Bahía de Chesapeake
El Duelo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
–No será fácil conseguir su ferrocarril. Nuestra prioridad máxima es terminar el de Chicago.
–¿Y después?
–Yo sólo puedo prever con un año de antelación, Steed.
Siempre me aterrorizan los doce meses siguientes.
Naturalmente, los Paxmore no eran invitados nunca a las reuniones sociales de Venganza de Rosalind, y era comprensible, pues su actitud hacia la esclavitud discrepaba tanto de la de los plantadores, que ninguna de las dos partes se habría sentido cómoda. Los esclavistas, como eran caballeros, vacilarían en irritar a los cuáqueros recitando los problemas con que tropezaban al intentar administrar económicamente a los esclavos, mientras que los cuáqueros, como no eran caballeros, no tendrían ningún reparo en exponer ante ellos las incongruencias morales del sistema.
–Es casi como si rechazaran la ley instituida de la tierra -se lamentaba Paul.
Y Susan respondía:
–Alimentan sus prejuicios con esa perniciosa literatura que les envían desde Boston y Nueva York. Simplemente, se niegan a aceptar el testimonio de sus propios ojos.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, la forma en que novecientos esclavos viven con nosotros en total armonía.
Había identificado la trágica diferencia que separaba a las dos familias: los Steed señalaban su bien dirigida plantación y creían que compensaban los campos de horror como el de Herman Cline, mientras que los Paxmore señalaban un campo de horror en el Pequeño Choptank y consideraban que contrapesaba los centenares de plantaciones bien dirigidas. No había confluencia de criterios.
La dificultad que Paul Steed había previsto surgió cuando los Paxmore se suscribieron a The Liberator y pidieron que Mr. Cater se lo entregara, cosa que estaba prohibido hacer. Por ello, siempre que llegaba el vapor de Baltimore con ediciones del New York Tribune o The Liberator, los quemaba: «No quiero sedición en Patamoke.»
Cuando George Paxmore supo que el correo de los Estados Unidos estaba siendo destruido, protestó, pero Cater le advirtió:
–Amigo Paxmore, parece no darse cuenta de que estoy actuando en defensa de usted. Suponga que le entrego los periódicos, y que aviso al sheriff. Iría usted a la cárcel.
Los Paxmore presentaron una protesta en Annapolis y se les respondió: «El administrador de Correos Cater está cumpliendo con la ley.» Escribieron al Administrador General de Correos en Washington, que remitió su denuncia a un subordinado, el cual respondió: «Los del Norte pueden insistir en que llevemos su correo al Sur, y así lo hacemos, pero es comprensible que los administradores del Sur lo quemen de acuerdo con la ley local.»
Esta contestación irritó tanto a los Paxmore, que buscaron un arbitraje en el inflexible campeón de la rectitud de Nueva Inglaterra, John Quincy Adams, antiguo presidente de la Unión y su principal defensor a la sazón en el Congreso. Había estado buscando un caso así que explotar, y envió un investigador, un caballero de Illinois, para comprobar las acusaciones de Paxmore.
El comisario, antiesclavista, regresó a Washington con pruebas de que el administrador de Correos había estado quemando correspondencia de los Estados Unidos.
Hubiera podido producirse un escándalo, porque Adams, pendenciero y combativo viejo guerrero de ochenta y un años, estaba decidido a luchar contra semejante irregularidad. No fue necesario. Se llegó a un compromiso en virtud del cual el administrador de Correos Cater fue destituido de su puesto en Patamoke, para pasar a ocupar uno mucho mejor que le habían ofrecido los patriotas de Carolina del Sur, donde continuó quemando todo correo que considerase sedicioso.
Su marcha tuvo una curiosa secuela. Cuando Cudjo ganó su libertad, se trasladó a Patamoke y estableció su propio negocio. Era carpintero, mecánico, constructor de lanchas, reparador, jardinero y pescador de ostras. Se le ofreció un trabajo permanente en el astillero de Paxmore, pero tenía un deseo tan insaciable de libertad,
que quería ser su propio jefe, aun cuando eso significara la existencia de ocasionales períodos sin trabajo.
Gamo Eden continuaba trabajando en Venganza de Rosalind, para estar cerca de la lisiada Susan, se desarrolló una curiosa organización familiar. Durante unas dos semanas al mes, Eden vivía con Cudjo en la cabaña de Patamoke, ayudando a educar a sus dos hijos; luego subía a una de las lanchas de Steed y regresaba a Devon otro par de semanas, y fue durante uno de estos viajes cuando Paul Steed le dijo:
–Eden, ahora que tú y Cudjo sois libres, tenéis que tomar un apellido.
Era una sugerencia razonable por cuanto que la posesión de apellido era una de las características de un negro liberado, pero ni Eden ni Cudjo habían tenido jamás apellido.
–No tengo ni idea -repuso Eden.
Y sucedió que en ese momento Paul estaba mirando una carta, y se sintió irritado al pensar que los Paxmore habían sido capaces de poner en apuros a un administrador de Correos que con tanta eficiencia había desarrollado su trabajo. Entonces se le ocurrió la idea:
–Eden, Mr. Cater fue trasladado al Sur. Su apellido no es necesario. Así, pues, Cudjo y Eden se convirtieron en los Cater, y siempre que los Steed lo mencionaban recordaban su antagonismo con los Paxmore.
Paul Steed intentó tres veces atraer a Daniel Webster a Devon, y ello era importante, pues en la lucha por conseguir el ferrocarril era esencial el apoyo del gran hombre de Nueva Inglaterra. Era el miembro más poderoso del Senado y tenía el fiel acatamiento de los dirigentes de la industria.
Estaba demasiado atareado por las cuestiones gubernamentales para realizar el largo viaje desde Washington, aunque se daba por supuesto que Steed enviaría el barco de la plantación a recogerle. Y
entonces, un día, sin previo aviso, apareció en la isla un tal Mr.
Walgrave, de Nueva Hampshire, con excitantes noticias:
–Si pudiera usted ver la forma de invitar a la reunión a estos caballeros…,
Y entregó a Paul una lista de nombres en la que se contenían los de los más prósperos hombres de negocios de la Orilla Oriental, Delaware y Baltimore.
–Me sentiría orgulloso de invitar a esos señores -confesó Steed-. ¿Pero vendrían?
Y Mr. Walgrave, activo y nervioso hombrecillo que hablaba continuamente en susurros, respondió:
–Creo que podrían estar interesados en hablar directamente con el senador. Creo que los encontrará usted muy receptivos.
–Si está usted tan seguro -dijo Paul, con cierta perplejidad-,
¿por qué el senador Webster mismo no…?
–¡Oh no! – replicó Walgrave-. Eso sería muy poco correcto.
Pero si la invitación llegara de usted…
–Lo intentaré, desde luego -dijo Paul-. Ese ferrocarril…
–¡Oh! – exclamó el hombre de Nueva Hampshire-. Encontrará usted al senador muy interesado en los ferrocarriles. Sí, verdaderamente.
