Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 41 de 54

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Bandido

Capítulo 11

 

—Te voy a dar un buen consejo —dijo papá—, en tiempos de guerra, si huyes y necesitas ayuda, ve a casa de los pobres, los que viven en las afueras de los pueblos. Los únicos que estarán dispuestos a echarte una mano serán ellos y no los hijos de puta prósperos y saciados, que sólo piensan en sus intereses. —Me escrutó el rostro y de pronto se echó a reír, y yo hice lo mismo—. ¡Ah!, qué buen consejo acabo de darte, ¿no es cierto? Aunque nunca se sabe. Dicen que el mundo cambia, que el pasado no volverá, pero eso también lo creíamos antes de la guerra. Los seres humanos son y siempre serán la misma mierda. Así que nunca se sabe.

—Lo recordaré, papá, le legaré este consejo a mi hijo, y este a su vez se lo legará a su hijo. Puedes dormir tranquilo.

Papá se rio y prosiguió con el mismo tono jocoso.

—¿Sabes lo que pienso? En general más vale confiar en los pobres. Así lo enseñó Jesús y él sabía lo que se decía. ¿Y quién crees que nos ayudó en la guerra? ¿Los ricos? ¡Ni hablar! Los más pobres entre los pobres. En cuanto lo comprendimos, sólo acudíamos a ellos. Durante nuestra huida fuimos a toda clase de lugares, topamos con toda clase de tipos. Unos feos, otros más guapos. Algunos se me confunden en la memoria. Pero recuerdo una cabaña miserable cercada por una valla. Yo iba el primero, intenté abrir el portón, pero tenía echado el cerrojo por dentro. Como no tenía fuerzas para pasar por encima, porque era una valla muy alta, la rodeé y encontré un punto por el que era más fácil trepar, así que me encaramé, pero después no podía bajar y caí, directamente sobre la casa del perro. El chucho, muy atontado, tuvo la buena idea de despertar y echárseme encima. Era viejo, y al parecer también sordo, por eso no nos había oído acercarnos. Estaba atado con una cadena, y cuando lo desaté escapó con cadena y todo, haciendo tanto ruido que despertó a la pareja de campesinos que vivían en la casa. Pero para cuando el campesino alcanzó a salir con su arma, yo ya había descorrido el cerrojo y estábamos todos dentro del patio. Le dijimos quiénes éramos y de dónde veníamos. Enseguida nos invitó a entrar. Como te he dicho antes, los pobres no tienen nada que perder, es un hecho. Dentro de la cabaña conocimos a la mujer, una vieja encantadora. Nos dio algo de comer. Luego nos limpió las heridas con vodka, rasgó una sábana y nos vendó rodillas y codos. También nos dio de beber para que entráramos en calor. Hasta el día de hoy recuerdo el sabor del vodka de esa casita, con la estufa que poco a poco nos fue descongelando músculos y huesos. Gracias a Dios ese momento sigue vivo en mí desde entonces. Más que las torturas, más que el hambre, más que las humillaciones, precisamente recuerdo eso. Quizá contenga algún mensaje sobre esta jodida vida.

