Bajo tierra
Veintisiete
—Sabía que mentías.
—Peter…
—Eso de venir aquí sola —Lardner se ajustó las gafas con un nudillo—.
Lo sabía por la voz, más claro que el agua —se rió—. Quiero decir que ya la he escuchado mentir un montón de veces, ¿no? Tumbada a mi lado, desnuda, y diciéndole a su viejo que estaba liada con alguna reunión…
El zumbido dentro de la cabeza de Thorne se había ido apagando lo suficiente como para que pudiera formular una respuesta.
—Ha mentido a mucha gente —dijo.
Miró hacia el sillón protegido del polvo por una sábana, donde Maggie Mullen estaba sentada justo enfrente de él, debajo de una pequeña ventana.
No le devolvió la mirada a Thorne. Los ojos se movían constantemente, entre Lardner, y la puerta marrón adornada de paneles a un metro o dos de distancia.
Lardner estaba sentado en el suelo apoyado sobre un sofá cubierto, que había quedado a la derecha de Thorne cuando había entrado en el pequeño salón. Llevaba vaqueros y una camisa color caldera, y las piernas encogidas en el pecho. Dejaban caer las manos entre las rodillas, y en una de ellas llevaba un cuchillo de trinchar. La otra se agarraba con fuerza a un extremo de una cuerda, derecha y tirante, que desaparecía por la puerta debajo de la escalera.
El sótano. Tenía que ser.
Thorne hizo la pregunta, aunque la respuesta había llegado a ser horriblemente evidente nada más pisar la cocina.
—¿Dónde está el chico?
Se escuchó un ruido desde algún lugar debajo de ellos. La cuerda cambió de posición sobre las tablas del suelo pintadas de color blanco.
Luke Mullen seguía con vida.
Lardner se volvió hacia la puerta y gritó.
—Ya está bien, hijo, te dije que quería ver cómo la cuerda se mantenía tirante. Quédate ahí donde estás, y sube cuando yo te lo diga.
Maggie Mullen se echó hacia adelante en el sillón. Con los puños cerrados se agarraba a su jersey, pegando tirones.
—Por dios, Peter…
—Será mejor que te calles —dijo Lardner—. Hemos hablado de esto.
Parecía cansado, relajado. Miró otra vez a Thorne y puso los ojos en blanco, como si el otro hombre entendiera lo frustrante que resultaba todo aquello.
Thorne asintió tranquilamente, e intentó sonreír.
Lardner levantó la mano en la que llevaba el cuchillo y se la frotó por la coronilla. Lucía unos mechones despeinados de pelo oscuro y llevaba unos días sin afeitar.
—Estúpido —dijo Lardner—. Todo es tan estúpido, joder.
Una tabla crujió debajo de los pies de Thorne al cambiar de postura, y vio los ojos de Lardner que lo elegían como blanco en un segundo.
De relajado, nada…
—Deberías sentarte. —Con un gesto de la cabeza señaló un baúl de pino junto a la chimenea.
Thorne retrocedió hasta que sus gemelos tocaron el borde del baúl y se dejó caer despacio. Miró a su alrededor, como alguien que se planteara la posibilidad de alquilar la casa. El techo era de escayola con dibujos sofisticados, formando remolinos y salientes como la cobertura endurecida de azúcar glasé de un pastel. Había un pequeño cuadro de un paisaje en un marco laqueado, un barómetro de madera, una fila de libros de pasta dura sin sobrecubierta sobre estanterías a un lado de la puerta principal. En la chimenea, un ramo de flores secas sobresalía de un florero de piedra, cubierto de polvo.
—¿Por qué estamos aquí? —dijo Thorne.
Lardner parecía algo confuso.
—No recuerdo haber invitado a nadie.
—Sabes lo que quiero decir. ¿Qué hacemos aquí?
—Bueno, la pregunta es apropiada. Porque nada de esto tiene sentido, nada, pero realmente yo no soy la persona indicada para responder. —Tiró de la cuerda, quince centímetros… treinta, y se la enrolló por la muñeca—.
