Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 11 de 54

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Bandido

Segunda Parte

 

1

 

Mamá está en la ventana de la cocina fumando un cigarrillo. En el fregadero están los platos sucios de la cena. Ola lee un libro, Anka hace los deberes, Robert y yo jugamos al rummikub. La cocina está silenciosa, cada cual está ensimismado en sus cosas. Desde la entrada se oye el ruido de la puerta al cerrarse seguido de los pasos subiendo la escalera lentamente. Mi hermano se queda rígido, mamá mira hacia la puerta, preocupada, Anka y Ola terminan lo que tienen entre manos y escuchan. Yo también atiendo al ruido de las pisadas, pero cuanto más se acercan más evidente es que no son las de papá. Así que podemos continuar con lo que estábamos haciendo, aunque tenemos claro que, cuanto más tarde llegue, más borracho estará, y sólo nos queda confiar en que lo esté tanto que termine por derrumbarse en la calle o quedarse dormido en casa de algún amigote.

Mamá apaga el cigarrillo y se pone a fregar los platos. Aunque es la tarea de mi hermana, esta noche ha insistido en hacerlo ella. Friega unos cuantos platos, se detiene, se seca las manos, enciende otro cigarrillo y mira de nuevo por la ventana. Papá ha salido muy enojado por la mañana, maldiciéndonos a todos: «¡Vaya familia de mierda!», ha dicho antes de salir dando un portazo, aunque no hayamos hecho nada que pudiera molestarlo.

Por la ventana abierta nos llegan de la calle gritos, peleas entre borrachos, y de la esquina de al lado o del edificio de enfrente unos chillidos de mujer que se interrumpen de golpe. Ruido de cristales rotos o de una botella, de la ventanilla de un coche o de una farola. Un borracho arrastra los pies e insulta a gritos a los vecinos del barrio. Aquí en Breslavia los ruidos que se oyen por la noche son completamente distintos a los del pueblo, aquí reinan las voces violentas, brutales, de los seres humanos.

Llegamos a Breslavia en un camión viejo y desvencijado. Era un día claro de otoño. El conductor y un mozo de cuerda habían quitado la lona de la parte trasera y mi hermano y yo estábamos sentados al descubierto, al aire libre, entre las cajas y los muebles. El camión avanzaba despacio. De vez en cuando se ahogaba, jadeaba y soltaba un humo negro. Cuanto más nos acercábamos a Breslavia, menos bosques había, hasta que terminaron desapareciendo por completo. Gigantescos almacenes, campos llenos de chatarra y muchas fábricas en ruinas a causa de los bombardeos de la guerra sustituían los campos de cultivo. Entre ellos surgían viviendas cubiertas de hollín, cada vez más numerosas, y después de cruzar un largo puente desembocamos directamente en el bullicio de la ciudad. Cruzamos amplias calles entre edificios de una altura que jamás habíamos visto.

Finalmente llegamos a la calle Nowowiecka, la arteria principal de nuestro barrio dejado de la mano de Dios. Tranvías desvencijados se deslizaban en silencio por los rieles metálicos a lo largo del pavimento. El camión enfiló la calle Gromski, avanzó unos centenares de metros y se detuvo. A ambos lados de la calle se levantaban edificios viejos de cuatro pisos que habían sobrevivido a la guerra y que probablemente antes habían sido lujosos. Las fachadas estaban decoradas con piedra esculpida, que la guerra y el tiempo habían borrado, resquebrajado, desmenuzado, ennegrecido, agrietado y llenado de cicatrices que nadie se había molestado en arreglar.

El conductor y el mozo de cuerda se apresuraron a descargar el camión. Robert y yo bajamos a la acera tan desconcertados por la calle lóbrega como por la apariencia pobre y miserable de los transeúntes, que nos ignoraban. Un grupo de niños se acercó a nuestros bultos apilados en la acera, pero el conductor, gritando y maldiciendo, los echó de allí.

—Estad atentos —nos dijo a Robert y a mí—, los pierdes de vista un instante y te roban delante de las narices.

Entonces no sabíamos que pronto seríamos exactamente como ellos.

Una mujer ebria que parecía recién levantada de la cama salió del edificio y se acercó a nosotros con pasos torpes, pese a sus esfuerzos por parecer sobria, y se dirigió a mamá.

