Bajo tierra
Diecinueve
La gente se detenía a contemplar un accidente por ese mismo motivo: la emoción indirecta, sin la incomodidad de verse salpicado de sangre o estar envuelto en metales retorcidos. Seguro que se trataba casi del mismo principio que hacía tan emocionante presenciar una discusión entre tres agentes superiores.
Era la discusión que Hignett había previsto, y lo único sorprendente era lo que había tardado Graham Hoolihan en ponerse serio y hacer notar su peso específico.
—Colaboré cuando el inspector Thorne me llamó por primera vez.
Ayudé muchísimo, cosa que no se puede decir de los demás en el caso, y mostré un poco de maldita educación básica.
—No te va servir de nada insultar a la gente.
—¿Por qué no? Está claro que no entiendes cómo funcionan las vías apropiadas.
Thorne había decido no entrometerse. Tenía la intención de quedarse de pie al fondo del despacho de Brigstocke y observar. Quizás podrían contribuir con algo.
—Me enteré de esto en el pub, por el amor de Dios —dijo Hoolihan—.
Porque tu comisario jefe asistió a algún acto con el mío, y se le ocurrió mencionarlo tomándose un gin-tonic.
Thorne se imaginó a Trevor Jesmond con una pierna apoyada sobre la otra, una copa en la mano y hablando temas del trabajo con el ruido de fondo del choque de cubitos de hielo…
—Mira —dijo Hignett—. Nos habríamos puesto en contacto contigo hoy mismo, pero nos encontramos un asesinato de madrugada y eso tuvo
preferencia.
Parecía bastante convincente. Brigstocke recogió el relevo.
—Tal como estaban las cosas, Freestone sólo llevaba detenido poco más de doce horas, de todas maneras.
—Y teníamos todas las razones del mundo para creer que nos podría ayudar con la investigación en curso de un secuestro y un asesinato doble.
Así que…
—Así que no se trataba precisamente de querer mantener su detención en secreto.
Brigstocke y Hignett interpretaban convincentemente el papel de presentar un frente unido. Thorne se quedó impresionado con la postura de Hignett en particular. Dadas las circunstancias, al inspector jefe de la unidad de secuestros se le podía haber perdonado el hecho de dar saltos, señalar con el dedo a otro y decirle a todo el mundo que él había querido entregar a Grant Freestone enseguida.
—¿Por qué no me avisó nadie cuando lo detuvieron? —preguntó Hoolihan—. Aunque sólo fuera una muestra de buena educación…
Brigstocke y Hignett se cruzaron las miradas, los dos intentando formular una respuesta adecuada y educada.
Todo había empezado en la sala de reuniones, hacia el final de la sesión de la mañana…
La reunión informativa se había concentrado naturalmente en la aparición de un cadáver en Shepherd’s Bush.
Como siempre, las primeras veinticuatro horas eran cruciales, y todos los esfuerzos se dirigirían a la investigación del asesinato de Kathleen Bristow. Aunque esto fuera la mejor oportunidad de conseguir una pista para el caso principal, el secuestro en sí casi no se había nombrado.
A Thorne no se le había escapado que con el paso de los días el nombre de Luke Mullen se mencionaba cada vez menos. Y si lo nombraban, se hacía cada vez más bajo. Ahora había que investigar los asesinatos, eso lo entendía, para enfocar las cosas desde otro punto de vista.
Pero Thorne sabía que no era la única razón.
Al disolverse la reunión, Graham Hoolihan había aparecido, y una acalorada discusión había ido subiendo de tono, hasta que un sargento de
otra unidad le hizo pasar al despacho de Brigstocke, como un tendero que muestra la salida de su propiedad a unos borrachos.
—Deberías saber que tengo autorización por escrito para llevarme a Freestone de vuelta a Lewisham.
Lewisham, Sutton, Earlsfield. Eran los tres lugares al sur del río donde el grupo de homicidios Sur tenía su base.
Hoolihan se agachó para coger un maletín. Levantándolo, lo colocó en la mesa de Brigstocke.
