Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 14 de 54

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Bandido

Capítulo 4

 

Estaba de nuevo frente a la puerta de la residencia de ancianos. Dos horas antes ya me había detenido exactamente en el mismo lugar, pero había sido incapaz de entrar. Había preferido instalarme en el café de una calle cercana y después de tomar tres cafés, un dudoso desayuno y fumar demasiados cigarrillos, estaba de nuevo frente a la puerta de entrada, y esa vez me apresuré a entrar antes de que la emoción me paralizara de nuevo.

En el vestíbulo me recibió un empleado sentado detrás de un mostrador. Cuando me presenté, su amable sonrisa se esfumó de repente y adoptó una actitud severa.

—¿Ocurre algo?

—Llega usted tarde, señor.

—No sabía que el horario fuese tan estricto —respondí sonriendo.

El empleado no me devolvió la sonrisa.

—El señor ha dicho que tardaría una hora en venir y casi han pasado tres horas —dijo mirando el reloj—. El señor Stefan estaba muy emocionado. Le hemos ayudado a vestirse y a afeitarse porque usted ha dicho «una hora». Ha escogido la mejor ropa en su honor, señor, pero el señor ha llegado con retraso.

—¿Dónde está su habitación?

—Ahora mismo lo acompaño.

Avanzamos por un corredor con puertas a ambos lados hasta que el empleado se detuvo frente a una de ellas y miró adentro.

—Por favor, señor —murmuró con tono de reproche, echándome una mirada fosca y reprobadora antes de desaparecer.

Entré en la habitación, pero no vi a papá. Había una mesita abarrotada de objetos de toda clase y dos sillas. De la pared pendía un crucifijo y más allá de la mesa y las sillas se veía una cama estrecha. Necesité unos instantes para advertir que allí estaba papá. Me acerqué. Estaba tendido de espaldas, cubierto con una manta de lana hasta el cuello, con la tez cetrina de anciano enfermo, y encima del labio superior llevaba un bigote cuadrado como el de Hitler.

Acerqué una silla a la cama y me senté en ella. Tenía la boca entreabierta, su aliento era tan débil que temí que no respirara. De repente abrió los párpados y me clavó sus ojos fríos y amenazadores de ave de presa. Eran los ojos del hombre al que no quería volver a ver.

—¿Quién es? —gruñó.

—¿Papá?

Entonces se le dulcificó el rostro y los ojos de águila se le llenaron de lágrimas. Se borró la mirada maligna y dio paso a otra distinta, agradecida, amorosa, comprensiva.

Con su gruesa mano de dedos burdos me acarició la cara, me palpó la mejilla izquierda y el párpado, que se me cerró, la frente, la nariz, los labios, el mentón, como si estuviera ciego. Le ayudé a levantarse de la cama y me escrutó atentamente, de cerca, hasta que abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido de sus labios. También a mí parecían habérseme atragantado las palabras. Es difícil romper un silencio de más de veinte años. Papá me cogió una mano y empezó a besarla. Habría querido apartarla, porque no me parecía correcto que un padre besara la mano a su hijo, pero no me atreví. Volvió a mirarme la cara. Luego, a tientas, buscó sus gruesas gafas encima de la mesa y se las puso. La expresión le cambió de nuevo. Los gruesos cristales le aumentaban tanto los ojos que casi los llenaban por entero. Parecía un viejo desorientado, inofensivo, y de pronto el bigote recordaba más al de Charlie Chaplin. Se secó con las manos las lágrimas que le resbalaban. Acto seguido se secó los ojos y las mejillas con un pañuelo que había sobre la cama y se sonó. Luego siguió escrutándome.

De repente, sonriendo con picardía, gritó:

—¡Tadzio!, mierdecilla, ¡cómo has crecido! ¡Hasta llevas barba! Siento no haberte recibido como Dios manda. El jodido cuerpo ya no es lo que era. Ven, ayúdame a levantarme.

Le cogí las manos y tiré hasta que se puso en pie y me dio un fuerte abrazo. Olía a vodka.

Tomó asiento en la silla donde había estado yo y me senté frente a él. Llevaba una chaqueta gris que no se había molestado en quitarse antes de meterse en la cama, una camisa a cuadros y el cinturón por encima de la barriga. En la mesita que había entre los dos tenía un despertador, una enorme lupa, un cenicero lleno de colillas y cerillas quemadas, unas hojas dobladas, una bandeja vacía y un frasco de cristal con un líquido morado.

Papá sacó un cigarrillo de la cajetilla con los movimientos torpes del hombre al que ya no le obedecen los dedos. Se acercó el cigarrillo a los ojos para ver dónde estaba el filtro y luego volvió a mirarme enternecido.

—Tadzio, mi querido hijo. Creía que ya no volvería a verte nunca. Mírame, ahora soy un viejo hecho trizas. —Guardó silencio y miró de nuevo en qué extremo estaba el filtro—. Te advierto que la vejez es fea, Tadek, nunca habría imaginado hasta qué punto es fea, no estaba preparado para esto. —Sacó una cerilla de la caja, la palpó, se la acercó a los ojos para encontrar la cabeza. La encendió torpemente, con un gran gesto, y con mano temblorosa la acercó al cigarrillo—. Fíjate cuánto rato me lleva encender un cigarrillo con una cerilla de mierda. Ahora ni siquiera las cerillas son fiables.