—Hola, señora —dijo—, ¿son ustedes los nuevos vecinos?

—Sí —respondió mamá—, viviremos en el segundo piso.

—Fenomenal —dijo la mujer—, efectivamente me han dicho que ha quedado libre una habitación.

—Mucho gusto —dijo mamá alargándole la mano—, soy Ewa.

Intentó presentarnos a nosotros también, pero la mujer la interrumpió para preguntarle si podía dejarle cien eslotis sólo hasta la mañana siguiente. Mamá vaciló unos instantes pero terminó sacando el billetero del bolso y dándole el dinero, que la mujer le agradeció precipitadamente antes de desaparecer en el edificio.

El piso al que acabábamos de mudarnos constaba de un vestíbulo, tres dormitorios, cocina, váter y ducha. En la primera habitación vivía una pareja de ancianos a los que enseguida llamaríamos abuelo y abuela; en la segunda, unos padres con una hija adolescente, y en la tercera, nosotros. Papá se reunió con nosotros al cabo de unos días. Irrumpió salvajemente, sucio, con la mano envuelta en un pañuelo sangriento.

—¡Stefan! —gritó mamá corriendo a su encuentro.

Papá, nervioso, se la sacudió de encima a empujones.

—Baja a la calle y llama a la policía, tres bandidos hijos de puta han tratado de robarme.

—¿Dónde están? —preguntó mamá.

—Los he metido en el sótano.

Corrimos escaleras abajo. Como no nos atrevimos a bajar al sótano, esperamos en la calle a que llegara la policía. Papá se reunió con nosotros al cabo de un rato con la mano herida vendada con un pañuelo nuevo que también empezaba a estar empapado de sangre. En la otra mano tenía una botella de vodka a la que daba grandes tragos. Nos acercamos a él, pero se apartó de nosotros y se apoyó en la pared del edificio. Muy pronto nos rodearon vecinos y transeúntes intentando averiguar qué ocurría.

—Los hijos de puta querían robarme —les contó papá—, incluso sacaron los cuchillos. Mientras trataba de desarmarlos uno de ellos ha logrado sorprenderme por un lado y el malnacido me ha pinchado, por eso le he partido la cara. —Y echando otro trago de la botella añadió—: Los he metido en el sótano y los he atado con un saco que he encontrado… Hijos de puta.

Cuando por fin llegó el coche de la policía, dos policías forzudos se acercaron a papá y él los miró de arriba abajo.

—¿Habéis venido a por los despojos? —preguntó, y los condujo a la puerta del sótano, que abrió con gesto teatral—. Por favor, señor policía, adelante —dijo escupiendo en el suelo.

Salieron llevando a tres hombres heridos que a duras penas se tenían en pie: les había atado las manos a la espalda con pedazos de saco, y dejado la ropa hecha jirones y la cara destrozada. Papá ni siquiera los miró, había subido a nuestra habitación. Y en cuanto la policía se hubo ido nosotros lo seguimos. Esa misma noche se propagó el rumor de que con Stefan Zagorski no se jugaba.

Unos gritos espantosos llegan de la calle: palabrotas, silencio, carreras y risas de un grupo de muchachos que se alejan.

—Gamberros —dice mamá siguiéndoles con la mirada desde la ventana. Apaga el cigarrillo, mira el fregadero donde todavía están los platos sucios y, sin mediar palabra, sale de la cocina y se encierra en la habitación. Anka deja la libreta y comienza a fregar los platos. Robert vuelve a ganarme a las cartas con una jugada increíble.

—¡Has hecho trampa! —grito.

—Pues precisamente esta vez no.

—¿Cómo que «esta vez»? —pregunta Ola—, ¿quieres decir que otras veces sí?

—¡Tú no te metas, idiota! —grita Robert—. No estoy jugando contigo.

—¡Idiota lo serás tú! Cuidadito con lo que dices o te va a caer una buena —dice blandiendo su libro como si fuera a tirárselo a la cabeza.

Robert calla y guarda las cartas.

—¿Otra partida? —pregunta.

—No, ya estoy harto de que me hagas trampas.

