Bandido
Capítulo 8
Por la tarde bajé al bar de la pensión. Era una estancia no muy grande, iluminada por un brillante fluorescente, con mesas, sillas y una barra corta tras la cual se encontraba una estantería para las copas. En la pared de enfrente, un pequeño televisor en blanco y negro emitía sin voz el noticiario polaco. Fuera ya habían dado el toque de queda y dentro apenas había nadie, sólo una pareja mayor, él tomando vodka y ella un té, un hombre solo fumando y tres hombres borrachos, en el centro de cuya mesa había una botella de vodka, hablando a gritos con gestos exagerados y carcajeándose ruidosamente de vez en cuando.
Conocía demasiado bien esa exagerada manera de gesticular con los brazos, los movimientos descontrolados y las repentinas carcajadas.
Durante más de veinte años me había ahorrado esa forma de hablar pastosa y los rostros encarnados, sonrientes, y que en un instante podían llenarse de un odio despiadado. Borrachos como esos nunca los había visto en Israel.
Me senté a una mesa libre. En la pantalla vi el rostro serio del presentador del noticiero al que no se escuchaba. De pronto, un hombre de cincuenta años o más se había plantado delante de mí con una botella de vodka en la mano.
«Buenas tardes, señor», dijo colocando sobre la mesa un vaso de cristal que llenó de vodka de la botella, tras lo cual regresó a su sitio, detrás de la barra. Di un trago al vodka, agradable y barato. Las risotadas de los tres borrachos subieron de tono y llenaron la estancia igual que llenaban cada noche la escalera de nuestra casa en Breslavia. Allí, en el piso de arriba, vivía una pobre señora con sus dos hijos bravucones y alcohólicos, que solían ir acompañados de su amigo, un hombrecillo violento. A veces nos llegaban gritos mezclados con ruido de destrozos y patadas que hacían temblar el techo, aunque alborotos de esa clase se oían en todos los edificios del barrio. Por ejemplo, por la calle entera resonaban los gritos que salían de la planta baja del edificio de enfrente. La pareja que vivía allí tenía por costumbre emborracharse, zurrarse, lanzar objetos, y cada vez que uno de los vecinos avisaba a la policía, la mujer no dejaba que se llevasen al marido en el coche patrulla porque sabía que a la vuelta la golpearía mucho más.
Su hija pequeña, Joanna, iba a mi clase y la consideraban una de las niñas más pobres en un colegio donde la mayor parte de los niños lo eran. Podíamos saber quién era realmente pobre por los cupones de comida que se repartían con avaricia en la cantina, destinados sólo a los niños cuyos padres no tenían ni para prepararles un bocadillo. Nosotros solíamos tener pan en casa y papá estaba orgulloso de ello. «Mirad a los vecinos —nos decía—, cierran el pan bajo llave, incluso el panadero. Y nosotros, además de tener pan y no cerrarlo bajo llave, ¡tenemos algo con que untarlo!». Sobre todo margarina y, raras veces, mantequilla que la abuela preparaba en el pueblo y nos traía cuando venía a visitarnos. También nos traía huevos, queso y patatas. A veces carne ahumada si había matado un cerdo. Pero normalmente nos conformábamos con una rebanada untada con margarina y azúcar. Y como ni mamá ni papá nos preparaban bocadillos para el colegio, también yo habría tenido derecho a los cupones de la cantina, pero me negaba a utilizarlos.
A veces me preparaba un bocadillo alguna de mis hermanas, o yo mismo, y cuando en casa no había pan robaba sellos de la colección de papá y los cambiaba en el recreo por bocadillos. No era cuestión de admitir en público que éramos pobres, y si alguien me lo preguntaba le hacía saber de inmediato que nosotros teníamos piano en casa. En cambio, Joanna no tenía más opción que utilizar los cupones para comer. A lo mejor no le importaba, porque de todos modos su vida era ya bastante jodida. Desde el balcón la veíamos a ella y a sus hermanitos en la calle cuando sus padres los echaban de casa para poder beber a gusto. Se sentaban en las escaleras de la entrada, ya fuera de noche o invierno, temblando de frío. Alguna vez su abuela, también borracha, salía y les daba una botella de vodka vacía: «Jugad, niños, jugad», y volvía a meterse en casa.
