Bajo tierra

Mark Billingham · Capítulo 6 de 44

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Bajo tierra

Amanda

Todo cambió en el momento en que Conrad le apuntó con una pistola por primera vez en aquella gasolinera de Tooting.

Sin duda el montaje había parecido real, y ella se había metido en su papel de rehén de forma convincente, así que no había habido ninguna necesidad de que Conrad se hubiera pasado tres pueblos tirándole de los pelos de esa manera, y presionando el cañón de la pistola de juguete con tanta fuerza sobre su sien. Más tarde, por la noche, después de contar el dinero y coger un colocón impresionante, ella le había leído la cartilla. Que sí, que obviamente había que parecer convincentes, pero ¡no eran jodidos actores profesionales! Por supuesto, él no había entendido lo que quería decir, de manera que se lo explicó en términos más sencillos hasta que se enteró. Se sintió arrepentido y disgustado, y encantado de escuchar de qué manera se podían hacer las cosas mejor la próxima vez.

Fue entonces cuando comprendió que ella era la que mandaba.

Lo único que había buscado en un primer momento era alguien capaz de enseñarle los dientes a un traficante al que le debía dinero. Conrad había conseguido hacerlo sin demasiados problemas, y simplemente habían continuado viéndose. Como puntos a su favor, él era aceptablemente guapo, sabía moverse por ahí y parecía a gusto cuando la mimaba. Se había devanado los sesos buscando formas de hacerse con pasta. Para pagar lo que ella necesitara. Ella se sentía emocionada y aliviada, feliz de haber encontrado a un hombre que cuidaría de ella de verdad, por primera vez desde que lo hiciera su padre. La idea de simular el robo la tuvo Conrad, pero desde entonces ella había pensado en todo.

Vara salirse uno con la suya, por supuesto, ayudaba mucho saber en qué pensaba la otra persona, si se podía prever hacia qué lado era más probable que diera el salto. A Conrad nunca se le había dado bien eso de simular, sentir una cosa cuando lo que realmente guardaba en su cabeza y en su corazón lo llevaba escrito por toda la cara. Le gustaba eso de él.

Siempre andaba con pies de plomo cuando estaba con hombres que sabían mentir mejor que ella.

Su padre tampoco había sabido mentir bien. No era capaz. Claro está, igual tenía una sórdida vida secreta de la que ni ella ni su madre tenían idea. Pudo haber frecuentado locales de chaperos, o haber tenido una larga lista de queridas —y teniendo en cuenta cómo iba su matrimonio, lo hubiera llegado a comprender perfectamente—, pero prefería imaginarlo tal como lo recordaba. Perfecto, hasta el día que se fue. Tan guapo como había sido el momento justo antes de romper el parabrisas de su Mercedes.

Al principio a Conrad no le había gustado mucho la idea de un secuestro. Había que convencerlo. Ella le había dicho que se trataba de dinero fácil, y sobre todo en cantidades muy superiores a las que podrían conseguir en cualquier tienda de Threshers o BP. Le prometió que después podrían empezar de nuevo en otro lugar, que se podría permitir el lujo de buscar ayuda de verdad y quizás desintoxicarse. Eso le había convencido; todas esas promesas, y las que también le hacía en la oscuridad con su cuerpecito tan flaco.

Y ahora estaba la cuestión del niño. Su rehén bebé, más grande de la cuenta.

El chico había respondido bien a las promesas, igual que cualquier hombre: que no le pasaría nada si se comportaba adecuadamente, que pronto estaría de vuelta en casa, que todo iba a ir bien.

Ella miró hacia donde él estaba durmiendo, tumbado, su cabeza apoyada sobre las manos que ella había atado con una venda por las muñecas. Se preguntaba si debería darle otra dosis para mantenerlo dormido o si dejar que se despertara para ver si ya había escarmentado. El cuchillo parecía haberle tranquilizado un poco, metiéndole miedo hasta convertirle en un buen chico. Como a la mayoría de los tíos a quienes

conocía, si las promesas no eran suficientes, las amenazas normalmente daban resultado.

Llegó a la conclusión de que era un chico guapo. No era fácil conocer su personalidad, dadas las circunstancias, pero parecía simpático. Ella pensó que probablemente rompería unos cuantos corazones, si alguna vez llegara a tener esa oportunidad.

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