Bajo tierra
Conrad
Imagina que eres un enano, ¿vale?
Eso no quiere decir que sólo te gustan otros enanos, ¿verdad? Que no te pone la idea de meterle mano a alguien aunque sea desde lo alto de una silla con tal de besarla en condiciones. A decir verdad, es normal querer estar con alguien distinto, aunque sea por ver realmente qué tal es.
Sabía de sobra que le pegaba más estar con una cajera de Asda que llevaba ropa Burberry de imitación y perfume barato, así que cuando Amanda apareció en escena, fingiendo un acento barriobajero y hartándose de Alcopops como si se acabara el mundo, se había tirado de cabeza como una rata por una tubería. ¿Y por qué no? Él siempre había fantaseado con una vida más pija, aunque en el fondo sabía que ella sólo pretendía ver cómo se vivía en la más absoluta pobreza. Le había parecido que todo iba sobre ruedas.
Sin embargo, desde hacía poco, tenía la sensación de que le faltaba algo, y no sólo se trataba de que el sexo empezara a fallar, siempre pasaba lo mismo después de unos meses. Era más que eso. Había comenzado a sentir que todo resultaba un poco irreal. Por mucho que se empeñara ella en llamarse Mandy y vestir peor, siempre sería una Amanda, y él nunca conseguiría estar al mismo nivel que ella en cuanto a educación e inteligencia. Y no es que fuera estúpido, ni mucho menos. Más o menos siempre sabía dónde pisaba, pero a la hora de verdad, cuando había que hacer algo y ganarse la vida y todo eso, siempre terminaba yendo donde le aceptaba la gente. Pero, bueno, conocía sus limitaciones. Y nada más que por eso, se consideraba bastante listo.
Lo que pasaba es que ahora había empezado a pensar en otras mujeres.
Nadie en concreto, simplemente otro tipo de mujeres. Su tipo. Se había dejado llevar con sus pensamientos —incluso en medio de decisiones importantes, como decidir qué hacer con el chico y todo eso—, imaginándose con mujeres que llevaban las tirantas del sujetador sucias, y que leían revistas cutres. Pensó en las mujeres que armaban más escándalo de la cuenta en la cama, las que le trataban bien y que no le decían qué hacer con los dedos. Al principio sentía un poco de remordimiento, pero últimamente se había convencido de que ella con probabilidad sentía exactamente lo mismo. Probablemente soñaba con unos cabrones jugadores de rugby llamados Giles o Nigel cuando lo estaban haciendo, y quizás a ella su acento le empezaba a dar dentera igual que el de ella a él…
Quizás todo tenía que ver con el asunto del chico. Al principio les había parecido dinero fácil, y no habían tardado mucho en ponerse de acuerdo, pero, joder, era más estresante que pegarle una paliza a algún zoquete o conseguir que un anciano te abriera la puerta de su piso. Los dos se estaban portando de manera un poco extraña, y quizás, cuando todo hubiera pasado y tuvieran algún dinero de verdad, empezaría a sentirse normal otra vez. Quizás podrían irse a alguna parte. ¿En qué estaba pensando? Coño, era lo que tenía que hacer, irse lejos de allí.
Y quizás entonces dejaría de pensar en todas esas chicas…
Cuando Amanda entró en la habitación cinco minutos más tarde, pensó por un momento que ella podría darse cuenta de lo que había estado pensando. Que resultaría igual de obvio que el bulto de su polla morcillona que rápidamente había tapado con el Daily Star . Todo estaba bien. Ella le preguntó si se encontraba bien, y le dio un beso en la cabeza mientras él le hacía la misma pregunta. Se acercó y le cogió uno de sus cigarrillos, y luego echó un vistazo a la caja por si en ella había algo que mereciera la pena.
Luego se sentó en el borde de la cama y empezó a hablar sobre lo que iban a hacer con el chico.
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