»Era su marido quién destilaba vodka fermentando harina, pero bebía demasiado, según nos contó ella. Prefería dárnoslo a nosotros, porque cuando su marido se emborrachaba se volvía un desalmado, blasfemaba y la golpeaba. Aquel hijo de puta le quitaba toda la harina para hacer vodka. Pobre mujer. En fin, que gracias a ella conseguimos dormir a pierna suelta, muchas horas. ¡Ah, cómo dormimos! Cuando nos despertamos por la mañana, toda la casa apestaba a mierda. Nos quitamos la ropa y la echamos a la estufa para quemarla. ¡Al diablo! El campesino fue a ver al cura que era partisano polaco, y él reunió ropa yendo por las casas. Sabíamos que era una maniobra peligrosa, pero teníamos que llevar algo puesto. El hombre volvió con pantalones, camisas, abrigos e incluso zapatos. Había valido la pena correr el riesgo. También se lo dijimos al campesino mientras nos vestíamos, que había valido la pena correr riesgos. Él intentó tranquilizarnos: el cura sabía lo que hacía, no debíamos preocuparnos. No teníamos dudas sobre las buenas intenciones del cura, pero en aquel tipo de situaciones siempre terminabas por topar con algún soplón de mierda, y los alemanes no tardaron en aparecer. Por suerte, el cura tuvo tiempo de prevenirnos. Llamó a la puerta, entró alterado y nos dijo que nos largáramos enseguida. Los soldados alemanes habían rodeado todo el pueblo y sólo podíamos huir por el río: él nos mostraría el camino. La mujer nos dio algo de pan, el poco que tenía, porque su marido había gastado toda la harina destilando vodka. Nos despedimos de los dos viejos con abrazos y besos, y seguimos al cura. Nos condujo hasta el río por un estrecho sendero, nos deseó buena suerte y desapareció. Sin pensarlo dos veces saltamos al río, tan helado que casi se nos bloquearon los pulmones. Dejamos que la corriente nos arrastrara para alejarnos y salimos en la otra orilla. Era imposible seguir en aquellas aguas heladas. Una vez fuera, la ropa se nos heló de inmediato. Jodido río, pero por lo menos los perros de los putos nazis no podrían olfatear nuestro rastro. Más tarde, cuando grupos de campesinos intentaron encontrar al cura que nos había ayudado para agradecerle su acto de heroísmo y por si necesitaba algo, descubrieron que los alemanes, al no encontrarnos en el pueblo, se lo llevaron para interrogarlo y desde entonces estaba desaparecido. Qué hijos de puta —dijo papá escupiendo en el suelo del vagón. Esta vez no se molestó en esconder la flema bajo la suela del zapato. Renegó entre dientes y, tras callar brevemente, miró por la ventana y prosiguió—: Mira, nos estamos acercando, pronto llegaremos. Hace mucho que no he estado en Chełm. —Sacó un pañuelo del bolsillo da la chaqueta y se limpió la boca—. Ay, Tadzio, hijo mío —suspiró —, quién iba a imaginarlo. ¡Qué vida miserable! Pero así es, de repente, en un instante, todo te estalla en la cara. Cada persona vive su vida, seguro de que nada puede cambiar, ¡pero la puta realidad siempre te da alguna sorpresa!

Al ver que no parecía tener la intención de proseguir, decidí hacerle una pregunta: —¿Y cómo terminó la fuga?

—¿Cómo? Cuando entramos en casa del guardabosques, una cabaña no muy alejada del pueblo. Tampoco a él le hizo mucha gracia vernos. Le dijimos quiénes éramos y de dónde veníamos. Le pedimos un trineo para poder seguir adelante y nos dijo que no tenía ninguno, pero que nos podía traer uno del pueblo. No confiábamos demasiado en él, pero ¿qué podíamos hacer? Ya no nos quedaban fuerzas, así que le dijimos que de acuerdo, que fuera y que regresara pronto. Se marchó. Nos encerramos con llave y nos quedamos dormidos.

»Nos despertaron unos fuertes golpes en la puerta, alguien gritaba en alemán y en polaco “¡Abrid, abrid!”. Abrimos, ¿qué podíamos hacer? La cabaña estaba rodeada y podían reventar la puerta, no había modo de huir. Abrimos y la cabaña se llenó de alemanes uniformados, todos armados. Cada soldado atrapó a uno de los nuestros y le puso un arma en la cara. El hijo de puta del guardabosques iba con ellos: nos había denunciado. Y allí estaba, mirándonos con una sonrisita perversa. Encendió un cigarrillo. Pero los soldados no esperaron ni un instante, no hablaban entre ellos ni con nosotros. Sólo uno, al parecer el comandante, dijo en polaco “¡Adelante!”, y nos sacaron fuera a empujones, nos colocaron arrimados a la pared, nos cachearon y nos quitaron los cuchillos. Nos hicieron sentar en el suelo con la espalda contra la pared y el que parecía estar al mando anotó nuestros nombres. El guardabosques también había salido con su cigarrillo, estaba de pie cerca de mí. Como yo tenía muchas más ganas de fumar que de insultarlo, le pedí un cigarrillo. Pero el muy hijo de puta me lo negó. ¡Por lo menos podría haberme dado un cigarrillo, después de lo que nos había hecho!