—Mi jefe consiguió la firma del comandante Parsons a primera hora de la mañana.
Desde la perspectiva de Thorne, parecía como si Hignett y Brigstocke no supieran si cabrearse o echarse a temblar. Clive Parsons era jefe de la central de homicidios para el área de Londres, uno de los pocos hombres que podía hacer parecer a Trevor Jesmond como uno más.
—Así que no vayamos a perder más tiempo —Hoolihan preguntó—.
¿Todavía tenéis motivo para pensar que Freestone os puede ayudar en la investigación?
Aparentemente tenía poco sentido fingir que quedaba motivo alguno. A Freestone se le había interrogado por la mañana temprano, y había declarado que había dormido en el piso de su hermana cuando a Kathleen Bristow la mataban con una almohada encima de la cara. Como era predecible, Jane Freestone había confirmado la versión de su hermano, y aunque no fuera la testigo más fiable del mundo, iba a ser difícil cuestionar su coartada.
Thorne ni siquiera veía sentido en intentarlo. Sabía perfectamente que Freestone no había asesinado a Amanda Tickell ni a Conrad Allen; también sabía que no estaba detrás del secuestro de Luke Mullen. Thorne se acordó del momento en que detuvieron a Freestone en el parque por la mañana. Por supuesto, no parecía contento, pero ¿por qué iba a estarlo? Pero sin duda tampoco era la reacción de un hombre detenido por el asesinato que había cometido sólo unas horas antes.
La duda que siguió a su pregunta parecía darle a Holland la respuesta que buscaba.
—Bueno, pues sigamos —tocó ligeramente la tapa de su maletín—.
Tenemos que intercambiar mucho papeleo entre nosotros…
Thorne sintió cómo daba un paso hacia delante y a continuación empezaba a hablar.
—Para alguien que concede tanta importancia a la buena educación, pensaba que quizás correspondía dar las gracias —Brigstocke le echó una mirada, pero Thorne insistió mentalmente en su definición de lo que era entrometerse—. Lleváramos o no las cosas como tú preferías, la verdad es que te hicimos un enorme puto favor.
Hoolihan levantó su maletín hasta la altura del pecho y lo abrazó, esperando que continuara Thorne.
—En cuanto a Grant Freestone, perdisteis de vista lo principal, o le dejasteis como si no mereciera la pena. Alguien sellaba el papeleo de revisión una vez al año, pero realmente no estabais haciendo nada, por lo que he podido ver. El hecho de que se te vaya a apuntar este tanto es gracias a nosotros, y a nadie más, y puede que no hayamos sido tan educados como cabía esperar, pero aun así me parece que deberías estarnos agradecidos, joder.
No debería haber soltado el taco. Con esa última palabra, el color subió a la cara de Hoolihan. Aunque se negó categóricamente a responder a esas palabras, quedó claro que, desde ese momento, absolutamente nadie de homicidios Sur le haría ningún favor a Thorne.
Después de perder lo que parecía un concurso de aguantarse mutuamente la mirada del otro, Hoolihan se volvió hacia Brigstocke y Hignett.
—No es que vaya a llevarme a Freestone muy lejos —dijo—. Declarará delante del juez dentro de un par de días, así que estará en prisión preventiva en alguna parte, por si necesitáis hablar después con él.
Hubo gritos después de la marcha de Hoolihan, pero no demasiados.
Una vez más Hignett mostró su autocontrol, al decidirse a no manifestar su satisfacción maligna por el asunto, ni repetir aquello de «os lo dije».
Había cosas más importantes de las que hablar.
—Recibimos el informe preliminar de la autopsia realizada por Phil Hendricks —dijo Brigstocke. Cogió un papel de su mesa, y leyó—. Asfixia
debida a sofocación, obviamente… tres costillas rotas… la nariz rota. Todo eso coincide con los puntos donde presionó sobre la almohada, piensa Phil…
Durante unos instantes se miró a los pies, y a las paredes, y a un cielo que no terminaba de decidirse.
—¿Todavía crees que el asesino buscaba algo? —preguntó Hignett.
