Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 37 de 54

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Bandido

Capítulo 7

 

Papá parecía haberse serenado. Sentado frente a mí, envuelto aún en las toallas, saboreaba el vodka tranquilamente.

—Podrás leer todo eso en el libro —dijo de repente—, allí podrás leer cómo escapamos de los alemanes una vez salimos al bosque. Lo escribió Czajka, el que huyó con nosotros, puedes confiar absolutamente en él, sabe de qué habla.

—¿Os ocultasteis en los bosques hasta el fin de la guerra?

—¡Qué va! Nos fugamos del campo a finales de marzo de 1943 y todavía faltaba un año y medio para que llegasen los hijos de puta de los bolcheviques. ¿Cómo se te ocurre que podíamos vivir tanto tiempo en los bosques? ¡Ni que fuéramos monos, joder! ¡Qué va! Habíamos sido partisanos y lo fuimos de nuevo, sí señor, además querían nombrarme comandante de una gran unidad, pero rechacé el ofrecimiento. ¿Quién quiere una preocupación como esa? Una unidad formada por mujeres, niños, judíos, unos cuantos rusos y algunos campesinos hambrientos. ¿Tú me ves a mi cara de comandante? Y encima aquella pandilla más que un comandante necesitaba una niñera, aquello no era para mí. Así que me llamaron de la sede principal para encargarme un nuevo trabajo. —Papá alzó la vista—. Oye, qué bien funciona la calefacción aquí, no como en la habitación helada de mi residencia de mierda. —Echó un vistazo a su alrededor y finalmente, mirándome, preguntó—: Dime una cosa, ¿tú has estado en el ejército? ¿En el ejército de los judíos?

—Pues claro.

—¡Qué me dices! Por lo visto el ejército es excelente. ¿Y qué? ¿Has luchado?

—No exactamente. Era técnico en las fuerzas aéreas. Me ocupaba de que los aviones volasen en óptimas condiciones.

—Ah, es una tarea importante, te felicito. ¿Aviones diseñados por judíos?

—No, por estadounidenses y franceses.

—Bueno, está bien. Los nuestros también son de los hijos de puta soviéticos.

—Pero Robert luchó en las guerras.

—¿De los americanos?

—No, de los israelíes. Antes de irse del país. Era comandante de tanque.

—¡Pero qué dices! —aplaudió papá—. ¡Robert comandante de tanque! Increíble. Siempre los tuvo bien puestos. Claro que sí. O sea que luchó. ¿Cómo? ¿En una guerra de verdad?

—Sí. Quizá incluso luchó demasiado. Quedó un poco trastornado. Algo se rompió en su interior. Fue una guerra dura. Murieron muchos de sus compañeros.

—Sí, claro. Es lo que ocurre en las guerras. ¿Qué te parece que sucedió con nosotros? —Bajó los ojos y siguió los dedos que iban de un lado para otro de la mesa—. ¿Dices que quedó un poco trastornado? No me extraña. Robert, pese a darse aires de bandido, tiene un buen corazón, es un tipo frágil.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué hay de tu corazón?

—¿El mío? Está lleno de plomo, endurecido. He visto demasiadas cosas, he hecho demasiadas, eso está claro, joder. Por eso me cogieron, sabían con quién trataban. Y yo no tenía ni idea de que matar fuera tan fácil. En cuanto te acostumbras, no hay ningún problema en matar a alguien. Es cosa de acostumbrarse. Antes de Majdanek, en realidad no había matado a nadie. Había golpeado, eso sí, quizá había llegado a matar intentando disparar a un alemán de lejos, nada serio. Fue más tarde, en Majdanek, cuando, como te contaba, tuve ocasión de exterminar con las manos o con el cuchillo. Pero en el campo todo era distinto. Allí era como un robot, no pensaba en nada. Aunque, más tarde, todo vuelve y resucita. Total, que mi nueva tarea fue otra historia, una tarea reservada sólo para los mayores hijos de puta. —Papá estaba midiendo sus palabras y, por la expresión de su rostro, había tomado una decisión—. Me hicieron ejecutor de sentencias de muerte, como decían, es decir, un asesino de colaboracionistas hijos de puta. Ellos, los de la comandancia, sabían lo que hacían, vieron quién era yo, mi procedencia, mi trabajo, puede ser que hubieran oído hablar de mí, vete a saber. Sabían que se agenciaban a un asesino despiadado. Yo había aprendido a asesinar en el campo, a matar, y también había descubierto el valor de una vida humana: ninguno, polvo. Los que me enseñaron a matar fueron los hijos de puta de los alemanes, ellos me enseñaron a hacerlo sin escrúpulos. Así, ¡bum! Una bala en la cabeza. Ellos me lo enseñaron y yo lo utilicé contra ellos mismos y contra los puercos que colaboraban con ellos, muchos de ellos gratis, más puercos aún que los alemanes hijos de puta que por lo menos creían servir a su patria de mierda. —Papá guardó silencio, movió la cabeza de un lado para otro y apretó los labios como si estuviera hablando para sí mismo—. Qué importa, eso era lo que había —concluyó, y se sirvió más vodka.

