Bajo tierra
Prólogo
Mark Billingham
Bajo tierra
Tom Thorne - 6
ePub r1.0
Karras 19.04.18
OceanofPDF.com
Título original: Buried
Mark Billingham, 2006
Traducción: Katherin Allison
Editor digital: Karras
ePub base r1.2
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PRÓLOGO
Piensas siempre en los niños. Es lo primero y lo último, en una situación como ésta, en un estado así, cuando no sabes si te doblas por la rabia o el dolor, y te cuesta trabajo escupir las palabras hacia el otro lado de la habitación. Lo primero y lo último, piensas en ellos…
—¿Por qué coño no me dijiste esto antes?
—No era el momento. Me pareció mejor esperar.
—¿Mejor?
Da un paso hacia el hombre que permanece de pie al otro extremo del salón. Instintivamente, él se echa para atrás hasta aplastar los gemelos contra el borde del sofá, perdiendo por poco el equilibrio sobre los cojines cuidadosamente arreglados.
—Creo que deberías intentar calmarte —dice.
La habitación huele a flores secas. Todavía se notan las marcas en la moqueta por donde ha pasado la aspiradora hace poco y hay un reloj de pie, con su sonoro tic-tac que se oye en cuanto terminan los gritos, encima de la repisa de pino de la chimenea, que luce un pulido intenso.
—¿Qué esperas que haga yo? —dice ella—. Me encantaría saberlo.
—Nadie te puede decir lo que tienes que hacer. Es una decisión tuya.
—¿Realmente tengo elección?
—Tenemos que sentarnos y hablar sobre cuál es el mejor camino que se puede seguir.
—Por el amor de Dios, te presentas aquí, como si nada, y me dices eso.
Así, como si nada, como si fuera algo que casualmente se te ha olvidado mencionar. Te presentas aquí y me cuentas todo esta… ¡mierda!
Ha empezado a llorar otra vez, pero esta vez no se lleva la mano a la cara. Cierra los ojos con fuerza, esperando que se le pase. Espera que vuelva la furia, sin aplacarla.
—Sarah.
—No te conozco. ¡Joder, no te conozco de nada!
Entonces, durante unos segundos no se oye más que el tic-tac, el tráfico lejano, y el ruido de la radio insinuándose desde la cocina; el volumen lo había bajado al oír el timbre de la puerta. Dentro, la calefacción central está bombeando más calor de la cuenta: los rayos de sol todavía llenan de luz la habitación a través de los visillos.
—Lo siento.
—¿Cómo dices? ¿Que lo sientes?
Pero se ha enterado perfectamente. Sonríe a la vez que se ríe. Con los puños pegados al costado, recoge la tela de su vestido entre los dedos mientras aprieta con fuerza. Empieza a notar un retortijón de estómago; y siente un espasmo en la parte superior de la pierna.
—Necesito ir al colegio.
—Los niños estarán bien. De verdad, cariño. Estarán perfectamente.
Ella repite su última palabra; y la vuelve a repetir en forma de susurro.
Esta vez no hay manera de parar las lágrimas, ni el grito que surge de ninguna parte; ni tampoco la marejada y la oleada que le arrastra al otro lado de la habitación, las manos como zarpas dispuestas a desgarrar la cara del hombre.
El hombre levanta las manos para protegerse. Se agarra a los dedos que se le clavan en los ojos, y en cuanto los tiene bien cogidos, en cuanto supone que la domina, intenta inmovilizarla, para alejarla de allí de manera controlada.
—Tienes que mantener la calma.
—Tú. Hijo de puta. Cabrón. —Hace un movimiento brusco hacia atrás con la cabeza.
—Por favor, escúchame… —El escupitajo le da justo encima del labio y empieza a correr hacia abajo. Él le suelta un taco, una palabra que no suele usar.
Y le da un empujón…
Y de repente, al caer hacia atrás como un peso muerto, abre la boca para gritar, antes de romper en mil pedazos el cristal de la mesa de centro.
Durante unos instantes el tic-tac del reloj. Y el tráfico. Y el zumbido desde la cocina.
El hombre da un paso hacia ella, y se para en seco. Enseguida se da cuenta de lo que ha pasado.
A la mujer le duele la espalda, y el tobillo, por los golpes recibidos al caerse. Intenta incorporarse, pero le puede la pesadez de la cabeza. Surge un gemido de dentro, los hombros aplastando los cristalitos sobre la moqueta debajo de ella. Está tumbada, sin aliento, sobre un lecho de joyas y astillas; reconoce una canción que se oye en la radio lejana justo cuando siente el calor y la humedad en la nuca. Corre por la garganta, y poco a poco va rezumando por el escote de su chaleco.
Fragmentos de cristal…
Piensa durante unos instantes en esas palabras, en lo absurdas que suenan si se repiten muchas veces. En su mala suerte. ¿Cómo es posible tener tantísima mala suerte? Seguramente le habrá pillado una vena, o quizás dos. Y aunque pueda oír cómo pronuncian su nombre, aunque se dé perfecta cuenta de la desesperación, del pánico reflejado en la voz, ya está empezando a desvanecerse y a la vez a ver muy claramente, concentrándose sólo en las caras de sus niños.
Lo primero y lo último.
Mientras se le escapa rápidamente la vida, tiñendo de rojo el cristal ahumado, su último pensamiento es muy claro. Sencillo, tierno, y virulento.
«Si les ha hecho algo a mis niños, le mataré».
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