—Es una posibilidad —dijo Thorne—. Porter va a mirar a fondo esos archivadores. Creo que aún le queda un rato en el mortuorio.
—Fuera lo que fuese, tenía muchísimo interés —Brigstocke echó un último vistazo al informe de autopsia—. Si no, sencillamente es que estaba perturbado.
—Espero que no demasiado perturbado —dijo Hignett.
Thorne sabía lo que decía Hignett. Una posibilidad espantosa que sería estúpido ignorar. Se dio cuenta de que, una vez más, se había planteado el asunto sin mencionar el nombre del chico.
La sala de operaciones parecía tener un poco más de actividad que el día anterior. Probablemente no se iban a entretener con conversaciones tan largas. La gente iba de una mesa a otra, del teléfono al fax, un poco más rápido. No habían pasado ni siquiera doce horas desde que descubrieron el cadáver de Kathleen Bristow, pero Thorne sabía que a menos que los que estuvieran investigando lo hicieran con rapidez, se perdían todas las posibilidades de resolver un caso de asesinato.
Thorne habló brevemente con Andy Stone y dos de los chicos de secuestros, y luego pasó unos minutos desagradables, aunque necesarios, hablando de papeleo con el sargento Samir Karim, que era el director del área administrativa. A Thorne le caía bien Karim: un tipo gregario con sobrepeso de origen asiático, con un mechón de canas prematuras y un fuerte acento londinense. La sonrisa que normalmente costaba trabajo quitarle de la cara, no se veía por ninguna parte esta mañana.
—Todo está jodido —dijo.
Thorne estuvo de acuerdo con él, sin necesidad de saber a qué se refería exactamente Karim.
Holland parecía tan concentrado como los demás, pero de cerca se notaba que tenía los ojos de alguien que no había dormido la noche anterior.
—Tengo los ojos de un borracho resacoso que no ha dormido en tres días —dijo—. Ya lo sé, pero siguen siendo más grandes que los tuyos.
Thorne miró el ordenador de Holland. La pantalla mostraba una página de la web del municipio londinense de Bromley, donde se veían varios números de contacto y direcciones de correo electrónico.
—Hay un servicio de atención al ciudadano fuera de horas —dijo Holland—, y eso está muy bien si se rompe una tubería principal de la red o si ves a alguien tirando su basura en cualquier parte, pero no nos sirve para mucho más. En lo que se refiere a los archivos guardados por Kathleen Bristow, creo que vamos a tener que esperar hasta mañana por la mañana.
Tal vez pudiéramos hablar con alguien que tenga acceso a los archivos. Aun así, no creo que vaya a ser cosa de cinco minutos.
—Localiza a las otras personas que formaban parte del tribunal con ella
—dijo Thorne—. Roper y todos los demás…
Holland salió de la página web y se metió rápidamente en el Sistema de Información sobre Crímenes. El SIC se actualizaba continuamente, con cada detalle del caso que hasta ese momento se hubiera registrado, y se le permitía el acceso a todo el equipo.
Tecleó el número del caso. Buscó en los archivos, y luego seleccionó los nombres y datos de contacto de los miembros del tribunal DISP de Grant Freestone:
Roper, Warren, Lardner, Stringer, Bristow.
Holland, con un golpecito en la pantalla, señaló algo.
—Nunca conseguí localizar a Stringer en la primera ronda de esta investigación.
—Mira a ver qué puedes hacer —dijo Thorne.
—Vale. Será interesante ver cómo reaccionan a la noticia sobre la muerte de Kathleen Bristow. Quizás alguno pueda confirmar que ella guardaba los informes.
—Roper creía que era probable —dijo Thorne—. Pero no estaba seguro
—miró la lista en la pantalla de Holland, donde el cursor parpadeaba debajo
del último nombre—. Mientras no sepamos con certeza el motivo exacto del asesinato de Kathleen Bristow, no vendrá nada mal comprobar que cada uno de los miembros de ese tribunal sigue por ahí.
