Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 36 de 54

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Bandido

Capítulo 6

 

 

—En Majdanek también había un tipo llamado Paweł Dąbek, un hombre serio, comunista, eso sí, que más tarde fue un buen político. Hasta ahora ha sido un buen amigo, Dąbek. Es viejo, vive en Lublin. Gracias a él ingresé en la residencia para héroes veteranos de guerra en Varsovia. Total, que Paweł tenía un plan de fuga, según él brillante. Había que conseguir sábanas blancas, envolvernos en ellas por la noche y de esa guisa arrastrarnos sobre la nieve hasta llegar a la valla de alambre de espino de nuestra zona, excavar bajo esa primera valla, después bajo la segunda, continuar un poco más hasta llegar a la que cerraba todo el campo y de allí hacia fuera. Ese era el plan. Aunque algo escépticos, pensamos que merecía la pena intentarlo. A lo mejor funcionaba, y si no ya nos apañaríamos…, o no. Tanto daba, de todos modos sabíamos que no sobreviviríamos una eternidad en aquel campo.

»Había que conseguir sábanas blancas, y eso hicimos. Como trabajábamos en la lavandería, las pudimos robar. ¿Y luego qué? Sólo había que esperar la noche oportuna, sin luna, nublada. No faltaban noches de esas, así que no tuvimos que esperar mucho para que llegara una en la que había una espesa niebla y nevaba: iba a ser difícil que nos vieran. Así que nos pusimos en marcha, nos arrastramos por la nieve, y nos acercábamos a la valla de alambre de espino cuando de repente oímos disparos. Asustados, dimos marcha atrás, para gran disgusto de Paweł, que nos dijo a gritos que éramos unos gallinas, que había sido sólo un soldado que había disparado sobre algo que había visto moverse. No discutimos. La verdad sea dicha, nos asustamos tanto que ya no nos atrevimos a salir de nuevo esa noche. Pero él sí. Salió sin decirnos nada… y logró escapar, ¡vaya si lo logró, el muy capullo! Al día siguiente, cuando descubrieron que Paweł no estaba se pusieron a buscarlo por todo el campo: vaciaron el foso de la mierda. Nada. “¿Dónde está Paweł?”. “Se ha fugado”. “¿Cómo?”. Silencio. “No sabemos nada”. Al final algún chivato de mierda sopló el método a los alemanes. ¡Qué hijo de puta! Tardó poco en terminar en el foso de la mierda, aunque menudo consuelo… El caso es que ya no podíamos fugarnos con ese sistema.

»Así que urdimos un nuevo plan. Había un infeliz, un joven ingeniero judío que estaba preso en el campo desde su construcción. Había colocado los desagües en los pabellones de los oficiales y conocía perfectamente los planos. Trabajaba en la comandancia. Era un pobre imbécil, pero en fin, eso es lo de menos. Głasiński, uno de nuestro barracón, lo conocía porque también trabajaba en la comandancia. Wladek Głasiński, un tipo formidable, muy listo, que terminó siendo médico, o químico, algo así. Y él nos contó lo que había planeado el ingeniero judío: escapar por el sistema de alcantarillado que comunicaba el campo con Lublin. Nos lo contó a Robert Skishpaczak y a mí. ¿Quién era Robert? Un hombre joven y guapo que había llegado tres semanas antes que nosotros. Venía de Pawiak, la cárcel de Varsovia, un infierno. Era partisano, de la AK, dos o tres años más joven que yo, y sin embargo había vivido montones de cosas en la guerra. Pronto lo adopté, cuidé de él como un hermano mayor. Era muy duro para él, los hijos de puta de los alemanes de Pawiak habían logrado hundirlo. Había perdido todo su amor propio, me seguía como un pollito a la clueca, lo cual, para ser francos, resultaba agradable. Total que Głasiński lo tenía todo planeado, había conseguido el mapa que ese judío había dibujado y conocíamos todos los detalles necesarios. Y entonces le pregunté: “¿Dónde está tu judío?”. “Ha desaparecido, ha escapado”, me respondió. De hecho, no le había quedado más remedio, porque sabía que, si su cuerpo no le fallaba antes, seríamos nosotros quien lo liquidáramos. Le pregunté si se había fugado huyendo por la alcantarilla y me lo confirmó: el judío le había dicho que si no oíamos que hubieran atrapado a alguien huyendo era señal de que lo había logrado. “¿Y has oído algo?”, pregunté. “No, el capullo lo ha conseguido”, dijo Głasiński.