Una noche oímos de nuevo a los dos hermanos bravucones y a su amigo subir pesadamente escaleras arriba. Al llegar a casa y darse cuenta de que su madre no les tenía la cena a punto, empezaron a alborotar más de la cuenta. Rompieron muebles, mesas y todas las ventanas, arrojaron cuencos, platos, vasos, cacerolas, sartenes, sillas, arrancaron puertas de armario. A continuación, bajaron por las escaleras soltando tacos a gritos, golpeando las puertas. Como siempre estaban demasiado bebidos para reparar los desperfectos y la madre no disponía de dinero para pagar a los operarios, el apartamento quedó en aquel estado durante meses, mientras el hielo del invierno polaco se enseñoreaba de todas las habitaciones.
El camarero volvió a presentarse ante mí y me preguntó si quería otra ronda de vodka. Asentí, me sirvió generosamente y regresó a la barra. En el televisor mudo, pese a que la imagen parpadeaba, podía verse una marcha militar por las calles de Moscú, y mientras tanto los tres borrachos contaban chistes verdes a voz en cuello, retorciéndose de la risa y golpeando la mesa. Dos hombres más entraron en el bar, se sentaron a una mesa y empezaron a beber. La pareja mayor se levantó y se marchó. La luz del fluorescente era demasiado blanca, el vodka estaba demasiado tibio y el ruido de los borrachos me ensordecía, y de repente oí la voz de papá diciéndome, cuando era niño: «Si te molestan levántate, ve hacia los hijos de puta, vuelca la mesa donde estén y arrójasela encima. Primero rómpele la jeta al mierdas que tengas más cerca, después le das un puñetazo al segundo y acto seguido le estampas la botella de vodka en la cabeza al tercero. El primero que ataca siempre tiene las de ganar. Incluso si el que tienes delante te dobla en tamaño o son tres contra uno, si no dudas, ganarás. Pero ojo, un solo instante de vacilación basta para perder la ventaja y entonces te harán pedazos». En aquella época a papá no le bastaba dar consejos teóricos. Un día que llegó borracho a casa en compañía de Roman, el boxeador que vivía arriba, nos llamó a mi hermano y a mí a la cocina. Llevaba un par de guantes de boxeo pequeños y Roman los suyos.
—Hijos —anunció papá—, la fiesta ha terminado, desde hoy empezaréis a ser hombres. Roman os impartirá clases de boxeo dos días por semana. No quiero que mis hijos sean unos gallinas.
Roman, que también estaba borracho y a duras penas se tenía en pie, retiró con papá la mesa de la cocina, se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla. Acto seguido, se quitó también la camisa, la dobló, la dejó en el asiento y se quedó en camiseta. Se puso los guantes y se colocó en medio de la cocina.
—¿Quién será el primero? —gritó papá, satisfecho, sentado en una silla.
Robert me empujó hacia delante, y como me resistía me susurró:
—Tú primero, idiota, si no te vas a enterar.
Me acerqué a papá. Me sonrió, me golpeó la espalda y me entregó los guantes pequeños.
Roman empezó a hablar mientras agitaba los puños. A causa del labio leporino y de que estaba completamente borracho, las palabras se pegaban unas a otras y apenas se entendía nada de lo que decía. Se quedó un momento quieto, con la pierna izquierda adelantada y las manos a la altura de la cara, la derecha más cerca del adversario, lista para golpear. Como me explicó, esa era la posición de salida:
—Cada vez que te prepares para vapulear a cualquier desgraciado que se te plante debes colocarte en esta posición.
—¡Pega algún puñetazo! —gritaba papá, entusiasmado—, que vean a un artista en acción.
Roman comenzó a golpear y a dar saltos de derecha a izquierda. Golpeaba fuerte, rápidamente, rasgando el aire con un ruido audible. Los saltos no le salieron tan bien, a punto estuvo de perder el equilibrio. Al cabo de un momento, cuando se plantó ante mí, levanté en el aire mis guantecitos y agité mis puños en todas direcciones, en el vacío. Papá y Robert se morían de risa y Roman, que se había tomado en serio su papel, me agarró y me enseñó cómo debía colocarme en posición de salida:
—Tienes que mirar siempre al hijo de puta que tienes enfrente, debes mirarlo a los ojos, nunca mires los guantes, porque con los guantes te pueden engañar. En cambio los ojos son siempre fiables, anuncian el próximo golpe. —Y luego, adoptando él mismo la posición de combate, añadió—: No tengas miedo, no te pegaré de veras, sólo haré ver que te golpeo.