Así, pues, fueron cursadas las invitaciones, y casi todos los hombres que las recibieron contestaron que sería un verdadero placer para ellos entrevistarse con el gran senador. Se tomaron medidas para alojar a los visitantes en todas las partes de la mansión, en la oficina e incluso en las dos casitas de los capataces, remozadas para la ocasión.
Los invitados empezaron a llegar dos días antes de la conferencia prevista, y se colocaron mapas en lugares adecuados para estudiar en ellos las rutas proyectadas. Se habló mucho de un ramal que empalmaría con un transbordador a Baltimore, insistiendo los hombres de esa ciudad en que el comercio fuera
encauzado allí, más que al Norte, a Filadelfia, y se acordaron rápidamente concesiones. El día anterior a la reunión apareció Mr.
Walgrave, todo blandura y susurros confidenciales. Aseguró a cada uno de los hombres que Daniel Webster iba a cruzar la bahía para verle personalmente a él, porque el senador tenía en muy alta estima su juicio comercial, y se pasó la tarde sembrando entusiasmos para la llegada del gran hombre.
En el desayuno expuso, con su voz suave, cuál debería ser el programa del día, y a las diez, cuando llegó el barco, él se encontraba en el muelle, presidiendo el comité de bienvenida.
–¡Hip, hip, hurra! – gritó, alentando a los esclavos que esperaban a coger las cuerdas de amarre.
Cuando el barco quedó atracado, Mr. Walgrave fue el primero en subir a bordo, y, después de que varios marineros de cubierta hubieran bajado a tierra con el equipaje, gritó, sin susurrar ya:
–¡Aquí está el senador Webster!
Y del camarote salió un hombre corpulento, de cabeza grande y calva, ojos penetrantes y oscuras cavidades bajo los pómulos. Su boca estaba plegada en un perpetuo gesto de desprecio, y, como un emperador, cruzó la pasarela, descendió al muelle y avanzó con pasos vivos para estrecharle la mano a su anfitrión.
–Mi buen amigo Steed -exclamó, dirigiéndose a un hombre a quien jamás había visto-, muy amable por su parte haber venido a recibirme.
Le estrechó solemnemente la mano, saludó a cada uno de los componentes del comité de bienvenida, se detuvo un momento, extasiado ante el paisaje y dijo, con voz profunda y sonora, que pareció retumbar entre los árboles:
–Caballeros, estoy ansioso de hablar sobre ferrocarriles.
En la sesión celebrada antes del almuerzo se mostró irresistible, no por su voz, que mantuvo baja, ni por las dimensiones de su cuerpo, que movía poco, sino exclusivamente porque era un
hombre de inteligencia impresionable. Un plantador del otro lado del Choptank empezó casi humildemente a explicar las ventajas de tener un ferrocarril…
–Mr. Stallworthy, no tiene por qué titubear conmigo. No tengo absolutamente ningún elector en Massachusetts cuyo negocio no se beneficie a causa del ferrocarril. Yo creo que toda industria americana…
Sus palabras fluían rotundas y espléndidas, llenas de una convicción que levantaba el ánimo a sus interlocutores.
Y conocía a fondo los datos. Si alguien hablaba del interés de Baltimore en la Orilla Oriental, Daniel Webster aducía las cifras que apoyaban esta pretensión y se convertía en abogado más hábil que el hombre de Baltimore. Él mismo era un hombre de negocios, introducido en los procesos de comprar y vender. Pero en la sesión celebrada tras el almuerzo del mediodía, mostró el otro aspecto de su política:
–Es esencial, en mi opinión, que construyamos todas las líneas férreas posibles hacia el Norte y hacia el Sur, pues ellas han de constituir el entramado que mantendrá unida a nuestra nación.
Cuando empezó a explayarse sobre los problemas de la Unión, hablaba como un dios, y Steed reflexionó en el hecho de que se mostraba extraordinariamente persuasivo en sus compromisos personales, mientras que Henry Clay, en cambio, se había mantenido en un plano apartado e intelectual.
–Los necesitamos a los dos -murmuró en voz baja, mientras Webster continuaba hablando, desechando dificultades que Steed sabía que no podían sortearse tan fácilmente.
Pero cuando más brillante estuvo fue durante la cena. Sentado a la derecha de Susan, disertó sobre su visión de una Unión más poderosa extendida a todas las partes del continente, abastecida por los Estados del Sur, aprovisionada de productos manufacturados por los del Norte y provista de materias primas por los del Oeste.
En medio de su florido discurso, soltó su servilleta, apoyó las dos manos sobre la mesa y dijo, con resonante voz:
–Caballeros del Sur, he venido aquí para conocer qué es lo que ustedes desean de la Unión.
Apareció el viejo Tiberio para escoltar a las señoras hasta el saloncito en que tomaban café, pero Webster le interrumpió:
–Creo que las señoras deben quedarse -y él personalmente supervisó la colocación de la silla de Susan.
La conversación abarcó numerosos temas. No había ido, como Henry Clay, a escuchar, sino más bien a captar fugaces imágenes de los problemas, a los que daría nueva formulación e incorporaría de forma permanente a su arsenal. Ningún dueño de esclavos se proponía otra cosa sino que Daniel Webster comprendiera sus dilemas, simpatizara con ellos y les diera seguridades de que haría todo lo posible por aliviarlos. Cuando Steed planteó la cuestión suscitada por Henry Clay -¿qué debe hacerse con el esclavo fugitivo?-, Webster respondió con energía: «Devolverlo, naturalmente.» Cómo y en qué circunstancias y con qué efecto sobre los organismos federales encargados de hacer cumplir la ley, era cosa que le resultaba ajena.
Se retiró temprano, abandonando la sala como un tornado, con la cabeza inclinada, como doblegado por la pesada carga de sus responsabilidades. Al llegar a la puerta se volvió, dirigió una sonrisa a Susan y miró a los ojos a cada uno de los hombres que allí se encontraban.
–Caballeros y bellas señoras, esta noche su ferrocarril está mucho más cerca que nunca de Patamoke.
Cuando se hubo ido, dejando un evidente vacío, el grupo empezó a disgregarse, pero Mr. Walgrave indicó imperiosamente a Steed que Tiberio debía acompañar a las señoras al saloncito del café. Cuando se hubieron cerrado las puertas del comedor y fueron
encendidos los cigarros, Mr. Walgrave dijo desde la cabecera de la mesa, con su susurrante voz:
–Y ahora, caballeros, hablemos de negocios.
–¿A qué se refiere? – preguntó un comerciante de Patamoke.
–Al senador Webster, caballeros. A eso es a lo que me refiero.
Y procedió a pronunciar un discurso que asombró a cuantos se encontraban en la sala, a excepción de uno de los hombres de Baltimore. Steed observó que aquel caballero continuaba fumando su cigarro, mirando desdeñosamente al techo, y Paul tuvo la impresión de que ya había oído antes todo aquello.
«Caballeros, dejémonos de rodeos. Ustedes saben tan bien como yo, que Daniel Webster es el único hombre de los Estados Unidos que representa nuestros intereses. Y no me digan que es uno de los defensores de los aranceles elevados y no puede, por tanto, representar los intereses de ustedes, habitantes del Sur. Sólo él ha mantenido el arancel dentro de límites razonables. Pero, lo que es más importante, ha respaldado todo buen proyecto de regulación legislativa comercial presentado al Congreso en los 38
años que les ha estado sirviendo a ustedes.»