Le encendí uno y se lo puse entre los labios.

—Gracias Tadzio, hijo mío —dijo papá aspirando el humo con delectación—. Y de repente uno de los soldados alemanes gritó a otro soldado que trajera los caballos, pero lo dijo en el polaco que hablaban los campesinos, no en alemán, y entonces nosotros lo comprendimos al momento: eran de los nuestros, partisanos, estábamos salvados. Uno de ellos sonrió y alguno de nosotros les dijo: «Menos mal, estamos en el mismo bando, somos fugitivos de Majdanek». ¿Y sabes lo que respondió el comandante?: «¿De Majdanek? Hemos oído hablar de vosotros. Un grupo numeroso como el vuestro no ha podido escapar de Majdanek. No estamos en el mismo bando, vosotros habéis venido a jodernos». El tipo estaba cabreado, convencido de que no se equivocaba. Y el resto de sus hombres también estaban furiosos. Uno incluso propuso que nos liquidaran enseguida, allí mismo, para qué movernos. Pero por suerte el jefe no estuvo de acuerdo con él: un caso como aquel sólo podía dirimirlo el alto comando. Había que investigar, dilucidar, no era posible resolverlo de cualquier manera. Ya habían pasado los días en los que se podía hacer lo que se quería, dijo el comandante.

»Nos hicieron montar en dos trineos y emprendimos la marcha por caminos trillados en el interior del bosque. Nos detuvimos en un cruce de caminos. Había unos partisanos vestidos de campesinos con dos aviadores alemanes de un avión abatido. En el primer momento, esos dos individuos se alegraron a la vista de los uniformes alemanes, pero, en cuanto los colocaron en los trineos, comprendieron que no eran más que uniformes. Uno de ellos se sentó a mi lado. Preguntó con voz aterrorizada, en alemán, “¿Qué van a hacer con nosotros?”. Parecía un niño asustado dentro de un mono de piloto, el hijo de puta. Rubio, con grandes ojos azules, un verdadero ario asqueroso. “No sé qué me harán a mí, pero sí sé lo que te harán a ti”, le dije en mi pobre alemán aprendido en el campo, y se calló. De ese modo viajamos hasta que oscureció. Por la noche nos metieron en un pajar. Nos echamos a dormir. No nos dieron de comer. Por la mañana sacaron a los dos alemanes y oímos disparos. A continuación nos hicieron montar de nuevo en los trineos, ya sin los alemanes, y viajamos todo el día hasta llegar al pueblo. Había centinelas por todas partes. Era un pueblo tomado por los partisanos. Nos hicieron bajar en el portal de la mansión que había pertenecido al noble del lugar y nos introdujeron en un gran salón donde también había guardias. Nos hicieron sentar. Al ver que allí se fumaba, yo también quise fumar y pedí a uno de los guardias un poco de tabaco. No me lo quiso dar, el imbécil. —Papá dio una larga calada a su cigarrillo y me sonrió. Dio otra y apagó el cigarrillo en el cenicero—. Finalmente, llegó el jefe con otro tipo y empezó el interrogatorio. El otro había estado en Majdanek y recordaba toda clase de cosas, Dios sabe cómo. Por ejemplo, de qué color era la puerta de un barracón concreto de la zona de los talleres, o qué estaba escrito en la pared de un almacén. Cosas que se suponía debíamos saber si habíamos estado en Majdanek, pero ¿quién se había fijado precisamente en esos detalles? Y si alguien lo había hecho, estábamos demasiado aturrullados y tensos, hambrientos y cansados para recordar algo. En resumen, advertimos que estábamos en apuros: ¡con unas cuantas preguntas más de esa clase éramos hombres muertos! Pero ¿sabes qué pasó? Por una vez la puta suerte nos sonrió, y adivina quién entró en la sala… ¡Paweł, Paweł Dąbek! Aquel cabrón había escapado antes que nosotros con la sábana, por la nieve. Entonces ostentaba ya un alto grado. ¡Menuda emoción! Al oficial que nos interrogaba y a los guardias se les cayó la cara de vergüenza, ¡querían que se los tragara la tierra! Desaparecieron mientras nosotros nos abrazábamos sin cesar y nos echábamos a reír, ¡no puedes imaginarte cómo nos reímos! Nos trajeron de comer, agua, cigarrillos, y nosotros venga a reír de todos aquellos días tragando mierda. ¡Qué puta es la vida!, ¿verdad Tadzio, hijo mío? Una verdadera hija de puta, pero así es. Lo más importante es que sobrevivimos.

