Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 5 de 13 · parte 9/11

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Bahía de Chesapeake

El Duelo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

hija.

–Hemos oído que eres un muchacho excelente, Bartley -dijo.

–Gracias, Prudence -respondió él.

Las cosas en que con tanto ardor había soñado estaban sucediendo tan rápidamente, que estaba aturdido y no sabía qué hacer.

–Puedes besarla ahora -dijo Micah.

Y Bartley tembló, se inclinó torpemente y besó a Rachel en la mejilla.

–Más adelante lo harás mejor -rió Micah, y Bartley sintió que se le doblaban las rodillas y preguntó:

–¿Puedo sentarme?

Sucediera lo que sucediese en los años futuros, Bartley Paxmore recordaría que a los dieciocho años de edad había estado tan enamorado de Rachel Starbuck que cuando la rozó con sus labios estuvo a punto de desmayarse. Había recorrido 47 millas sin anunciarse previamente para pedirla en matrimonio, atraído como por una docena de imanes, y el fuego de aquel día nunca se extinguiría en la ceniza gris.

Al día siguiente los Starbuck dispusieron que el anuncio del compromiso se leyera en dos reuniones decisivas, y el matrimonio se celebrase lo antes posible. Esto significaba que Bartley debería permanecer en la granja durante esos once o doce días, y lo que accidentalmente sucedió el sexto día cambió su vida.

Estaba la familia cenando, pocas horas antes de anochecer, cuando Micah oyó una insólita conmoción cerca de los gallineros, y cuando envió a su hijo menor a investigar lo que ocurría, éste regresó y se detuvo rígidamente en el vano de la puerta, con los pies juntos y las manos a los costados, como si comunicara una importante noticia a un general o a un rey.

–Otro negro. Escondido en los cañaverales.

Nadie habló, pero todos se levantaron en silencio mientras Micah salía de la estancia. Tras una breve ausencia, volvió y dijo simplemente:

–Ya sabéis lo que hay que hacer.

Se olvidaron todos de la cena, y cada miembro de la familia se puso serena y decididamente en acción. Prudence, la madre, echó en una

escudilla toda la comida que había en los platos y se la entregó a Rachel.

–Tendrá hambre -dijo.

Y Rachel salió. Mrs. Starbuck y su otra hija se movieron por la estancia, arreglando las cosas para crear una impresión de normalidad; sabían por experiencia que esa noche su casa sería minuciosamente registrada. Cuando se cercioró de que todo estaba bien, Mrs. Starbuck se detuvo ante Bartley y dijo, casi severamente:

–Ahora depende de ti.

–¿Qué debo hacer?

–Dominarte. Quizá tengas que soportar extraños insultos, Bartley.

¿Eres fuerte?

–Lo intentaré.

–Intentar no es suficiente -y ordenó a Rachel-: Vigílale.

Al cabo de un rato, Micah regresó a la casa.

–Ha sido horriblemente apaleado.

Cuando su mujer le preguntó si debía ponerle algún emplasto, dijo:

–No, puede vivir con lo que tiene. Vamos a llevarle al otro bosque.

Bartley ignoraba qué significaba esto, pero lo que sucedió después le dejó atónito.

Starbuck cogió a su hijo menor, un chiquillo de diez años, y dijo:

–Quédate con él, Comly. Al amanecer le llevarás por caminos apartados a la granja de Pidcock, en isla Wye.

–Sí, señor -dijo el chico.

Y se fue arriba, de donde volvió con un jersey que se puso bajo el brazo, pues aún no hacía frío.

–Tú -exclamó perentoriamente Starbuck, dirigiéndose a su futuro yerno-, coge una pala y entierra esos vergonzosos harapos. Y extiende por encima estiércol de vaca para ocultar el olor.

De esta accidental manera fue como Bartley Paxmore se encontró implicado por primera vez en la tarea de favorecer la huida de un esclavo fugitivo. En Acantilado de la Paz su familia había estado filosóficamente entregada a acabar con la esclavitud en general; los Starbuck estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por un negro individual. En realidad, sólo fugazmente vio al esclavo que había originado aquello. Starbuck le había quitado sus harapos y se disponía

a entregarle un par de fuertes pantalones y una camisa de lana, pero ahora el esclavo se erguía desnudo a la media luz, un hombre corpulento de no mucho más de veinte años, con los costados y la espalda surcados de latigazos. Se miraron unos instantes en la sombra, y luego Starbuck dijo a su hijo de diez años:

–Guíale hasta los bosques lejanos.

Y el niño dijo:

–Le llevaré por el centro del arroyo para eliminar el olor, por si traen perros.

Y el esclavo se fue.

Los Starbuck se reunieron entonces en la cocina para esperar.

Permanecieron en silencio, y Bartley pensó: «Ésta es otra reunión cuáquera.» Pero no tardaron en oír los gritos del sheriff y pisadas que corrían hacia la casa. Los perseguidores de negros abrieron la puerta de una patada y empezaron a gritar:

–¿Dónde está el negro?

Tres perros sujetos con una correa entraron gruñendo, y Bartley se sintió turbado al ver que los llevaba un hombre de Patamoke que le conocería, el viejo Lafe Turlock, de las marismas, desdentado, enjuto y ávido de la recompensa que recibiría si capturaba al fugitivo. Perseguía esclavos porque los odiaba desde que uno de ellos matara a su primo Matt durante el motín producido a bordo del Ariel, y alardeaba: «Yo tengo los mejores perros cazanegros de la Orilla Oriental. Dadles a mis perros un zapato o una camisa, y le seguirán la pista a un fugitivo hasta Canadá.»

Instintivamente, Bartley se situó detrás de Rachel para evitar que Lafe le viese.

El sheriff dijo:

–Sabemos perfectamente que ayudas a los negros a huir a Pensilvania, Starbuck. Pero esta vez nos proponemos hacer volver a nuestro hombre. Pertenece a este caballero. Ha pagado cuatrocientos dólares por ese negro, y tiene derecho a recuperarlo.

El propietario dio un paso hacia delante; era un hombre delgado y fuerte, vestido con ropas gastadas y andrajosas, y llevaba en la mano izquierda un látigo cuya correa estaba enrollada en dos vueltas y le

colgaba a la altura de la rodilla. Tenía los dientes negros de mascar tabaco, y llevaba el sombrero caído sobre los ojos.

–Soy Herman Cline, Pequeño Choptank, y usted, ¡maldito sea!, está escondiendo a mi negro.

–Descríbalo -dijo el sheriff.

Mirando directamente a Starbuck, Cline dijo:

–Responde al nombre de Joe. Hombre fuerte, con cicatrices en la espalda.

–Tenía que haber cicatrices -observó serenamente Prudence.

Los tres hombres se volvieron hacia Mrs. Starbuck, fulgurando en sus ojos el odio que sentían hacia ella, y Herman Cline preguntó:

–¿Dónde lo ha escondido?

