Como ya estaban al norte del Sassafras, Bartley respondió:

–A Head of Elk. Hay mucho que arar allí.

El agente observó a los esclavos y preguntó:

–¿Tienes los papeles de estos negros?

–Desde luego.

Y mientras los negros permanecían rígidamente atentos, tratando de no mostrar su miedo, Bartley sacó los documentos que había falsificado John Parrish.

–Tiene buen aspecto esa tía -dijo el agente.

–Y sabe cocinar, además -dijo Bartley.

–Se ven por aquí muchos fugitivos. No dejes de tener los ojos bien abiertos con éstos.

Gratuitamente, dio un golpe con su porra al último esclavo de la fila, y por un momento Bartley temió que toda la estratagema se fuera al traste, pero el esclavo se agarró un mechón de pelo, se inclinó varias veces y murmuró:

–Sí, señó. Sí, señó.

Llegaba entonces la parte más peligrosa. Se encontraban al norte de Head of Elk, no lejos de la frontera de Pensilvania, pero era precisamente allí donde rastreadores mercenarios de esclavos patrullaban los caminos, esperando sorprender a fugitivos que caminasen sin precauciones en aquel último tramo hacia la libertad, y, como Bartley había previsto, varios de los hombres querían separarse, para realizar cada uno su propio intento final.

El argumentó en contra, advirtiendo a los esclavos que, si se dispersaban, perderían la ventaja general que había logrado. Para su sorpresa, su más ardiente colaboradora fue Eden, que dijo a los hombres:

–No seáis estúpidos. Estáis a cinco millas de la libertad. Tened valor.

Pero un esclavo llamado Pandy se negó a compartir el riesgo común Predijo que un grupo tan grande llamaría la atención y sería descubierto. Quería hacer solo el recorrido final, y se fue.

Bartley no sabía muy bien qué haría si se le interceptaba en aquellas últimas millas, y se sintió lleno de consternación al ver acercarse tres hombres montados a caballo que, evidentemente, eran rastreadores de esclavos.

–¿Qué haces con todos esos esclavos? – preguntó el que mandaba.

–Llevarlos a mi hacienda de Rising Sun.

–¿Por qué estás tan al Este?

–Los he comprado en Patamoke. Mucho más baratos que en Baltimore.

–Es cierto -admitió uno de los hombres.

–¿Tienes papeles que demuestren que son tuyos?

–Completamente en regla -afirmó Bartley.

Estaba temblando, pues sabía que aquellos ocho esclavos no tenían intención de dejarse apresar, y temía una acción violenta por parte de Eden si se realizaba algún intento en tal sentido. Escarbó

en el suelo con la punta de su bota, fingiendo indiferencia, mientras los hombres leían los documentos. Dios mío, ¿nunca pasará este momento?

–A mí no me parecen negros de Georgia. Parecen peones de Maryland.

–Los han domado -explicó Bartley.

Y le levantó la camisa al hombre que más recientemente había sido apaleado. Los rastreadores de esclavos, al ver los verdugones, comprendieron que se trataba de un negro difícil. Con un violento puntapié, el jefe derribó al esclavo en el polvo, mientras los otros dos jinetes daban muestras de querer lanzarse contra toda la fila.

Si el esclavo caído hubiera reaccionado, aun mínimamente, al puntapié, se habría producido una batalla generalizada, con pérdida de vidas, pero el hombre permaneció tendido, y los jinetes pasaron por encima.

Cuando se hubieron ido, Bartley exclamó:

–Lo más aprisa posible. Al Norte hasta la frontera.

Y habían avanzado mucho, cuando oyeron tras ellos ruidos de cascos de caballo; los rastreadores se dirigían sobre ellos.

–¡Sabemos que estáis escapando! – gritaron al alcanzar al último esclavo de la fila.

Ahora fue Eden quien tomó el mando de la situación. De un salto, se abalanzó contra el primero de los jinetes, derribándolo al suelo. Cayó en mala postura, lo cual le permitió a ella coger una piedra y estrellársela en la cabeza. Cuando levantó la vista, vio que los esclavos de Cune habían desmontado también a los otros dos jinetes, y antes de que Bartley pudiera intervenir, habían sido maniatados,

–Coged sus caballos -ordenó Eden.

Pero Bartley advirtió vehementemente a los esclavos que si introducían los caballos en Pensilvania serían ahorcados.