»Explicamos la idea a Saziński, el “abuelo”. Le dimos ese mote porque era mayor, tenía unos cuarenta más o menos. Después de la fuga de Paweł, aunque no lo nombramos nuestro comandante, le hacíamos caso: tenía experiencia y autoridad. Decidimos prepararlo todo a conciencia, esperar a que terminase el jodido invierno, pero pasó algo que precipitó las cosas. — Papá se puso sombrío y tardó unos instantes en proseguir—. Poco importan los detalles, ya lo leerás en el libro que te daré, recuérdamelo cuando regresemos a la residencia —me dijo, y en lugar de continuar se quedó abstraído.

El pequeño baño de nuestro hotel en Lublin era húmedo. El extractor no funcionaba y el vapor de la bañera había ido sofocando el ambiente. El grifo no cesaba de gotear a un ritmo monótono. Observé a mi anciano padre sumergido en el agua turbia. Él miraba su cuerpo, pasaba sus gruesos dedos por los muslos, el vientre, el pecho.

—He envejecido. Mira este cuerpo. En alguna época fue atlético. Y lo que llegó a aguantar, ¡joder! Demasiado tuvo que aguantar… En fin, qué más da… Está todo explicado en ese libro que te daré.

—No quiero leerlo en un libro.

—¿Pues qué quieres?

—Que sigas explicándomelo.

—¿Qué quieres que te cuente?

—Lo que ocurrió después.

—No es una película, es mi vida, joder.

—Ya sé que es tu vida, por eso me interesa.

Se quedó pensativo unos segundos: —A ver, ¿qué quieres que te cuente?

—Por ejemplo, cuándo os fugasteis.

—Al cabo de unos días.

—¿Erais cuatro?

—¿Cuatro? ¿De dónde has sacado eso?

—Has mencionado a cuatro.

—Éramos nueve, no cuatro. —Y al decirlo me lanzó una mirada despectiva—. Burócrata —musitó, y lo vi sonreír para sí mismo—. Al final fuimos Saziński el abuelo, Głasiński, Robert Skishpaczak, Czajka, un tal Nikolai Caban, Wiktor Piątkowski y otro, Stefan Iwanek, que procedía de Pawiak como Robert, y yo.

—Te dejas uno.

—No me he dejado a nadie.

—Has mencionado sólo a ocho.

—Hay uno al que no he nombrado aposta.

—¿Por qué?

—Porque era un auténtico hijo de puta y no merece que nadie pronuncie su nombre, prefiero borrarlo. Pero bueno, ya que insistes, se llamaba Henry Srebrzycki-Silberspitz. Nunca olvidaré ese nombre. Tenía apellido judío, era un joven de diecisiete años, judío por parte de padre, un rico judío de Cracovia con el que llegó a Majdanek. Antes de venir a nuestra zona, había sido kapo en la zona número tres, el muy hijo de la gran puta. Era un sádico inhumano. Ahorcó a su padre él mismo, con sus propias manos. Los de las SS ataron una cuerda al cuello del padre y él la amarró al arco de entrada de su zona y comenzó a tirar, a tirar de la cuerda mientras se reía, el muy hijo de puta. «¡Vamos, estira la pata de una vez, viejo de mierda, cerdo, que ya no puedo más!». Eso le gritaba mientras su padre agonizaba entre atroces espasmos, colgado del arco de la entrada. Entenderás ahora por qué no quería hablar de él, hay gente a la que es mejor olvidar.

—¿Y entonces por qué formaba parte del grupo?

—No nos quedó más remedio. Cuando liquidaron la zona número tres trasladaron a los judíos de allí, que eran mayoría, con nosotros. Los asquerosos de los alemanes adoraban a ese pedazo de mierda, por eso no lo eliminaron junto a los demás judíos. Con nosotros solía comportarse, sabía estar en su sitio: nosotros no éramos judíos y él ya no era kapo. Ya hablábamos de acabar con él de una vez cuando se enteró por casualidad de nuestros planes y nos dijo que quería participar. Tuvimos que aceptarlo, porque de no haberlo hecho nos habría delatado y nos habrían ahorcado a todos, y ya no había tiempo para liquidarlo. —Papá volvió a sumirse en sus pensamientos—. ¡Qué hijo de puta! Por lo menos sufrió. Salir por las alcantarillas fue un auténtico martirio, y en cuanto salió lo liquidó un policía de paisano. Así que no pudo disfrutar de la libertad. Realmente murió entre tormentos, sufriendo. Se lo merecía. Aunque para todos nosotros lo de las putas alcantarillas de Majdanek fue un martirio. Eso sí fue un descenso a los infiernos.