–Yo no he visto ningún esclavo -respondió Prudence.

¿Lo jura? – preguntó el sheriff.

–Sí.

El sheriff se echó a reír.

–Claro que lo jura. Porque tienen al negro afuera, con las gallinas.

Vamos a ver -dijo Lafe, colocando en posición a sus perros.

Y a la débil luz del crepúsculo los rastreadores de esclavos inspeccionaron el gallinero, y el granero, y los campos, buscando concienzudamente indicios reveladores del paso del negro. En un momento dado, los perros pasaron justamente encima de donde habían sido enterradas sus ropas, pero no detectaron nada.

De pronto, el sheriff se volvió, cogió del brazo a Bartley y gritó:

–¿Quién diablos eres tú? ¿Algún agitador del Norte?

Micah empezó a explicar:

–Ha venido a casarse con mi hija…

Pero Lafe Turlock le interrumpió:

–Yo conozco a ése. Es un Paxmore. Mala gente.

–¡Otro maldito cuáquero! – gruñó el sheriff, sacudiendo a Bartley como si fuese un niño recalcitrante-. ¿Dónde está?

–¿Quién? – preguntó Bartley, intentando soltarse.

–¡No gastes bromas conmigo! – rugió el sheriff-. Soy la ley -y le cruzó la cara a Bartley de una bofetada.

Esto era demasiado. Bartley cerró los puños, y los habría descargado en el rostro del sheriff, pero Micah había previsto esa

posibilidad y le agarró el brazo para contenerle.

–Has tenido suerte, hijo -dijo amenazadoramente el sheriff-. Si llegas a tocarme, te mato de un tiro. Bien, ¿dónde tenéis a ese negro?

–Mr. Starbuck -dijo Cline, con su voz quejumbrosa-, somos hombres razonables. Sabemos que mi negro está en su propiedad. Le hemos visto cruzar a nado el Pequeño Choptank, y Lafe le vio atravesar el Gran Choptank en un bote robado.

–Es cierto -dijo Lafe-. Mis perros captaron su olor y nos han traído hasta su casa, Mr. Starbuck. Usted tiene a ese negro, y lo sabemos.

–Ese fugitivo pertenece a Mr. Cline -dijo el sheriff-. Y yo tengo una orden del tribunal en la que se impone a usted o cualquier otro buen ciudadano a ayudarme a recuperar la propiedad de Mr. Cline. Si decide usted desobedecer las leyes de esta tierra…

–¿Qué haces? – gritó Micah.

Y Bartley se volvió, para ver que Lafe Turlock se disponía a arrojar en el granero una tea encendida.

–O me entrega a ese negro -amenazó-, o quemo el granero.

La vista de la llama, y la posibilidad de que pudiera ser incendiado un granero de excelentes maderas, irritó al joven Paxmore. De un salto, se soltó del sheriff y se arrojó sobre Turlock, derribándole al suelo, donde le inmovilizó los brazos y le quitó la tea.

Esto enfureció tanto al sheriff, que se llevó la mano al cinturón para sacar la pistola, pero Micah impidió tan drástica acción.

–No hay ningún esclavo en mi propiedad -dijo sosegadamente.

–Tú jurarías cualquier cosa, igual que tu vieja -dijo el sheriff, casi complacido, en cierto modo, por el hecho de que Micah le hubiese impedido utilizar la pistola; no quería a matar muchachos blancos.

–Yo creo que está en aquellos bosques -dijo Lafe, sacudiéndose el polvo y recuperando sus perros.

–¿Por qué no lo encuentran tus malditos perros? – exclamó Cline, en una explosión de impaciencia.

–Porque, probablemente, han llevado al negro por el arroyo. Para eliminar el olor.

–Pues mete a tus malditos perros en el arroyo para que lo encuentren cuando salga -gruñó Cline.

Turlock hizo como si no hubiera oído la estúpida sugerencia; nunca había participado en la persecución de un esclavo en compañía de un hombre tan desagradable. Normalmente, una persecución era como una fiesta; se comía, se bebía, y cada hombre instaba a los otros a continuar, y todos animaban a los perros. Pero Cline…, era despreciable.

Había caído ya la noche, y los rastreadores de esclavos se sentían frustrados.

–Volvamos a Patamoke -sugirió uno de los hombres.

Pero el sheriff se negó a renunciar.

–Todos a la cocina -ordenó.

Y cuando los Starbuck estuvieron sentados, dijo:

–Sabemos que ese negro está aquí, en alguna parte. Yo personalmente le he visto entrar en tu propiedad, Starbuck, como si supiera que si lograba llegar aquí estaba a salvo. Mientras llegábamos nosotros, tú le has escondido. Y vive Dios que vamos a encontrarlo.

Y comenzaron a registrar la casa, revolviéndolo todo. Una vez, el sheriff cogió a la hija pequeña de los Starbuck y le gritó:

–Tú le has llevado comida, ¿verdad?

–No -respondió ella-. No ha estado aquí.

Al final, los hombres tuvieron que admitir su derrota, pero el sheriff advirtió a Micah:

–No te voy a perder de vista. Porque sé que ayudas a los negros a escapar al Norte. Y eso va contra la ley…, la ley de Maryland, la ley de los Estados Unidos y la ley de la decencia común.

Herman Cline miró con ojos suplicantes a Mr. Starbuck, y al comprender que esto no le serviría de nada, se volvió hacia Lafe y resopló:

–Tú y tus malditos perros…

Había pagado a Turlock diez dólares…, sin recuperar su esclavo.

Al marcharse los tres hombres, el sheriff cogió del brazo a Paxmore.

–Hijo, has estado a punto de morir esta noche. Vas a emparentar con mala gente. Un día de éstos te meteré en la cárcel.

La boda se celebró la tarde del lunes siguiente al segundo domingo.

Se congregaron en Tercer Albergue cuáqueros procedentes de numerosas granjas, las mujeres a la izquierda, los hombres a la

derecha. Había dos filas de bancos enfrente. En la superior se sentaban dos hombres y dos mujeres de avanzada edad. No tenían ningún parentesco entre sí. Los hombres llevaban puesto el sombrero. En la fila inferior se hallaba sentado Bartley Paxmore, soltero de Acantilado de la Paz, de dieciocho años, con el sombrero puesto, y Rachel Starbuck, soltera de Río Miles, de dieciséis años, tocada con un sombrero azul y amarillo.

Durante los veinte primeros minutos de la ceremonia, nadie habló.

Varias moscas, atrapadas dentro de la casa de reunión, zumbaban perezosamente, pero no molestaban. Afuera, parloteaban las aves del verano, pero a tanta distancia que apenas se las oía, y tampoco ellas molestaban. Hombres y mujeres permanecían con la vista fija ante sí, recordando otras bodas en que habían participado, pero nadie se movía.

