Bajo tierra
Dos
—No es exactamente un crío, ¿verdad? —Holland se echó hacia delante, apoyando las manos sobre los reposacabezas de los asientos delanteros—.
Probablemente esperaban que volviera a casa tan fresco, sin más.
—Más o menos así es como lo explicaron ellos.
—Puede que haya hecho una cosa así antes.
—No, no creo —dijo Porter. Adelantó con el Saab Turbo que no llevaba ningún distintivo de policía a un cuatro por cuatro plateado, y echó una mirada feroz a la conductora que hablaba animada por su teléfono móvil—.
Pero como yo te dije, todavía no hemos hablado mucho con los padres. Con suerte, nos enteraremos de algo más durante las próximas dos horas.
—Eso suponiendo que lleguemos bien —Thorne estaba sentado un poco rígido en el asiento del copiloto, desanimado al comprobar que Porter se comportaba al volante con la misma impaciencia que antes había demostrado en su despacho. Las frecuentes miradas al espejo retrovisor tenían más que ver con el propósito del viaje en sí que con la seguridad vial.
—Está claro que si existiera cualquier tipo de amenaza, no estaríamos entrevistando a la familia en su casa. Nos mantendríamos alejados; buscaríamos otra manera de hablar con ellos en territorio neutral.
—No debe ser fácil —dijo Holland.
—No lo es, y si no tienes más remedio que visitar la casa, hay maneras y medios. Sólo tienes que utilizar la imaginación.
—¿Te refieres a disfraces y eso?
Thorne se dio la vuelta y le hizo una mueca a Holland: «¿ Disfraces?
¿Cuántos años tienes? ¿Seis?».
—Exactamente —dijo Porter—. Tenemos una caja enorme llena de disfraces allí en el despacho. Uniformes de instaladores de gas y carteros.
—Miró durante bastante rato por el espejo retrovisor—. No hay razón para pensar que visitar a los Mullen en su casa vaya a poner a Luke en algún tipo de peligro, ni nada por el estilo, pero sí hay procedimientos que debemos seguir, sean cual sean las circunstancias. —Otra comprobación por el espejo
—. Mantén la vigilancia, joder…
El curso acelerado sobre técnicas de investigación de secuestros había durado desde el aparcamiento de Scotland Yard hasta Arkley, un suburbio frondoso de Hertfordshire, a unos veinte kilómetros al norte del centro de Londres. Se había dejado clarísimo que los protocolos de la unidad eran infinitamente flexibles y que todo ocurría mucho más deprisa que en otros sitios. Aunque Secuestros se diferenciaba bastante poco de Asesinatos —en ese aspecto la unidad de homicidios nunca podría hablar de un caso típico
—, Thorne se sorprendió con la enorme gama de crímenes que quedaban dentro de su alcance. Aunque la mayoría de los secuestros eran objeto de bloqueo informativo y nunca llegaban a la luz pública, no había duda de que era una industria en desarrollo.
—Y relativamente segura para los secuestradores —dijo Porter. Les contó que en más de la mitad de todos sus casos estaban implicados las peores bandas de traficantes, distribuidores y contrabandistas del extranjero, y que ni siquiera un caso de cada cinco acababa en una condena—. La mayoría de las víctimas nunca testifican, cabrones desagradecidos. El año pasado rescatamos a un viejo que llevaba dos semanas en un desván, atado y torturado. Le cortaron las dos orejas, y aun así el hijo de puta se negó a testificar por si otros miembros de la banda iban detrás de él.
—Es comprensible que tuviera miedo —dijo Holland—. No le daría tiempo ni a enterarse de que iban a por él.
Thorne suspiró, y se acomodó en su asiento.
—Parece que estáis ganando mucho en horas extra —dijo.
Porter soltó un gruñido en señal de conformidad.
