Bajo tierra
Veintiuno
Habían montado un escenario provisional en el salón de su viejo. Sentado en la única silla, Thorne oía voces detrás del telón colgado a toda prisa, mientras su padre y el amigo de su padre, Víctor, se preparaban. Thorne miró el antiguo reloj de su madre sobre la repisa de la chimenea. Debía volver al trabajo y no tenía tiempo para esto.
—¿Cuánto va a tardar?
Su padre le gritó desde detrás del telón:
—¡Ya está bien con las prisas de los cojones!
Thorne se quedó de piedra al ver el humo haciendo espirales por debajo de la gruesa tela negra. Se levantó y corrió hacia el telón, pero no era capaz de alcanzarlo. Con las manos arañaba desesperadamente el aire fresco y le gritaba a su padre al otro lado. Le chillaba y le decía que se saliera.
—Relájate —dijo su padre—. Siéntate, estaremos listos en un minuto.
—Hay humo…
—¿De qué puto humo estás hablando?
—Deja de soltar palabrotas.
—Las putas palabrotas me salen solas.
Se levantó el telón y Thorne se dejó caer sobre su silla cuando su padre y Victor dieron un paso hacia delante, metidos hasta la cintura en hielo seco.
Jim Thorne sonrió con satisfacción y le guiñó un ojo:
—¡Te dije que no era humo, capullo!
La actuación en sí no era mala.
Victor cruzó el escenario hasta un piano y empezó a tocar. El padre de Thorne empezó a cantar, pero su versión cutre de Memories se vino abajo
pues olvidó la letra casi nada más empezar, gesticulando furioso cuando tuvo que tirar la toalla del todo. Entonces empezaron con aquella cháchara…
—¿Sabes que han gastado más dinero en desarrollar Viagra que en investigar el Alzheimer?
—Eso es terrible —dijo Victor.
—¿A mí me lo vas a decir? ¡Me paso el día entero con la polla tiesa y no puedo recordar qué tengo que hacer con ella!
Y más de lo mismo. Los mismos chistes de siempre, recitados uno tras otro, Victor haciendo el papel de tío normal y serio, dándole la entrada a su viejo amigo. Los chistes del padre de Thorne relacionados con el Alzheimer no eran tan malos. Sobre cómo ahora, por lo menos, nunca veía las reposiciones en la tele, y podía esconder sus propios huevos de Pascua, y cómo hacía nuevos amigos cada dos por tres.
—Siempre que no te olvides de los viejos —dijo Victor.
—Claro que no. —Pausa. Mirada—. ¿Cómo te llamabas?
Thorne disfrutó de cada momento, encantado de ver a su padre feliz. Se olvidó de la hora y del trabajo pendiente, al observar totalmente transformadas esas expresiones de pérdida y confusión que tanto miedo le daban, realzadas para convertirse en algo cómico, cuando su padre le miraba con aturdimiento fingido, con brillo en los ojos.
Thorne se rió, y aplaudió otro chiste mal ejecutado. El ruido de los aplausos se iba apagando en el momento justo, cuando su padre se volvió hacia Victor e hizo un aparte casi sin mover los labios:
—Se mueren conmigo.
—Estás ardiendo, Jim.
—¡A mí me lo vas a decir!
Thorne silbaba cuando el anciano se dio la vuelta para enseñar el sofisticado dibujo de una llama llena de color que se había bordado sobre la espalda de su chaqueta. Dando patadas al suelo, Jim Thorne empezó a bailar, moviendo la cadera y girando los hombros, para que pareciera que las llamas subían despacio por la espalda.
—Papá…
Su padre se volvió para mirarle.
—No te preocupes, hijo. No es lo que parece.
Pero de repente, Thorne se dio cuenta de que las llamas eran reales. Que estaban ardiendo las fibras sintéticas del traje de su padre y consumiendo la carne que había debajo.
Podía oler exactamente lo real que era.
Thorne se inclinó para alcanzar bruscamente un gran botón rojo al lado de su silla. Empezó a sonar una campana, ensordecedora, pero se desvanecía igual que sus aplausos, cada vez que su padre decía algo.
—Eso está fatal.
—¿El qué? —preguntó Victor.
—¡Que no hayan apagado el móvil durante un espectáculo!
Thorne se había llevado las manos a las orejas. No podía oírse chillarle a su padre para que se callara y saliera, o suplicarle ayuda a Victor.