–Robar caballos es un grave delito -dijo, y Eden se echó a reír, pero Bartley continuó-: Nunca os dejarán marchar. Los hombres os seguirán hasta Francia para castigar a un ladrón de caballos.

–Llévalos al bosque -dijo Eden a los esclavos.

Y los tres rastreadores fueron obligados a caminar. Eden no permitió que Bartley les siguiera, y éste esperó angustiado hasta que reaparecieron los hombres. Pero no les dejó coger los caballos.

–Soltadlos -insistió.

Y cuando así se hizo echaron todos a correr hacia la frontera, pero se detuvieron al ver algo que les estremeció. Dos cazadores de esclavos avanzaban hacia ellos, hostigando a un negro que llevaba una cuerda alrededor del cuello y las manos atadas a la espalda. Era Pandy, a quien Mr. Cline llevaba siete años maltratando. Estaba a una milla de la libertad cuando cayó justamente en la clase de trampa que Bartley y Eden había previsto.

Pasó ahora ante sus compañeros, con los ojos bajos. Se había delatado a si mismo, pero no les delataría a ellos.

–¿Qué lleváis ahí? – preguntó Bartley, en tono casual.

–Un maldito fugitivo. Significa cincuenta pavos para nosotros.

–Parece un tipo insignificante.

–¿Adonde vas tú?

–A Rising Sun.

–No está lejos, pero vigila a esos negros. Les gusta huir.

–Tengo dos guardianes -replicó Bartley.

–¡Guardianes! – los hombres se echaron a reír-. No se puede confiar en ningún negro.

Y continuaron adelante, camino de la granja de Herman Cline.

Ninguno de los esclavos habló durante la última milla, y Bartley vio que la mayoría tenían lágrimas en los ojos, pero cuando se hubieron internado en Pensilvania, uno de los hombres empezó a cantar:

Dulce Jesús, protégele.

Dulce Jesús, salva a nuestro hermano.

Dulce Jesús, déjanos morir en paz.

Dulce Jesús, llévanos a casa.

En Filadelfia estaban excitados, los abolicionistas que dedicaban su tiempo y su dinero a rescatar esclavos. Las autoridades de Wilmington habían transmitido por telégrafo la noticia de una fuga criminal: un hombre blanco y urja mujer negra habían conducido a ocho esclavos varones a la libertad reduciendo a tres capturadores de esclavos en las proximidades de la frontera de Pensilvania y atándolos cabeza abajo de las ramas de un corpulento roble, donde no fueron encontrados hasta que sus caballos no regresaron a la cuadra, alertando a los grupos de exploración.

Bartley había previsto esa conmoción, y tan pronto como puso a los ocho hombres en el camino que conducía a Kennett Square, donde estarían esperando los cuáqueros para integrarlos en el sistema establecido, él y Eden se dirigieron sigilosamente hacia el Oeste, en dirección al poblado de Nottingham.

Allí se pusieron en manos de una familia cuáquera apellidada Hicks, a la que hubieron de confiarse: «Sería fatal que dierais a conocer cómo falsificamos los documentos. Mrs. Cater y yo necesitamos nuevas ropas, nuevos documentos y dinero suficiente para volver los dos a casa a través de Baltimore.» Se falsificaron papeles y se adquirieron pases para un caballero que regresaba a Richmond con la doncella de su mujer. Y los dos conspiradores emprendieron la marcha hacia el Sur.

Rachel y su hermano tomaron entonces a su cargo la situación.

Ambos eran decididos, y cuando los esclavos llegaron a Filadelfia, los dispersaron rápidamente por diversos escondites, de modo que nadie pudiera deducir que aquéllos eran los hombres que habían humillado a los rastreadores. Rachel, siempre anticipándose a posibles complicaciones, hizo circular el rumor de que los ocho

esclavos habían llegado a Lancaster, y otro de que estaban ya en Nueva York, donde ella había dispuesto las cosas para que los abolicionistas celebrasen una fiesta en que habrían de ser exhibidos los ocho.

Pero había subestimado al enemigo, pues, mientras bajaba por Market Street, después de haber tomado las medidas necesarias para que tres de los hombres fuesen transportados en barco a Boston, vio con horror que Lafe Turlock y Herman Cune se acercaban en su dirección, seguidos de dos policías. Volviéndose rápidamente, se aplastó contra el escaparate de una tienda y allí permaneció hasta que se perdieron de vista. Aquella noche leyó en el periódico su anuncio:

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