Bajo tierra

Mark Billingham · Capítulo 41 de 44

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Bajo tierra

Veintiocho

—Sí, lo siento —dijo Lardner—. Pero se puso un poco nervioso cuando le dije que venías. Empezó a hacer ruido —había apuntado el cuchillo hacia Maggie Mullen cuando había dado un paso hacia su hijo y ahora torció la hoja para señalar su obra de arte—. Lo hice un poco deprisa. Me aseguré de que podía respirar, obviamente…

Le había colocado la cinta adhesiva apretada al máximo, dando vueltas por la cara de Luke Mullen, y con tanta prisa que lo que quedaba del rollo aún colgaba, golpeando contra el hombro del chico cuando se movía, o contra la cuerda que le había colocado al cuello y ahora estaba tirante, hasta el lugar donde Lardner permanecía de pie junto al sofá. Luke se quedó de pie, balanceándose. Llevaba el pelo cubierto de polvo de ladrillos, y la chaqueta azul marino del uniforme de Butler’s Hall rota por el bolsillo y de color gris fantasmal por la suciedad. Una mano la mantenía quieta y rígida, pegada al costado, mientras que con la otra se agarraba a la cuerda que tenía al cuello. Thorne veía que los dorsos de las manos estaban casi negros de mugre, y ensangrentados.

Instintivamente, el chico se había acercado a su madre; su cuerpo esforzándose por aproximarse y retenido por la cuerda: gemía, gruñía, cuando Lardner le obligaba a retroceder. Había sonado una palabra desde el otro lado de la cinta adhesiva. Imposible de distinguir claramente, pero fácil de adivinar.

Dos sílabas.

—Mamá…

Maggie Mullen había intentado pronunciar el nombre de su hijo y se había perdido en un sollozo. Había movido los labios sin llegar a decir nada

en alto al acercarse a donde se encontraba Thorne. Extendió una mano y se agarró a su chaqueta de cuero por el codo.

Thorne había permanecido inmóvil. A pesar de cualquier cosa que ella hubiera hecho o de la que fuera responsable, era imposible no sentir algo por esa mujer al ver lo que ella veía, observando cómo la miseria dejaba una huella cada vez más profunda en su cara.

Luke volvió a gritar.

La nariz tenía un tono rosado y carnoso un tanto extraño a través del hueco que dejaba la careta de cinta adhesiva. La línea torcida de la cinta terminaba por debajo de los ojos, que habían estado parpadeando sin parar; los ojos cada vez más abiertos desde que había salido de la oscuridad del sótano para entrar en el salón.

Lardner acercó al chico de un tirón, esta vez con más fuerza.

Apuntó otra vez con el cuchillo, ante la cara de Luke, a la puerta del sótano.

—En realidad, es estúpido —dijo—. Hay una luz que funciona perfectamente allí abajo, pero habría que cambiar la bombilla. Se fundió justo antes de morir mi madre y me pidió que la cambiase. Le dije que sí, pero ya sabes que nunca encontramos el momento para hacer esas cosas.

Así que… —Vio algo en la expresión de Thorne—. Ahora piensas que estoy igual de loco que Norman Bates, intentando mantener todo como estaba, ¿verdad? —sonrió—. No tengo a mi madre escondida en ninguna parte de la casa. —Con la punta del pie, alcanzó el borde de la sábana sobre el sofá—. Estas cosas son puramente prácticas, te lo prometo.

—Perdí a mi padre hace un año —dijo Thorne—. Hace casi justo un año.

La cara de Lardner se iluminó de alivio.

—Así que tú comprendes.

—Sé que es difícil. Pero nadie más tiene por qué pagar por ello.

—Ella no está pagando por eso.

—Entonces, ¿por qué?

—No se puede tratar a la gente como ella lo hizo. No a la gente que te quiere.

—Rompió porque se sentía culpable —dijo Thorne—. Pensaba en su familia.

A Lardner le hizo gracia.

—Nunca había pensado antes en ellos.

Junto a él, Thorne sentía cómo Maggie Mullen se agarraba con más fuerza a su brazo. Hablaba en voz baja a Luke, y le decía que todo iba a ir bien. Que pronto todo se habría terminado.