Thorne había permanecido en el patio de atrás hasta que por fin sacaron al detenido. Había permanecido apoyado sobre la furgoneta que esperaba a Freestone para llevarle al sur, y hablando sobre un partido reciente entre el Spurs y el Cristal Palace con uno de los agentes enviados a recogerlo.
Hoolihan había pasado por delante de Thorne sin mediar palabra y se había montado en un BMW camuflado dispuesto a seguir a la furgoneta hasta Lewisham.
Freestone había tenido muchas más ganas de charlar.
—¿Qué coño está pasando?
—Es hora de responder por Sarah Hanley, Grant.
—No la maté.
—Entonces no dejes de decírselo —dijo Thorne.
—Eres la hostia…
Freestone iba esposado, y dos agentes, uno a cada lado, le hacían caminar con resolución hacia las puertas traseras de la furgoneta que permanecían abiertas.
Thorne le siguió muy despacio.
—Le daré recuerdos de tu parte a Tony Mullen.
—Deberías conseguir que vaya a verme —dijo Freestone.
—Ya no le veo el sentido —dijo Thorne—. No tiene nada que ver con el caso de Hanley.
—Lo vi.
—¿Cómo? —Thorne empezó a caminar más rápido—. ¿Cuándo lo viste…?
Pero a Freestone ya lo estaban metiendo sin ninguna ceremonia en la parte trasera de la furgoneta, y sentándole en un banco entre sus dos acompañantes. Giró para mirar a Thorne, pero éste no tuvo tiempo de interpretar su expresión antes de que cerraran bruscamente las puertas. El aficionado del Cristal Palace hizo un gesto de disculpa y dio la vuelta hasta la puerta del conductor.
Thorne dio un paso hacia atrás, al arrancarse la furgoneta. Aparcado justo al lado, Hoolihan estaba sentado, pisando el acelerador con el BMW
en punto muerto; probablemente impaciente, pero quizás con la esperanza de enviarle a Thorne una dosis letal de monóxido de carbono.
Cuando entró de nuevo en la jaula, Thorne vio a Danny Donovan merodeando cerca de la plataforma del jefe de zona de detenciones. Un agente uniformado entró, sujetando a una joven del brazo. Mientras se acercaba, Thorne observó a Donovan empezar una conversación con la mujer, entregándole algo justo antes de que se la llevaran hacia las celdas.
—¿Todavía aquí, Danny?
—Parece ser que no hay forma de que me vaya.
—Otro se va a hacer cargo de Freestone a partir de ahora. ¿Uno de esa gente con títulos? —Thorne extendió una mano. Esperó a que Donovan le entregara una de esas tarjetas de visita que llevaba en la mano—.
¿Buscando clientes? Pedazo de sinvergüenza.
—¿Qué problema hay?
—El problema para ti es que has dado conmigo. Y que esto… —
Levantó la tarjeta. Era de papel fino y barato, de muy mala calidad— me jode muchísimo.
—Joder.
—Fuera de aquí…
Thorne ya iba hacia la salida. Los brazos abiertos, obligando a Donovan a andar en dirección a la puerta metálica.
—Te vendría bien dedicarte a otra cosa ya, Thorne —Donovan retrocedió dentro de la jaula, y se giró a medias como si tuviera intención de marcharse—. Este caso te está sacando de quicio.
Thorne se abalanzó sobre Donovan. Lo arrinconó contra un lateral de la jaula.
—Deberías largarte ya de una puta vez —dijo—. Y la próxima vez que estés aquí, si te veo coger incluso una bolsita de té, te detengo por robo.
Donovan esperó a que Thorne diera un paso atrás.
—Si las cosas siguen como hasta ahora, es probable que para entonces estés desesperado por conseguir algún resultado.
Cuando el ex poli hizo un intento de pasar por delante, Thorne extendió los dos brazos y lo empujó con fuerza contra la pared. Donovan chocó violentamente contra el metal, que cedió un poco, antes de rebotar, dejando caer un montón de tarjetas de visita, al intentar recuperar el equilibrio con los brazos extendidos.