Finalmente, Bartley Paxmore se puso en pie y declamó las palabras que hacían correr un escalofrío por la espina dorsal de todo cuáquero:

–En presencia de Dios y de nuestros amigos aquí reunidos, yo, Bartley Paxmore, te tomo a ti, Rachel Starbuck, como esposa…

Había más, dispuesto según determinaba cada asamblea. Aquel día Paxmore dijo:

–En la felicidad y en la desgracia, en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte nos separe.

Tembloroso, se sentó.

Tras una larga pausa, Rachel se levantó y dijo, con voz clara:

–En presencia de Dios y de nuestros amigos aquí reunidos, yo, Rachel, te tomo a ti, Bartley…

Sus promesas eran levemente diferentes, y, una vez formuladas, se sentó.

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Tras prolongado silencio, la joven pareja se puso en pie, y Paxmore le puso a ella en el dedo un anillo de oro y la besó.

Volvieron a sentarse, y de nuevo se hizo el silencio.

Transcurrieron veinte minutos, y, luego, una de las ancianas sentadas en el banco delantero se levantó y dijo, con voz firme:

«El matrimonio es un santo sacramento instituido por Dios y de un valor precioso ante sus ojos. Pero es también la unión de dos cuerpos jóvenes, y si olvidamos eso frustramos la misión de Dios.

Rachel y Bartley, encontrad deleite el uno en el otro. Tened hijos.

Tened alegría en vuestro hogar. Amaos el uno al otro cada vez más, pues cuando haya desaparecido el ardor de la juventud, persistirá el recuerdo del gran amor y hará gloriosos todos los años de vuestra vida. En esta casa de reunión se encuentran hoy muchos matrimonios de avanzada edad, cuyas vidas han sido soportables y fructíferas por la pasión que mutuamente conocieron, y así será con vosotros cuando volváis la vista atrás dentro de cincuenta años.»

Se sentó y nadie dio muestras de aprobación ni desaprobación hacía sus extraordinarias palabras. Constituían su resumen de en qué consistía un matrimonio, y se había sentido impulsada por Dios a compartirlo con aquella pareja. Tras varios minutos de silencio, un hombre muy viejo, mucho más que la mujer que había hablado, se puso en pie y dijo, con voz alta y clara:

«Hombres prudentes de todas las naciones y religiones han considerado inadecuado que un matrimonio gaste en alquiler más del veinte por ciento de sus ingresos. Nunca toméis una hipoteca por ningún motivo, salvo para la adquisición de una granja, y nunca paguéis más del cinco por ciento por la hipoteca. Y nunca, nunca, firméis el pagaré de un amigo. Durante sesenta años he visto a hombres firmar por sus amigos, y el resultado es siempre desastroso. Se pierde el pagaré, se pierde el amigo, se pierde el dinero, y sólo queda la aflicción. Rachel, nunca dejes que tu marido

firme un pagaré a un amigo. Si la otra parte necesita el dinero y lo merece, dáselo. Pero no firmes su pagaré.»

Cuando el anciano se sentó, un vecino le susurró algo, y tras reflexionar unos instantes, volvió a levantarse y añadió:

–También sería permisible tomar una hipoteca para comprar un inmueble en la ciudad, pero sólo si fuese esencial para un negocio, y nunca con más del cinco por ciento.

Cuando se hizo de nuevo el silencio, los presentes permanecieron inmóviles, hasta que una mujer más joven se puso en pie para decir con voz vacilante:

–Cuando tengáis hijos, pues ésa es la finalidad del matrimonio, aseguraos de enseñarles a conocer a Jesús. Es terrible educar hijos que no conozcan la fe cristiana.

Ése fue todo su discurso, y no hubo más.

Finalmente, los dos hombres sentados en el banco superior se levantaron y se estrecharon la mano. Todos los demás cuáqueros estrecharon la mano de su vecino y se adelantaron luego para firmar el documento de matrimonio, que sería depositado en el Registro de Easton. Cuando concluyó el acto de la firma, Bartley Paxmore estaba debidamente casado con Rachel Starbuck.

EL FERROCARRIL

A mediados de la década de 1840, los ciudadanos que vivían a lo largo del Choptank se encontraban divididos en dos grupos bien definidos, representados por las dos familias más destacadas de la región. Paul y Susan Steed se habían convertido en paladines declarados de los acomodados plantadores que estaban convencidos de que Maryland debía seguir el ejemplo de las Carolinas y Georgia, aunque ello significara disolver la Unión, mientras que George y Elizabeth Paxmore eran los portavoces del gran conjunto de granjeros y negociantes de la clase media que consideraban la Unión como algo único y precioso que debía conservarse. En poder intelectual y económico prevalecía la

facción Steed; en obstinada fuerza moral, el grupo Paxmore se revelaría importante.

De ordinario, los respectivos caminos de los Steed y los Paxmore divergían, dedicados los primeros a sus plantaciones, y los segundos, a la construcción de barcos; pero en imprevisibles ocasiones sus intereses convergían, y entonces surgían las dificultades.

En aquellos años Devon se convirtió en una de las plantaciones mejor consideradas de América. Ello se explicaba por tres razones.

Primera: Paul Steed la había dirigido con previsión y acierto extraordinario, buscando los mejores capataces de Maryland y Virginia y pagándolos bien. Poseía ya cerca de novecientos esclavos y los utilizaba con el máximo provecho. No había palizas ni crueldades; cuando descubrió cómo dirigía Mr. Cline su granja correccional del Pequeño Choptank, no volvieron a enviarse allí más esclavos de Devon. Sus sabias decisiones contribuyeron a la prosperidad de su plantación; alternaba las cosechas, mantenía ocupados sus barcos y amplió el número y la esfera de actividad de sus tiendas. Sus años de sosegado estudio le habían permitido adquirir grandes conocimientos, y se le veía con frecuencia cojeando por los más remotos rincones de sus plantaciones en el continente, metiendo su torcido cuello en toda clase de problemas, que le encantaba resolver.

Segunda razón: En un viaje realizado en 1842 al otro lado de la bahía acertó a ver el funcionamiento del ferrocarril Baltimore y Ohio y quedó tan entusiasmado ante la idea de enlazar con raíles a toda la nación que, sólo por curiosidad científica, hizo en tren el recorrido hasta Harpers Ferry y vuelta. Esa experiencia le convenció de que la única esperanza para la península de la que la Orilla Oriental era una parte radicaba en unir sus tres segmentos por medio de un amplio sistema ferroviario.

Desde los primeros tiempos de la nación, cualquiera con dos dedos de frente comprendía que la península debería estar unida en un solo Estado, pero los accidentes históricos habían decretado que una porción fuese asignada a Maryland, cuyos ciudadanos despreciaban la Orilla Oriental; otra, al llamado Estado de Delaware, que nunca pudo encontrar ninguna justificación razonable a su existencia; y la última, a Virginia, que permitió que su fragmento meridional de la Orilla Oriental se convirtiese en el huérfano más digno de lástima de toda América.