Un invitado señaló que había servido en Massachusetts, no en Maryland, y que, en realidad, había sido enemigo de las principales leyes que hubieran podido ayudar a los plantadores. Mr. Walgrave adoptó un tono de desprecio ante semejante observación:
«Indigno, señor, indigno. Mr. Webster tal vez haya tenido que votar, como buen representante de Nueva Inglaterra, contra uno u otro de sus proyectos legislativos, ¿pero no ha votado consistentemente en favor de los intereses comerciales? ¿No goza cada uno de ustedes de una posición más acomodada porque él ha sido su perro guardián en el Senado, combatiendo los proyectos de ley que sólo servían para excitar a la chusma a costa del hombre de negocios?»
Se dirigió de uno en uno a todos los presentes y demostró que Webster había cumplido con su deber, pues interrogó a cada uno sobre las leyes mercantiles concretas que Webster había patrocinado para ayudar a los negocios del interrogado. Todos se vieron obligados a reconocer que Daniel Webster había sido el defensor de los plantadores, así como de los propietarios de fábricas. Luego, fue al grano:
«Y yo estoy aquí esta noche, caballeros, para recabar su apoyo a este hombre que tan firmemente les ha apoyado a ustedes. Me dispongo a recoger sus promesas de aportación económica que permitan a Daniel Webster pagar algunas de sus deudas personales, a fin de que pueda continuar defendiéndoles en el Senado. Quiero que cada uno de ustedes se pregunte a sí mismo: "¿Qué beneficios me han reportado los esfuerzos de este gran hombre en el senado?", y quiero que contribuyan en consecuencia.»
Uno de los plantadores del norte de Patamoke preguntó:
–¿Qué cantidad tiene prevista?
Y, sin vacilar un instante, Mr. Walgrave susurró:
–Quinientos mil dólares.
La cifra provocó contenidas exclamaciones, por lo que añadió rápidamente:
–Caballeros, como ustedes saben, el senador Webster tiene muchos gastos. Tiene granjas, parientes. Organiza fiestas y recepciones, tanto en Boston como en Nueva York. Y cuando ustedes vayan a Washington, cenarán y tomarán vino con él. Sus gastos son grandes porque su corazón también lo es.
La reunión se disgregó temporalmente en pequeños grupos, en los que las discusiones eran vigorosas, y Mr. Walgrave no trató de interrumpir este necesario proceso de formación de opinión, como él lo denominaba; había presidido muchas reuniones semejantes en todas las partes de la nación y habían descubierto que nunca obtenía promesas de grandes aportaciones a menos que se les diese
a los hombres de negocios locales tiempo suficiente para discutir entre ellos. Y eran grandes aportaciones lo que quería.
–¿Está usted pidiéndonos el medio millón entero? – preguntó un plantador.
–¡Cielos, no! – exclamó Walgrave-. Colaboradores inteligentes de toda la nación están efectuando sus aportaciones.
–¿No prohibe la Constitución una colecta de este tipo? –
preguntó un abogado de Patamoke.
–¡Ciertamente! – convino Mr. Walgrave al instante.
Había aprendido que ésa era la manera de abordar aquella delicada cuestión, que nunca dejaba de surgir en las sesiones de recaudación de fondos.
–Entonces, ¿por qué nos pide…?
–Mi querido amigo, si usted contribuye… digamos que con dos mil dólares esta noche y espera que el senador Webster vote afirmativa o negativamente a algún proyecto de ley que a usted le afecte en sus intereses, eso sería cohecho, soborno del Senado, y ciertamente sería una conducta punible. Pero el senador Webster no practica, ni ha practicado jamás, el cohecho ni la venta de su voto.
Todo lo que yo les prometo esta noche es que si consideran oportuno apoyar a este gran hombre y mantenerle en su puesto…
–No se presenta nadie contra él.
–Gracias a Dios. No, no tiene que luchar por la reelección, y si debiera hacerlo, nadie en Massachusetts podría derrotarle.
–Entonces, ¿por qué necesita…?
–Señor, nos sirve a todos como senador. Representa a la nación entera. Sus gastos personales…
–Deben de ser muy altos para necesitar medio millón.
–Lo son -replicó Mr. Walgrave secamente, y luego volvió a su tono susurrante-. Lo son, porque debe trabajar extraordinariamente para proteger a los hombres poseedores de propiedades. Caballeros, o apoyan a Daniel Webster, o arrojan sus fortunas a los lobos.
Era el momento de obligar a aquellos potenciales contribuyentes a mantener una sesión ordenada. Dio la vuelta a la mesa, colocando ante cada uno de ellos una hoja de papel impreso en la que habían de escribir la cantidad de dinero que estaban dispuestos a aportar, y Webster se había mostrado tan impresionante, tan comprensivo con sus problemas, que todos firmaron una promesa de aportación. Paul Steed daba tres mil dólares.
–Usted no ha firmado -dijo Mr. Walgrave al hombre que había estado mirando al techo.
–No -respondió éste-. Ya di hace tres años, en Pittsburgh…,
¿recuerda?
–No, no recuerdo -replicó Mr. Walgrave, con cierta aspereza.
–Aquella noche estaba usted haciendo su colecta entre industriales siderúrgicos… Cuatrocientos mil dólares entonces.
Mr. Walgrave tomó nota de aquel hombre. En ninguna circunstancia volvería a ser invitado a otra reunión social con Daniel Webster.
Para Eden Cater, la década de 1840 fue una época de perplejidad. Era una mujer Ubre, con un buen marido, dos hijos preciosos y una compasiva ama que la necesitaba. Miss Susan, con la ayuda de diversos aparatos que le había construido Cudjo, se movía bastante bien por la mansión, y a medida que envejecía se iba haciendo más amable y comprensiva:
–Soy inglesa, como sabes. Se supone que nuestras damas deben adquirir una cierta gracia.
Hablaba a menudo de las mujeres Fithian, de Londres y de las curiosas formas en que habían supervisado su infancia.
–Teníamos niñeras, ¿sabes?, y siempre hablaban francés y nos daban a hurtadillas novelas para leer. «Paga que sepas como haceg el amog… cuando llegue el momento.»
Siempre añadía, mientras Eden escuchaba sus monólogos:
–Pero, naturalmente, también soy medio americana. Y se supone que las mujeres americanas que viven en una isla deben adquirir un cierto valor.
Algunos días incluso salía al jardín, donde permanecía sentada en su silla de ruedas, observando cómo los esclavos cuidaban los caminos. Era un ama bondadosa, y los esclavos la trataban indulgentemente. Pero conservaban la belleza del jardín, con los altos espinos alargándose hacia quien pasara por los caminos y las tostadas azucenas situadas tras los bordes de hierro en que sus macizos se hallaban ahora encerrados.
