Bajo tierra

Mark Billingham · Capítulo 43 de 44

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Bajo tierra

Cuarta Parte. Una Imagen del Daño

CUARTA PARTE

UNA IMAGEN DEL DAÑO

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Treinta

Thorne se quedó tumbado, totalmente quieto dentro del túnel estrecho blanco, intentando escuchar a Johnny Cash.

La música sonaba muy débil en sus auriculares, casi ahogada por el ruido de escáner de resonancia magnética que lentamente componía una imagen de su columna. Del estado en que se encontraba. Por el sonido, similar al de un taladrador neumático, parecía que estaba escuchando un remix radical en versión tecno de la canción Man in Black, pero seguía siendo la mejor alternativa. Le habían dicho que podía elegir un cedé para los veinte minutos que estaría dentro del escáner, pero Thorne había decidido no arriesgarse y se había llevado consigo su compacto de The Man Comes Around. Y menos mal que se le había ocurrido. Lo poco que oía era mejor que lo que figuraba en la lista plastificada que había encontrado en el vestuario.

Jamie Cullum, Katie Melua y la Norah Jones de los cojones.

Seguía tumbado, totalmente quieto como le habían dicho, esforzándose por oír. La mano sobre el botón de pánico que le habían dicho que apretara si se sentía incómodo o alarmado por la razón que fuera; por si quería parar el procedimiento.

El ritmo de la máquina, el triquitraque repetitivo, como un zumbido que hubiera sido ralentizado, empezó a desaparecer. Le relajaba el ruido.

Empezó a dejarse llevar, y a reflexionar. El tiempo y el espacio dentro de su cabeza, un lujo que había que saborear. Era como meterse dentro de sábanas limpias después de pasar demasiado tiempo en una cama manchada y apestosa.

Habían pasado seis días desde que aquello terminó. Al menos, el final de una primera parte.

Ahora todo estaría en manos de jueces y abogados, y lo único que podían hacer Thorne y los demás era proporcionarles el material, con la esperanza de que tomaran decisiones acertadas.

Ya habían tomado dos decisiones muy valientes.

A Luke Mullen se le había acusado del asesinato de Peter Lardner, aunque había motivos para pensar que, llegado el momento del juicio, el jurado no le iba a condenar. Thorne estaría más que dispuesto a presentarse como testigo de la defensa, y creía que la existencia de circunstancias atenuantes que acabarían absolviendo a Luke era probablemente el motivo

—junto con el puesto anterior de Tony Mullen— por el que el magistrado había decidido dejar al chico bajo la custodia de su padre.

Por supuesto, había unas condiciones muy estrictas. Luke tendría que presentarse en la comisaría de forma regular. No volvería al colegio.

Había sido una decisión igual de valiente encarcelar a Maggie Mullen en la cárcel de Holloway en espera del juicio.

Valiente, aunque al final al magistrado le quedaban pocas alternativas.

El cargo de intentar obstaculizar la marcha de la justicia, con respecto a la muerte de Sarah Hanley, sin duda suponía libertad bajo fianza. Se acordó una fianza de cincuenta mil libras. Sin embargo, al negarse Tony Mullen —

la única persona en situación de pagarla— a presentarse como avalista del dinero, el tribunal no tuvo otra opción que enviarla a la cárcel.

Thorne se acordó de la cara de Tony Mullen en el salón, mientras su mujer realizaba aquella confesión. Imaginó que la decisión de encarcelarla le habría resultado más fácil que al magistrado.

¿Qué le había dicho Thorne a Porter esa noche?

Sinceramente no creo que vuelva al entorno de una familia…

Y sin pedirlo, mientras permanecía quieto y tumbado, voces distintas, otras cosas que se habían dicho, empezaban a ocupar un sitio en su interior.

Llegaban a la deriva desde la nada, y se acomodaban, o bien entraban de repente por la fuerza, exigiendo su atención.

Una serie de comentarios y sugerencias que empezaban a entrelazarse o entretejerse; le atormentaban a la vez que le iluminaban.

Insistentes…

— Siempre me ha parecido más importante el factor sexual del ataque.