Todos los que vivían allí esperaban continuamente que al año siguiente las tres secciones se unieran para formar un Estado viable, con sus propios intereses, historia, tradiciones y perspectivas. Año tras año, las esperanzas se frustraban. Paul realizaba su propia campaña en el Congreso para lograr que se procediese a una estructuración razonable, y todos aquellos a quienes abordaba convenían en que debía efectuarse el cambio, pero no se hacía nada, pues, como le dijo una tarde el senador Clay:

«Mi querido Steed, lo más permanente del mundo es una organización temporal.»

Pero ahora, con la posibilidad de un sistema ferroviario que recorriese toda la longitud de la península y enlazara el Norte, en Filadelfia, con el Sur, vía Norfolk, la Orilla Oriental tenía ante sí un brillante futuro, y el organizador y director de ese futuro sería Paul Steed. Y para la consecución de ese grandioso designio, él y Susan empezaron a invitar a los dirigentes de la nación a visitarles en Devon. La balandra de los Steed cruzaba la bahía y navegaba hasta la desembocadura del Potomac, cuyas aguas remontaba luego hasta Washington, donde esperaba para transportar a famosos senadores y congresistas a Venganza de Rosalind y ser allí sus anfitriones durante ocho o diez días. Mientras los visitantes filosofaban, Paul les llevaba figuras destacadas del Choptank para que conversaran persuasivamente con ellos.

Los locales citaban todas las razones que un hombre lógico podía idear en apoyo de la necesidad de que se uniesen las tres fragmentadas partes, y no conseguían nada, aparte la satisfacción de conocer grandes hombres y oírles hablar. Con frecuencia, los senadores hablaban durante dos minutos sobre el problema de unir la Orilla Oriental y, luego, disertaban durante cinco horas sobre los insolubles problemas de la esclavitud.

Tercera: Fue en este terreno de creciente interés por la esclavitud donde más hizo Steed por atraer una atención favorable sobre Devon. Empezó inocentemente: una larga y analítica carta a Fithian, en Londres, explicando que, si bien sería adecuado que Inglaterra aboliese la esclavitud, sería un suicidio hacerlo en el Sur americano. Noel Fithian respondió con un erudito análisis de ciertos puntos flacos en el razonamiento de su amigo, y Paul le envió luego su refutación.

Más tarde entabló correspondencia con caballeros de Massachusetts, Ohio, Louisiana y, especialmente, Carolina del Sur.

Sus cartas estaban tan bellamente redactadas y tan llenas de lógica y de elevados argumentos, que circulaban entre amigos de los destinatarios, y lectores casuales de distintas partes del país escribieron a Paul sugiriendo que compilara sus cartas y las ofreciera como la declaración de un realista del Sur, pero hasta que le escribió el senador Calhoun, de Carolina del Sur, no se interesó Steed activamente en el asunto. Con su habitual perspicacia, el gran defensor de los derechos de los Estados y de la Esclavitud decía a Paul:

Rara vez he encontrado un conjunto de cartas que exponga tan concisamente la postura moral del Sur. Es usted convincente y firme en su defensa de nuestra postura, y sería beneficioso que recopilase las demás cartas que, según he oído, ha escrito usted y las presentase reunidas en libro, a fin de que todos aquellos

que en el Norte deseen conocer nuestro razonamiento, puedan encontrarlo bellamente expresado.

En 1847 publicó Paul su colección de veinte cartas Reflexiones de un plantador de Maryland. Suscitó tan entusiásticas alabanzas en el Sur y tan enérgico rechazo en el Norte, que muchos lectores quisieron saber cómo un plantador provinciano como Steed, aislado en uno de los más remotos rincones de la nación, podía haber adquirido tan elevada instrucción. La explicación era sencilla.

En los oscuros años de su retiro espiritual, cuando se le ridiculizaba a todo lo largo del Choptank por sus relaciones con la esclava Eden y por su renuncia a intervenir en la escandalosa conducta de su esposa, encontró consuelo en la obra de tres autores que habían moldeado su educación. Jean Jacques Rousseau le recordó de nuevo la honorable condición en que podrían vivir los hombres si se atuvieran a las lecciones básicas de la tierra. Había adquirido en Rousseau su apasionado amor a la libertad humana y su determinación de protegerla tanto en el Sur como en el Norte.

Platón le recordó las nobles proposiciones en que debe fundarse toda sociedad ordenada. Pero donde más aprendió fue en las novelas de Sir Walter Scott.

Como muchos caballeros del Sur, encontró en las obras de Scott una defensa de los principios en que se basaba la nobleza de la vida meridional: el bravo terrateniente escocés de buena intención, la casta mujer que le inspira y a la que él protege, el siervo leal cuyo trabajo, gustosamente prestado, permite al terrateniente dominar la tierra y la fidelidad de todos a los ideales de una hidalguía carente de egoísmo. Una memorable tarde de 1841, mientras se hallaba en la sala de las cortinas de encaje leyendo El corazón de Midlothia, se puso en pie y juró: «Aquí, en esta isla, yo puedo ser un nuevo Guy Mannering, un Quentin Durward local.»

A partir de aquel solemne momento, se consagró a lograr la buena sociedad de Platón, la libertad de Rousseau y la caballerosidad de Walter Scott. Era inevitable que sus cartas compendiaran estas creencias, y en su primera epístola a Noel Fithian, al abordar los temas más peliagudos que turbaban a la nación, no temió expresar sus convicciones personales:

… El negro es genéticamente inferior, necesita un amo, tiene muchas buenas cualidades cuando es adecuadamente guiado y no puede existir fuera de algún sistema de esclavitud.

…Contrariamente a lo que dicen ciertas personas mal intencionadas, la esclavitud es un bien económico, pues permite a los propietarios de tierra mantener en cultivo extensiones que, en otro caso, no podrían ser utilizadas. Ningún hombre blanco podría trabajar al aire libre en zonas como las dos Carolinas, Alabama y Louisiana.

… Es perfectamente posible que un sistema de esclavitud en el Sur coexista con un sistema de trabajo libre en el norte, siempre que el norte no insista en imponer precios bajos a nuestras materias primas meridionales y precios altos a sus productos manufacturados.

…Es también posible que la esclavitud exista junto a un sistema de manumisión gradual de esclavos, pues esto ha sido probado con gran éxito. El objetivo lógico sería adiestrar a los negros en oficios que pudieran desempeñar en cualquier lugar de América. Probablemente, serán necesarios unos doscientos años para que adquieran el nivel de educación preciso.