Papá se examinó las manos, los dedos, la piel arrugada de estar tanto tiempo en el agua.

—Tengo frío.

—Añado agua caliente.

No dijo nada.

—¿Cómo os metisteis en las alcantarillas?

—Por las fosas. Había varias, para cuando había averías. Tenían tapas de hierro y una escalera con escalones también de hierro empotrados en el hormigón.

—¿Y os arrastrasteis por el conducto subterráneo que había entre las fosas?

—Sí, pero había rejas en el interior y hubo que aserrarlas. Está todo explicado en el libro.

—¿Cómo las aserrasteis?

—Con una sierra. Czajka trabajaba en la carpintería y nos proporcionó una.

—¿Y qué distancia recorristeis de ese modo?

—Cientos de metros.

—¿El conducto era estrecho?

—Apenas cabíamos, era de sesenta centímetros, más estrecho que mis hombros. Las aguas de la alcantarilla llegaban casi hasta arriba. Quiero salir de la bañera.

—¿No está suficientemente caliente el agua?

—Sí, pero quiero salir. ¿Qué más quieres?

—Sólo quiero saber, nada más.

—Pues yo no te lo quiero contar, ¿vale? No quiero, tengo derecho a no contártelo si no me apetece.

—Lo siento, perdona.

—¡Lo que me faltaba, ahora me pide perdón! Él quiere saber. Todo el mundo sabe que es mejor no saberlo todo, pero él lo quiere saber. ¿No comprendes que hay cosas que es mejor que no sepas? ¿Tienes que saber que olía mal? ¿Tienes que saberlo? El hedor era repugnante, ¿de acuerdo? ¿Te servirá de algo saberlo? Pues, hala, nos arrastrábamos en una completa oscuridad, casi sumergidos, sin saber si conseguiríamos salir de allí. Nos dejamos las rodillas y los codos en carne viva, se nos veía el hueso. Eso fue lo que ocurrió. Pero por más que te cuente, no te harás ni una mínima idea de lo que es quedarte atascado de golpe porque los hombros son demasiado anchos y el cuerpo tapona el agua y esta empieza a subir y temes que vas a ahogarte. Un segundo más y allí habría terminado mi vida, en aquel infierno. De no haber sido por la mano de Robert que me devolvió a la vida, aunque menuda vida. Sólo había oscuridad, hedor y un dolor insoportable en todo el cuerpo, en los codos, en las rodillas. Pero al menos podía respirar. Y para acabarlo de complicar encontramos al ingeniero judío allá abajo, contra la reja. El desgraciado se había ahogado antes de conseguir aserrarla. Su cuerpo nos obstruía el camino. El que abría paso tuvo que descuartizarlo, lo que no costó porque estaba tan podrido que se deshizo en pedazos lo suficientemente pequeños como para hacerlos pasar entre las rejas. Lo malo fue que el terrible hedor del cadáver putrefacto llenó el pequeño espacio de aire que nos quedaba. No quiero seguir hablando, sácame de una vez de la bañera, sácame de esta agua inmunda, ahora mismo, ¡ya!

Me incliné, sujeté sus manos y tiré de él para ayudarlo a sentarse en la bañera.

—Lo siento, papá.

—Lo siento, lo siento: déjate de tanto lo siento y sácame de una vez.

Intenté tirar de él para que pudiera ponerse de pie, pero las piernas, demasiado débiles, no lo sostenían, así que lo agarré por debajo de las axilas y, aunque era casi un peso muerto, finalmente conseguí que se mantuviera erguido dentro de la bañera. Cuando se hubo apoyado en mi hombro, le levanté una pierna y la pasé por encima del borde de la bañera, y luego la otra. Después le sequé el viejo cuerpo lleno de cicatrices, lo envolví con dos toallas y lo acompañé afuera del baño. Lo senté en la mesa, le puse las gafas y subí la calefacción. Serví dos vasos de vodka, uno para él y otro para mí, encendí dos cigarrillos, y bebimos y fumamos en silencio.