Eso era lo que había, pensé. Y examiné el rostro grave, aterrador, de mi padre, el asesino —ahora también asesino— encargado de las ejecuciones sumarias al servicio de la patria. Siempre lo había imaginado como a un valiente partisano, participando en acciones heroicas, luchando ferozmente contra los alemanes, salvando a sus compañeros de comando bajo el fuego enemigo, introduciéndose en búnkeres donde había nazis con ametralladoras y lanzándoles granadas. Como en las películas. Quería que papá fuese un héroe hollywoodiense. Otra vez la realidad quedaba mancillada, y cuanto más miraba el rostro de mi padre más espantoso me parecía.

—¿Cómo sabías a quién tenías que matar? ¿Lo decidías tú, por tu cuenta?

—¡Ni hablar! —dijo papá indignado—. ¿Quién era yo para decidir sobre la vida o la muerte de cualquiera? Nunca maté a nadie por mi cuenta. En la sede principal de Varsovia se examinaban los dosieres, caso por caso, y sólo si estaban convencidos de la culpabilidad de una persona me transmitían la orden. Jamás actué por iniciativa propia, siempre obedecía órdenes. Se seguía un procedimiento, claro está, así se actúa en la guerra. En la orden constaba el nombre por escrito, la dirección, cuál era su ocupación, y su sentencia, siempre la misma. Solamente podía actuar por mi cuenta ante delincuentes, y esta autoridad la recibí oficialmente de Varsovia. Nuestros compañeros los atrapaban, a veces eran vendidos por una banda rival. Entonces me llamaban. Cuando yo llegaba me los entregaban ya atados, listos. Y entonces, ¡bum!, un disparo a la cabeza, ¡bum!, uno menos, sin escrúpulos, sin piedad.

—¿Todos los delincuentes merecían la muerte?

—Por supuesto, ¡esos desgraciados habían robado y matado a ciudadanos inocentes sin pensarlo dos veces! De haber podido, los habrían violado antes de matarlos. Si atrapaban a algún judío, era su fin; nunca salió de sus manos un judío con vida. Ellos no tenían piedad, ¿por qué debía tenerla yo?

—¿Y los otros?

—Eso ya es algo más complicado —dijo lacónicamente.

—Dices que los investigaban exhaustivamente antes de condenarlos a muerte.

—Eso está claro, yo no maté a nadie que no lo mereciera. Sin embargo, después de la guerra algunos trataron de convencer a la gente de lo contrario, los muy hijos de puta. Terminó la guerra y de repente todos eran angelitos, habían olvidado lo brutal que es la guerra. Y esos a los que maté eran los más embrutecidos de todos. Para mí no representó ningún problema matarlos. El problema eran sus mujeres y sus hijos, ya que, para asegurarme de que eran ellos, iba a sus casas a buscarlos y allí los mataba.

—¿Matabas a padres delante de sus hijos?

—Sí —admitió papá—, a veces. Pero créeme, es más fácil matar a padres delante de sus hijos que a la inversa, matar a niños a la vista de sus padres, y eso era lo que los muy hijos de puta hacían con los judíos y los polacos que los escondían. Así es una guerra como esa. Ya puedes dar gracias a Dios de haber llegado al mundo después y no haberte visto obligado a hacer las cosas que tu padre hizo.

—Lo siento…

—¡Deja de pedir disculpas por todo! No tienes por qué sentirlo. Era lo que había, y todo cuanto digas o dejes de decir no cambiará nada de lo que sucedió.

Me callé. ¿Qué más habría podido decir? Me serví más vodka y también le llené el vaso a papá. Él tomó un trago y dejó de nuevo el vaso en la mesa porque le temblaba el pulso.