—Los rusos hijos de puta —dije.

—Hijos de puta —gritó al tiempo que golpeaba la mesa con la mano—, se han llevado toda la madera. Ay, Tadzio, creía que no volvería a verte nunca —dijo echándose a llorar de nuevo—. Querido hijo, mi hijo adorado, mi Tadzio. —Y volvió a coger el pañuelo de encima de la cama para secarse los ojos y sonarse, y luego lo echó una vez más sobre la cama.

—Toma —le dije ofreciéndole el mechero—, es un regalo.

—¿Y tú?

—Tengo otro.

—Por supuesto. Claro está, claro que tienes otro. Vosotros, en América, jodidos, tenéis cuánto deseáis.

—En Israel, papá, yo me quedé allí.

—¿De veras? —preguntó sorprendido—. Cuando Anka estuvo aquí hace unos años me dijo que vivía en Estados Unidos y Ola también.

—En Canadá —le corregí.

—Y que Robert vive en Estados Unidos y tú también.

—En Israel.

—Israel, ¿eh? —musitó pensativo mirando al frente—. Yo también tendría que haber ido, pero ella… —Me miró de nuevo—. ¿Y tu madre?

—También en Israel.

De nuevo se quedó pensativo.

—Hazme un favor, Tadek, no digas a nadie de aquí que vives en Israel, di que vives en Estados Unidos. Aún van a pensar que soy judío.

Se inclinó hacia delante, sacó de debajo de la cama una botella de vodka, llenó dos tercios de la taza que había encima de la mesa y devolvió la botella a su lugar. A continuación abrió el frasco de cristal y echó parte de su contenido morado. Me miró a través de los gruesos cristales y volvió a reírse.

—Es confitura del comedor. Le añado un poco al vodka para que no se den cuenta de que bebo. —Y de repente, sobresaltado, añadió—: He olvidado ofrecerte, ¿quieres?

—No, gracias. Quizá más tarde.

Papá se recostó con una sonrisa en los labios, que humedecía a menudo con la lengua. Sin apartar la mirada, tomó un buen trago de vodka y dio una larga calada al cigarrillo.

—Tadzio, diablillo, ¡me hace tan feliz que finalmente hayas venido! Sé que tus intenciones son buenas porque el dinero no os falta en Israel, no como a nosotros, así que no has venido por ese motivo. Te sorprenderá que sepa mucho sobre Israel. He ido siguiendo lo que ocurría todos esos años, he leído todo cuanto salía en los periódicos. He leído sobre Tel Aviv, sobre Haifa, sé todo sobre vuestras guerras, sobre el clima. Hace calor allí, hijos de puta, todo el año es verano. Tengo un amigo judío casado con una polaca y emigraron a vuestro país, al país de los judíos. Y por lo visto allí esos hijos de puta odian casi tanto a los gentiles como aquí odiamos a los judíos. A él no dejaban de recordarle que ella era gentil, me lo contó todo cuando regresó a Polonia, huyendo. Sus amigos le decían: «¿Para qué necesitas a esta cristiana? Dale una patada en el culo de una vez. —Y él les respondía—: Si le doy la patada, ¿a quién me follo? ¿A vosotros?». —Papá se carcajeó echando para atrás la cabeza y al momento empezó a toser—. ¡Ah! —gritó golpeando la mesa—, Tadzio, mi querido hijo, cuéntame de ti. ¿A qué te dedicas? ¿Tienes mujer? ¿Hijos? Mírate, estás hecho un hombre.

Le cuento que estoy casado y tengo un hijo.

—¿Cómo se llama tu mujer?

—Yael —respondo.

—Yael, qué nombre más extraño.

—Es un nombre hebreo, papá, del Antiguo Testamento.

—Yael —repitió papá—, seguro que es una muchacha brillante, guapa.

—Además se gana bien la vida. Incluso le han dado un coche en el trabajo. Un coche japonés.

—¿Japonés? ¡No me fastidies! Pues entonces es brillante, eso seguro. ¿Pero es buena contigo?

—Por supuesto, papá.

—¿Y os va bien en la cama?

—Fenomenal, papá, no tienes de qué preocuparte.

—¿Y cómo se llama tu hijo?

—Mijael.

—¿Mijael?

—Es el nombre hebreo de Michał.

—Michał —repitió, y volvió a echarse a llorar, a secarse los ojos y a sonarse con el pañuelo—. Mi nieto tiene nombre de ángel. Cuida tu matrimonio, Tadzio, cuídales, la familia es lo más importante en la vida. Yo también quería lo mejor para mis hijos. —De repente se calló y bebió un trago de vodka—. Y tú, ¿cómo te ganas la vida?

—Escribo —murmuré.

—¿Eres escritor? —preguntó, desconfiado.

Como no sabía qué decir, asentí con la cabeza. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y golpeó la mesa con fuerza.