— Escucha, acepto toda la evidencia sobre el hecho de que los maltratadores son personas que han sufrido malos tratos en sus propias carnes…

— Quizás no era a Luke a quien llamaba.

— Ya investigamos a los padres.

Hasta que por fin sólo cabía una sola gran idea, y el ruido dentro de la cabeza de Thorne se hacía cada vez más fuerte, más difícil de ignorar que el ruido que provenía de la máquina.

Lo que Lardner había dicho. Lo último que había dicho.

— ¿Por qué no se lo cuentas al señor Thorne? El motivo por el cual no soportas que te toque…

Thorne se quitó los auriculares y pulsó el botón de goma.

Jane Freestone se levantó y trató de alejarse al verlo acercarse. Thorne la vio caminar hasta la valla, escupir y encender un cigarro. Luego se sentó al lado de su hermano sobre el banco.

Estaba sentado en el mismo banco cuando fue detenido por Thorne y Porter una semana antes.

—Me cago en tus muertos, joder —dijo Freestone.

—Tranquilízate.

—Estoy aquí con mi hermana, ¿vale?

A Freestone le habían soltado de la cárcel de Lewisham el mismo día en que habían acusado a Maggie Mullen. Ahora, aparte de tener que asistir a sesiones de rehabilitación obligatorias, y de presentarse semanalmente para firmar el registro de los condenados por delitos sexuales, volvía más o menos a ser dueño de su vida. Sin embargo Thorne pensaba informar a los que necesitaban saberlo de la realidad de esa vida, y con qué frecuencia se sentaba en un parque de la zona, el banco que más cerca estaba del área de juegos infantiles.

—No deberías ser tan capullo —dijo Thorne—. Si no llega a ser por algunos de nosotros, estarías en prisión preventiva por lo Sarah Hanley,

muy pendiente de lo que te pudiera pasar por detrás en la cárcel de Belmarsh o en la de Brixton.

—Gracias. Pero vosotros sois los mismos cabrones que me detuvisteis la primera vez.

Tenía razón.

—Sin embargo, todo ha salido bien —dijo Thorne.

Corría un poco de aire, pero la tarde era muy agradable. Thorne se quitó la chaqueta y la colocó sobre las rodillas. Pétalos de la flor del cerezo se balanceaban a lo largo del camino, y el envoltorio de un helado se pegó al lateral de una papelera, junto al banco.

—No me lo podía creer cuando me enteré —dijo Freestone—. Me refiero a esa mujer. La esposa de Tony Mullen, y su novio.

—¿Llegaste a conocerla, cuando se llamaba Margaret Stringer?

—Yo únicamente trataba con la asistente social, con la señora Bristow.

—Se volvió hacia Thorne—. Lo sentí mucho cuando me enteré de lo que le pasó. Era una buena persona. El tipo que la mató merecería todo lo que le echaran, si quieres saber mi opinión.

Thorne cambió de postura ligeramente y volvió a acomodarse, hasta que el dolor hubo desaparecido.

—¿Así que fue una sorpresa para ti cuando te enteraste de lo que le pasó de verdad a Sarah Hanley?

—Pues sí que lo fue.

—Te sorprendió saber que fue la mujer de Tony Mullen, y no el mismo Tony Mullen, ¿verdad?

—¿Cómo?

—Imagino que tú creías que Mullen te había tendido una trampa. No digo que pensaras que lo hubiera hecho él mismo, pero para él era suficiente poder endosártelo. Le habría encantado haberte quitado de en medio, eso es lo que tú creías, ¿verdad que sí?

Freestone se encogió de hombros, jugando nerviosamente con la perilla.

—No hay ninguna razón para que no me lo cuentes, Grant. Mullen ya no está en condiciones de hacerte daño. Ni tampoco de hacerte ningún favor.

Hasta aquí había llegado Thorne, después de dar una serie de saltos.

Una secuencia de posibilidades grises que le conducían a la oscuridad.

Iluminaba el rincón más negro de esa oscuridad…

Si la naturaleza del crimen cometido por Adrian Farrel hubiera sido, a cierto nivel, una reacción al abuso, ¿era posible que hubiera sufrido ese abuso en su propia casa?