—Prefería salir solo para realizar estas misiones, así evitaba complicaciones. Cuando actúas solo, no hay sorpresas. Sabía que algunos jóvenes funcionaban bien, y de haber hecho falta habría utilizado a uno o dos. Pero en general realizaba esas misiones solo. Llegaba a la casa, observaba para asegurarme de que no había invitados y de que el cabeza de familia se encontraba allí. Entonces llamaba a la puerta. «Buenas, ¿es usted el señor tal y cual?». En cuanto me decía que sí, lo empujaba adentro y cerraba la puerta y lo liquidaba. Salvo cuando surgían imprevistos, como te decía: la mujer y los hijos. Los niños no tienen ninguna culpa, las mujeres un poco más, pero no como los hombres. Así que, si podía, a veces esperaba a que los niños salieran de casa, otras veces pedía a la mujer que los llevara a otra habitación, si es que la había. Fuera no, porque habrían pedido ayuda. Pero no siempre podía hacer eso, a veces no daba tiempo. Había patrullas de alemanes y ucranianos por todas partes y, por supuesto, había delatores por todas partes, proliferaban como ratas. No podía abandonar la misión, eso era imposible, ¿cómo podía perdonar la vida a unos cerdos que merecían morir? Hacerlo suponía permitir que denunciaran a otros. Y yo tenía una misión que cumplir, contaban conmigo, ¿cómo habría podido seguir mirando a los ojos a mis comandantes? Estábamos en guerra, y en la guerra, más en una guerra como esa, no es posible escoger. Así que intentaba evitar que los niños presenciaran la escena, pero no siempre lo conseguía. No es fácil ver a tu padre de rodillas, temblando, llorando, implorando por su vida, meándose en el pantalón, no es nada fácil. Y para mí era importante que aquellos desgraciados confesaran, claro, que pidieran clemencia, misericordia, sólo para decirles a la cara que para ellos no había perdón. Bum, una bala en la cabeza. No vale la pena terminar con un hombre si no comprende por qué lo matas, si no sufre un poco; por lo menos había que infligirle una parte de lo que él había hecho sufrir a gente que no tenía la culpa de nada. «Por favor, señor, usted mismo puede ver que tengo familia, hijos, apiádese de mí, señor, misericordia», sollozaban. «Hijo de la gran puta, asqueroso sinvergüenza, miserable desgraciado, y aquellos a los que mataste, ¿acaso no tenían familia? ¿Eh? ¡Pedazo de mierda! ¿Aquellos a los que denunciaste no tenían hijos? ¿No eran ellos mismos unos niños?». Yo lo vi, lo vi todo, lo que hicieron en los campos, lo que hicieron a los niños en el gueto de Lublin, cómo los martirizaban, los atormentaban y se reían. En fin, vi todas las atrocidades, tuve ante mí los rostros de los niños a los que asesinaron y los sufrimientos de otros a los que torturaron. Pensaba en los compañeros muertos por su culpa, en mi padre, en mi amigo Antoni que agonizó congelado en el campo, en mí en la fortaleza de Lublin, torturado como un cerdo en el matadero, en el rostro de la judía corriendo por el campo con el bebé muerto, en el niño al que habían disparado en la valla en nuestro pueblo, en los judíos a los que llevaron al bosque para asesinarlos. ¿Cómo crees que los atraparon? Gracias a chivatos como esos que gemían ante mí. Cientos de niños fueron exterminados en el bosque ese día. Bum, una bala en la cabeza, bum, otra, bum, a veces no podía detenerme y el hijo de puta recibía un cargador entero. Si a él le estaba permitido matar, entonces a mí también. Hijo de la gran puta, que arda en el infierno. —Y de golpe, alterado, mi padre gritó—: ¡Lástima que ya estés muerto, porque me encantaría matar a un desgraciado de mierda como tú una y otra vez! —Respiró hondo y prosiguió—: Después cogía la sentencia del tribunal de la resistencia, se la clavaba en el pecho y me largaba. —Papá miró a su alrededor, inquieto, y maldijo entre dientes. Tenía el rostro impenetrable, y la mirada de ave rapaz que de ordinario disimulaban los gruesos cristales de sus gafas ahora los traspasaba—. El que quiera ser un despiadado asesino de miserables tiene que sentir odio, el odio es más fuerte que la misericordia. De ese modo se puede matar con facilidad al que se lo merece. En fin, fue entonces cuando empecé a beber. Mucho, porque ayudaba, eso está claro. Así que en esa época bebía muchísimo, y hasta el día de hoy. Ya te he contado que no nos estaba permitido beber, pero yo contaba con un permiso especial. Comprendieron mi situación. Ajusticiar cada pocos días a alguien, verle la cara pálida, oír sus gemidos y los de su familia, dejaba secuelas que empezabas a sentir después, cuando el efecto de la adrenalina pasaba. No era fácil. Además estaba siempre en la cuerda floja, porque cada asesinato era una historia distinta, y nunca sabía cómo iba a acabar. ¡La puta realidad es imprevisible! Así que actúas por instinto, no te queda otra que confiar en tu instinto, como un animal de presa. Recuerdo, por ejemplo, un tipo de cuya culpabilidad no estaban seguros, así que nos pidieron que antes de ejecutar la sentencia nos asegurásemos bien. Entonces pedí que me acompañara un joven de confianza que se llamaba Felix, un auténtico hijo de puta, no tenía mucha compasión por los chivatos de mierda desde que alguien había delatado a su padre. Nos agazapamos y observamos qué hacía dentro de casa, y cuando vimos que el tipo estaba en la cocina comiendo algo irrumpimos empuñando las pistolas. ¿Cómo lo hacíamos en esos casos para saber la verdad? Interrogando. Empezábamos haciéndole preguntas, y luego venían los golpes. Si ellos se lo permitían, ¿por qué no íbamos a permitírnoslo nosotros? Pero él nada de nada, no soltaba prenda por mucho que recibiera, no confesaba. Y eso que recibió lo suyo el desgraciado, tanto que llegué a pensar que quizá era de veras inocente. Ya estaba considerando enviar un mensaje a las instancias superiores para decir que, tras haber realizado verificaciones, tenía mis dudas, cuando, de repente, de la despensa salió la hija. Había estado allí todo el rato sin atreverse a salir, y entonces fue corriendo a la cocina, abrió un armario y sacó una gran caja de latón llena de dinero que nos ofreció para que lo soltáramos. La muy estúpida metió la pata. En cuanto vi aquella cantidad de billetes, entre ellos marcos alemanes, comprendí exactamente de dónde procedían y al momento, sin pensarlo dos veces, le metí una bala en la cabeza. Bum. Felix le metió otra, para mayor seguridad. Con la muchacha no sabíamos qué hacer. No merecía morir, así que la atamos a una silla y nos dimos a la fuga. Hubo también una polaca que trabajaba como criada en casa de un comandante alemán de la Gestapo, un Volksdeutsche, un verdadero hijo de puta, un cruel criminal que hizo en Lublin cuanto le vino en gana. Los de arriba decidieron que había que acabar con él cuanto antes mejor. Volví a llamar a Felix, nos metimos en casa del tipo sin perder tiempo, porque vivía en una zona infestada de alemanes y ucranianos. Lo matamos en un abrir y cerrar de ojos, sin preguntar, ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta de lo que ocurría. El problema fue que también estaba allí la criada polaca, y la verdad es que no podíamos confiar en ella, porque nunca se sabe. Pero no daba tiempo de buscar algo para atarla, y tampoco queríamos matarla. Y entonces tuve una idea genial: le ordené que se pusiera a cuatro patas, cogí una pastilla de jabón del baño y se lo coloqué en la espalda. «Es una granada de mano, si te mueves, explotará», la amenacé. Y así dejamos a esos dos, al alemán con la cara reventada y a la criada a cuatro patas junto a él con una pastilla de jabón en la espalda.