Durante estas clases Roman nos atizaba a mí y a mi hermano unos puñetazos inclementes. Después de cada entreno estábamos llenos de moratones y nos dolían todos los huesos. Nunca conseguía mirarlo a los ojos, la vista se me iba a los puños justo antes de recibir el golpe en plena cara. Por suerte, después de algunos dolorosos entrenos, Roman desapareció. Como siempre antes de cada campeonato internacional importante, sus entrenadores lo encerraron un mes entero en la habitación de un hotel. Cuando llegó la fecha de la competición, nosotros teníamos ya televisión en casa. La había traído papá después de una larga desaparición, y desde entonces, si alguien en la escuela decía que mi familia era pobre, yo proclamaba que, además de piano, teníamos televisor.
Los combates internacionales más importantes de boxeo los retransmitían en la televisión, y Robert y yo los mirábamos con papá. Papá solía entusiasmarse y lanzar puñetazos al aire, y nosotros, como dos boxeadores expertos, nos uníamos al instante a él. A Roman sólo llegamos a verlo en un combate. Lo retransmitieron por la noche y nos pasamos todo el día esperándolo. En honor a la ocasión vinieron también mamá y mis hermanas, la familia al completo se sentó para verlo. Pero en cuanto Roman subió al ring, papá se dio cuenta de que algo iba mal.
—Ha bebido —dijo—, el hijo de puta ha bebido.
—Imposible —replicó mamá—, ha estado un mes realizando una cura con sales, me lo ha dicho Jolanta.
—Es posible que la haya hecho, pero este imbécil ha bebido antes de la competición.
Empezó el combate. Roman se derrumbó enseguida en el ring, quedó fuera de combate, KO. Fue el final de una gloriosa carrera de boxeo y jamás nos volvió a entrenar.
Pero yo, fiel discípulo, bajaba a la calle a buscar pelea. Para empezar, buscaba un niño más o menos de mi tamaño y lo provocaba. Cuando terminaba con él buscaba otro un poco mayor que yo y también lo ganaba por KO, luego buscaba a otro aún mayor hasta que traspasaba el límite y volvía a casa con la nariz sangrando, un labio partido o un ojo morado. «¿Quién te ha hecho esto?», preguntaba Robert, y bajaba a la calle para vengarme.
Las peleas en la calle tenían unas leyes muy claras, como las de boxeo: cuando el adversario caía al suelo estaba prohibido pegarle, había que esperar a que se pusiera de pie. No por ello eran menos despiadadas, los niños se vapuleaban hasta desmoronarse, siempre respetando las normas: podías matar a tu contrincante siempre que este se mantuviese en pie.
Lo peor, sin embargo, era lo que llamábamos lucha de gladiadores: los mayores cogían a los pequeños, formaban un círculo a su alrededor y los obligaban a golpearse a puñetazos hasta que alguno perdía el sentido. Estaba prohibido rendirse o huir. Era mejor recibir los golpes del contrario hasta perder el sentido que huir. Una vez vi lo que le sucedía a un niño que huyó. Fue Paul, un compañero mío hijo de la portera, la prostituta que vivía en la planta baja. En cuanto lo rodearon supo que llevaba las de perder. Su contrincante le arreaba golpes precisos, dolorosos, en la cara, en las costillas, en el vientre, y cuando el dolor se le hizo insoportable se dio a la fuga aprovechando un hueco en el círculo. La cacería se inició de inmediato, y cuando lo atraparon en una portería no valió ninguna regla: lo sacudieron de lo lindo. Lo encontré tirado en la escalera, sangrando. Le costaba respirar y tuve que ayudarlo a levantarse.
—No tenías que haber escapado —le reproché a Paul.
—¡Para ti es fácil decirlo! —protestó—. Tú tienes a tu hermano que cuida de ti, pero yo no tengo a nadie.
Era verdad, Paul no tenía a nadie que lo protegiera. Sólo tenía a su madre, que recibía a sus clientes en el dormitorio de su casa detrás de una cortina de separación.
Cuando entramos en su casa, ella, como de costumbre, estaba con un cliente detrás de la cortina, así que esperamos pacientemente a que terminasen. Al salir y ver a su hijo herido, con un brazo magullado y respirando con dificultad, lanzó un hondo suspiro.