No quiero parecer infantil, de verdad que no, pero yo no fui quien empezó esto.
—Por dios, Peter. —De repente, por el tono de la voz, parecía que Maggie Mullen estaba enfadada—. A mí no me puedes echar la culpa de toda esta locura. Lo único que pretendía era poner fin a una relación. No hice nada malo.
Era como si no la hubiera oído.
—Ella cometió un error. Y supongo que desde ese momento todo se embarulló. Yo no me podía creer que quisiera hacerme tanto daño. Me convencí de que ella no sabía lo que hacía…
—Sí —dijo ella—. Lo sabía perfectamente.
—Perder a un padre o a una madre no es fácil, eso lo sabemos todos.
Puedes entender lo duro que es. —Miró a Thorne, buscando una reacción
—. ¿Verdad?
Thorne asintió.
El tono de Lardner parecía el de una charla normal, cualquier conversación.
—Hacer lo que hizo, cuando yo todavía estaba sufriendo por la pérdida de mi madre fue… un error. Así es como lo voy a llamar. Y es verdad, estaba desesperado, no me importa admitirlo, aunque no creo que eso me convierta en débil, o en menos hombre, o en lo que sea. No quería perderla, no quiero perderla, así que me agarré a ella como si me fuera en ello la vida. Fue entonces cuando ella empezó a hablar del asunto de Sarah Hanley, lo removió todo, hizo unas sugerencias estúpidas… y decidí que había que hacer algo.
—Solamente quería salir de esa relación —gritó Maggie Mullen—. La que estaba desesperada era yo.
Thorne miró la cuerda. El cuchillo. Tenía la sensación de que se le estiraba la piel por todo el cuerpo.
Lardner siguió hablando con Thorne, ignorando a la mujer que, por un motivo u otro, estaba detrás de aquella situación.
—En realidad debería haberme llevado al chico yo solo —dijo—. Pero era difícil, con el trabajo y todo eso. Me gasté todos mis ahorros en pagar a esos dos, eso sí lo digo. Quizás si hubiera vendido esta casa después de morirse mi madre…
Thorne conocía gran parte de lo que había sucedido, pero aún sentía curiosidad. Habían creído que la relación profesional de Neil Warren con Amanda Tickell era la conexión con Grant Freestone. Sin embargo, ahora Thorne recordaba lo que Roper había dicho sobre lo bien que se conocían Warren y Lardner.
—¿Neil Warren te presentó a la mujer?
Lardner sonrió.
—Neil es muy concienzudo —dijo—. Celebra reuniones de forma regular para algunos de sus antiguos pacientes, aunque la mayoría de ellos haya vuelto a tomar heroína, o cocaína, o alcohol, o lo que sea. Les da algo de comer, habla de Dios, ese tipo de cosas. Todo muy divertido…
La cuerda estaba deshilachada y sucia, y por su aspecto parecía una vieja cuerda de remolque. Thorne intentó no pensar en el chico que estaba en la otra punta. En el estado en que se encontraba.
—Conocí a Amanda y a su novio en una de las fiestas de Neil —dijo Lardner—. Y cuando buscaba la mejor forma de raptar al niño, supe que ella lo llevaba dentro, que era capaz. Siempre estaba desesperada por conseguir dinero.
El cuchillo se balanceaba despacio, la empuñadura entre el pulgar y el dedo índice de Lardner. Parecía como si perteneciera al mismo juego de cuchillos que había utilizado para matar a Allen y Tickell.
—¿Por qué tuvo que morir alguien? —preguntó.
—No voy a decir que me pareciera una buena idea en aquel momento, porque sería poco serio, y de hecho me pareció una idea muy mala. No pretendo ser irrespetuoso, y siento lo de Kathleen, pero como en el caso de los otros dos, no podía hacer otra cosa. —Por primera vez en unos minutos, miró a Maggie Mullen—. Mags me iba diciendo lo que tenía que hacer…
Maggie Mullen por poco dio un salto desde el sillón.