—Todas las semanas hay traficantes de mucho peso que son secuestrados. Pertenecen a bandas de jamaicanos, rusos, albanos, o lo que sea. Es una manera rápida de conseguir dinero en efectivo o mercancía,
metiéndole miedo a un rival. No nos falta trabajo, pero no nos damos tanta prisa cuando las víctimas del secuestro son de los que suelen hacer de todo menos respetar la ley…
Thorne sabía a lo que se refería. Había trabajado en un caso así el año anterior, durante el que había fallecido su padre. El equipo, y Thorne en concreto, se había encontrado en medio de un conflicto sañudo entre bandas. Le explicó a Porter que una de las bandas había estado implicada en el tráfico de personas: aunque unos cuantos de sus miembros habían muerto, a muy pocos les importaba, ni eran capaces de argumentar que la ciudad no fuera un lugar mejor sin ellos.
—Todo eso es cosa nuestra también —dijo Porter—. Si traen a la gente y la utilizan como esclavos, en la práctica se convierten en rehenes. Los retienen en contra de su voluntad y se suele insinuar una amenaza contra la familia en su país de origen… —Porter iba frenando hasta que el coche se detuvo a unos ciento cincuenta metros de la entrada de una de las casas—.
También es una de las principales razones por las que hay cola para trabajar en esta unidad —dijo ella—. En lo que va de año he estado en China, Turquía, Ucrania. Todo en clase business, y nos quedamos con los puntos acumulados en los vuelos.
A Holland se le hizo la boca agua.
—Yo fui una vez a Aberdeen para entrevistar a un violador…
Porter miró detenidamente un Jaguar que acababa de pasar, esperó un minuto o dos después de dar la vuelta a la esquina, antes de arrancar el Saab muy despacio y girar para entrar en el camino particular que llegaba hasta la casa.
—Este tipo de caso no es corriente, ¿verdad que no? —preguntó Thorne
—. El rapto de civiles…
Ella movió la cabeza negativamente.
—Se puede dar el caso de la familia de un empleado de banco retenida hasta que abra la caja fuerte, pero incluso eso se da muy poco. Podrías tener un caso así en España o en Italia de vez en cuando, pero aquí… Sólo sucede de higos a brevas. Gracias a Dios…
—Entonces, ¿por qué no piden un rescate por Luke Mullen?
—No tengo ni idea.
—Todavía no veo muy claro que sea necesariamente un secuestro.
—Pues no está nada claro que lo sea. Hay otras posibilidades.
—¿Como que Luke se haya largado con la mujer del coche azul?
—O simplemente que se haya escapado de casa —dijo Porter—. Pero a los padres no les gusta admitir que su precioso hijo sea capaz de eso.
Holland se desabrochó el cinturón de seguridad.
—Igual que a ningún padre le parece que su hijo sea ni estúpido ni feo.
—¿Tienes niños?
—Tengo una hija pequeña —Holland sonrió abiertamente—. Es preciosa, y muy lista.
—A lo mejor el dinero no tiene nada que ver con todo esto —dijo Thorne.
Porter parecía estar considerando esa posibilidad al detener el coche delante de una casa y apagar el motor.
—Sin duda es… inusual.
—Quién sabe… —Thorne abrió la puerta e hizo girar las piernas hacia fuera, hablando con gesto de dolor mientras se ponía derecho—. Quizás si hubieran pedido rescate, los padres nos hubieran avisado un poco más rápido.
Holland salió y se acercó a Thorne, contemplando el chalet independiente, que imitaba el estilo Tudor, donde vivían Tony Mullen y su mujer.
—Es grande —dijo.
Porter cerró el coche y los tres emprendieron el camino hacia la puerta principal.
—Seguramente parece aún más grande en este momento —dijo ella.
Unos minutos después, Thorne observaría una expresión de alivio que inundaba la cara de Tony Mullen, pero que resultó efímera. Sentado frente a Thorne en un sillón de aspecto incómodo, la palidez húmeda de la desesperación volvía a enturbiar su rostro: la expresión de un hombre preparándose para resistir lo peor.
Había llegado a la puerta antes que ellos, mirándoles fijamente como si intentara sacar urgentemente alguna conclusión por su modo de caminar; averiguar qué era lo que habían venido a decirle por la manera en que se
acercaban a la casa. Porter había hecho un gesto con la cabeza para decirle que no. Un movimiento apenas perceptible, pero había sido suficiente.