…Es esencial para el ordenado funcionamiento del sistema que los negros que escapen de sus legítimos amos les sean devueltos a éstos, cualquiera que sea el lugar de los Estados Unidos al que huyan. El derecho de propiedad es sagrado, y debe ser respetado tanto por la ley federal como por la local.

… Se ha hablado de secesión de la Unión, pero esto sólo ocurrirá si los del norte persisten en imponer tarifas elevadas, en estimular la abolición y en dar refugio a los esclavos fugitivos. Si se pone fin a tales antagonismos, las dos secciones pueden coexistir provechosamente y gozar de un futuro ilimitado.

En sus veinte cartas, Paul se refería invariablemente al Sur, con mayúscula, y a la malhadada persecución de que era objeto por los

«del norte», sin mayúscula, como si el primero fuese una entidad espiritual y el segundo una combinación casual de fuerzas heterogéneas. Pero nunca ridiculizó la postura nordista, y en la Carta VIII la expuso bastante mejor que algunos de sus propios apologistas. Sin embargo, la carta que más amplia difusión obtuvo fue la XIII, en la que se enfrentaba directamente a la acusación de crueldad meridional hacia el esclavo. Esta carta fue reproducida miles de veces en los periódicos del Sur y sirvió de objeto a miles de refutaciones en los del Norte. El siguiente párrafo llegó a hacerse especialmente famoso:

Ha existido brutalidad, pero nunca en las plantaciones de mi familia ni de mis amigos. Ha existido desatención a las necesidades de comida y vestido y protección contra los elementos, pero no en ninguna plantación que yo conozca. Y ha existido en ocasiones flagelación desmedida de esclavos díscolos, pero el plantador culpable de ello es despreciado por sus iguales, rehuido por sus aparceros y acosados por su propia conciencia. Su destino es el ostracismo entre los de su clase y el desprecio de la sociedad en general. La única forma en que puede redimirse es dando continuadas pruebas de que ha abandonado su mal

comportamiento, pues si persistiese en él después de habérsele reprochado, sería proscrito por la colectividad de caballeros.

En un lugar posterior de la misma carta admitía que existían tipos execrables como Mr. Cline, y que en sus granjas se habían producido en ocasiones desagradables incidentes, pero despachaba

su brutalidad con una frase que deparaba escaso consuelo a los negros que sufrían bajo su látigo: «No se atreven a asociarse con caballeros.» Daba a entender que ello constituía castigo suficiente, pero añadía también que todos los Estados del Sur tenían severos códigos en relación con la esclavitud, «que observan todos, salvo los depravados», y citaba a Maryland como prueba de que bajo su benévola protección un esclavo quizá tuviera que trabajar duramente, pero era bien alimentado, abrigadamente vestido, confortablemente alojado y defendido contra los malos tratos.

Por azar, la otra carta que alcanzó considerable difusión fuera del libro era la XIX, que había redactado en un acceso de irritación.

El esclavo Frederick Douglass, que había nacido en una plantación próxima al Choptank y que había servido en diversos lugares contiguos a las posesiones de los Steed, había escapado hacia el Norte y lo habían adoptado los más repugnantes elementos del movimiento abolicionista. En 1845 escribió un insolente libro con objeto de presentar la verdadera situación de la esclavitud en el distrito del Choptank y, merced a él, había alcanzado una cierta fama como orador en las iglesias del Norte. El Sur se sintió ultrajado y, a la vez, perjudicado por este libro, pues Douglass escribía convincentemente; se creía en Patamoke que el libro se lo había escrito algún blanco. Así, pues, en una carta dirigida a un amigo de Ohio, Paul Steed demolía las pretensiones de aquel agitador de la chusma. Su ataque se centraba en cuatro puntos, que resumía al principio de su carta:

Primero: No debes creer que su escrito demuestra que los negros pueden alcanzar un alto nivel de capacidad mental, pues es predominantemente blanco, como él mismo confiesa: «Mi padre fue un hombre blanco. La opinión general es que mi amo era mi padre.» Evidentemente, cualquier poder intelectual que pueda manifestar deriva de su ascendencia blanca.

Segundo: Es un impostor, pues siempre ha navegado bajo nombres falsos, llamándose primero Bailey, luego Stanley, después Johnson y más tarde Douglass. ¿Cuál podemos esperar que sea el próximo nombre? «El verdadero Mr. Johnson había estado leyendo La dama del lago y sugirió que mi nombre fuese Douglass. Desde aquel momento hasta ahora me he llamado Frederick Douglass.»

Tercero: Es un ateo, por lo que no puede aceptarse ninguna prueba de malos tratos que ofrezca. ¿Quién ha pronunciado jamás profanación más horrible que ésta: «La religión del Sur es una mera cobertura de los crímenes más horrendos, un justificante de la brutalidad más espantosa, un santificador de las supercherías más odiosas y un oscuro cobijo bajo el que encuentran la más firme protección los actos más siniestros, más viles, más repulsivos y más infernales de los propietarios de esclavos.»? ¿No son éstas palabras del Anticristo?

Cuarto: Es un falsificador convicto: «La semana anterior a nuestra planeada huida hacia la libertad redacté varios salvoconductos para cada uno de nosotros.» Lo que quiere decir es que falsificó cinco pases para engañar a las autoridades, y los firmó con el honorable nombre de William Hambleton, de St. Michaels, escribiendo con falta de ortografía el nombre, en su ignorancia.

El valor perdurable de las cartas de Steed radicaba en sus observaciones sobre temas económicos y de administración. No había ninguna carta concreta que se centrase en ellos, sino que de una manera u otra se contenían en todas; se mostraba como el mejor tipo de plantador…, informado y deseoso de dirigir sus vastas posesiones con beneficio para todos. Revelaba en distintos detalles su determinación de proporcionar a sus esclavos medios de vida decentes y una participación cuidadosamente regulada en los buenos resultados obtenidos con su dirección. Cada esclavo recibía más ropas y alimento que en otras plantaciones. Prestaba especial atención a la santidad de la vida familiar y abolió la vieja

costumbre, mantenida por tío Herbert, de vender en el Sur un marido díscolo sin consideración alguna a la esposa y los hijos que quedaban allí. Explicaba su razonamiento:

Un esclavo sano representa, al mismo tiempo, una importante inversión y una buena oportunidad de obtener un beneficio, pero la inversión queda destruida y el beneficio perdido si el esclavo resulta de alguna manera incapacitado a consecuencia de malos tratos, y entiendo por éstos no sólo las lesiones físicas, sino también las mentales que pueden sobrevenir por la separación de las familias o la falta de atención para con los niños esclavos. Si los dictados de la Humanidad no protegen al esclavo, deben protegerlo los principios de una prudente administración.