—¿Qué?
—Había sugerencias —dijo Lardner—. Hablamos por teléfono, hablamos en secreto… y cuando me contó lo que hacía la policía, lo de Freestone y eso…
—Quería que lo dejases, que te dieras cuenta de que no tenía ningún sentido.
—Sabía que realmente me estaba diciendo que hiciera algunas cosas.
Que me protegiera.
—¡No!
Hubo un atisbo de sonrisa agradable.
—Entonces supe que sus sentimientos por mí eran tan fuertes como siempre.
—Se te ha ido la olla, Peter. —Evidentemente, ya se había dado cuenta; sin embargo allí, al verlo en persona, la impresión y la tristeza se hacían evidentes en la cara de Maggie Mullen—. Has perdido los papeles por completo…
Lardner miró a Thorne; se encogió de hombros y sonrió. Tiró de la cuerda para enrollar otros quince centímetros o así.
Se oyó un ruido sordo desde el sótano. Un zapato contra la escalera de madera.
—Suelta al chico —dijo Thorne—. Me quedo yo.
Lardner le miró.
—Nos quedaremos los dos. Pero podrías dejar que Luke se fuera de aquí.
Otro tirón, y más cuerda para recoger. Otro ruido sordo detrás de la puerta, y una voz indistinguible pero que claramente revelaba dolor.
Un sonido igual de doloroso salió de Maggie Mullen. Balbuceó «por favor» y «no», y luego dejó caer la cabeza hacia delante, hasta que la voz quedó amortiguada por las rodillas, y el terrible sonido de su súplica se convirtió en algo parecido a un gruñido animal.
Lardner se volvió y miró fijamente a la mujer a la que decía amar, como si algo más, algo que él no entendía, fuera responsable de su dolor.
Ella levantó la cabeza. Aguantó la respiración e indagó en la expresión de su cara.
Thorne no quitaba la vista de Lardner. Se preguntaba hasta qué punto tenía realmente puesta su atención en aquella mujer.
Miró brevemente el cuchillo en la mano izquierda del hombre. ¿Sería Lardner zurdo?
Thorne tanteó la posibilidad de mover ficha, pero no hizo nada.
—Vale… Venga ya.
Y en cuanto Lardner se puso de pie y empezó a tirar de la cuerda para recogerla, ya estaban los tres de pie: Lardner arrastrando la cuerda hacia sí con una mano, girando rápido el brazo para enrollarla entre el codo y el puño, mientras que la otra mano seguía apuntando con el cuchillo de cocina. Lo único que podían hacer Thorne y Maggie Mullen era mirar fijamente esperanzados —atemorizados— la pequeña puerta marrón.
El silencio entre los ruidos sordos y los crujidos de pies sobre la escalera parecían manos tapando las orejas de Thorne, y seguía teniendo la sensación de que la piel se le iba encogiendo. Sentía como si apretara todos los huesos. Se imaginaba la presión aumentando sobre los músculos y las capas de grasa mientras se exprimían; la sangre corriendo, buscando la forma más fácil de salir al exterior rompiendo la carne que se estiraba y se hacía cada vez más fina. Por un momento extraño y sin guardar conexión con todo lo demás sintió cómo se acumulaba, a punto de manar por la pequeña herida de su mano, y apretó la palma de la mano con fuerza contra un costado de la pierna.
La cuerda ya estaba levantada en alto, y tirante.
El ruido sobre la escalera se volvía cada vez más fuerte…
Maggie Mullen tenía los dedos de ambas manos delante de su cara.
Antes las había aplastado, apretando fuertemente contra su boca, esperando que la puerta del sótano se abriera de repente con un empujón, la puerta chocando contra la pared. Por fin entró su hijo dando traspiés.
Dio un grito cuando vio que su cara había desaparecido.
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