Mullen había dejado escapar la respiración y durante unos instantes había cerrado los ojos, y casi sonreía cuando los volvió a abrir; movió la mano blanca que había mantenido apoyada sobre el marco de la puerta, y la extendió, con la palma hacia arriba, hacia ellos.
—Se te caen los cojones al suelo —dijo— cuando suena el teléfono o llaman a la puerta, sobre todo si sois vosotros: es como si vieras venir el puñetazo.
Se hicieron las presentaciones de rigor en la puerta.
—Trevor Jesmond había dicho que se las arreglaría para conseguir que le echaran una mano —dijo Mullen. Tocó el brazo de Thorne—. Asegúrese de darle las gracias, haz el favor.
Thorne se preguntó si Jesmond le habría dicho a Mullen lo que realmente pensaba de aquel hombre que le estaba echando una mano. En caso de que lo hubiera hecho, Thorne llegó a la conclusión de que probablemente no hubiera sido del todo sincero en su evaluación. Si Mullen le hubiera pedido ayuda directamente, Jesmond no hubiese querido que su viejo amigo pensara ni por un momento que le estaba largando mercancía defectuosa. Thorne decidió que era mejor no tocar el tema, que debía intentar no cargar el ambiente mientras fuera lo apropiado. Miró a Mullen; tenía menos canas que Thorne y, aunque las circunstancias habían hecho mella en él, por lo demás parecía estar en forma.
—Pues nada, o es mucho más joven de lo que parece, o se jubiló pronto
—dijo.
Mullen pareció sorprendido por un momento, pero el tono de su voz era amable mientras acompañaba a los tres hasta el vestíbulo lóbrego. «¿No pueden ser las dos cosas?».
—Es lo que yo pretendo conseguir —dijo Porter, colgando su abrigo.
—De todas maneras, tiene razón, me retiré un poco antes de tiempo —
dijo Mullen. Le miró a Thorne de arriba abajo—. Y usted ¿qué edad tiene, cuarenta y siete, cuarenta y ocho?
Thorne intentó no reaccionar.
—Cumplo cuarenta y cinco dentro de unos meses.
—Bien. Pues yo cumplo cincuenta este año y sé de sobra que parecería aún mayor si hubiera seguido en ese trabajo. Ya sabe cómo es. Empezaba a costarme trabajo recordar la cara de Maggie y de los niños.
Thorne asintió con la cabeza. En su caso, durante unos cuantos años no había habido nadie a quien olvidar, pero sabía lo que Mullen quería decir.
—Había conseguido unos ahorrillos, y parecía un buen momento. Tenía ganas de un cambio y Maggie estaba deseando que me fuera de allí. Incluso se acostumbró a tenerme pegado todo el día…
En el momento justo, Maggie Mullen bajó la escalera, con aspecto de mayor, mayor aún que los cincuenta y tantos que Thorne le echaba. Sus líneas de expresión se habían agrietado. El maquillaje que se acababa de poner no favorecía unos ojos hinchados y enrojecidos.
—Intentaba dormir un poco —dijo ella.
Fue Holland quien impidió que la pausa se convirtiera en silencio. Con un gesto de la cabeza señaló a Mullen, y retomó el hilo de la conversación anterior.
—Es lo que suelen decir los políticos, ¿verdad?
Mullen le miró:
—¿Cómo?
—Siempre que dejan un cargo, por la razón que sea, dicen que quieren pasar más tiempo con su familia…
Se quedaron allí de pie los dos un poco incómodos, casi como si no fueran ellos los padres de un niño secuestrado, junto a los que tenían la tarea de encontrarlo; resultaba como si estuvieran esperando con mucha educación a que alguien anunciara que la cena estaba servida.