Se escuchó un grito desde el interior de las dependencias para detenciones y Thorne avisó con otro grito de que todo iba bien. Donovan se agachó e intentó recoger sus tarjetas, pero Thorne fue más rápido. Jadeante, con un manotazo Thorne apartó la mano del otro hombre, cogió tantas tarjetas como pudo y las tiró revoloteando por el patio. Dos agentes de calle vestidos de uniforme llegaron a la puerta camino de la comisaría.
Observaron durante algunos segundos, y para poder pasar rodearon a los dos hombres que se revolvían en el suelo.
El corazón de Thorne aún latía un poco más rápido de lo normal, cuando Kitson lo encontró en uno de los despachos del DIC en la primera planta.
—¿Recibiste mi mensaje?
Thorne tragó un sorbo el té. Todavía no eran las doce, y se preguntaba si era demasiado temprano para almorzar.
—Lo siento, pero esta mañana ha sido la leche.
—Ya me enteré.
—En realidad, la escena del homicidio fue un chollo —dijo Thorne—.
No se derramó nada de sangre hasta que volvimos aquí.
Los zapatos de Kitson eran nuevos. Se los quitó de una patada al sentarse junto a Thorne. Empezó a frotarse los talones y los dedos doloridos a través de las medias.
—Escucha, ya tengo los registros de llamadas de Adrian Farrell.
—¿Sirven de algo?
—De momento no, pero hay muchos números que comprobar, así que a lo mejor tenemos suerte. Sin embargo, observé algo curioso. ¿Recuerdas que te dije que buscaría cualquier relación con Luke Mullen?
—¿Qué tienes?
—No había nada en el móvil de Farrell, pero cuando comprobé el fijo, apareció el número de los Mullen. Más de una vez…
Las pulsaciones de Thorne habían empezado a acelerarse otra vez.
—Y el móvil, ¿por qué no? Pensaba que estos chavales se llevaban el día entero pegados a sus móviles, enviando mensajes de texto o lo que sea.
—Tiene un móvil con tarjeta prepago, ¿no? Pero también tiene un teléfono en su cuarto, así que supongo que sólo pretendía ahorrarse dinero.
Puede utilizar el fijo desde su cuarto y hacer sus llamadas privadas cuando quiera, con cargo a la cuenta de mamá y papá.
—¿Qué quieres decir con «más de una vez»?
—Media docena de llamadas en las tres semanas anteriores a que Luke fuera secuestrado. Antes de eso, había más…
Thorne se acomodó en la silla, asimilando lo que Kitson le decía durante unos instantes.
—Al interrogar a Farrell al principio de la semana, cuando estuvimos hablando con los niños en el colegio, dijo que apenas conocía a Luke Mullen. Sabía que había desaparecido, pero eso era todo. ¿No fue así?
—Así fue, y no hace falta que te diga que miente de maravilla.
—Espera un momento. Estamos seguros de que es Adrian el que hace estas llamadas, ¿no? A lo mejor tanto la señora Farrell y como la madre de Luke Mullen trabajan juntas en el comité de la asociación de padres o algo así.
Kitson rechazó la idea.
—Lo comprobé con su madre, y los padres apenas se conocen. Como mucho podían haberse hablado brevemente tomando café después de un concierto del colegio o saludado en el patio. Pero nada más.
—Vale…
La mente de Thorne, apagada por cansancio y por hambre, daba vueltas a todo tipo de pensamientos, como una lavadora que estuviera ya en las últimas. ¿Era posible que el secuestro de Luke Mullen tuviera relación con Farrell, o con algunos de los amigos de Farrell? ¿Fue raptado por algo que sabía sobre ellos? Si sucedió así, ¿por qué enviaron la cinta de vídeo a casa de los padres de Luke? ¿Y qué demonios tenía que ver todo eso con el asesinato de Kathleen Bristow?
—No son llamadas cortas tampoco, Tom. Diez, quince minutos.
—¿Qué dice Farrell?
—Todavía no he probado suerte, y me preguntaba si te apetecería acompañarme al agujero para tener la oportunidad de intentarlo tú también.