La carta que más difícil de digerir les resultaba a los analistas del Norte era la XX, pues en ella Steed explicaba a Noel Fithian su teoría de que la libertad en los Estados Unidos dependía del mantenimiento de la esclavitud. Citaba unos quince poderosos argumentos extraídos de la experiencia de Grecia, Roma y la América primitiva. Estaba convencido de que sólo podían florecer hombres libres si se apoyaban en una clase esclava y alegaba que no era la libertad del caballero blanco lo que estaba defendiendo, sino el bienestar del esclavo. Nunca abandonó esta convicción; nunca admitió la más mínima concesión que pudiera refutar su tesis. Una de sus citas obtuvo amplia difusión:

La libertad disfrutada por los ciudadanos de los Estados Unidos, para envidia de todo el mundo conocido, ha sido fundamentalmente obra de caballeros del Sur que poseían esclavos.

De los hombres que redactaron la Declaración de Independencia, los que efectuaron la mayor aportación eran propietarios de esclavos. De los que forjaron nuestra Constitución, la mayoría de los dotados de auténtico talento procedían del Sur. De los doce presidentes que han guiado nuestra nación hasta su actual nivel de envidiable éxito, nueve han sido propietarios de esclavos, y su

gobierno ha sido el más juicioso y el más apreciado por la nación en su conjunto.

Aducía que era sólo el caballero, liberado de los asuntos mundanos merced al duro trabajo de sus esclavos, quien podía valorar adecuadamente los movimientos de la sociedad y separar los buenos de los malos. Decía que eran las esposas de esos dedicados caballeros quienes inclinaban a la sociedad hacia los valores más elevados:

Han sido las mujeres del Sur quienes han mantenido encendidos los faros de nuestra nación: caridad, galantería, compasión, gracia y todas las demás cosas agradables. Podían hacerlo porque -gracias a la existencia de los esclavos de la familia-se hallaban en disposición de atender a asuntos de más importancia que lavar y limpiar. No son las mujeres del Norte quienes han establecido las normas de nuestro comportamiento nacional, pues han estado preocupadas con asuntos insignificantes. Son nuestras graciosas damas del Sur quienes han fijado las pautas.

Y volvía de nuevo a su tema básico de que era la existencia de la esclavitud lo que permitía a los hombres y mujeres negros ser libres:

Lo que encontramos, pues, es que la mujer negra del Sur goza de más libertad para dedicarse a sus verdaderos intereses de maternidad y cuidado de la familia que la llamada mujer libre del Norte que trabaja en algún taller en condiciones que la impiden disfrutar de la vida. La verdadera libertad se halla en una sociedad disciplinada en la que cada participante tiene un lugar y sabe cuál es ese lugar.

Se veía a sí mismo como el heredero número 1.847 de Pericles de Atenas, y Marco Aurelio de Roma, y George Washington de Virginia, y se esforzaba por atenerse a las austeras normas de comportamiento fijadas por aquellos hombres. «Su libertad de movimientos en el mundo -solía decir- se basaba en la existencia de

esclavos que realizaban las categorías inferiores de trabajo.» Pero no era insensible a la insistente pregunta de los abolicionistas:

«¿Debe el esclavo vivir sin esperanza toda su vida?» Abordaba esta cuestión hacia el final de la Carta XX:

Te acordarás seguramente, Noel, de la linda esclava Eden que te atendió la última vez que nos visitaste. Era en todos los aspectos una persona superior, y los amorosos cuidados de que colmó a Susan después de nuestro accidente fueron la razón principal de que mi esposa sobreviviese. Liberamos a Eden, y le pagamos un salario que podía acumular para la compra de su marido, aquel magnífico mecánico xanga que conociste en la herrería. Residen ahora en nuestro poblado de Patamoke, donde el marido ha establecido un buen negocio como carpintero y reparador en general. Eden, quizá te interese saberlo, se ofreció voluntariamente a continuar su trabajo en Devon y atender a Susan, que bajo sus cuidados puede ahora caminar con una perfección que te costaría creer. Me atrevo a sugerir que tanto Eden como su marido son más felices aquí, en Maryland, de lo que hubieran podido serlo en África.

De hecho, Paul Steed se convencía a sí mismo de que protegía la libertad de todos los hombres, especialmente la de los esclavos puestos bajo sus órdenes. «Como amo suyo, contribuyo a su propio bien», razonaba, y se mostró tan vehemente en la propagación de esta teoría, que todos cuantos vivían a lo largo del Choptank llegaron a creer que «nuestros esclavos son más felices bajo nuestros benévolos cuidados de lo que lo serían si fueran puestos en libertad». Todo el mundo creía esto, es decir, excepto los propios esclavos y los trabajadores como George Paxmore.

Paul Steed sabía desde hacía tiempo que algún día tendría disgustos con los Paxmore en torno a la cuestión de la esclavitud, y a finales de 1847 fue visitado por Thomas Cater, el administrador de Correos de Patamoke. Mr. Cater navegó hasta Devon, con su

traje oscuro y una expresión sombría en el semblante, para colocar ante Mr. Steed la prueba de que los cuáqueros de Acantilado de la Paz estaban recibiendo correspondencia sediciosa.

–No lo habría creído, señor, si no lo hubiese visto con mis propios ojos.

Y arrojó sobre la mesa un pesado sobre que había sido enviado desde el Norte con un ejemplar del New York Tribune, un provocativo periódico dedicado a sembrar la agitación.

–Ahí tiene -señaló Mr. Cater.

Steed no quiso tocarlo, pues la ley de Maryland prohibía explícitamente la circulación de cualquier material «calculado para suscitar descontento entre nuestras gentes de color», y más de un hombre había sido condenado a diez años de cárcel por ese delito.

Al principio, la ley se había aplicado solamente a inflamatorios periodicuchos como The Liberator, pero ahora comprendía incluso a diarios razonables que cuestionaban de cualquier manera la moralidad y la economía de la esclavitud.

–¿Qué debo hacer con él? – preguntó Mr. Cater.

–La ley dice que debe quemarlo.

–¿Cada vez que llegue?

–No tiene usted ninguna obligación de alentar levantamientos negros.

Mr. Cater, no queriendo llevarse de nuevo a Patamoke el ilegal periódico, preguntó a Mr. Steed si tenía una cerilla, y, cuando se la entregó, fue al césped, se arrodilló y prendió fuego al periódico.

Cuando sólo quedó un montoncito de cenizas negras, regresó a la casa.

–Tomaré nota de todo lo que reciban y le mantendré informado.

La preocupación de Steed por la posible traición de Paxmore quedó relegada a segundo término cuando llegó a Devon la noticia de que el senador Clay había encontrado, por fin, una fecha en la que podría cruzar la bahía para tratar sobre el propuesto ferrocarril.