Ahora, en el salón, algo de esa peculiar formalidad persistía todavía, empeorada por la distribución de los asientos. Era un salón grande y los sofás y sillones se habían colocado alrededor de una alfombra rectangular, de estilo chino. Thorne y Porter estaban sentados en un sofá de cuero color crema, mientras que Mullen y su mujer se encontraban en unos sillones colocados a más de cinco metros, con bastante distancia también entre ellos.
Desde la planta de arriba se escuchaba música, y se oía ruido también desde la cocina donde Holland y Kenny Parsons —el agente responsable de la
coordinación con la familia que Porter había mencionado antes— habían ido a hacer café.
Thorne miró por las puertas que daban al jardín, que se veía enorme comparado con los terrenos del tamaño de un sello de correos que solían tener la mayoría de las propiedades en Londres. Se volvió hacia la señora Mullen.
—Entiendo muy bien por qué se mudaron aquí. Aunque, a decir verdad, a mí me echaría para atrás tener que cortar todo ese césped.
Fue Tony Mullen el que contestó.
—La verdad es que llegamos a un acuerdo. Yo me quería ir al campo, a vivir en el quinto pino, pero Maggie no quería dejar Londres. Tienes la sensación de estar en el campo, pero puedes coger el metro en High Barnet a unos minutos de aquí, o en veinte minutos llegas a King’s Cross en el tren de cercanías.
Thorne supo reaccionar y soltar un comentario apropiado para el momento, pero pensaba que había un abismo entre ese lugar y King’s Cross.
—Y los colegios —dijo Maggie Mullen—. También nos mudamos por los colegios…
Y entonces, con esa palabra tan significativa, se dieron cuenta de la terrible razón por la que estaban en ese salón, y la charla de cortesía cesó por completo.
—Bien —Tony Mullen se dio un palmetazo en las piernas; el ruido hizo que su mujer se sobresaltara un poco—. Sabemos que no son malas noticias, gracias a Dios, pero supongo que tampoco son tan buenas.
Porter se enderezó en el sofá.
—Estamos haciendo todo cuanto podamos, pero…
—No siga —Mullen levantó una mano—. No me interesan para nada los discursos de protocolo. Conozco el juego, ¿sabe? Así que no perdamos el tiempo de nadie, ¿vale, Louise?
Thorne se dio cuenta de que a Porter le había sentado como un tiro ese tono de familiaridad, pero pensó que ella era el tipo de persona que sabría controlar su reacción. Por lo menos, la primera vez. En lugar de reaccionar, dejó que la vista se desviara hacia la mujer de Mullen y habló suavemente.
—No era un discurso.
—Yo soy el nuevo —dijo Thorne—, así que me vais a tener que perdonar si repasamos un poco lo que ya se ha dicho, pero me preguntaba el porqué del retraso —Mullen le devolvió la mirada; una invitación de muy mala gana para que Thorne se explicara—. Luke faltó el viernes después del colegio y la primera llamada a la policía se realizó poco después de las nueve de ayer por la mañana. ¿Por qué esperaron tanto?
—Ya hemos explicado todo esto —dijo Mullen. Con la tensión en su voz se asomaron vestigios de un acento de los Midlands. Thorne se acordó de que Porter ya le había dicho que Mullen era de Wolverhampton—. Sólo creíamos que Luke se había ido por ahí.
—Sólo hasta el viernes por la noche, supongo.
—Podía haber ido a un club, haberse quedado en casa de un amigo o algo así. Los viernes por la noche, solíamos pasar más la mano…
—Fui yo —Maggie Mullen carraspeó y repitió lo dicho—. Fui yo quien pensó que no había de qué preocuparse. Fui yo quien le convenció a Tony de que era mejor esperar a que volviera Luke.
—¿Por qué no lo dijo ayer? —preguntó Porter.
—No considero que tenga importancia —dijo ella.
—Seguramente no la tiene, pero…
—Al menos, ya tienen el porqué. Esperamos, y eso es todo lo que importa. Esperamos cuando no deberíamos haberlo hecho, y yo voy a tener que vivir con eso.
—Discutimos —dijo Mullen.
Thorne seguía con la mirada clavada en Maggie Mullen. Vio cómo bajaba la cabeza para mirar fijamente los pies.