—¡Escritor! —gritó—, quién habría podido pensar que mi hijo sería escritor. Un escritor de éxito, ¿no?

Me reí, y como no lo negué me avergoncé de no negarlo. No supe qué decir y me ahorró la respuesta cuando decidió ponerse de pie sujetándose con una mano a la silla y con la otra a la mesa.

—Tienes que perdonarme, hijo mío, pero necesito ir a mear. —Y tambaleándose, dando cortos pasos, salió de la habitación.

Cuando me quedé solo me sentía miserable, pero decidí dejarlo correr. ¿Qué importancia tenía? Que creyera que era un escritor famoso. Encendí otro cigarrillo, me levanté, di una vuelta por la habitación. De una de las paredes colgaba una tela pintada con unas manchas oscuras y un pequeño triángulo rojo en el que podía leerse la cifra 9501. En un rincón había un lavamanos y debajo un armarito cerrado con candado. La salida al balcón conducía al jardín de la residencia. Miré hacia fuera. Más allá de la puerta había montones de botellas vacías: las botellas que habían contenido el vodka que mezclaba con confitura para que los administradores de la residencia no lo descubrieran.

Escuché sus pasos regresando a la habitación —no los grandes y pesados que resonaban cuando subía las escaleras de vuelta a casa, en Breslavia, sino unos pasos cortos y vacilantes—, lo oía poner un pie tras otro y le llevó una cantidad de tiempo inmensa llegar hasta el umbral de la puerta. Yo seguía junto al cuadro. Examinó la habitación con expresión malhumorada, pero en cuanto volvió a verme allí una gran sonrisa le iluminó el rostro.

—Tadzio, mi querido hijo, te manda el Señor cuando pensaba ya que moriría aquí, solo. ¿Has visto el cuadro? Lo pinté yo mismo, hace años, en Majdanek llevábamos un pequeño triángulo rojo como ese y ahí puse mi número de prisionero. —Se sentó de nuevo en la silla, sacó otro cigarrillo de la cajetilla y suspiró—. Mi vecino de la habitación de al lado, un hijo de puta, utiliza mi lavabo y mea en la pared. —Sonrió, hizo rodar el cigarrillo entre los dedos y lo dejó en la mesa—. Le tengo dicho que si no tiene puntería le cortaré la polla, entonces le pondrán pañales y se acabó lo que se daba. ¿Y qué ha hecho? Ha ido a lloriquear a la gerencia. Unos incompetentes, aquí todos son unos incompetentes.

—Creía que era una residencia de héroes de guerra.

—Héroes, las pelotas. ¿Qué héroes ni qué hostias? Aquí todo el mundo se toca los huevos porque saben que terminarán sus días aquí. Los héroes auténticos desaparecieron en la guerra, muchos en la insurrección de Varsovia, y casi veinte mil combatientes del Armia Krajowa también desaparecieron allí, y los que se salvaron la palmaron en los campos de prisioneros. Los comunistas terminaron con los supervivientes. Aquí solamente hay algunos tipos que realmente fueron héroes, los demás son puros enchufados, ¡estoy rodeado de hijos de puta! ¿Qué te creías? También yo estoy aquí gracias a mi amigo el general, sin su influencia jamás hubiese obtenido esta habitación de mierda.

—Yo siempre creí que tú eras un héroe de guerra.

—No tiene nada que ver con la heroicidad. Te digo que los que están aquí son unos enchufados, no unos héroes. Yo quizá sí hice algunas cosas en la guerra, pero eso sólo sirvió para que estuvieran a punto de ejecutarme. Así es como el maldito Partido sabe agradecer el patriotismo.

Papá sacó una cerilla de la caja y empezó a palparla.

—Te he dado un mechero, papá.

Cogí el cigarrillo que había dejado en la mesa, me lo llevé a la boca y lo encendí con el mechero. Papá parecía contento.

—Mi querido Tadek, hace años que nadie me cuida así. —Y volvió a echarse a llorar—. Te pasas la vida mandando a la mierda a todo el mundo, te crees casi tan poderoso como Dios. Escupes a amigos, parientes, a los que amas, sin misericordia. Estás convencido de que no necesitas a nadie. Para ti, el mundo entero es un inmenso campo de juego y te ríes, te ríes en las mismas barbas de Satán. Y un día, de repente, te encuentras en Varsovia, en una residencia de ancianos, veteranos de guerra, pudriéndote con ellos. Consciente de que sólo termina tu vida, sólo la tuya, porque la vida, hay que joderse, continúa sin ti. Todos siguen sin ti, se divierten sin ti, beben, bailan, follan, como si nada, casi parece que lo hagan para joderte, y poco importa cuántas vidas se acaben porque siempre vendrán otros.

—¿Mataste a muchas personas?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Durante la guerra.

—¿Cuántos?

—No tiene importancia.

—¿Cuántos?

—Me preguntas cosas que no me da la gana responder.

—No te preguntaré más, papá.

Se quedó en silencio un rato y finalmente añadió:

—Maté a unos cuantos y a partir de cierto momento dejé de contarlos.