Bajo tierra
Segunda Parte. Cuestión de Control
SEGUNDA PARTE
CUESTIÓN DE CONTROL
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VIERNES
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Luke
Antes, al despertarse, al volver en sí, todo le había parecido horriblemente lento. Era como si al llegar a la superficie, el agua pareciera un cristal grueso. Veía lo que había al otro lado, pero le faltaban fuerzas para pegar una patada y alcanzarla rápidamente. Sin embargo, esta vez, al terminar todo, era como si se volviera consciente en un segundo, y después de abrir los ojos, se había vuelto alerta y vivo con cada sonido y sensación.
Había sentido cómo se le disparaba la sangre.
Enseguida había oído los gritos, los gruñidos y el ruido de objetos rompiéndose en mil pedazos en el cuarto de al lado. Estaban discutiendo.
Ya les había oído discutir antes, un par de veces, pero esta vez parecía que iba más en serio, y se imaginó que eso era lo que le había despertado tan de repente. Algo en su cerebro, algún extraño instinto de supervivencia que nunca se apagaba, le había despertado; le decía que ésta era su oportunidad.
Como siempre, nada más abrir los ojos, no había tenido ni idea de si era de día o de noche. Habían cerrado las cortinas del todo. Sin embargo, era prácticamente la primera vez que se encontraba solo, las manos sin atar, así que después de un minuto o dos se había levantado del colchón que había en el suelo, se había acercado sigilosamente hasta las cortinas para retirarlas un poco. Fuera era de noche, pero en los bloques de pisos de enfrente veía luces en algunas de las ventanas y el parpadeo de televisores. Había llegado a la conclusión de que probablemente era por la tarde.
Intentando no respirar, se había quedado muy quieto en medio de la habitación, escuchando los gritos al otro extremo del pasillo.
Mentalmente había dibujado un plano del piso durante esas primeras visitas al baño. La distribución no era complicada y siempre se le había dado muy bien eso de crear una imagen de las cosas, como si dibujara diagramas en su ordenador y observara cómo se conectaban unos puntos con otros. De pie en la oscuridad, se había dado cuenta de que si giraba a la izquierda al salir de la habitación, tendría que atravesar dos puertas antes de pisar la calle. Lo sabía porque había intentado escapar por una de ellas aquel primer día, y fue entonces cuando empezaron a ponerle inyecciones más a menudo. Girar a la derecha habría sido lo mejor, pero sabía que tendría que pasar por delante de su habitación, arriesgándose a que lo vieran, y sabía además que habría una puerta cerrada con llave entre él y la salida de atrás. Estaba bastante convencido de que había una salida por la cocina. Una antigua escalera de incendio como la que tenía su abuela. Había estado casi totalmente ido, pero se acordaba de haber visto los escalones metálicos, y el ruido de los pasos del hombre mientras le subía por la escalera, desde el coche.
¿Cuántos días hacía de eso?
Una media docena de veces, después de despertar, había decidido que correría mejor suerte si intentaba escaparse en ese momento, mientras ellos estaban distraídos. Si se echaba hacia adelante para intentar salir a hurtadillas mientras ellos seguían gritándose y tirándose de todo. Una media docena de veces se había rajado, y él mismo se decía que era un cobarde de mierda. Temblando en la oscuridad y meándose en los calzoncillos, tenía miedo de intentar escaparse.
Y entonces habían cesado los gritos y había sentido cómo sus pies le llevaban desde la habitación y giraban a la derecha. El plano en la cabeza era nítido y parpadeante, y él era un punto incandescente recorriendo despacio una línea oscura mientras avanzaba palmo a palmo por el pasillo; mientras se aplastaba contra la pared e intentaba moverse sin hacer ruido.
Y quizás no estaba tan despierto ni atento como creía, porque las cosas de repente parecían volverse borrosas y moverse un poco, cuando miró por la puerta abierta del dormitorio: cuando vio a Conrad y a Amanda.
Fue justo cuando se fijó en el cuchillo, y se agachó para cogerlo.
A partir de ese momento todo estaba muy jodido y confuso: ni puta idea de cuál era ese momento, como tampoco sabía cuál era éste; desde esos momentos increíbles de luz y color a esta oscuridad nueva y entumecida.
Los recuerdos le llegaban en pulsaciones y ráfagas impactantes.
Explosiones de claridad, como ocurre en esas películas de terror cuando se va la luz, y la chica estúpida enciende una cerilla y ve la cara del asesino: la puerta mientras salía corriendo, y su corazón latiendo a tope, el claxon de su respiración, la cara de una mujer en la ventana de una casa que rápidamente dejaba atrás.
Y el recuerdo de tanta sangre, tibia y húmeda.
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