Mullen se enderezó en el sillón y continuó.
—Luke y yo tuvimos una pelea estúpida esa mañana. Muchos gritos y tacos, lo típico de esas situaciones.
—¿Sobre qué discutieron? —preguntó Thorne.
—Sobre el colegio —dijo Mullen—. Creo que a lo mejor le hemos sometido a mucha presión. Yo le estaba presionando…
—Luke y su padre normalmente se llevan muy bien —Maggie Mullen miró a Porter, y habló como si su marido ya no se encontrara en el salón—.
Estupendamente. No es normal que discutan así…
Porter sonrió.
—Las peleas que yo solía tener con mis padres…
—A veces creo que Luke tiene mejor relación con su padre que conmigo, ¿sabes?
—No seas tonta —dijo Mullen.
—Si soy sincera, me pongo incluso celosa a veces.
—Venga ya, cariño…
Maggie Mullen miraba fijamente hacia delante. Thorne le siguió la mirada hacia la chimenea, excesivamente ostentosa. Hacia el calentador de gas con efecto de llamas simuladas y el leopardo cazador de cerámica a mitad de su tamaño real sentado a un lado.
—¿Realmente fue tan grave esta pelea? —preguntó—. ¿Lo suficientemente grave para que Luke se fuera así sin decir nada?
—Ni hablar —Mullen contestó rotundamente. Lo volvió a repetir para asegurarse de que a Thorne y Porter les había quedado claro.
—¿Señora Mullen?
El volumen de la batería y el bajo que traspasaba el techo pareció aumentar durante unos segundos. Todavía con la mirada clavada en la chimenea, Maggie Mullen movió la cabeza negativamente.
—Tenga que ver con esta discusión o no, puede que encontremos una explicación sencilla para la desaparición de Luke —Porter esperó a que todas las caras se volvieran hacia ella antes de seguir—. Por lo menos hay que aceptar esa posibilidad.
Maggie Mullen se puso de pie y alisó la parte trasera de su falda.
—Estaría encantada de aceptarlo, cariño. Rezo por eso.
Se acercó a la chimenea y alcanzó un paquete de Silko Cut de la repisa encima.
—Obviamente hemos investigado a todos sus amigos —dijo Porter—.
Pero ante la ausencia de cualquier tipo de comunicación de alguien que estuviera reteniendo a Luke, tiene que caber la posibilidad de que se haya ido con alguien.
—¿Te refieres a esa mujer? —dijo Mullen.
—Esa mujer con la que se le había visto en ocasiones anteriores.
Thorne también se puso de pie y pasó por detrás del sofá, notando casi en el acto alivio al dolor que sentía en la pierna.
—Si Luke se estuviera viendo con alguien mayor, se lo habría pensado dos veces antes que contárselo.
La madre del chico no se terminaba de convencer.
—No me cuadra —buscó torpemente un cigarrillo—. No puedo imaginar a Luke con una chica de su edad, y menos aún con alguien…
mayor. No se siente seguro con chicas. Es más bien un poco tímido…
—El hecho de que no lo supiéramos todo sobre él, no quiere decir que no estuviera metido en ese tipo de cosas. No me refiero a drogas ni nada así, pero los niños tienen sus secretos, ¿o no?
—Creo que su marido tiene razón en eso —dijo Thorne—. ¿Hasta qué punto un padre puede conocer realmente a un adolescente?
Maggie Mullen encendió su cigarrillo, llenando sus pulmones de humo como si fuera oxígeno.
—Hace tiempo que me digo lo mismo —dijo ella—, desde que empecé a preguntarme si volvería a ver a mi hijo.
En la cocina, el sargento Kenny Parsons abrió otro armario, y miró dentro con curiosidad.
—Quizás sea mejor dejarlo.
Holland estaba sentado detrás de la mesa, pasando las páginas del Daily Express sin interés alguno.
—No te pongas nervioso, colega. Como agente coordinador de la familia, está claro que eres un privilegiado en cuanto a las galletas.
—Ha dado sus frutos. Aquí tienes.