Paul y Susan habían añadido numerosos acebos, y estos árboles, rojos en otoño y verdes en invierno, daban una nueva pincelada al césped. De hecho, Paul había logrado un acebo que daba enormes racimos de brillantes bayas rojas, y estaban vendiendo a sus vecinos plantas arraigadas a las que había puesto el nombre de Susan Fithian. A todo lo largo del Choptank florecían numerosas Susan Fithians… «Un árbol robusto. Resiste cualquier adversidad.»
Eden no era realmente necesaria en la mansión; dos esclavas más jóvenes habían sido adiestradas para atender a Miss Susan, pero siempre que se iba a Patamoke a pasar una temporada con su familia se la echaba de menos. «Es tan inteligente… -decía Susan a las otras chicas-. A veces se comporta como si ésta fuese su casa, no la mía.» Al reflexionar en este fenómeno, añadía: «Es comprensible. Nació en esta isla. Empezó a vivir en la mansión el mismo año que yo.»
Eden se sentía atraída a Patamoke no sólo por causa de su familia, sino también porque percibía que se hallaban en marcha movimientos que no tardarían en engullirla a ella y a Cudjo. Le encantaba sentarse al atardecer en el banco que había delante de la cabaña e intercambiar ideas con él, pues ella desarrollaba sus conocimientos en la mansión, y él en el astillero.
Su conversación seguía extrañas pautas, pues ella había aprendido el inglés señorial en Venganza de Rosalind, mientras que él había aprendido el suyo en los campos y en el cobertizo de Cline, mezclado con lecturas de Plutarco. Su pronunciación variaba también, pues Eden lo hablaba lentamente y con acento dulce, mientras que la de Cudjo era más dura e inculta. Pero, pese a estas diferencias, lo importante era que conversaban a un elevado nivel de interés y enseñaban a sus hijos a hacer lo mismo.
En una de sus estancias en casa, Eden dijo a su marido:
–Cuando esos grandes senadores o lo que sean van a Venganza, hablan diez minutos sobre ferrocarriles y diez horas sobre la esclavitud. Están completamente desorientados, Cudjo.
–¿Qué opinas tú?
–Todos los blancos buenos, como Mr. Steed y esos Clay y Webster, quieren hacer las cosas bien. Se les nota en la voz. Pero no saben nada, Cudjo. La verdad es que creo que saben menos que tú y que yo.
–¿Y los otros?
–La mayoría de los grandes propietarios del Choptank son completamente estúpidos. Se figuran que nada va a cambiar nunca.
Repitió sus ideas a sus hijos y luego se volvió hacia Cudjo.
–Y los peores de todos son Lafe Turlock y Herman Cline.
Cazadores de esclavos. Debes andarte con cuidado con ellos, Cudjo. Intentarán matarnos… algún día.
–¿Por qué? Nosotros no hemos hecho nada.
–Porque somos libres. Odian a todos los negros, pero a los que somos libres nos odian más que a ninguno.
Cudjo preguntó qué opinaba de los Paxmore, y ella dijo:
–Se esfuerzan, Cudjo, pero están hechos un lío.
–A mí me ayudaron.
–Pero creen que pueden cambiar las cosas a buenas. Miss Elizabeth y Mr. George no quieren hacer daño a nadie. Turlock y
Cline quieren hacer daño a todo el mundo.
–Pero Mr. Bartley y Miss Rachel valen mucho. ¿Te acuerdas de la noche en que aquel esclavo llamó a nuestra puerta?
¡Y qué bien la recordaba! Aquella noche había marcado un hito para los Cater. El esclavo había cruzado a nado el Choptank, lo que constituía una hazaña extraordinaria, y había llegado chorreando a su puerta. Cudjo, consciente de que podría verse nuevamente reducido a la esclavitud si era sorprendido ayudando a un fugitivo, quiso echarle, pero Eden estableció la norma a seguir. «Á menudo pienso qué habría sucedido si hubiéramos huido la noche en que Miss Susan firmó mi papel. Me parece ver los perros…, nosotros en el pantano… sin amigos.» Había hecho entrar al esclavo en la cabaña y había dicho: «Cudjo, ningún esclavo que llame a esta puerta dejará de encontrar ayuda.»
–Ese Bartley -continuó Cudjo-, quizá no quiera luchar, pero no le tiene miedo a nada. Yo y el esclavo huíamos hacia el Norte. Lafe Turlock y sus perros nos seguían. Lafe disparó contra mí. Bartley salió de detrás de un árbol. Pelearon. Lafe lanzó sus perros contra Bartley. Salió Rachel y golpeó a los perros con su remo.
Detuvieron a todos, menos a mí y al esclavo. Llegamos a Pensilvania. A Bartley le echaron dos semanas de cárcel.
–Sí -dijo reflexivamente Eden-, en las pequeñas cosas son fuertes. Pero en las grandes serán como todos los demás.
–La vieja Mrs. Paxmore, no. Ella me enseñó a leer. Todo el mundo le advertía: «Te meterás en líos si enseñas a un negro a leer.» Pero me enseñó.
Eden no quiso hacer ningún comentario sobre aquella mujer que se había atrevido a tanto. Pero en cuanto a los demás blancos, se estaban precipitando en la oscuridad, por la que caminaban a trompicones, hacia un conflicto que Eden veía como inevitable.
–Porque, cuando escucho en la mansión, Cudjo, todo lo que oigo es que ni aun los senadores saben lo que hay más adelante en
el camino.
Pero Eden lo sabía.
Las semanas finales de 1849 estuvieron llenas de confusión. El Senado, impulsado por Daniel Webster y Henry Clay, que recientemente había regresado a él por la legislatura de Kentucky, estaba preparando un vasto compromiso aceptable para el Sur, Norte y Oeste, que suprimiría las rivalidades regionales, la amenaza de secesión y la posibilidad de guerra. Raramente se habían esforzado dos grandes líderes por conseguir un fin más deseable.
Pero la Cámara de Representantes era un bebedero de patos. A lo largo de cincuenta y ocho torturadoras votaciones prolongadas durante semanas, había sido incapaz de elegir un presidente, mientras sus miembros se atacaban mutuamente como perros callejeros. Y no se vislumbraba ninguna solución. Naturalmente, la causa era la esclavitud, como lo seguiría siendo durante la década siguiente. La Cámara, menos filosófica que el Senado, no podía, simplemente, reconciliar sus diferencias regionales, y el fútil debate se prolongaba indefinidamente.
Durante este punto muerto, uno de los más grandes talentos que nuestro Senado había de producir jamás escribió a Paul Steed diciendo que, puesto que hacía tiempo que deseaba conocer personalmente al autor de las Reflexiones, estaba dispuesto a cruzar la bahía, aun cuando su salud no era muy buena, y, un soleado día de finales de diciembre, el vapor de Baltimore atracó en el muelle y descendió de él una de las augustas figuras de la Historia americana.
Ciertamente, no había nada de augusto en su aspecto. Salió lentamente de su camarote, apoyado en los brazos de dos marineros. Llevaba una larga capa negra, con un capotillo adicional sobre los hombros; el hecho de no llevar sombrero permitía que su gran cabellera blanca destacase en muchas direcciones, pero eran
su demacrado rostro y sus ardientes ojos los que creaban la impresión más duradera, pues formaban una especie de mascarilla.