Se realizaron extraordinarios preparativos para asegurar su comodidad, pues era un hombre ya anciano, y el viaje sería penoso; en realidad, ya no era senador, pero conservaba el título y tenía tanto poder que, si él aprobaba un ferrocarril en la Orilla Oriental, sus antiguos colegas del Senado lo apoyarían probablemente. Así, pues, se adornó con flores el gran dormitorio de huéspedes del ala occidental; se instruyó a los esclavos sobre cómo atender al famoso senador por Kentucky; fueron cursadas invitaciones a importantes ciudadanos de la región; y Susan Steed condujo su silla a partes distantes de la mansión, cuidando aquellos pequeños detalles que explicaban la distinción social de los Steed.

Era media tarde cuando llegó la balandra con el senador, y al bajar éste a tierra, un hombre alto, delgado y distinguido, de setenta y un año, ondulantes cabellos y boca grande y expresiva, lo hizo con una dignidad que delataba sus largos años de servicio a la nación. Característicamente, se detuvo en el muelle, observó la plantación, haciendo una rápida estimación de la forma en que era dirigida y empezó a subir por el sendero de grava con paso firme e, incluso, impaciente.

–Tiene usted una excelente plantación -comentó

aprobadoramente a Paul, que, con su pierna más corta que la otra, debía esforzarse para no quedar rezagado-. Yo echo de menos mi granja de Kentucky…, especialmente los animales. Me gusta una buena dirección agrícola. Es señal de que hay una buena cabeza.

Al acercarse a la mansión, el viejo Tiberio se adelantó, con su uniforme azul y sus guantes blancos, e hizo una profunda reverencia.

–Bien venido a Venganza de Rosalind.

–¿Qué venganza tomó? – preguntó Clay, deteniéndose en el porche para contemplar la plantación desde aquella perspectiva.

–Varias -explicó Paul-. Ahorcó al pirata Henri Bonfleur.

–He oído hablar de él -dijo Clay, admirando la forma en que el jardín descendía hacia el arroyo.

–Y fue su barco el que capturó a Barbanegra. Le cortó la cabeza. Era terrible.

–¿Y ella construyó esta hermosa casa?

–Sí.

Veo que utilizó el sistema flamenco.

Nada escapaba a los ojos del gran hombre. Cuando vio a Susan Steed acercarse en su silla de ruedas, se volvió todo galantería y se apresuró a adelantarse para ayudarla mientras ella se levantaba merced al mecanismo ideado por Cudjo.

–Es una satisfacción que me haya invitado a su casa -dijo, no con tono solemne, sino con el intenso entusiasmo de un granjero de Kentucky a quien agradaba ver plantaciones bien abastecidas.

–Hemos invitado a varias figuras locales a venir a saludarle -

dijo Steed-. No tardarán en llegar sus embarcaciones.

–Muy complacido.

–¿Quiere descansar de las molestias del viaje? – preguntó Steed.

–No. Estoy acostumbrado a viajar. Pero me agradaría oír su exposición de los asuntos que me traen aquí.

E, instintivamente, se dirigió hacia la soleada sala, donde la luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas de encaje, haciendo la estancia cálida y acogedora. Allí, en un confortable sillón, se tomó dos whiskies y, luego, preguntó:

–¿Y qué hay de ese ferrocarril?

Steed había preparado una mapa de la Orilla Oriental, y siempre que lo miraba se le encendía la ira.

–Señor, es evidente para cualquiera que esta península debería constituir una unidad gubernativa.

–Yo lo he intentado en vano -repuso Clay, riendo entre dientes al pensar en la obstinación con que había tropezado al patrocinar un

proyecto de ley destinado a refundir en un solo Estado las tres partes de la península-. ¿Pero ha intentado usted alguna vez decirle algo a un Estado soberano? Y no digamos a tres.

Meneó la cabeza y, luego, estudió el mapa.

–¿Cuál es su idea?

–Simplemente, ésta.

Y con gestos decididos, Paul bosquejó lo que pensaba que debía suceder.

–Que el Gobierno federal autorice una sólida línea ferroviaria desde Wilmington hacia el Sur, hasta la punta de Cabo Charles. Eso unirá toda la península con Norfolk, al otro lado de la bahía. Que cada ciudad construya derivaciones que empalmen con esa línea principal. Y aquí arriba, un transbordador hasta Baltimore.

–Steed, lo que usted dice es muy sensato, como siempre. Pero pasa por alto un hecho importante. Baltimore está destinada a ser la metrópoli de esta región, y como el trigo ha suplantado al tabaco como cosecha fundamental, la atención de Baltimore se volverá hacia el Oeste, no hacia el Sur. Cuando construyamos un gran ferrocarril hasta Chicago, el empuje hacia el Oeste será irresistible.

Mire a Baltimore, no a Norfolk.

Estaba deseoso de desarrollar esta idea, pero empezaron a llegar los demás invitados, importantes hombres de negocios procedentes de diversas partes del Choptank, y Clay les fue saludando a cada uno con cortés deferencia, al tiempo que escuchaba atentamente a Steed explicarle quiénes eran.

Tras una copiosa cena, regada con tres clases de vino, Mrs.

Steed se separó de la mesa en su silla de ruedas y dijo:

–Señoras, creo que debemos dejar a los caballeros con sus cigarros.

Y salió, precediendo a las demás.

–Mr. Steed me ha estado hablando de sus esperanzas, es decir, de las esperanzas de ustedes, en el ferrocarril -dijo Clay, con un

tono de voz que daba a entender que él apoyaba la idea.

–¡Sí! – exclamaron varias voces.

Y cuando se desplegó el mapa, cada hombre explicó lo que él y su grupo estaban dispuestos a aportar con destino a la realización del gran designio.

–Seguramente, no habría forma de que los raíles cruzaran el Choptank -dijo Clay.

–Desde luego, señor -convino un comerciante de Dorchester County-. Nuestro plan es traer este ramal a Patamoke y finalizarlo allí. Terminal. Construimos en nuestra orilla sur con dirección hacia el Este y empalmamos con la línea principal.

–Por supuesto, senador Clay -intervino un hombre de Patamoke-, habría un transbordador a través del Choptank. En realidad, ya lo hay -e indicó el lugar por donde discurría el pequeño transbordador.

–Parece una idea espléndida -admitió Clay.

–¿Nos ayudará usted?

–Desde luego.

La promesa complació a los hombres de la Orilla Oriental, porque la palabra de Henry Clay era como un montón de lingotes de oro guardados en una caja fuerte incrustada en roca viva. Era un político que hacía cosas, el despejador de obstáculos, el poseedor de esclavos que comprendía al Norte, el único hombre que veía la nación como un todo.

Pero los hombres del Choptank querían asegurarse de que Clay estaría en posición de llevar adelante su promesa.

–¿Es cierto que la legislatura de Kentucky le enviará de nuevo al Senado?

La brusquedad de esta pregunta, al tocar la delicada cuestión de su incierto futuro, debió de resultarle embarazosa a Clay, pero no lo manifestó. Volviéndose hacia quien la había formulado, dijo plácidamente:

–Desde que entré por primera vez en la legislatura de Kentucky, siempre he estado a disposición de mi país, señor. Y, aunque ya soy viejo, si Kentucky desea llamarme a su servicio, corresponderé.