—Si es la furgoneta de los helados, suena muy raro —dijo su padre.
—Es la alarma de incendios, gilipollas…
—No saques conclusiones precipitadas.
—Tenemos que irnos ya. Es la alarma de incendios.
Su padre se volvió hacia él. La sonrisa visible entre destellos sobre la corona de llamas. La malicia de su voz claramente perceptible por encima de la crepitación, y el chisporroteo del pelo ardiendo.
—¿De verdad que es eso, Tom? ¿Estás seguro…?
Thorne levantó la cabeza y cogió el teléfono. Se limpió la baba que le colgaba entre la mejilla y la superficie de la mesa.
—¿Estabas dormido?
—No…
—Vaya embustero malo que estás hecho —dijo Hendricks. Reconoció algo en el tono de Thorne, o en el silencio—. ¿El mismo sueño?
Thorne se enderezó y lentamente se puso de pie.
—Más o menos —dijo. Soltó un gemido, haciendo un movimiento circular con la cabeza. La espalda le estaba molestando y tenía la sensación de que alguien se había puesto de pie sobre su cuello.
—Ojalá tuviera tiempo para echar una siesta.
—Ha sido un día muy largo.
—Tío, ha sido largo para los dos.
—Sí, es verdad. Lo siento. Casi se me olvida que estabas allí esta mañana.
—Créeme, preferiría no haber estado. Hay momentos en que me arrepiento de haber estudiado medicina. Si lo pienso bien, debería haber escuchado a mis padres y haber estudiado para bailarín, como ellos querían.
Estos comentarios, con el monótono acento de Manchester que tenía Hendricks, rara vez hacían que Thorne se sintiera mejor. El sueño ya se estaba desvaneciendo, aunque el olor persistía…
—¿No hubo sorpresas con la autopsia?
—Ninguna con respecto a la causa de la muerte. Sí, encontré un tumor enorme en el estómago de Kathleen Bristow. No tengo ni idea si lo sabía.
La mujer estaba muerta. No había motivo real para que Thorne lo encontrara todo tan deprimente.
—¿Hasta qué hora crees que vas a estar aquí? —preguntó Hendricks.
Thorne miró su reloj. Eran casi las siete y media. Sólo había dormido durante media hora, pero era de día cuando cerró los ojos y ahora empezaba a anochecer. Se lo preguntaría a Brigstocke, pero no creía que pusiera muchas pegas a que se fuera, teniendo en cuenta que había currado turnos de dieciocho horas consecutivas.
—Me tengo que pasar por Arkley, pero no creo que tarde mucho. Estaré en casa para las nueve y media, las diez, supongo.
—¿Te apetece una copa a última hora en el Prince? ¿Una partida de billar?
Thorne no sabía si podría ver a Porter más tarde. Pensó que a Hendricks no le sentaría mal que le dejase tirado si surgía algo.
—Vale, ¿por qué no? No voy a dormir mucho de todas maneras…
—Siempre que no utilices lo de la espalda como excusa cuando te dé una paliza. ¿Cinco libras por partida?
La puerta se abrió, e Yvonne Kitson entró y se dirigió con paso decidido a su mesa. La expresión de la cara revelaba que estaba a punto de tirar la toalla. Soltó el bolso, encendió la luz, se acercó a la pared y se apoyó.
Parecía que tenía ganas de hablar, como si quisiera que se enterara Thorne.
—Me tengo que ir, Phil. Te llamo cuando esté llegando…
—Vale. Nos vemos luego.
—¿Todo va bien?
—Sí, mejor imposible —dijo Hendricks.
Pero él, como embustero, era tan malo como Thorne.
—Te estás alterando demasiado con este caso, porque crees que la cagaste la última vez.
—No es cierto —dijo Kitson.
—¿A qué te refieres?
—Sé que la cagué la última vez.
Kitson estaba tensa, paseándose de un lado para otro en el pequeño despacho como si no supiera decidir si necesitaba un hombro para llorar, o una cara para pegar un puñetazo.
—Cogerás a esos dos —dijo Thorne—. Verás cómo sí. Si Farrell no se chiva, tendrás que coger el camino más difícil y ya está.
Se detuvo y le miró fijamente, como si no se hubiera enterado de nada de lo que ella le estaba contando desde hacía diez minutos.