–¡Dios mío! – murmuró Paul, mientras bajaba por la pasarela-.
¡Se está muriendo!
Era John C. Calhoun, senador de los Estados Unidos por Carolina del Sur, ardiente defensor del Sur. Era cinco años más joven que Henry Clay, pero aparentaba noventa y cinco o más. Sin embargo, cuando tuvo la certeza de que sus pies tocaban tierra firme, avanzó rápidamente para estrechar la mano de Paul.
–Mi querido Mr. Steed -saludó con tono bajo y precavido, como si supiera que debía administrar la escasa fuerza que tenía-, es para mí un placer conocer a un hombre al que tanto he admirado.
Mientras caminaban hacia la mansión, seguidos por los plantadores que habían acudido para presentar sus respetos a aquel defensor de su causa, se detuvo de vez en cuando, para recobrar el aliento, y en esos intervalos dejó que los dueños de esclavos le felicitasen por sus diversas intervenciones en el Senado. Steed se sintió conmovido al ver el cariño que le mostraban.
Era cerca de mediodía cuando el grupo llegó a la mansión, pero Calhoun quería comenzar inmediatamente las entrevistas, así que los hombres se reunieron en la sala principal, mientras las mujeres se retiraban a descansar. No bien se habían sentado los hombres, cuando Calhoun sorprendió a Paul diciendo de pronto:
«Steed, quiero que abandone usted esas bobadas sobre el ferrocarril. Son una invención del Norte calculada para alejar al Sur de sus tradicionales virtudes. Si ponen un ferrocarril en esta península, convertirán la excelente tierra meridional en un montón de chozas del Norte. El futuro del Sur radica en la agricultura y en una estabilizada economía esclavista.»
No volvió a hablar de ferrocarriles, y, antes de que Steed pudiera hacerle ninguna objeción al respecto, el flaco anciano paseó la vista por los plantadores congregados como si estuviese
comprobando su lealtad. Luego, seguro de estar hablando con amigos, expuso su filosofía:
«Nosotros, los del Sur, vamos a enfrentarnos con una grave crisis en la próxima sesión del Congreso. Tengo la seguridad de que Clay y Webster están intrigando para presentar algún monstruoso y amplio proyecto de ley que le dará todo al Norte y nada al Sur. Se nos despojará de nuestros derechos, otorgados por Dios. Seremos expulsados de los territorios. Texas será dividida en dos, exclusivamente porque es un Estado esclavista. Se habla de prohibir la venta de esclavos en Washington. Dicen que es degradante para la capital de la nación. Nos estamos batiendo en retirada en todos los frentes.»
Cuando los dueños de esclavos preguntaron qué debían hacer, él fue clavando en cada uno de los hombres sus fulgurantes y hundidos ojos y, luego, preguntó si estaban resueltos a proteger sus derechos.
–Sí -respondieron todos al unísono, y él expuso su programa de defensa:
«Debemos insistir en el derecho de llevar con nosotros nuestros esclavos a todos los territorios. Debemos conservar las máximas dimensiones posibles de Texas. No debemos rendirnos en la cuestión referente a Washington, pues también es nuestra capital. Y, sobre todo, debemos exigir al Congreso que apruebe una ley sobre esclavos fugitivos. Si un esclavo de ustedes, o mío, huye al Norte, debe hacerse caer todo el poder del Gobierno federal sobre ese esclavo, y debe ser devuelto a su legítimo dueño.»
Surgieron admirativos comentarios a esta estrategia, elogiando un plantador tras otro a Calhoun por su clara visión, pero él desechó las alabanzas, cambió de postura en su silla y pasó a exponer el cuerpo principal de su pensamiento:
«Adopto mi postura no como hombre del Sur, sino como hombre preocupado por el destino de mi país. Somos diferentes de
otras naciones. Somos una minoría, y llegará el día en que las demás naciones del mundo se coliguen contra nosotros, simplemente porque somos una minoría entregada a la libertad, mientras que ellas se apoyan en la cruel opresión de sus pueblos. Se producirá entonces un gran debate filosófico sobre cómo pueden preservarse los derechos de una minoría frente a las abrumadoras presiones de una mayoría. Los Estados Unidos se hallarán solos, caballeros, y se enfrentarán entonces al mismo problema con que nos enfrentamos hoy. ¿Cómo puede una minoría justa protegerse contra la insensata tiranía de la mayoría?»
Pasó una radiante media hora desarrollando este tema, que aquello con lo que el Sur se enfrentaba en 1849 era lo mismo con lo que la nación entera se enfrentaría en 1949. Se mostró deslumbrante en la brillantez de sus argumentos, en su selección de antecedentes clásicos. Él era el ardiente protector de la libertad, el hombre que veía el futuro casi como una revelación. Luego, extendió sus temblorosas manos sobre los brazos de su sillón y dijo:
–Éste es, caballeros, el problema en que nos hallamos comprometidos.
El viejo Tiberio apareció en la puerta para anunciar que la comida estaba servida, y los hombres se dirigieron a saborear la tortuga, las ostras y el venado.
Fue una comida relajada y afable, en la que la política sólo surgió cuando una de las esposas contó al senador el desgraciado asunto del administrador de Correos Cater.
–Lo único que hacía era protegernos de la inmundicia vomitada desde Nueva York y Boston.
–¿Encontró trabajo en alguna parte el buen hombre? – preguntó Calhoun.
–Sí, en Carolina del Sur.
–Siempre hemos sido el último refugio de los hombres libres -
comentó Calhoun.
Las conversaciones continuaron durante toda la tarde y todo el día siguiente. Calhoun informó a sus oyentes de que, en su opinión, los Estados Unidos se encontraban en peligro; existía una posibilidad real de que el Sur tuviera que separarse de la Unión porque el Norte se negaba a respetar sus derechos. Y, mientras hablaba, todos los que le escuchaban se dieron cuenta de que tenían ante sí un senador enzarzado en los últimos días de su vida con los más profundos problemas; era un hombre que vivía en un mundo diferente del suyo, en el que los hechos influían en las ideas, y las ideas sobre la estructura de la vida nacional. Vivía en un grado de intensidad que ninguno de ellos podía igualar, y un plantador de Dorchester County dijo, mientras regresaba en su falúa a través del Choptank:
–Es como un volcán que ha estado arrojando fuego durante tanto tiempo, que se le han cuarteado los costados.
Cuando los invitados se marcharon, Paul supuso que el anciano querría descansar durante un par de días, pero no era éste el estilo de Calhoun.
–Steed, me ha traído usted solamente gentes del Sur, hombres y mujeres ya convertidos a nuestra causa. Me gustaría conocer a algunos de sus apologistas del Norte. Necesito saber lo que piensan.
–¿Ahora?
–Esta tarde. Cuando vuelva a Washington, y si la Cámara consigue por fin organizarse, debo iniciar un gran debate sobre el futuro de esta nación. Me gustaría conocer lo que dicen los del otro bando.