Thorne dijo que sí de mala gana. Las ideas todavía se enredaban en su cabeza.
—Una cosa más —Kitson lo dijo como si fuera sólo una ocurrencia tardía, una insignificancia—. Cuando hables con Farrell, si por casualidad pudieras sacarle los nombres de los otros dos chicos que le ayudaron a matar a Amin Mubarek, te invito a media pinta de shandy.
Disfrutaron del momento, y se quedaron quietos, tomándose su tiempo, frotándose los pies doloridos y sosteniendo las tazas de cartón, como cualquier pareja de trabajadores durante un descanso.
Suspendiendo la respiración.
Y Thorne tuvo la sensación de que podía ser la última oportunidad de hacerlo en un buen rato. Había habido veces, en casos anteriores, en que había tenido la sensación de irse aproximando al que intentaba coger. Como si la velocidad fuera aumentando cada vez más, hasta que por fin había sido cuestión de predecir dónde se produciría el encuentro.
Este caso le provocaba una sensación distinta.
La misma sensación de inevitabilidad que se experimentaba con algo que subía desde el estómago hasta la boca. La misma sensación de que se acercaba el final. Sin embargo no se trataba de acercarse a algo, ni tampoco de la posibilidad de que ese algo le sacara ventaja.
Simplemente Thorne tenía la sensación de que se les acababa el tiempo.
No había sido su intención hacerle daño al chico.
Esto no disculpaba el que en efecto le hubiera hecho daño, y que él había sabido que sus palabras eran como manotazos, como puñetazos. Pero sinceramente no había querido hacerlo. Todo era por supuesto más complicado que eso, y terriblemente más sencillo. Era a otra persona a quien quería hacer daño. Alguien que vería lo mucho que había sufrido el chico al que quería y sentiría ese dolor intensificado mil veces.
Eso les obligaría a entrar en razón, ¿no? Haría que miraran las cosas desde otra perspectiva.
La idea había sido muy sencilla, pero desde el momento en que se puso manos a la obra, había tenido la sensación de que se le escapaba. La verdad era que ahora no podía asegurar si las cosas iban a salir según lo planeado.
Todo estaba fuera de control. Él mismo estaba fuera de control.
Por lo menos no se hallaba tan mal como para no darse cuenta de lo que pasaba. Era todavía consciente. Lo había visto con sus propios ojos, demasiadas veces: accidentes de coche que le destrozaban a alguien las dos piernas y dejaban vidas arruinadas, la de la propia víctima y la de la gente que le rodeaba. Esas cagadas y esos tipos con mala suerte, cuyas lágrimas eran ciertamente auténticas, cuya angustia podía dejar la habitación sin aire; pero por alguna razón no llegaban a entender que eso no suponía una justificación.
No pretendía hacerle daño a nadie…
Sabía muy bien que había hecho cosas terribles. Que las buenas intenciones no contaban para nada, con las manos manchadas de sangre y el ruido del sótano. Y también sabía que, aunque desconocía cómo, tenía la certeza de que terminaría.
Al otro lado del campo se escuchaban campanadas.
Se quedó sentado pensando en la posibilidad de inventarse alguna resolución por su cuenta. Si abría la puerta y se apartaba a un lado, todo se arreglaría bastante rápido. El chico correría hacia el sonido de las campanadas, hacia un lugar donde hubiera un teléfono, y todo se habría acabado.
Por supuesto que todo eso resultaba una fantasía: tonterías, porque habían ocurrido demasiadas cosas para que todo terminara con tanta facilidad. Ya no se podía hacer borrón y cuenta nueva, pero le consolaba saber que no sería el único que pagaría un precio.
Cuando finalmente dejaron de repicar las campanas, oyó de nuevo el sonido del llanto. Subía por el suelo, entrecortado, como un latido desesperado. El llanto se transformaba cada dos o tres respiraciones en algo roto y dolorido.
Cerró los ojos, e intentó olvidarse de lo estúpido que había sido. Hasta que casi pudo convencerse de que lo único que oía era el sonido del agua y del óxido, y las tuberías dilatándose.
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