Bajo tierra

Mark Billingham · Capítulo 39 de 44

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Bajo tierra

Veintiséis

Thorne conducía, y echaba de vez en cuando un ojo al mapa de carreteras desplegado sobre su regazo. Miraba el recuadro de campo que había entre Luton y Stevenage hasta el que Maggie Mullen decía que tenían que llegar.

El Mercedes de Tony Mullen se tragaba el alquitrán, con la carretera Al casi vacía cuando faltaba poco para las once; no tardarían más de veinte minutos en llegar.

Si conseguían encontrarlo.

Volvió a hablar con Porter mientras conducía hacia el norte. Le decía en qué dirección iba, explicándole la ruta más probable. Porter parecía tensa, sabiendo que poco podía hacer aparte de llevar a su equipo en la misma dirección y esperar instrucciones más específicas.

—Por supuesto que no hace falta decirte que me mantengas informado,

¿verdad?

—Entonces ¿por qué lo dices?

—Tom…

—Te enterarás del lugar en cuanto me entere yo —dijo Thorne—. Si me entero…

Miró brevemente el mapa otra vez, después de colgar, y luego observó a la mujer que iba en el asiento de copiloto. Apenas habían hablado después de marcharse de la casa de Arkley, y Maggie Mullen había pasado casi todo el tiempo mirando fijamente por la ventana; no quería arriesgarse a mantener ningún tipo de contacto hasta que fuera realmente necesario. Poco dispuesta o temerosa de llamar la atención de Thorne. De atraer su atención.

Siguieron en silencio, y sólo se oía el zumbido bajo del potente motor; se percibían el silbido de los neumáticos sobre una carretera aún húmeda,

aunque había dejado de llover. Por supuesto que habría estado mal, horriblemente inapropiado, pero por unos instantes Thorne se había planteado la posibilidad de encender el estéreo. El ambiente dentro del coche se hacía cada vez más violento con cada minuto que pasaba y con cada kilómetro que recorrían.

Se preguntaba qué tipo de música le gustaría a Tony Mullen. Lo trivial de la ocurrencia le parecía un alivio grato para los pensamientos más oscuros que chapoteaban en su cabeza. La oscuridad se extendía, diluyendo los colores. Pensó en Tony Mullen esperando en su casa. Ya habría llamado a Jesmond, o algún amigo suyo bien situado. ¿Qué demonios les habría dicho, en caso de haberles llamado?

Thorne alcanzó los setenta kilómetros por hora por el carril de adelantamiento con la esperanza de que los chicos de tráfico del condado de Hertford estuvieran bien lejos de allí.

—Cree que debería haber hablado —dijo ella de repente.

Thorne fijó la vista sobre las luces traseras del coche que iba delante.

—Los cojones, claro que sí.

—Intentaba proteger a Luke.

—Sabe igual que yo lo ridículo que suena eso, ¿no?

—Me da igual.

—Eso es evidente.

—Sabía que no le haría daño.

—¿Sigue tan segura?

Dudó.

—¿Está segura de que guardar silencio sobre todo eso no tiene nada que ver con Sarah Hanley? ¿Con el hecho de que estaría metida en un lío igual que él, si todo saliera a la luz?

Tardó en contestar.

—Él dijo que iríamos a la cárcel los dos.

—Vale. Entonces utilizó su estúpida amenaza contra usted, ¿no?

Cerró los ojos.

—Sí.

Thorne soltó un gemido, satisfecho.

—No quería ir a la cárcel.

—Me preguntó cómo me sentiría sin mi hijo —dijo ella. Se notaba tensión en su voz, y dureza en la expresión cuando Thorne le miraba—. Me preguntó cómo pensaba que me sentiría si los perdiera a los dos. Si pasara los años que fuera allí dentro, mientras ellos crecían sin mí. —Se colocó el cinturón de seguridad por el pecho—. No, no quería ir a la cárcel.

—No es excusa —dijo Thorne—. Usted misma reconoció que no sabía lo que pasaba por la cabeza de este hombre. Que tenía miedo, que estaba fuera de control.

—Hablé con él —dijo—. Intenté mantenerle tranquilo, tranquilizarle si quiere, pero todo lo hice por Luke…

El pensamiento le llegó a Thorne con tanta fuerza que Maggie Mullen se alejó, deslizándose hacia la puerta del copiloto, cuando se volvió para mirarle.

—¿Qué le dijo del caso?

El silencio fue contestación suficiente.

—Le dijo que teníamos huellas dactilares, ¿verdad? Que conseguimos las huellas de Conrad Allen de la cinta de vídeo. Que estábamos cerca de conseguir una dirección.

—Pensé que lo dejaría todo si sabía que la policía estaba cerca. Quería que lo dejara.