—¿Qué has hecho esta vez? —le preguntó, y salió apresuradamente de la casa.
Alcanzó al cliente a la salida del edificio, le devolvió el dinero que le había pagado y le pidió que llevara a su hijo al hospital porque ella estaba demasiado borracha para salir y además iba a llegar enseguida otro cliente.
Paul tenía un brazo y dos costillas rotos y estuvo dos meses convaleciente. Paul no tenía suerte, ya que al cabo de un año se encontró de nuevo en una lucha de gladiadores. Esta vez se enfrentó a un niño más pequeño que él al que le propinó unos cuantos golpes, pero antes de desplomarse en el suelo este sacó un cuchillo y se lo hundió entre las costillas, junto al corazón. Paul lo miró, estupefacto, y se cayó al suelo cuan largo era. Algunos de los niños pequeños se dieron a la fuga, pero los mayores no se desentendieron de él y lo llevaron al hospital. Los apuñalamientos eran normales y las luchas de gladiadores de los pequeños eran sólo un paréntesis cómico en la rutina de sus violentos combates.
Todos en el barrio se organizaban en bandas. Nada más llegar a Breslavia, Robert corrió a unirse a Stashek, un muchacho de veinte años particularmente sádico al que le encantaban las luchas sangrientas contra otras bandas del barrio. Yo insistí en acompañarles y, pese a mi corta edad, decidieron que me uniera a ellos como mascota de la banda. Stashek ordenó a sus soldados que fabricasen unas porras con tubos de goma rellenos de bolas de plomo parecidas a las que usaba la policía. Yo también me fabriqué una. Nos hizo formar, examinó nuestras porras y nos enseñó cómo esconderlas en la pernera del pantalón. Bajo su mando salimos a luchar contra las bandas del barrio. De paso aporreamos en la cabeza a un borracho sólo porque se cruzó por casualidad en nuestro camino. Se desplomó en el suelo, inconsciente, y nosotros proseguimos.
Al cabo de una semana, la policía detuvo a Stashek y lo encerró en prisión porque el borracho había muerto del porrazo. Stashek fue sustituido por su hermano hasta que este fue apuñalado y reemplazado también. La vida de los cabecillas de las bandas no era demasiado larga. La mayor parte de los miembros comunes de las bandas terminaron en correccionales o cárceles, si es que habían sobrevivido. Esa fue la suerte de mi compañero Paul, muchacho amable y pacífico al que la violencia del barrio absorbió para luego arrojarlo a la cárcel, y de allí pasó en poco tiempo al cementerio.
Robert y yo éramos demasiado jóvenes para participar en los grandes golpes de la banda, pero escuchábamos todas las historias que contaban sobre extremidades partidas, caras cortadas, cuchilladas en el vientre, en la espalda, en las costillas, lesiones graves, persecuciones de la policía, extorsiones, incendios, robos a mano armada, torturas, asesinatos, violaciones en grupo, locas borracheras en las que los miembros de la banda circulaban por las calles como un huracán, arrasando y destrozando todo lo que encontraban en el camino, que recorrían cantando, riendo, gritando y blasfemando.
La luz del fluorescente era demasiado blanca, y el nauseabundo vodka me había obnubilado. Me levanté y me dirigí hacia los borrachos. Volcar la mesa, golpear la cabeza a uno, atizar un puñetazo a otro en toda la cara, romper una botella en la cabeza del tercero. Sin vacilar, sin detenerse, era preciso golpear todos aquellos rostros y aquellas narices rojas, a esos polacos que jadeaban y echaban espuma por la boca. En cuanto advirtieron cómo los miraba empezaron a insultarme. Se me aceleró el corazón y noté cómo me palpitaba en el pecho, en los tímpanos, en las venas del cuello, y noté también cómo se tensaban los músculos de las manos, deseosos de hacer pedazos a aquellos tres indeseables. Pero en vez de lanzarme, me largué. Subí a mi habitación, corrí al baño y vomité.
Aunque quería seguir aplazando el momento de ponerme a pensar en el encuentro con papá, me resultaba imposible resistirme. Lo veía de nuevo sentado ante mí, anciano, sonriendo afectuosamente. Los ojos agrandados por los gruesos vidrios de las gafas le conferían una expresión grotesca de viejo desorientado, y sus grandes manos, tan fuertes, trataban de contener su rudeza para coger las mías con ternura.