—Necesito coger a esos dos, Tom. Sé que Farrell fue el que lo mató, pero los otros dos se quedaron mirando sin hacer nada y vieron cómo lo hacía. El fiscal me ha dicho que pueden procesar a los tres por asesinato. A la mejor se rebaja a un cargo por lesiones graves en el juicio, pero por lo menos lo vamos a intentar.
—Entonces, ve a detener a los amigos de Farrell, Nelson y Herbert, tal como le dijiste. Seguramente fueron ellos, de todas maneras.
—Tengo otra idea —dijo Kitson.
—Si se trata de acogerte a la jubilación anticipada, quizás te acompañe.
—Tengo ganas de parar el tiempo. Soltar a Farrell bajo fianza para que vuelva mañana. Podríamos organizar rápidamente algo de vigilancia, para ver si se pone en contacto con alguien. Puede que busque a los otros dos para que sepan que no se ha chivado.
A Thorne le parecía una idea bastante razonable y así se lo dijo. Y luego insistió, porque no estaba convencido de que ella se lo creyera:
—Has hecho un buen trabajo, Yvonne.
—Pasé por casa de los padres de Amin Mubarek —dijo ella—, para contarles lo de Farrell.
—Seguro que eso te sentó muy bien.
—No les dije cómo lo encontramos. —Primero la vergüenza y luego la resignación cruzaron su cara—. Ni que deberíamos haberle encontrado hace seis meses. Sé que saldrá tarde o temprano, y tendremos que afrontarlo entonces, pero allí sentada con la señora Mubarek, en su salón, no quería estropear ese momento. Por ellos, quiero decir. De verdad… por ellos.
Thorne simplemente asintió. Recolocó un par de objetos que había sobre el escritorio.
—Debería ir a hablar con Brigstocke para montar la vigilancia —Kitson se dirigía hacia la puerta—. Hay que arreglar el papeleo de la fianza…
Después de que se marchara Kitson, Thorne miraba la lluvia que empezaba a caer y se sumaba a la oscuridad. Agradecía estar a solas durante unos minutos; la oportunidad de dejar que lo que quedaba de la actuación de su padre siguiera dando vueltas en su cabeza durante un rato.
— No te preocupes, hijo. No es lo que parece…
El humo que no era humo, la alarma de incendios que era en verdad un teléfono.
— No saques conclusiones precipitadas.
Se dirigió a la puerta de su despacho, desde donde podía ver a Kitson hablando con Karim y Stone en la Sala de Operaciones. Mientras observaba, notó la chispa y el fogonazo de una idea, que se adueñaba de todo tan rápido como las llamas.
La cara de su padre estaba cubierta de rojo y oro cuando Kitson salió al pasillo.
—Me temo que no estoy autorizado para decirle cómo murió, señor.
—¿No le parece un poco ridículo? —preguntó Lardner—. Me llaman para decirme que una mujer ha sido asesinada, pero me toca a mí ponerme a adivinar si le pegó un tiro, le dio una puñalada o la ahogó en la bañera.
—Probablemente sea un poco ridículo, tiene usted razón —dijo Holland
—. Pero el procedimiento es así, entonces…
—Por lo que recuerdo, era una mujer agradable. Le gustaba meter las narices más de la cuenta, pero supongo que eso formaba parte de su trabajo.
Como los periodistas que beben… o los polis y los agentes de la condicional que son unos cínicos.
Holland tomó un sorbo de té y gruñó.
—Bien. Pues supongo que no tiene usted gran cosa que decir.
—Simplemente queríamos que se enterara de la muerte de la señora Bristow.
—¿Debería preocuparme?
—¿Cómo?
—¿Usted cree que van a por nosotros? —Lardner soltó una carcajada sin humor—. Quizás Grant Freestone ha salido de su escondite y nos va a matar a todos nosotros, uno por uno.
—No creo que necesite preocuparse por eso…
El almuerzo resultó tan cutre como Kitson le había advertido que sería, y Wilson se había escabullido a cenar algo en cuanto se enteró de que a Farrell lo soltaban bajo fianza, quedando en reunirse con su cliente en la comisaría al día siguiente.
Kitson permaneció de pie junto a Farrell delante de la plataforma mientras el jefe de detenciones cumplía el procedimiento de excarcelación.
El sargento era un viejo cabrón muy astuto; le había mirado a Kitson de reojo al verla presentarse allí con Farrell, sabiendo de sobra que había estado a punto de presentar cargos unas horas antes.