Parsons sacó un paquete sin abrir y lo colocó en una bandeja junto a las tazas. Cada taza tenía su cucharada de café. En la jarra eléctrica el agua había hervido ya una vez, y habían hecho caso omiso.
—¿Entonces tú cómo ves las cosas entre ellos? —dijo Holland, haciendo gestos con la cabeza hacia el salón—. Normalmente, quiero decir.
Parsons le dio una vez más al interruptor de la jarra eléctrica y llevó la bandeja a la mesa. Holland le echaba unos treinta y cinco años; un hombre
negro de piel muy oscura, con el pelo casi rasado al cero, y capaz de parecer desaliñado llevando puesto un traje perfectamente presentable.
—¿Sabes que se separaron durante un tiempo hace unos años?
Holland asintió; Porter se lo había dicho a él y a Thorne. Por supuesto, el equipo estaba investigando a la familia. No tan de cerca como hubieran podido hacerlo si Luke fuera más joven; si hubiera sido claramente un rapto y no un secuestro. La familia no era sospechosa, por lo menos tan pronto, pero de todas maneras se habían practicado unas consultas discretas.
—La que se marchó, fue ella, ¿verdad? —preguntó Holland.
—No estuvo fuera mucho tiempo.
—El viejo estaría jugando fuera de casa, ¿no crees?
—Suele ser así, ¿no?
—Y ahora ¿qué?
Parsons lo pensó.
—Están las cosas bastante bien, creo.
Holland había descubierto muy pronto que a su compañero no le faltaban opiniones. Tenía mucho que decir sobre los miembros de su propio equipo, y se le veía mucho más relajado hablando de la familia Mullen que sirviéndose sin permiso sus galletas Digestive.
Holland se alegró de poder conseguir otra perspectiva del caso.
—Ten en cuenta que, aun haciendo turnos, no estamos aquí las veinticuatro horas del día —dijo Parsons—. Mullen se mostró inflexible en los primeros momentos: no quería que nadie pasara la noche aquí. Sin embargo, basándome en lo que sí he visto, creo que él dirige más o menos el cotarro. Está acostumbrado a que hagan lo que él diga, por razones obvias.
—¿Y hacen lo que él dice? La mujer no da la impresión de ser ningún felpudo.
—Por supuesto que no lo es.
—Parece agradable —dijo Holland—. Quiero decir, es normal que esté en un estado de shock en este momento…
—Es más fuerte de lo que parece, si quieres mi opinión —Parsons cambió las tazas de sitio en la bandeja, colocándolas en línea y haciendo
hueco para la leche y azúcar—. Ex profesora, ¿no? —Levantó las manos, y con el gesto hizo entender que la base de su argumento era evidente.
—Ya…
—Así que creo que ella es capaz de devolver golpe por golpe. Apuesto a que habrá veces en que ella le dice exactamente lo que tiene que hacer —
miró a Holland, esperando en vano una reacción a la ligeramente impúdica sugerencia, antes de continuar—. Creo que la familia ha aprendido cómo aparentar que hace lo que su viejo dice, ¿sabes lo que quiero decir? Se les da bien hacer que él se crea al mando. Probablemente exactamente igual que cuando estaba trabajando de poli, ¿no?
A pesar de la clara propensión de Parson al cotilleo y a la especulación, Holland veía el sentido de lo que decía. Su propio padre había sido agente de policía. En los pocos años entre su jubilación y su muerte temprana, su relación con la madre de Holland había seguido el mismo patrón que comentaba Parson.
—¿Y el niño?
—¿Has visto su cuarto?
—Todavía no.
—No tiene nada que ver con el de mi hijo, te lo puedo asegurar. No creo que estemos hablando de un chico de dieciséis años normal para su edad.
—A los chicos de dieciséis años normales para su edad no les secuestran —dijo Holland.