—¿Qué hay de Kathleen Bristow? —Thorne se lo preguntaba a sí mismo a la vez que se lo preguntaba a ella. Intentaba montar las piezas por orden cronológico en su cabeza. ¿Kathleen Bristow había muerto antes o después de su entrevista con el asesino?—. Le dijo que nosotros preguntábamos por Grant Freestone, que hablaríamos con todos los miembros del tribunal…

—Se iba a saber de todas maneras —dijo ella—. Lo que había pasado.

Pensé que si le hacía entender eso, dejaría que volviera Luke.

—Se equivocó —Thorne pisaba a fondo el acelerador y se aferraba al volante—. La mató, igual que mató a Conrad Allen y su novia, y me parece que de momento van tres muertes que se le pueden atribuir a usted…

—Por favor…

—Tres muertes más.

Se volvió. Apoyó la frente sobre la ventanilla.

—Pensara lo que pensara… lo único que usted hacía era pulsar todos los botones.

—No fue mi intención. Espero que Luke siga con vida, que no le hayan hecho daño, lo espero más que nada. Pero si no es así… —gimió, la cabeza deslizándose por el cristal—. Es probable que lo tenga bien merecido.

Thorne siguió, cruzando por donde estaban las indicaciones hacia Welham Green y Hatfield, pasando la salida hacia St. Albans, que tantas veces había cogido cuando aún vivía su padre.

El agua sobre la carretera emitía un sonido que les mandaba guardar un silencio largo y solitario.

Sin volverse, Maggie Mullen dijo:

—Estaba muerta cuando nos marchamos. Me refiero a Sarah. Había perdido tanta sangre.

Thorne pensó que le parecía realmente patética. Se sintió entumecido, frío, sin nada que le acercara a la compasión. Sabía lo que le podía estar esperando allá donde iban, y pensó que probablemente fuera mejor sentirse así.

—Sí. Y usted la vio morir.

Salieron de la Al justo después de pasar Welwyn Garden City. Hasta aquel lugar ella podía recordar el camino, pero más allá era cuestión de suerte. Guardaba algunos recuerdos fragmentados del pueblo que buscaban: un caserón en las afueras, una iglesia… pero nada más.

A los cinco minutos habían entrado en otro mundo.

Había desaparecido la iluminación aérea, e incluso las marcas reflectantes de la carretera se habían esfumado, al transformarse la carretera en una comarcal; setos altos a cada lado y apenas sitio suficiente para que se cruzaran dos vehículos.

Thorne conducía tan rápido como podía, la luz larga rompiendo la oscuridad que se presentaba delante de él.

Pasaron despacio por un pueblo llamado Codicote. Casas estilo Tudor, pubs, el césped comunal del pueblo; Maggie Mullen buscaba desesperadamente alguna pista que le indicara que iban por buen camino.

Thorne aceleró al salir por el extremo del pueblo, y pasó una señal que le agradecía haber conducido con cuidado; se volvieron a meter en el oscuro

collar de caminos que ensartaban aquellos pueblos a dos o tres kilómetros de distancia entre sí.

Thorne soltó un taco y quitó las luces largas al encontrarse con otro coche doblando un recodo; frenó con demasiada brusquedad y se esforzó por llevar el Mercedes a la cuneta. Intentó mirar la cara del otro conductor al pasar, pero no pudo ver nada. Puso la larga otra vez, la luz iluminando ojos amarillos, desde el monte abajo, y a unos cincuenta metros más adelante algo cruzó rápidamente la carretera.

—Todas estas puñeteras carreteras son iguales —dijo Maggie Mullen.

Pasaron por Kimpton y Peter’s Green. Se detuvieron y dieron la vuelta al llegar a un kilómetro del aeropuerto de Luton, y una señal les indicó que entraban en el condado de Bedford. Otra vez en dirección hacia el norte, pasaron por Whitwell, cruzaron el río Maran y entraron en el pueblo de St.

Paul’s Walden.

—Pare…

Thorne dio un frenazo. Sacó el brazo al ver a Maggie Mullen salir disparada de su asiento.

—¿Qué?

—Esa es la casa —señaló con la cabeza una cancela de hierro forjado, la silueta de una gran casa que apenas se vislumbraba en la distancia—. La visitamos una vez. Tenía algo que ver con la Reina Madre. Siga…

Al otro extremo de High Street le dijo otra vez a Thorne que parase.

Señaló con el dedo hacia la iglesia. Una punta subía desde un torreón, cuyo perfil se destacaba contra el cielo de la noche.

—Ésa es —dijo ella—. Se puede ver la torre desde la casa. Desde el campo que hay al otro lado.

—Hay campo por todas partes —dijo Thorne—. ¿Por dónde?