Luke asentía, y luego se tambaleaba al ser apartado de un tirón. Dio un paso y recobró el equilibrio, la mano agitándose nerviosamente donde la cuerda le cortaba la carne.

—Pase lo que pase —dijo Lardner—, pensará mucho más en ellos a partir de ahora. Thorne observó la distancia entre él y Lardner.

No más de dos metros y medio. Al final de la cuerda, Luke estaba a otros dos metros más o menos a la derecha de Lardner.

—Me parece que todo sucedió en el momento menos oportuno —dijo Thorne—. Eso es todo. Probablemente no fue culpa de nadie…

Lardner tenía el cuchillo en la mano; el brazo extendido estaba rígido, temblando del esfuerzo y de la intención. Pero al hablar, el tono de su voz era tierno. Lleno de arrepentimiento.

—No pienso en otra cosa que no sea ella desde hace cinco años, y fue un flechazo, ¿sabes? Bueno, por lo menos para mí lo fue. Quizás lo que pasó con Sarah Hanley nos unió, hizo más fuerte lo nuestro. —Giró la empuñadura del cuchillo en su mano—. Intentó romper una vez, cuando su marido se enteró, pero yo sabía que ella sólo estaba haciendo lo que él le pedía. Así que no sabía si esta vez iba realmente en serio. No sabía que iba muy en serio… tan en serio como para romper cuando rompió. Ni siquiera imaginaba que podía ser tan cruel.

Los ojos de Maggie Mullen no se apartaron de su hijo, pero lo negó con la cabeza.

—Y yo no sabía cómo me iba a afectar. Quiero decir, lo mucho que me iba a afectar. No lo sabes, aunque lo veas venir, y yo no vi venir nada de nada. Ni lo de Mags, ni lo de mamá. Fue como un accidente de coche, ambas cosas sin esperarlas en absoluto; luego te quieres engañar pensando que lo has dejado atrás, pero hay un efecto retardado.

»Parecía como si todo le ocurriera a otra persona, y lo único que yo podía hacer era ver cómo la vida de esa otra persona se me escapaba de las manos, fuera de control. Incluso cuando me planteaba cosas terribles…

mientras las estaba haciendo, no podía dominarlas… no podía detenerlas…

no había manera de dar marcha atrás».

El cuchillo giraba con más rapidez en su puño, mientras las palabras salían cada vez más despacio.

—Simplemente todo se te escapa. ¿Puedes entender eso?

»Tu control… respeto por ti mismo… por la vida de otras personas.

Todo. Por cambiar una puta bombilla…».

Los labios aún se movían, sólo un poco, y miraba la hoja del cuchillo como si quisiera averiguar para qué servía. De repente, parecía perdido.

Thorne era la única persona en la habitación que no estaba llorando.

Miró a Lardner y consiguió suprimir cualquier sentimiento de comprensión.

Se concentró en el chico.

Pensaba en el cadáver de Kathleen Bristow. Un camisón manchado. La pierna torcida como de un gorrión…

—Deja que Luke se vaya —dijo.

Lardner movió la cabeza negativamente. Thorne no podía estar seguro si era una negación, o el gesto de un hombre que se sentía inseguro.

Distraído. No les separaban más de dos pasos…

Se le notaba más tenso. Consciente de los latidos.

A Lardner no le había preocupado usar el cuchillo antes.

Sería un milagro que saliera ileso.

Thorne no sabía qué hacer, porque no tenía idea de cuál sería la reacción de Lardner. ¿Soltaría el arma sin más, o acabaría con la vida del niño con la misma facilidad con la que había acabado con la de una anciana? Fuera como fuese su apariencia, y por muy hundido y confuso que pareciera, la reacción imprevisible del hombre que tenía frente a él le convertía en igual de peligroso que cualquier matón de banda o un puto sicópata al que jamás se había enfrentado Thorne.

Algunos años antes, en una situación parecida, había permanecido inmóvil mientras un hombre apuntaba al cuello de una agente con un

cuchillo. Thorne había seguido las órdenes; temía que cualquier intento de heroicidad le costara la vida a la agente.

Y de todas maneras la había visto morir.

El chico se había quedado totalmente quieto. Se le habían cerrado los ojos. Fueron las palabras de su madre. —Llamándole por su nombre, preguntándole una y otra vez si se encontraba bien— las que de golpe parecieron devolver a Lardner al presente.