Se oye de nuevo ruido de pasos en la escalera. Guardamos silencio otra vez mirando hacia la puerta. Los pasos se acercan pero tampoco es papá. Pasan frente a nuestra puerta y se detienen en la de enfrente. Unos golpes y esta se abre chirriando.

—¡Marian! —grita contenta la vecina, la señora Lipska.

—Ha venido de visita —dice Anka, emocionada, en voz baja.

«El capitán Marian Lipski, de la flota del ejército polaco, es vecino nuestro», solía decir yo con orgullo, aunque no era el único: mi hermano y mis hermanas lo decían también. «Y Roman Serpin, campeón de Polonia de pesos pluma, vive también en nuestro edificio, en el tercer piso», añadía, pero tampoco era el único: mi hermano y mis hermanas también, y mamá y las vecinas.

De vez en cuando veíamos a Roman en los combates de boxeo televisados, aunque entre combate y combate estaba casi siempre borracho. Hablaba con dificultad porque tenía el labio leporino y aun estando sobrio era difícil entenderle. Una de las pocas personas que lo conseguía, pese a ser dura de oído, era su mujer Jolanta.

Roman y papá se respetaban mutuamente porque ambos valoraban a los que sabían luchar y la fama de papá como alguien con quien era mejor no meterse aterrorizaba incluso a Roman. Una noche, borracho, Roman intentó agredir a Jolanta, que huyó de su casa y llamó inquieta a nuestra puerta. Se quedó en la entrada, asustada, y mamá se apresuró a hacerla pasar y cerrar la puerta con llave. Al oír todo aquel jaleo yo salí de la cocina y papá del baño para ver qué pasaba. Llegamos a la entrada en el instante preciso que se produjo un golpe tremendo y la puerta, arrancada de sus goznes, cayó entre nosotros. Allí estaba Roman, que había subido corriendo las escaleras persiguiendo a su mujer y aprovechó el impulso para asestar una fuerte patada a nuestra puerta con furia, pero cuando se encontró frente a papá le cambió por completo la expresión, como si se le hubiera pasado de golpe la borrachera.

«Señor Stefan —dijo educadamente, vocalizando incluso—, ¿por casualidad está mi mujer en su casa?».

Y así fue como, en vez de arrear una paliza a Jolanta, Roman tuvo que arreglar la puerta sin discutir, porque sabía que a su vecino del piso de arriba le gustaba repartir bofetadas y no le daba miedo recibir.

Mi padre la liaba a menudo en los bares cuando estaba achispado y creía que ya había aguantado más tonterías de la cuenta: podía hacer volcar las mesas, romper botellas y sillas, pero ni siquiera los dueños se atrevían a prohibirle la entrada en sus establecimientos. Una de las aficiones de papá era charlar en el bar con desconocidos, estar de acuerdo con ellos hasta que de pronto, al poco rato, cambiaba de opinión y defendía lo contrario sólo para iniciar una discusión que terminaría a puñetazos. Papá no vacilaba en golpear a cualquiera, incluso a sus amigos, tanto si eran más altos y fuertes que él como si estaban en clara desventaja. Uno de los personajes conocido en los bares del barrio era Jacek, un borrachín que tenía por costumbre robarles a los clientes el vaso de vodka antes de que se lo pudieran tomar. Era tan desgraciado que todos lo compadecían y se limitaban a tener cuidado de sus bebidas. Todos salvo mi padre. Durante días esperó pacientemente a que Jacek cometiera el error de arrebatarle su vaso de vodka, y cuando finalmente lo hizo papá le propinó tal puñetazo que le partió el vaso en las narices. Jacek pasó la noche en el hospital y, al contrario de otras veces que papá había pegado a alguien, en esa ocasión no me sentí orgulloso de él.

«Le he dado una lección —adujo papá en defensa propia—, desde ahora ese hijo de puta no robará el vodka a nadie más».

Si regresaba magullado y sangrando, por lo general nos dejaba en paz. Iba hacia el fregadero de la cocina, se lavaba la cara y las manos y se sentaba a la mesa.

—Papá, tienes la cama preparada —le decía para que fuera a dormir, pero a menudo me miraba con los ojos vidriosos del borracho.

—Déjame en paz —gruñía, y se quedaba embobado mirando el suelo un buen rato hasta que se le empezaban a cerrar los ojos y la cabeza le caía hacia delante o hacia atrás, suspiraba, se levantaba y con paso vacilante iba al dormitorio, se desplomaba en la cama y se quedaba dormido.