Y añadió:

–Si vuelvo al Senado, apoyaré su ferrocarril. Pero yo no quiero sólo esos ramales relativamente cortos. Quiero toda una red de vías férreas que unan por completo esta nación. Quiero poner fin a las diferencias entre Norte y Sur, entre Este y Oeste. Muy especialmente, quiero poner fin a nuestra enconada pugna en torno a la esclavitud.

No se volvió a hablar de ferrocarriles.

–Ustedes, buenos hombres de Maryland, se encuentran en la frontera entre las dos posturas. Algunos, como Steed, son plantadores del Sur. Imagino que la mayoría de ustedes no tienen esclavos.

Pidió que alzaran la mano quienes se hallaran en esa situación, y las dos terceras partes de los presentes indicaron que no tenían ninguno.

–Ustedes que están al margen díganme, entonces, qué debemos hacer para unir a esta nación.

Se inclinó hacia delante un hombre viejo, muy viejo realmente, pues estaba gastado por las continuas luchas, y fue señalando por turno a cada uno de los hombres, pidiendo su consejo.

Las respuestas fueron variadas; algunos querían que se les reconociera a los dueños de esclavos el derecho a llevar éstos a todos los nuevos territorios que se abriesen en el Oeste; otros querían que fuesen reducidos los aranceles impuestos por los congresistas de Nueva Inglaterra; dos hombres sugirieron que se fijara un plazo al término del cual todos los esclavos deberían ser liberados, doscientos años, por ejemplo. Y todos convinieron en que se suavizasen las diferencias a la sazón existentes entre el Norte y el Sur.

Clay inició entonces un detenido interrogatorio.

–Supongamos que un esclavo huye de esta plantación.

–Ocurre a veces -admitió Paul, inclinándose hacia delante para ver cómo enfocaba Clay aquel delicado problema.

–Supongamos que el esclavo de Mr. Steed llega hasta Boston.

–Algunos llegan hasta Canadá -dijo rápidamente un propietario de esclavos.

–¿Debería incitarse a Mr. Steed…, mejor dicho, se le debería permitir legalmente ir a Boston para recuperar su esclavo?

Todos convinieron en que tenía ese derecho; incluso los dos hombres que pensaban que todos los esclavos debían ser liberados en un remoto futuro estaban de acuerdo en que, conforme a la ley vigente, Steed tenía derecho a recuperar su propiedad.

–Pero ahora llegamos a la parte delicada -dijo Clay-. Cuando Mr. Steed llegue a Boston, ¿se le permitirá recabar la ayuda de los comisarios de los Estados Unidos destinados allí? ¿O de la Policía local? ¿O los servicios de cualquier transeúnte?

Cada una de estas preguntas obtuvo contestaciones

unánimemente afirmativas, pero antes de que el senador pudiera responder, uno de los hombres más liberales añadió:

–Quisiera reconsiderar mi respuesta a esa última pregunta.

Sobre lo de recabar la ayuda de los transeúntes. ¿No sería provocativo? Quiero decir…, ¿los actos serían visibles, en público?

Clay se recostó en su asiento mientras los hombres expresaban sus reacciones a ese hipotético caso, y observó que, al final, todos convenían en que era obligatorio devolverle a un hombre su propiedad legítima. Tres veces propuso Clay casos ilustrativos con ligeras variaciones, y tres veces los hombres del Choptank confirmaron su primera decisión: la propiedad de un hombre era inviolable, y si huía, la fuerza entera de la sociedad debía ser movilizada para devolvérsela.

En ese momento se abrieron las puertas del comedor y apareció el viejo Tiberio.

–Caballeros, vuelven las señoras.

Y se hizo a un lado, mientras Susan entraba con su silla de ruedas en el salón. A los pocos minutos demostró saber tanto como cualquiera de los hombres, excepto el senador, sobre aquel problema de regionalismo, pero la costumbre había impuesto que se retirase de la parte seria de la conversación.

Los invitados durmieron esa noche en la mansión, y en el desayuno el senador Clay reanudó su interrogatorio a los caballeros. Permaneció hablando con ellos durante toda la mañana, durante la comida de mediodía y toda la tarde. Una hora antes de anochecer dijo que le gustaría ver la plantación y caminó por ella unas dos millas, observándolo todo. En un momento dado dijo a Steed, que renqueaba junto a él:

–Una de las mejores cosas que he hecho en mi vida ha sido importar buenas teses de Inglaterra. Nada fortalece más a una nación que una sólida agricultura.

Aprobó la dirección de Steed y le sorprendió diciendo:

–He estudiado sus Reflexiones, Steed, y me complace ver que practica lo que predica.

Por la noche Clay estaba dispuesto para otra sesión de tres horas, pero el ferrocarril sólo fue mencionado una vez.

–Díganme, caballeros, cuando construyamos ese ferrocarril,

¿hacia dónde irán sus simpatías? ¿Hacia Norfolk, al Sur, hacia Filadelfia, al Norte, o hacia Baltimore y Chicago, en el Sur?

–Siempre seremos hombres del Sur, señor -dijo Steed.

Clay empezó a responder, pero Tiberio estaba ya abriendo las puertas para dar paso a las señoras. Esa noche Susan dijo:

–No sé si sabrá, senador, que soy inglesa.

Clay se levantó y le hizo una inclinación.

–Su país nos envía generales valientes y hermosas mujeres.

–Y a veces creo que esta rivalidad entre el Norte y el Sur es una estupidez.

–Yo también lo creo, señora, como la diferencia entre Irlanda e Inglaterra.

–Ah, pero ésos son dos países distintos.

–Y debemos procurar que el Sur y el Norte no se conviertan en dos naciones distintas.

–¡Cierto! – exclamó uno de los hombres de negocios.

Clay tomó la campanilla de plata que reposaba sobre la mesa, junto a Paul Steed, y la agitó. Cuando apareció Tiberio, preguntó:

–Buen Tiberio, ¿podrías traer copas para las señoras?

Cuando así lo hizo y se hubo servido el vino, Clay propuso un brindis.

–Rara vez he conversado con ciudadanos más juiciosos que los aquí reunidos esta noche.

Vaciló.

–¿Es usted ciudadana americana, Mrs. Steed?

–Desde hace muchos años -respondió ella.

–Señoras y caballeros, ¡por la Unión!

Bebieron en silencio, mirando todos los presentes por encima de sus copas a aquel hombre extraordinario que se había convertido en el símbolo de todas las fuerzas que pugnaban por mantener unida la nación: Clay, el hombre que sabía llegar a un compromiso, el hombre que acudía para escuchar.

Por la mañana, mientras bajaba lentamente hacia el muelle, dijo a Steed:

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