—Está bien, de verdad —dijo Lardner—. Nos hemos hecho muy amigos, ¿verdad que sí, Luke?

Luke abrió los ojos.

—Hemos charlado mucho allí abajo, pienso yo.

—No…

Thorne vio el espasmo de pánico aparecer alrededor de los ojos de Maggie.

—Hablamos de un montón de cosas.

—¿Qué cosas?

Se encogió de hombros.

—La familia, ya sabes. Las cosas importantes…

—No…

Luke Mullen emitió un gemido. Un «no» largo y desesperado tapado por la cinta.

—La verdad es que no pensaba hablar de eso ahora —dijo Lardner—.

Pero ya que lo mencionas…

Estaba a menos de dos pasos. Pero sabía que Lardner podría llevar el cubillo al cuello de Luke antes de que le alcanzara.

—¿Qué le dijiste a mi hijo?

—¿Quieres que lo repita? Estoy seguro de que a un agente de policía no le vamos a dejar impresionado.

—¡Ya está bien!

—¿Y si le decimos lo que hacíamos tú y yo en la cama? ¿Qué te parece si le explicamos la razón por la que empezaste aquella relación conmigo?

Si ella se abalanzara sobre su hijo, si pudiera distraer a Lardner sólo un segundo… Pero no había forma de hacérselo saber.

—Luke, escúchame. No sé lo que te ha contado…

—Más te vale admitir que no era por mi atractivo físico.

—Está enfermo. Lo sabes ya, ¿verdad, cariño? Sabes que está enfermo…

Tendría que ir a por la mano izquierda, a por el cuchillo. Quizás si Luke fuera rápido, y se quitara de allí al mismo tiempo, podría pillar a Lardner con el equilibrio perdido…

—Empujada hasta mis brazos —dijo Lardner—. Creo que es una buena descripción.

—Todo lo que dices es retorcido.

—Lo cierto es que fuiste alejada a la fuerza de los brazos de tu marido.

—Por favor, mírame, Luke.

—Creo que ya nos conocemos todos bastante bien, así que una verdad como un templo no nos va a hacer daño ¿verdad?

—Luke. ¡Por favor!

Nunca llegaría el momento perfecto. Simplemente había que elegirlo…

—¿Por qué no se lo cuentas todo al señor Thorne? —Lardner la miraba, la expresión de la boca dura y seria, pero algo más suave en sus ojos—. La razón por la que no soportas que te toque…

El sonido era espantoso, el alarido de furia y de horror vibraba debajo de la cinta adhesiva. Luke intentó acercarse a su madre, pero al sentir el tirón en sentido contrario, dejó que el impulso le llevara con fuerza hasta chocar contra Lardner, de manera que cayeron los dos sobre el sofá.

Thorne se dio cuenta de lo que estaba pasando demasiado tarde.

Vio levantarse la mano que el chico había mantenido pegada a su costado. Vio cómo le brillaba algo en la mano. Oyó un suspiro al penetrar la carne, y luego el chasquido.

Y entonces todo comenzó a suceder a una velocidad endiablada.

Salpicado de chillidos y de color rojo.

Antes de que se diera cuenta, estaba a los pies de Lardner.

Miró el fragmento como de loza rota que Luke había dejado caer. El borde estaba ensangrentado, y podía ver que la cinta adhesiva, que envolvía un extremo como una empuñadura, estaba mojada de sudor.

Parecía cristal de un marco. Fino, que se rompía con facilidad.

Buscó el fragmento que había acabado en el cuello de Peter Lardner.

Vio que se había perdido bajo las burbujas de un charco escarlata.

Maggie Mullen permanecía de rodillas, hablando muy bajo.

Un brazo rodeaba con fuerza el cuello de Lardner, los dos empapados de sangre.

Y el otro brazo intentaba desesperadamente alcanzar a Luke, la mano agitándose nerviosamente, tratando de llegar hasta Luke que se hallaba a escasa distancia, todavía chillando como si fuera un idioma que acababa de aprender.

Los ojos del chico estaban muy abiertos: locos de horror y de euforia.

Y de otra cosa que Thorne no sabía nombrar, pero que percibía con fuerza, como algo más impactante que toda la sangre que corría por entre las ranuras de las tablas astilladas.

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