 

Aún no ha regresado. Mi hermano me anima a echar otra partida, pero no me dejo embaucar.

—Estoy harto de perder —protesto poniéndome de pie.

—¿Quieres que miremos juntos un libro? —me pregunta Anka, que ya ha terminado de fregar los platos—. Escoge uno.

Contento, voy a toda prisa a la gran librería que quedó en la casa de cuando vivía allí una familia alemana.

Hasta la guerra, Breslavia había formado parte de Alemania, y papá nos contó que cuando estaba a punto de terminar los bolcheviques aniquilaron a toda la población alemana y entregaron la ciudad a los polacos. Mamá sostenía que la mayoría de los alemanes huyeron o fueron expulsados, no asesinados.

—La prueba es que hoy en día aún viven algunos alemanes en la ciudad —decía.

—Lástima —replicaba papá—, los deberían haber liquidado a todos.

Sea como fuere, los antiguos dueños alemanes de nuestra casa habían dejado allí muebles y otros objetos, entre ellos los libros de la magnífica biblioteca. Todos estaban en alemán, pero había algunos con ilustraciones y fotos.

Se suma mi hermano y, sin vacilar, escogemos el libro que más nos gusta, el que tiene fotos de la Primera Guerra Mundial. En él se ven soldados alemanes hundidos en el fango avanzando entre los cráteres producidos por las explosiones y los troncos calcinados; cuerpos a horcajadas sobre los alambres de espino; cadáveres al borde de las trincheras, o arrojados al interior, junto a soldados heridos a las puertas de la muerte o esperando que los transportaran a hospitales improvisados en los que hay soldados amputados y otros vendados de pies a cabeza, todos ellos ordenados en hileras de camas, asistidos por enfermeras vestidas de blanco que los miran con lástima o admiración, igual que las masas de ciudadanos habían mirado, desde ambas aceras de la avenida principal, la marcha de los valientes soldados en hileras hacia el frente, hacia los cráteres de las explosiones, hacia los troncos calcinados, hacia los alambres de espino, hacia el fango en el que terminarían cayendo.

Nos sentamos los tres a la mesa de la cocina y examinamos con atención una imagen tras otra. Mi hermano y yo esperamos las habituales exclamaciones de terror de Anka.

—Si tanto os impresiona, ¿por qué lo miráis? —pregunta Ola con desdén.

Y nosotros, para que no nos agüe la fiesta, abandonamos la cocina y vamos a la habitación donde mamá está leyendo. Nos sentamos en la cama mía y de Robert y seguimos contemplando las fotos del libro.

—La Segunda Guerra Mundial fue aún peor —explica Anka—, lo estudiamos en la escuela.

—¿Peor que esto? —pregunto emocionado.

—¡Papá luchó en la Segunda Guerra Mundial! —nos informa Robert.

—¿Es verdad, mamá? —pregunta Anka.

Pero mamá no responde.

—¡¡¡Sí!!! —grito entusiasmado—. Seguro que papá se cargó a los alemanes igual que se carga a todos los que le molestan.

—Ya basta, Tadek —me corta mamá, y me callo.

Mis hermanos me miran. Se oye el ruido de una puerta al abrirse. No es la de la entrada. Seguro que es el viejo a quien llamamos abuelo que ha salido de su habitación para ir al lavabo o a la cocina. Miramos de nuevo el libro, pero ya no nos apetece mirar fotos de guerra.

—¿Por qué no traes otro libro? —propone Anka.

Me levanto, voy a la librería del vestíbulo y cojo un libro de cuentos de los hermanos Grimm. Miramos las ilustraciones, pero en realidad no estamos demasiado concentrados. Aguzamos el oído para escuchar los ruidos provenientes de la ventana o de la escalera esperando inquietos a papá, que tarda en regresar.