Si las llamadas de casa de los Farell a casa de los Mullen hubieran sido llamadas entre los padres y no entre los hijos, ¿de qué habrían podido hablar?

¿Y qué temía Maggie Mullen tanto que Lardner pudiera revelar? O que ya había revelado, susurrando cuatro verdades envuelto en la oscuridad polvorienta de aquel sótano…

Puede que Thorne nunca llegara a saber si había llegado hasta allí por el camino correcto, pero sabía que estaba en el lugar correcto. Convencido de que con su actitud de no mencionar a Grant Freestone, Tony Mullen pretendía ocultar algo más que una aventura de su mujer.

Sólo Freestone se lo podía aclarar.

—A mí no me pareces el tipo de persona a la que le gustan los niños —

dijo Thorne.

Freestone se volvió. Los labios se pusieron blancos por la presión sobre los dientes.

—No me lo pareces, es así. Tampoco tengo mucha idea del aspecto de una persona a la que le gustan los niños —señaló con un gesto de la cabeza a dos ancianos, que mantenían una animada conversación sentados sobre un banco cercano; un hombre más joven se les acercaba haciendo footing junto a una joven.

—Ellos no tienen pinta de pederastas… él tampoco —señaló a un hombre muy delgado, que miraba para otro lado mientras su perro hacía sus necesidades sobre el borde del césped—. Ahora bien, él sí que lo parece, y seguro que me estoy equivocando, ¿no crees?

—¿Qué esperas que te diga?

—La mayoría de nosotros no tenemos un sentido que nos permita percibirlos, a eso me refiero. No podemos reconocer a alguien con esos impulsos o deseos. No podemos recoger las señales, los signos, suponiendo

que los hubiera. —Enderezó la pierna y echó los hombros hacia atrás—.

Pero me pregunto si tú serías capaz…

Freestone no dijo nada.

—No amenazaste a Tony Mullen con violencia —dijo Thorne—. No le amenazaste con atacarle a él o a su familia. Le amenazaste con desenmascararlo. Tú sabías lo que era.

Esperaron, observando mientras pasaban por delante los corredores de footing.

—No se trataba simplemente de reconocerlos —dijo Freestone—. No tengo más idea que tú. Eso son gilipolleces.

—Entonces ¿de qué se trataba?

—Le había conocido antes, ¿vale? En una barbacoa, un domingo por la tarde en casa de… una tercera persona. Hablamos de ciertas cosas, dos de nosotros, más tarde hubo un intercambio de material en la planta de arriba.

Nada muy fuerte, pero seguro que conocía a mucha gente. Sabía dónde encontrar las mejores páginas web, y por aquel entonces tampoco había tantas. Obviamente nunca supe que era poli, pero lógicamente tampoco iba a ir por ahí proclamándolo.

—La verdad es que no.

—Por poco se cagó allí mismo cuando entré en aquella sala de entrevistas, y me reconoció.

—¿Así que le amenazaste?

—No me sirvió de nada. Mullen me dijo que podía hacer lo que quisiera. Me dijo que diría que había estado trabajando en secreto por su cuenta, para infiltrarse en un conocido grupo de pedófilos, y para recoger pruebas o lo que fuera.

—No le habría resultado tan fácil.

—Eso es lo que yo pensaba, pero no le importaba nada, todavía le quedaban otras opciones. Me dijo que se aseguraría de que me dieran un buen repaso dentro de la cárcel si decía algo. Y eso sí me parecía algo que podía hacer sin problemas, así que mantuve la boca cerrada.

—Sin embargo, todo cambió cuando te soltaron —dijo Thorne.

Uno de los niños de Jane Freestone, al que había visto en su casa con Porter, se acercó corriendo, pidiendo caramelos. Freestone le contestó que a

lo mejor más tarde, y el chico se volvió despreocupado, como si no pudiera recordar lo que había pedido.

—Vino a verme —dijo Freestone—. No tan arrogante. Empleaba una actitud políticamente más correcta o como quieras llamarlo, como ya era inspector jefe…

Thorne no podía evitar sonreír al oírlo.

—Me dijo que podía hacer algo por ayudarme si seguía guardando ciertas cosas en secreto. Me dijo que podía influir en la evolución de determinados acontecimientos…

—Porque su mujer formaba parte de tu tribunal del DISP.