Miró a su alrededor, indecisa.

Thorne eligió un camino.

Al salir del pueblo, los dos se sobresaltaron al sonar el teléfono de Maggie Mullen. Ella miró la pantalla. El teléfono temblaba en su mano.

—Es él…

Dijo que sí muchas veces; le dijo al que llamaba que le faltaba poco para llegar y que sólo quería hablar. Preguntó por Luke, y le suplicó al

hombre al otro lado del teléfono que no le hiciera daño.

—¿Qué quería? —Thorne preguntó cuando había colgado.

—Saber dónde estaba. Que si andaba cerca.

—Dijo: «Sí, lo estoy haciendo, está bien». ¿Qué era eso?

—Estaba preocupado —dijo ella—. Me preguntó si iba conduciendo, y me dijo que esperaba que estuviera hablando con el manoslibres.

Thorne aceleró otra vez por el campo. Sonrió inexorable.

—Sabe que no está sola…

Cinco minutos más tarde Thorne giró para meterse por un camino estrecho, cubierto de vegetación y salpicado de charcos. El coche pasó traqueteando por una rejilla de ganado, siguiendo el camino hacia abajo para luego girar a la derecha, hasta que las luces iluminaron la casa a unos cientos de metros de distancia.

—Ésa es…

No era lo que Thorne había esperado. No resultaba una casita de campo como cualquiera podría imaginarla. No era especialmente pequeña, y ni siquiera parecía tan vieja. Pero sí que estaba aislada.

No era precisamente la típica casita de cuento de hadas, pero sí el lugar para ciertas actividades.

Thorne redujo la marcha al acercarse. Las luces de dos habitaciones de la planta baja estaban encendidas.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Maggie Mullen.

—Usted llamará a la puerta. Va a visitar a su novio.

—¿Y usted?

—No tengo ni idea —dijo Thorne. Paró el coche, se bajó y se alejó sin cerrar la puerta. Desde las sombras, a unos veinte metros de la casa, observó a Maggie Mullen que iba hasta la puerta principal. Vio cómo se abría la puerta y cómo entraba ella, lenta y rígida.

Entonces rápidamente se fue a la parte trasera del edificio.

Se quedó a oscuras casi inmediatamente. Con un empujón, entró despacio por una cancela baja de madera; el borde de la cancela se palpaba húmedo y podrido bajo los dedos. Al abrirla, se encontró con una mata de zarza. Al pasar por encima, acabó con hierba por las rodillas, áspera, mojada, y cuando consiguió ajustar la vista, Thorne vislumbró una tapia —

más alta en algunas partes que en otras— que separaba el jardín del campo que había más allá.

Siguió pegado al lateral de la casa, alejándose sólo cuando tenía que rodear un largo pesebre metálico y lo que parecía una vieja pila llena de tierra y piedras. Se pilló la mano en algo mientras avanzaba despacio por la pared. Cogió aire y se limpió las gotas de sangre que manchaban la pernera húmeda del pantalón.

En la parte trasera de la casita había una mesa y sillas oxidadas. Una colección de pajareras. Un tendedero rotatorio que apenas sobresalía por encima de lo que parecía un metro de malas hierbas y cardos.

Thorne pegó la cara contra la ventana que sobresalía de la construcción.

Atisbaba platos y cacerolas sobre el escurridor, la pantalla digital del microondas. Se veía una línea de luz a ras de suelo que penetraba desde alguna parte del interior de la casa.

La puerta estaba abierta.

Pensó que Porter estaría esperando su llamada. Y en el teléfono que estaba en el asiento delantero del coche…

En los instantes que transcurrían mientras notaba cómo la manija de la puerta cedía y la empujaba, Thorne consideró todas aquellas ocasiones en que se había enfrentado a una decisión similar. Las ocasiones en que no había sabido qué hacer, si hacer lo sensato, o decir: «A la mierda, qué más da». Y, en casi todas las ocasiones, había elegido mal.

Empujó.

Entró en una cocina oscura. Se acercó a la puerta por donde entraba la luz y pegó la oreja. Aunque no pudiera oír voces, algo había en la calidad del silencio desde el otro lado de la puerta que le indicaba que había gente en la habitación de al lado.

Thorne esperó.

Cinco segundos… diez.

Entonces percibió una voz que había oído antes.

—Por el amor de Dios, deja de perder el tiempo y entra de una puta vez.

Thorne respondió a la invitación e hizo justo eso, despacio. Más despacio en cuanto vio lo que le esperaba. Paso a paso, mientras su mente

procesaba toda la información visual a ritmo vertiginoso, haciéndose preguntas:

¿Dónde está el chico?

Un hombre, una mujer, una cuerda, un cuchillo…

¿ Dónde coño está el chico?

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