—Está todo perfectamente ordenado, joder —Parsons puso una cara como si la idea le resultara desagradable—. Y tampoco esperaría encontrar una colección de revistas porno debajo de la cama —se detuvo en cuanto vio el cambio de expresión en la cara de Holland, y se volvió para encontrarse con una chica de pie en la puerta—. Juliet…
Holland no podía saber cuánto tiempo Juliet llevaba allí de pie, ni si se había enterado de algo de su conversación. Tampoco sabía si su forma de comportarse y el tono de su voz se debían a su enfado con ellos, su disgusto por lo de su hermano o simplemente por el hecho de que era una chica normal de catorce años.
La chica se volvió para irse pero asintió con la cabeza mirando la bandeja; y dijo con mucha tranquilidad, como si tratara de insultarles en
clave:
—Tomaré un té. Con leche y dos de azúcar.
—¿A qué hora llega el correo? —preguntó Thorne.
—¿Cómo dice?
—¿A qué hora por la mañana? El correo en mi casa parece que no tiene horario. En realidad puede llegar en cualquier momento, hasta la hora de comer, y hay gran cantidad de cosas que se pierden por el camino.
Si Tony Mullen sabía por dónde iba Thorne, no dio ninguna muestra de ello:
—Entre las ocho y las nueve, normalmente. No entiendo…
—Su mujer dijo que impidió que llamara inmediatamente a la policía.
—No habría llamado inmediatamente. No había motivo.
Thorne paseó por detrás del sofá, y cruzó al lado opuesto de la chimenea donde Maggie Mullen aplastaba la colilla de su cigarrillo en un cenicero.
—Perdone, puede que no me haya enterado bien, pero su mujer dio a entender que estaba preocupado. Quizás no mucho, pero sí afectado. Por eso he preguntado por el horario del correo por la mañana —Thorne atrajo la atención de Porter, y vio que ella le seguía—. Creo que esperaba que les exigieran el pago de un rescate. Creo que supo que alguien había raptado a Luke y que tendría noticias suyas ayer por la mañana. Creo que, probablemente, quería esperar a averiguar exactamente qué era lo que ellos querían y planeaba resolver la situación solo. Al no recibir nada por correo, entonces sí que empezó a preocuparse, a preguntarse qué podía haber ocurrido. Y entonces nos avisó…
Maggie Mullen cruzó el salón y se sentó en el brazo del sillón de su marido. Su mano rozó brevemente la de él, y la volvió a colocar en su regazo.
—Tony suele ponerse en lo peor y verlo todo más negro de lo que es.
—Por ser poli… A casi todos nos pasa eso —dijo Porten.
—Pues, es comprensible —Thorne aún pretendía conectar con Tony Mullen—. Estoy seguro de que yo habría pensado lo mismo.
—Yo sabía que lo habían secuestrado antes de acostarme el viernes por la noche —dijo Mullen. Levantó la cabeza y miró a Thorne, con una expresión casi de alivio en la cara—. Me estaba lavando los dientes y Maggie estaba abajo con el perro, y yo sabía que alguien se lo había llevado. Lo estaban reteniendo. Luke no era de los que se largaban así sin más, y menos todavía sin decirnos dónde se encontraba.
—Como le dije, es comprensible. Teniendo en cuenta que ha sido poli, es más que justificable que piense que pueda haber gente con ganas de hacerle daño. O a los que estén cerca de usted…
Mullen dijo algo, pero Thorne no consiguió entenderlo.
Durante unos segundos no pudo oír nada.
Se estaba esforzando por distinguir la voz de su padre por encima de la crepitación y chisporroteo caliente de las llamaradas…
—Necesitaremos una lista —dijo finalmente—. Todos los que le puedan guardar rencor. Los que le hayan podido amenazar.
Mullen asintió con la cabeza.
—He estado intentando hacer una lista a lo largo del fin de semana —el tono de su voz y la mirada que dirigió a su mujer eran de alguien que se sentía culpable. Como una confesión. Como si el hecho de haber estado pensando en esas cosas significara que había supuesto lo peor—. Pero no creo que sea de gran ayuda. O me está fallando la memoria o no hice tantos enemigos como pensé.
—Pues nos va a facilitar un poco nuestro trabajo —dijo Porter.