—Pero yo no lo sabía en ese momento. No tenía ni idea a lo que se refería. Pero entonces pasó lo de Sarah, y ya no importaba. Me fui…

—¿Creías que eso era cosa de Mullen?

Sorbió por las narices.

—Se me ocurrió que podía ser así. Pero al final no iba a cambiar nada,

¿no? Y yo no estaba dispuesto a quedarme por aquí ni a intentar convencer a nadie.

—Ese material… —dijo Thorne.

Freestone cerró los ojos durante algunos instantes.

—Vamos. Fotos, cintas, o lo que sea.

Lo que sea…

—¿Te suena de algo el nombre de Farell?

Freestone lo negó con la cabeza.

—¿Vais a detener a Mullen?

—¿Cómo te sentirías si lo hiciéramos? —preguntó Thorne—. Sé que tienes motivos de sobra para que te caiga mal, pero ¿no sientes un poco de… compasión por él? ¿Cómo puedes creer que realmente sea culpable de algo?

Freestone se dejó caer un poco hacia atrás, espiró a fondo como si ya estuviera harto y extendió los brazos.

—Mira, hace un día muy bueno, ¿vale? Vengo aquí por el paisaje.

—Más te vale que estés hablando de los árboles —dijo Thorne.

Vio a Freestone alejarse en dirección a su hermana y sus sobrinos.

Llevaba flores de cerezo pegadas a las suelas de los zapatos.

Empezaba a oscurecer, y a lloviznar un poco.

Thorne estaba sentado en el BMW frente a la casa. Se frotó el cuello —

dolorido después de estar girado mucho tiempo observando la puerta principal— y miró su reloj. Sabía a qué hora la unidad de OE5 había planeado llamar.

Ya llevaban allí dentro una hora y media.

Imaginó que Mullen se habría mostrado despreocupado al principio, incluso aburrido. Se había acostumbrado a que le enseñaran las placas al llegar a su casa. Thorne se preguntaba cuánto habría tardado en agriársele la expresión de la cara al oír a los agentes explicarle a qué unidad pertenecían.

Al abrirse la puerta, Thorne vio primero al mismo Mullen. Entonces advirtió a Luke, tirando de la parte de arriba del chándal de su padre, claramente muy turbado.

Jesús…

El chico desapareció de vista, ayudado con suavidad a volver a entrar en la casa, y la puerta se entrecerró otra vez; después dos agentes —un hombre y una mujer— acompañaron a Tony Mullen por el camino hacia los coches.

No iba esposado.

En este momento sólo querían hacer preguntas…

Thorne sabía que habría otros tres o cuatro agentes dentro todavía. Que pronto empezarían a sacar papeles, ordenadores, cajas de cintas de vídeo y deuvedés, tras la marcha de los ocupantes de la casa.

Unos minutos después de llevarse en coche a Mullen, habían salido con los niños.

Thorne miró a Luke Mullen caminar como sonámbulo por el camino de entrada de los coches. El brazo de su hermana le rodeaba la cintura, y una agente de policía apoyaba suavemente su mano en el hombro del chico.

Se lo preguntaba otra vez: no había parado de hacerse preguntas sobre Tony Mullen y sus niños.

Thorne recordaba las excusas desesperadas de Adrian Farell en el agujero, al interrogarle sobre las llamadas de teléfono. Thorne había llegado a darse cuenta de que Farell, a pesar de lo que sospechaban que había

sufrido, realmente había estado intentando proteger a su padre más que a sí mismo.

Thorne no podía saber si los niños de Tony Mullen habían sufrido a manos de su padre. Obviamente eran ganas de pensar en positivo, pero tenía cierto sentido que al menos uno de ellos hubiera podido librarse del abuso en aquella casa. Maggie Mullen había mostrado bastante temor a lo que Lardner le hubiera podido contar a su hijo; se convenció de que era algo que Luke no había sabido antes.

Negación. Creencia.

Maggie Mullen era una mujer atormentada por ambas cosas…

—¿Por qué sigue con él? —Thorne le había preguntado.