–Los únicos…
Una audaz idea cruzó por la mente de Paul.
–Senador, tenemos una familia de cuáqueros justamente enfrente…
–Mande llamarlos. Nunca he hablado con cuáqueros.
Así, pues, fue despachada una embarcación a Acantilado de la Paz. Regresó a las dos de la tarde con cuatro Paxmore: George, el constructor de barcos; Elizabeth, la sosegada portavoz de la familia; el joven Bartley, rebosante de ideas; y Rachel, hija del abolicionista declarado Starbuck. Parecían muy estirados mientras subían por el sendero de grava que conducían a la casa, las mujeres, de gris y con sombrero; los hombres, de negro y con sombrero de copa achatada sobre sus austeros rostros, pero los cuatro caminaban con una vehemencia que agradó a Calhoun.
–Parecen antiguos cristianos de Roma yendo hacia los leones.
Se echó a reír y añadió:
–Bien, hoy yo soy su león.
En su carta de agradecimiento a Steed, Calhoun escribiría: Rara vez he conocido una mujer que me impresionara tan favorablemente como su Elizabeth Paxmore. Parecía mojigata y severa al principio, pero cuando escuché sus amables explicaciones, tan enérgica aunque inteligentemente expresadas, me encontré a mí mismo deseando que estuviese de nuestra parte.
Me dijo usted que rara vez ve a esa familia. Si ve a Elizabeth, dele mis recuerdos.
La sesión fue memorable porque se centró exclusivamente en las diferencias más ostensibles entre las partes, como si todos los participantes conviniesen en que la tarde era demasiado preciosa como para desperdiciarla en trivialidades:
Calhoun: Creo que la mejor forma de empezar es convenir en que el negro es un ser humano inferior, destinado a servir al hombre blanco en una condición secundaria.
Elizabeth: Me niego a admitirlo. Yo doy clases a negros. Sí, infringiendo la ley. Pero les doy clases, y te aseguro, senador, que
aprenden tan rápidamente como tu hijo.
Calhoun: Me consterna pensar que se sitúa usted fuera de la ley.
Mrs. Paxmore, como si su juicio fuese mejor que el del Congreso.
Rachel: En esta cuestión, así es.
Calhoun: ¿Tan joven y tan segura de sí misma?
Rachel: Atormentada, Mr. Calhoun. Últimamente me parece que no sé nada, salvo la inevitabilidad del conflicto.
Calhoun: ¿Cuántos años tiene usted, señora?
Rachel: Veintiocho.
Calhoun: Debería estar cuidando a sus hijos. Bien, si, como insisto, el negro es inferior, entonces la mejor forma de tratarle jamás ideada es la esclavitud. Ésta le da su libertad.
Bartley: ¿Cómo puede un hombre en su sano juicio decir eso?
Calhoun: Porque así lo han creído desde el principio de los tiempos las mentes más selectas. Jesucristo, Platón, George Washington. La esclavitud fue inventada por la sabiduría antigua, y nunca ha sido mejorada por nada.
Bartley: ¿Estás satisfecho con la forma en que funciona en Carolina del Sur?
Calhoun: Es la salvación de Carolina del Sur, la base de todo nuestro progreso.
Elizabeth: ¿Enseñáis a los esclavos a leer la Biblia?
Calhoun: El esclavo no necesita instrucción. La Biblia debe ser interpretada para él. ¿No es verdad, Steed?
Elizabeth: Antes de que Paul responda, creo que debo advertirte que sé cómo interpreta él la Biblia cuando se la lee a sus esclavos.
«Esclavos, obedeced a vuestros amos.»
Calhoun: Es lo que dice la Biblia.
Rachel: Pero dice mucho más.
Calhoun: Y la enseñanza incontrolada de ese más no haría sino trastornar a los esclavos, desconcertarlos. Durante los dos últimos siglos hemos aprendido cuál es la mejor forma de tratar a los
negros. Son niños, niños encantadores cuando no son descarriados por algún predicador semi instruido como Nat Turner.
Elizabeth: Son hombres y mujeres, tan capaces de comprender la Biblia como tú o yo.
Calhoun: Ahí está usted en un error. Yo puedo imaginar el día, dentro de cien años, en 1949, por ejemplo, en que el negro haya ganado alguna especie de libertad, pero le aseguro, Mrs. Paxmore, que ese día que usted desea, el negro no será libre en su propio interior. Vivirá, no de la caridad de la plantación, sino de la caridad del Gobierno. Nunca podrá gobernarse a sí mismo, ni ahorrar dinero, ni regular su vida. Se apiñará en las ciudades y recibirá su limosna, y será el esclavo que siempre ha sido.
Elizabeth: Irá a Harvard y Princeton con tus nietos, senador, y apenas habrá diferencia alguna, si es que la hay, entre ellos.
Calhoun: Ningún negro puede reunir conocimientos suficientes para ingresar en Yale, que es donde yo estudié.
Rachel: ¿Y qué hay de Frederick Douglass? ¿Has leído su libro?
Calhoun: Steed ha resuelto el caso Douglass. Ha demostrado que su libro fue escrito por blancos.
Rachel: Señor, ¿siempre prescindes de la evidencia que va contra tus prejuicios?
Calhoun (dirigiéndose a George): ¿Los maridos cuáqueros…?
Nunca he conocido a otros cuáqueros, ¿sabe? ¿Siempre permiten ustedes que sus mujeres lleven el peso del debate?
George: Es muy difícil impedírselo, señor. Especialmente cuando tienen razón.
Calhoun: ¿Está usted de acuerdo con estas mujeres?
George: Totalmente.
Calhoun: Entonces me temo que nos encontramos en tiempos peligrosos. He hablado con los plantadores de esta región, y estaban plenamente de acuerdo conmigo. ¿No ven el conflicto que
están favoreciendo? Se me había dicho que los cuáqueros amaban la paz.
Elizabeth: Así es, y constantemente somos alejados de ella. Por la esclavitud.
Calhoun: Usted sabe, naturalmente, que en algunos Estados podrían meterla en la cárcel por dar clases a negros. Debe usted darse cuenta de eso, Steed. (Antes de que ninguno de los Paxmore pudiera responder, cambió bruscamente de tema.) ¿Ha leído alguno de ustedes el excelente libro de Mr. Steed sobre esta cuestión?
Rachel: Todos lo hemos leído. Por consideración hacia un distinguido vecino.
Calhoun: ¿Y qué les ha parecido su impresionante lógica?
Rachel: Balbuceos de un caballero de buen corazón v completamente desorientado, que no sabrá qué ha sucedido cuando se desate el huracán.
Calhoun: ¿Son abolicionistas ustedes cuatro?
Rachel: Yo, sí. Los otros…
Calhoun: ¡Por favor, señora! Déjeles que hablen por sí mismos.
Elizabeth: Nosotros no nos autoclasificamos.
Calhoun: Pero eran ustedes quienes recibían por correo la literatura sediciosa.
Elizabeth: La libertad no es sedición, señor.
Calhoun: Lo es cuando priva a Steed de su legítima propiedad.