—Bien. Estupendo.
Thorne intentaba parecer igual de positivo, pero le dio la impresión de que había exhibido la misma sensación de duda que sentía por dentro.
La expresión de Mullen se endureció.
—¿Te acordarías tú de todos?
Thorne intentó mantener la calma y el buen ánimo; intentó convencerse de que la tensión en la voz de Mullen era resultado del estrés, de que el tono agresivo se debería a la sensación de culpa y de pánico.
—Probablemente no.
—¿A cuántas personas ha cabreado seriamente, inspector Thorne? Y no hace falta que meta a los que supuestamente eran compañeros.
Thorne pensó entonces que quizás Jesmond había sido más franco en su descripción, después de todo. O que quizás Tony Mullen calaba a la gente a la primera. No dijo nada; consideró la pregunta y lo que Mullen había comentado sobre la elaboración de una lista. A él le habría resultado mucho más fácil, y dudaba mucho de que fuera el único que pudiera hacerlo con tanta facilidad. Si se trataba de los que pudieran suponer una amenaza seria para él, o para alguien que le importaba, a Thorne no le resultaba nada difícil recordar cada uno de ellos.
Holland y Parsons aparecieron en la puerta justo en el momento en que sonó el teléfono. Todos, incluido Thorne, se sobresaltaron, y Maggie fue la primera en ponerse de pie.
—Es importante intentar mantener la calma…
—Cariño…
Si se enteró de lo que dijo Porter o su marido, Maggie Mullen optó por hacer caso omiso, con sus ojos clavados exclusivamente en el teléfono mientras cruzaba el salón camino de la mesa baja que había junto a la ventana. Por supuesto que un equipo para localizar e interceptar llamadas se había instalado en el número de los Mullen en cuanto recibieron el aviso urgente en la unidad de Secuestros, con todas las llamadas entrantes monitorizadas por Apoyo Técnico en las dependencias de Scotland Yard.
Si, como era probable, la llamada tan sumamente importante llegaba desde un móvil sin identificar, la Unidad de Telefonía se pondría a trabajar para localizarlo, moviéndose de un lado para otro hasta donde fuera necesario en una furgoneta con la más alta tecnología, equipada de forma tan carísima que se conocía simplemente como Costa.
Al alcanzar el teléfono, la señora Mullen extendió la mano; se dio la vuelta y miró primero a su marido, y luego a Porter y a Thorne.
Porter asintió.
La señora Mullen respiró hondo y descolgó el teléfono. Al contestar, dio muy rápido su número de teléfono, esperó, y luego movió la cabeza negativamente. Cerró los ojos y se volvió, hablando por teléfono en voz baja; arrastró los dedos por su larga melena castaña durante algunos segundos antes de colgar.
—¿Mags?
Despacio volvió al sillón de su marido, su voz quebrándose al hablar, y Thorne le notaba el alivio y la desilusión, inseparables, quedando patente la lucha entre ambos en la apariencia hundida de su cara y sus hombros. Vio lo bien emparejados, lo brutalmente unidos que ambos sentimientos podían llegar a estar.
—Hannah. Es amiga de Juliet…
—Está bien, cariño —Mullen se había levantado, para ir a su encuentro.
—Obviamente, les dijimos a todos que no podían llamar —dijo ella—.
Queríamos asegurarnos de que la línea se mantuviera libre, ya sabes, por si Luke se ponía en contacto. Por si cualquiera que lo tuviera intentaba contactar con nosotros. Tratamos de pensar en todo el mundo. Pero unos cuantos se nos habrán pasado…
Entonces Mullen la abrazó con fuerza. Ella dejó caer los brazos, como si le faltara la fuerza para poder levantarlos, la cabeza gacha mientras lloraba desconsoladamente con la cara hundida en el cuello de él.
Thorne hizo señas a Holland y Parsons para que entraran en la sala con la bandeja de café, y luego miró a Porter que levantó la vista del suelo para mirarlo. Le pareció alentador comprobar que a ella le resultaba igual de violento que a él presenciar aquel abrazo.
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