Notaba que ella tramaba algo, pero sabía lo suficiente para mantener la boca cerrada.
Después de comprobar el programa del día siguiente para los que se hallaban en situación de «bajo fianza con obligación de presentarse», a Farrell se le informó de que se le había autorizado la libertad bajo fianza a condición de que volviera a las cuatro de la tarde siguiente. Que se le dejaba en libertad pero bajo la custodia de sus padres.
Farrell parecía haberse recuperado, superando lo que le había pasado en la sala de entrevistas. Simplemente asentía cada vez que se le preguntaba si comprendía lo que se le decía. Entonces volvió a preguntar cuándo le devolverían sus zapatillas Nike de tres cifras.
—Deberías callarte antes de que cambiemos de parecer —dijo el sargento de detenciones.
Farrell firmó el recibí de las posesiones que le fueron devueltas. Con excesiva ceremonia se colocó su reloj de diseño y comprobó si faltaba algo en su cartera.
Firmó la confirmación de que se le había enseñado su expediente de custodia, y que estaba completo y correcto. Firmó también la hoja de excarcelación y la declaración de que era su intención volver a la hora especificada.
—Supongo que estaréis vigilándome —dijo Farrell.
Kitson no dijo nada; simplemente levantó la vista de su papeleo.
—Debes pensar que soy estúpido.
—Sé que no lo eres —dijo Kitson.
—No sabes nada de mí —Farrell le volvió la cara para concentrarse en terminar con todo el procedimiento.
—Estas copias son para ti, para que las guardes.
Farrell cogió un fajo de papeles que le entregó el sargento de detenciones.
—¿Llamamos a tus padres, para que vengan a recogerte?
Farrell miró para otro lado y rechazó la idea; soltó un bufido como si fuera una idea ridícula.
—Bien, entonces te pido un taxi. Tardará un par de minutos. Si no tienes bastante dinero, se lo puedes pedir a tus padres cuando llegues. ¿Será eso un problema?
—Creo que se las podrán arreglar…
Mientras el sargento cogía el teléfono para llamar, Kitson le agradeció su ayuda. Él asintió, pero por la expresión en su cara se notaba que esperaba que ella supiera bien lo que hacía. Kitson acompañó a Farrell fuera de las dependencias de los detenidos, y lo acompañó por la comisaría hacia la entrada principal.
Informó al agente que había en recepción, antes de dejar a Farrell esperando al taxi. Pasó su tarjeta de acceso y tiró fuerte de la puerta para volver a entrar. Entonces se volvió hacia Farrell.
—¿Seguro que no hay nada que quieras contarme antes de irte?
Farrell le sonreía todavía con cara de simpático, pero tenía los ojos casi cerrados.
—Nada que te gustaría oír —dijo.
Después de marcharse Kitson, Farrell dio un paso hacia las puertas automáticas que se abrieron al acercarse. El agente de recepción le sugirió que esperara dentro. Le explicó que estaba diluviando. Y le dijo que hiciera lo que le diera la puta gana, cuando Farrell le contestó que prefería mojarse.
Fuera, Farrell se quedó de pie debajo de un alero y miraba fijamente la calle.
No había transcurrido más de un día, pero parecía mucho más tiempo; como si hubiera asistido a un puto cataclismo, y además sabía que lo verdaderamente importante no había empezado todavía.
Tanto su mente como su corazón traqueteaban acelerados, pero sabía que tenía que mantener la calma, que debía volver a entrar por la puerta como Pedro por su casa, como si no hubiera pasado nada. A pesar de la impresión que le quiso dar al capullo de la recepción, lo que más quería era volver a casa a ver a sus padres. Quería volver a estar en un lugar cálido y seguro, donde sabía que pasara lo que pasara, siempre iban a estar de su lado.
Su mirada penetraba la lluvia. Todavía era capaz de recordar el sabor que tenía cuando seis meses antes, él y los otros se había acercado a esa parada. Entonces hacía algo más de frío que ahora, quizás, pero aparte de eso la noche había sido exactamente igual…
Un Vauxhall Cavalier oscuro se detuvo y un hombre asiático de complexión fuerte se bajó, dejando el motor en marcha.
—¿Taxi? —gritó Farrell.
El hombre se volvió hacia el coche. Adrian Farrell se puso la capucha y le siguió corriendo.
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