El tren aminoró la marcha al llegar a la última estación, Chełm, hasta detenerse. Bajamos al andén. Papá, sin mediar palabra, se me subió a la espalda. Salimos de la estación y cogimos un taxi. Nuestra intención era ir de Chełm hasta el pueblo ese mismo día, pero a causa del encuentro con Paweł Dąbek habíamos salido tarde de Lublin y llegado a Chełm por la tarde. Así que decidí aplazar la ida al pueblo hasta el día siguiente.

—¿Nos puede llevar a un buen hotel, por favor? —le pedí al taxista.

—No hace falta, te doy una dirección —me interrumpió papá.

—¿Qué dirección?

—La dirección de Halina. ¿Para qué ir a un hotel cuando se puede ir a casa de Halina?

—¿Halina, de Chełm? ¿Y qué te hace pensar que nos recibirá?

—A ti Occidente te ha trastornado un poco. Halina es de la familia.

—¿Y si no está en casa?

—Pues esperaremos a que regrese.

El taxista no conocía las señas.

—No pasa nada. Yo lo guío.

Papá le dio instrucciones y el taxista empezó a recorrer las calles de la ciudad que yo había recorrido más de una vez, cuando la abuela o la tía me llevaban con ellas a hacer recados. Ahora, las calles me parecían estrechas, las plazas pequeñas, las casas bajas.

Al cabo de un rato me pareció que salíamos de la ciudad. En las afueras había casas con jardines y a lo lejos se veían los campos cultivados.

—¿Estás seguro de que sabes adónde vamos?

Papá optó por ignorar mi pregunta.

—Ya estamos. Deténgase aquí —ordenó de pronto—. Hemos llegado.

Le pregunté si quiere que lo llevara a cuestas, pero esta vez se negó. Le abrí la portezuela de una verja y avanzó con sus pequeños pasos. El camino cruzaba un amplio patio y conducía a una casa de dos pisos. En el patio había un coche, un tractor y una segadora-batidora aparcados, además de un arado y piezas de maquinaria agrícola, motores oxidados, un carro sin ruedas, piezas y chasis de automóviles, cajas, neumáticos, otro tractor viejo, una vaca, gallinas, un perro atado a una perrera que nos ignoró y dos ocas que no habían cesado de cloquear desde que nos vieron.

No había visto a Halina desde que nos fuimos de Polonia. Éramos primos, fuimos buenos amigos, en cada visita al pueblo jugábamos juntos, nos entendíamos bien porque teníamos casi la misma edad, y hete aquí que ahora, después de veinte años, estaba en la puerta de su casa, emocionado por el encuentro. Estábamos a punto de alcanzar la puerta cuando papá se detuvo para descansar, remeterse la camisa en el pantalón y sonarse. Al ver que yo me impacientaba, me dijo: —Ve, ve, yo te sigo.

Llamé a la puerta una vez, dos veces, y luego escuché una voz femenina decir, a lo lejos: —¿Sí? ¡Adelante!

Abrí la puerta y ante mí vi un largo pasillo con la cocina al fondo, donde, al cabo de un momento, apareció una mujer algo dejada pero hermosa aún que se secaba las manos con un paño de cocina mientras me miraba. Pero a mí se me había hecho un nudo en la garganta y era incapaz de pronunciar palabra. Sabía que tenía que decir algo, no nos habíamos visto en veinte años y la barba me tapaba el rostro, pero no conseguía decir nada. Ella me miró dubitativa, me examinó el rostro con cierto recelo, hasta que por fin, de golpe, sus ojos se iluminaron.

—¡Tadek! —gritó, echó al suelo el paño de cocina, corrió a mi encuentro y me abrazó.

Sollozó un buen rato entre mis brazos, como si estuviéramos despidiéndonos del modo en que no pudimos hacerlo en su momento.