—Hace años, le dejé una vez. —Arañaba la superficie de la mesa llena de marcas con lo que le quedaba de la uña. Hacía un poco de frío en la sala de visitas legales y Thorne no se había quitado el abrigo, pero a Maggie Mullen no parecía importarle el frío—. No tardé mucho en volver.

—¿Por qué volvió?

—Por los niños.

—Podía habérselos llevado. Se habría quedado con los niños en cualquier divorcio.

—Quieren a su padre —dijo ella—. Él los quiere mucho también, más que a nada en el mundo…

Thorne no había ido a la cárcel de Holloway porque le pareciera que podía ayudar en el caso contra Tony Mullen. No tenía idea de si algún día llegarían a procesar a Mullen. Ya no estaba en sus manos.

Las respuestas que él había ido buscando eran exclusivamente para su propio beneficio, y para nadie más.

—Tony nunca le hizo nada a sus niños —dijo ella—. Nunca.

Thorne quería preguntarle si estaba segura, cómo demonios podía estar realmente segura, pero la pausa se llenó con una súplica para que no preguntara tal cosa.

—Ya ha visto lo que todo esto le ha hecho a Luke —dijo ella—. Y lo que Lardner le contó. Quiere a su padre, y Juliet también.

—¿Y usted, qué pasa? No entiendo cómo puede…

—Le quería. —Por la expresión de su cara, dejó muy claro que ni ella misma sabía si se consideraba una mártir o una imbécil—. Siento lástima por él, porque está hundido. Odia lo que hizo…

—Lo que hizo. Utilizando el tiempo pasado del verbo.

—Utilizando el tiempo pasado…

Thorne esperó.

—Sólo eran imágenes —dijo ella—. Algunas imágenes de niñas, hace años. No había nada más.

Otra vez, Thorne quiso preguntarle cómo diablos podía estar tan segura, pero sabía que no tenía ningún sentido. Ella se habría hecho la misma pregunta un montón de veces.

Igual que la pregunta que Thorne se había estado haciendo sobre el inspector jefe Trevor Jesmond. Sobre el motivo por el cual nunca había mencionado a Grant Freestone. Thorne no sabía si hablar de sus preocupaciones a los que podían actuar sobre ellas. No podía estar seguro de que la pregunta surgiera de su instinto, o de algo más rencoroso…

Maggie Mullen empujó la silla hacia atrás. Lista para irse.

—Sin embargo, querías a Peter Lardner —dijo Thorne—. ¿Verdad que sí?

Al final lo había notado. Lo había notado claramente en la sangre que borboteaba y corría encima de ella mientras abrazaba al que había sido su amante. Ahora, por primera vez después de traerla a la pequeña sala fría, Thorne advirtió que algo se suavizaba en las facciones de la mujer. Vio cómo se desdibujaba el dolor alrededor de los ojos y de su boca.

—Hubo un tiempo en que estuve obsesionada con él. Tan obsesionada como él por mí.

—Podían haber estado juntos, eso es lo que no consigo entender. Usted y Lardner, y los niños…

Volvieron a aparecer el dolor y la desesperación de antes. Se acomodaban en las arrugas de su cara, mientras pensaba qué decir:

—¿Usted siempre ha hecho lo correcto?

La mentira salió con facilidad.

—Siempre —dijo Thorne.

Maggie Mullen no dio muchas muestras de creerle, ni tampoco de no creerle, mientras se levantaba de la silla despacio, arrastrándose por delante de Thorne camino de la puerta, donde le esperaba el carcelero. Los ojos bien abiertos, mirando para el frente.

Los mismos ojos que su hijo…

Con los ojos bien abiertos, mirando al frente, el rostro de Luke aparecía gris debajo de la visera de una gorra de béisbol. Thorne le observaba mientras le llevaban al otro lado del coche. Mientras se agachaba para montarse.

Thorne volvió la vista atrás y se encontró mirando directamente a Juliet Mullen.

Fue cuestión de unos instantes, y su cara estaba tan falta de expresión como la de su hermano, pero Thorne advirtió únicamente una mirada acusadora.

Arrancó el coche y subió el volumen de la música.

Se preguntaba por qué nueve veces de cada diez el hecho de hacer lo correcto le hacía sentir tan horriblemente mal.

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