Elizabeth: Paul Steed no puede poseer seres humanos.
Calhoun: La ley dice que puede. El Congreso dice que puede.
Rachel: Entonces, hay que quitar de en medio la ley, del mismo modo que los vientos del otoño se llevan las hojas. Fueron verdes en un tiempo, y sirvieron a una finalidad útil, pero ha llegado el invierno, y han caído.
Calhoun: Díganme. Si el Congreso aprueba una ley exigiendo a los ciudadanos de todas las partes de la nación, me refiero a Boston, y Filadelfia, y Chicago… Esos ciudadanos deben,
conforme a la ley, devolver a sus legítimos dueños a todo esclavo fugitivo.
Rachel: ¡Dios mío!
Calhoun: No es usted reacia a tomar el nombre del Señor en vano.
Rachel: ¿Piensas dar tu aprobación a una ley semejante?
Calhoun: El proyecto será presentado antes del año que viene por estas fechas. ¿Y qué harán ustedes, los Paxmore, al respecto?
Necesito saberlo.
George: Nos opondremos a ella con todas nuestras fuerzas. Lo digo como habitante de Patamoke. Puedes imaginar lo que será en ciudades como Boston. Toda…
Calhoun: ¿Aunque sea la ley de la nación?
George: Si esa ley se aprueba en el Congreso, senador, sucumbirá por sí misma el mismo día.
Calhoun: Contendrá penas de cárcel para los que se opongan a su cumplimiento.
George: Construya cárceles muy grandes, senador.
Calhoun: Comprendo que esto podría sorprender a ciertos…, bien, cuáqueros como ustedes. Pero, ¿y con el paso del tiempo?
George: Cada día que pase aumentará la resistencia. Te aseguro, senador, que no puedes obligar a cumplir una ley semejante.
Calhoun: ¿Prevén entonces ustedes lo mismo que yo? ¿La posibilidad de una guerra entre los dos bandos?
Rachel: Sí.
Calhoun: Pero yo creía que los cuáqueros…
Elizabeth: Como tú, senador, nosotros vivimos confusos.
Sabemos de tu intenso patriotismo en 1812. Y de tus fuertes simpatías por la Unión en los años siguientes. Eras un hombre diferente entonces.
Calhoun: La intransigencia del Norte me obligó a cambiar.
Elizabeth: Debió de ser a costa de un terrible precio filosófico.
(Calhoun se encogió de hombros.)
George: Siempre nos ha pasado igual. Nuestra familia ha predicado invariablemente la paz. Pero tuvimos que ir a la guerra contra los piratas. Tuvimos que construir barcos para luchar contra los ingleses en 1777. Nuestros barcos volvieron a guerrear en 1814.
Y ahora nos enfrentamos a una posibilidad más espantosa aún. No es fácil ser cuáquero, y supongo que no es fácil ser senador.
Calhoun: ¿No harán ninguna concesión?
Rachel: Ninguna.
Calhoun: Usted no ha dicho mucho, joven.
Bartley: Estoy mirando al frente. No hay mucho que quiera decir. (Indicó que en aquellas circunstancias, con Paul Steed escuchando, prefería guardar silencio.)
Calhoun: Quiere darme a entender con eso que ya ha comenzado operaciones clandestinas…, el secuestro de esclavos pertenecientes a otras personas.
Bartley: Si llega a mi puerta un esclavo, yo siempre le ayudaré.
Calhoun (a Elizabeth): Si sigue usted los principios que ha enunciado, sin duda que no incitará a los esclavos a huir…, ni ayudará a los que lo hayan hecho.
Elizabeth: Mi religión no me permitiría robar la propiedad de otro hombre. Pero educaría al esclavo para que pueda ganar su propia libertad.
Calhoun: Me alegra oír a alguien que defiende la propiedad.
Rachel: ¿Crees de veras, senador, que puedes mantener perpetuamente en la esclavitud a millones de negros?
Calhoun: Es la ley de la Naturaleza, señora, y la ley de esta Unión.
Rachel: Entonces, la guerra es inevitable.
Calhoun: ¿Asume usted, la más joven de las personas aquí presentes, la responsabilidad de declarar la guerra?
Rachel: No, señor. Tú lo has hecho.
Calhoun: ¿Cómo es eso?
Rachel: Al decir que la esclavitud era inmutable.
Calhoun: Lo es, mi querida señora. Es la ley de Dios, la ley de todo hombre razonable. El negro debe ser protegido, debe ser guiado, debe ser aumentado y vestido por alguien.
Elizabeth: Puedo citar ahora mismo un negro que sería digno de sentarse contigo en el Senado de los Estados Unidos.
Calhoun: No existe ni existirá jamás un negro semejante.
Dígame, Mr. Paxmore, ¿cómo ve usted la próxima década?
George: En mi astillero de Patamoke oí decir que cuando Daniel Webster estuvo aquí…
Calhoun: ¿Le visitó, Steed?
George: Dijo al parecer, en contestación a una pregunta directa, que él apoyaría una ley contra los esclavos fugitivos. Daniel Webster dijo eso.
Calhoun: Por una vez, demostró buen sentido.
George: Cuando me enteré, llegué a la conclusión de que esa ley se promulgará, y la consecuencia será una guerra entre las dos partes.
Calhoun: ¿Cree que los Estados del Sur se separarán?
George: Todo lo que has dicho hoy conduce a la secesión.
Calhoun: ¿Qué podría hacer el Sur, Mr. Paxmore, para aliviar las presiones que parecen empujarnos a todos en esa dirección?
Rachel (cuya intrusión irritaba al senador): Ofrecer un plan para la liberación garantizada de todos los esclavos. No inmediata quizá, pero segura.
Calhoun: Veo que lee usted The Liberator.
Rachel: Cuando el administrador de Correos me permite recibir un ejemplar.
Calhoun: Lo que espero no ocurra con frecuencia. ¿De modo que quiere que renunciemos a nuestra propiedad? ¿Que tiremos por
la borda el fruto de nuestros trabajos? Aquí, Steed, tiene novecientos esclavos que ha pagado con el sudor de su frente.
¿Todos ellos tienen que irse?
Rachel: No puede haber paz duradera hasta que eso ocurra.
Calhoun: ¿E ir adonde? ¿A la libertad tal como usted y yo la conocemos? Jamás. Si alguna vez sucede, Dios no lo quiera, irán a una nueva definición de esclavitud…, privación, ignorancia, caridad bajo alguna nueva forma. (Hizo una pausa. Luego, se dirigió a Elizabeth.) Si sabe usted tanto acerca de las luchas de la conciencia cuáquera con el problema de la guerra, debe saber también lo insistente que debe ser siempre una minoría en la defensa de sus derechos. En conjunto, el pueblo de esta nación no ha profesado simpatías hacia los cuáqueros. Su pacifismo en 1812, cuando nos esforzábamos por proteger a esta Unión, me irritó considerablemente. Pero ustedes han persistido porque sabían que una minoría prudente debe defenderse contra la tiranía de una mayoría. ¿No es cierto?
George: Hemos procurado existir sin irritar a los demás. Ésa ha sido tal vez nuestra fuerza.