A Anka le cuesta disimular su nerviosismo: se levanta, se acerca al gramófono que trajo papá una noche y pone un disco del montón que trajo otra noche. La música nos calma. ¿Y si papá no viene esta noche? ¿Y si desaparece unos cuantos días sin avisar, como ya ha hecho otras veces? Cuando regresaba borracho y de mal humor, nos insultaba, rompía la vajilla en la cocina, volcaba los muebles, se quitaba el cinturón y nos vapuleaba sin piedad. Papá pegaba fuerte, sobre todo a mi hermano. Lo agarraba y lo azotaba con el cinturón una y otra vez, aunque Robert se echara al suelo y, sujetándose el pantalón, le suplicase llorando:

—¡Papá, para, te quiero!

Pero sus súplicas no le causaban ninguna impresión.

—¡Bastardo asqueroso! —gritaba mientras seguía azotándolo hasta que Robert se desplomaba, casi inconsciente.

—¡Déjalo de una vez! —gritaba mamá corriendo hacia Robert, pero papá la empujaba contra la pared y mamá rodaba por el suelo.

—¡Pedazo de borracho de mierda! —chillaba Ola.

Nunca le había dado miedo enfrentarse a papá, aun cuando ello le costara un bofetón. Papá saltaba por encima de la cama para pillarla, pero Ola lograba zafarse de sus manos huyendo con rapidez. Por el camino tropezaba con Anka, que sollozaba en un rincón, aunque papá jamás le había puesto la mano encima debido a su fragilidad: bastaba alzarle la voz para que se echase a llorar.

Mi hermano aprovechaba para ponerse en pie.

—¡Fuera de casa! —gritaba papá, y nos echaba a todos a patadas. Salíamos al rellano. Mis hermanas ya estaban allí y corrían a abrazarnos a Robert y a mí. Por lo general, Ola se quedaba al margen. Los demás fumábamos cigarrillos en silencio, suponiendo que papá nos había echado para pegar una paliza a mamá, aunque no sabíamos qué ocurría exactamente al otro lado de la pared. Ella recibía los golpes en silencio para que no la oyeran sus hijos ni los vecinos, como si esos golpes formaran parte de una intimidad que era mejor no compartir con nadie. Cuando por fin nos hacía entrar en casa no nos decía palabra y nosotros corríamos a la cama. Papá ya dormía profundamente.

 

Como la música del gramófono cubre el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse de golpe, transcurren unos instantes hasta que descubrimos a papá en la puerta. No maldice ni grita, no golpea ni rompe nada. Sólo nos mira con tristeza y al cabo de un momento nos pide que quitemos la música.

Mamá nos indica con gestos que le obedezcamos, y como Anka y Robert se han quedado en la cama, yo levanto la aguja del disco y, con cuidado, dejo el brazo en su lugar.

—Venid, hijos —dice papá dirigiéndose a la cocina.

Nos miramos y lo seguimos. Ola está sentada a la mesa, leyendo su libro con ostentación. Papá se queda de pie junto a ella. Nosotros esperamos en la puerta de la cocina, con los ojos bajos, y mamá aparece por detrás.

—Sentaos —nos dice papá con calma.

Nos sentamos a la mesa, uno a cada lado de Ola. Mamá se queda donde estaba y mira a papá, asustada. Este toma el libro que está leyendo Ola y lo deja junto al fregadero. Acto seguido camina balanceándose hasta el otro lado de la mesa y se queda un rato en silencio.

—Quisiera explicaros algo sobre la guerra —dice de repente con voz grave—, quisiera explicaros algo sobre los hijos de puta alemanes. Tenéis que saberlo, tenéis que saber que las personas son unas malditas bestias salvajes. Quisiera hablaros del lugar de mierda donde estuve pudriéndome dos años: Majdanek.

—Basta, Stefan —dice mamá.

—¡No te metas! —grita—. Tienen que saber a qué mundo de mierda los has traído. Lo tienen que saber para que nadie los joda como intentaron joder a su padre.

Se calla, le cuesta mantenerse sereno y rompe a llorar.

—Quería contaros algo de Majdanek…, algo de Majdanek. De mi amigo Antoni, era un hombre magnífico Antoni…

Tiene un nudo en la garganta que le impide hablar. Intenta dominarse, pero pronto se echa a sollozar. Nosotros no nos atrevemos a levantarnos de la mesa ni a decir nada, nos limitamos a mirarlo, de pie frente a nosotros, llorando. Finalmente se da la vuelta, sale de la cocina, va al dormitorio y cierra la puerta.