Calhoun: Precisamente. El Sur es una minoría que se esfuerza por defender sus derechos. Y hemos podido hacerlo porque hemos controlado el Senado. Y puedo ver una época en que los Estados Unidos serán una minoría entre las naciones, y ese día emplearán todos los recursos que el Sur emplea ahora para proteger su derecho a la existencia. Yo lucho por el futuro, Mr. Paxmore. Tengo una visión que…
Rachel: ¿Incluye la esclavitud perpetua para el hombre negro?
Calhoun: El negro siempre será esclavo. Prefiero la versión sudista a la que impondrán los del Norte.
Cenaron temprano, escuchando los rugidos del viento que soplaba desde la bahía de Chesapeake, y se fueron a la cama. Por la mañana se congregaron todos en el muelle para despedir a John
Calhoun, que marchaba al Senado, a las grandes batallas que le esperaban allí y a su próxima muerte. Cuando la oscura capa y la poblada cabellera desaparecieron en el camarote, Rachel Starbuck Paxmore comentó:
–Uno de los mejores hombres que ha producido esta nación, y equivocado en todo.
Ningún ejemplar de la odiosa legislación llegó a Patamoke hasta la primera semana de octubre de 1850, y cuando llegó por correo desde Baltimore para ser fijada en el tablón de anuncios del tribunal, todos pudieron ver lo que Daniel Webster había hecho. En el astillero, George Paxmore rehusó hacer ningún comentario hasta tener oportunidad de tratar con su mujer acerca de la nueva ley. A mediodía dejó su oficina a cargo de sus empleados, la mayoría de los cuales eran favorables al proyecto, y se dirigió a Acantilado de la Paz, donde reunió a su familia en la cocina.
–Han aprobado algo peor aún de lo que habíamos imaginado -
dijo, sacando el cuaderno de notas en que había garrapateado los puntos principales de la ley.
–¿Es ley? – preguntó Rachel.
–La ley de la nación. Cualquier amo de esclavos puede ir a cualquier parte de los Estados Unidos y recuperar cualquier negro o negra que asegure es un fugitivo.
–¿Incluso a ciudades como Boston?
–A todas partes. Estados, territorios, Distritos de Columbia. O a tierras que no son aún territorio. Lo único que tienen que hacer es declarar que el negro es suyo, y la afirmación queda probada. El negro no puede testificar en su propio favor. No puede llamar a otros testigos.
–¿Qué puede hacer?
–Puede escuchar atentamente mientras el juez pronuncia la sentencia que le devuelve a la esclavitud. Incluso los hombres y mujeres manumitidos pueden ser obligados a volver a ella. Se
encomienda a todos los comisarios de los Estados Unidos la tarea de imponer el cumplimiento de la ley. Y se ha introducido un nuevo horror. Todo ciudadano debe, bajo pena de cárcel, ayudar al comisario en la captura del fugitivo, o en la detención del liberado, si el comisario se lo ordena.
–Semejante ley es inimaginable -dijo Elizabeth, meneando con incredulidad la cabeza mientras permanecía sentada junto al fogón, con las manos entrelazadas.
–Evidentemente, no es inimaginable -replicó su marido, con desacostumbrada ira-. La han aprobado. Pero nosotros podemos hacerla inoperante.
–¡George!
–No debemos apresurarnos -dijo Elizabeth-. Debemos rezar piara que el Señor nos ilumine.
–¿En qué estabas pensando? – preguntó Bartley a su padre.
–Nos opondremos a ella -intervino Rachel-. Con todas las fuerzas a nuestro alcance, nos opondremos a ella.
–Desde luego -convino George, estremeciéndose sus blancos cabellos mientras su cuerpo se tensaba.
–Yo creo que deberíamos rezar -opinó Elizabeth.
Y, durante unos minutos, permanecieron en silencio, tras lo cual dijo ella.
–Debo pediros una promesa a cada uno de vosotros. No habrá violencia. No podemos resolver este problema con la violencia.
–Pero si un esclavo llama a nuestra puerta, seguramente le ayudarás a escapar, ¿no? – preguntó Rachel.
–Yo no privaré a otro hombre de su legítima propiedad.
–Pero te harás a un lado mientras Bartley y yo…
Elizabeth accedió a ello, y su hogar se convirtió en refugio de los oprimidos. Incluso en el Profundo Sur circulaba la consigna:
«Ve al Choptank, orilla blanca alta, Paxmores.» Si el esclavo podía llegar hasta allí, Bartley y Rachel se las arreglarían para llevarlo a
casa de los Starbuck, donde el joven Comly le conduciría hacia el Norte, hasta Pensilvania.
Las actitudes de los cinco cuáqueros implicados en esta ruta de huida variaban entre sí. Elizabeth, la incansable mujer que llevaba medio siglo luchando contra la esclavitud, creía que era suficiente la persuasión moral; ella daría clases a los esclavos, con el considerable riesgo que tal proceder implicaba; los alimentaría a su propia costa; los vestiría con camisas cosidas por ella misma; y les daría medicinas y vendaría sus heridas. Pero no les incitaría a abandonar a sus amos, pues eso constituía privación de un derecho legal. Continuaba siendo lo que siempre había sido: la sosegada y tradicional cuáquera, la maestra, amiga y consoladora, pero nada más.
George Paxmore aportaría siempre dinero; ocultaría fugitivos; y, llegado el caso, él mismo los guiaría hasta la casa de los Starbuck. Pero aborrecía la violencia y ni siquiera se quedaría a pasar la noche con los robustos Starbuck, que no la aborrecían en absoluto.
A los treinta y un años, Bartley Paxmore era el cuáquero moderno, activamente dedicado a luchar contra la esclavitud y dispuesto a correr grandes riesgos tanto con su propia vida como con la de los fugitivos. Era excesivamente audaz y había trazado una ruta de huida a todo lo largo de la península, a través del corazón de las plantaciones del Refugio. Había realizado ya siete viajes a casa de los Starbuck y suponía que haría más, pero, como su padre, rehuía la violencia y no iba armado.
Su esposa Rachel era completamente diferente. Al igual que todos los Starbuck, consideraba la esclavitud como la abominación definitiva y se negaba a hacer concesiones. Estaba dispuesta a matar al dueño de esclavos que le diese alcance mientras ella conducía esclavos hacia el Norte; por consiguiente, Bartley nunca le permitía colocarse en situaciones peligrosas. Ella era la
incitadora, la estimuladora, la inflexible enemiga del cazador de esclavos, y era con frecuencia su resuelto valor lo que daba ánimos a los fugitivos para continuar durante las diez últimas millas hasta la frontera.
Comly Starbuck no sólo se negaba a rechazar la violencia, sino que la esperaba, y siempre estaba dispuesto a abrirse paso luchando si se le interponían los cazadores de esclavos. Era un joven corpulento, más alto y fuerte que Bartley y dedicado a fines muy distintos: «Cuando el Sur se separe, porque lo hará, se producirá una vasta insurrección de los esclavos. Entonces dominaremos este mal.» Esperaba alistarse algún día en un ejército nordista.