»Imágenes espantosas como estas sólo existen en la guerra; yo tengo demasiadas y prefiero no hablar de ellas. En mi cabeza siguen vivas ¡y eso basta! Cuando mi cerebro deje de funcionar para siempre, las imágenes irán a parar bajo tierra con él. Hice lo que hice porque era mi deber, sí, mi deber, eso está claro. Porque hicieron lo que hicieron, no me dejaron otra opción que actuar como actué, y sólo por eso ya merecían sufrir. Pero no hace falta que lo cuente todo. Hay cosas que es mejor no contar, que es mejor enterrar bajo tierra para que se pudran, porque ese es el lugar que les corresponde. Y no queda lejos el día en que me desharé de ellas por completo.

Contemplé el rostro de papá. Estaba sentado, una vez más, frente a aquel viejo decrépito, borracho, que apenas lograba mantener la espalda erguida en la silla e, inclinándose hacia delante, se apoyaba en la mesa, con la cabeza a punto de caer sobre ella. Lo ayudé a ponerse de pie y lo acompañé al baño. Se le cayeron las toallas, pero ya no le importaba. Se apoyó en la pared y empezó a orinar. Le costaba atinar y por miedo a que perdiera el equilibrio yo lo sujeté por atrás y volví a fijarme en la monstruosa cicatriz que la Gestapo le hizo en la parte baja de la espalda, cuando todo acababa de empezar.

Llevé a papá a la cama doble que compartimos y lo ayudé a sentarse en ella. Abrí su maleta y encontré un viejo pijama a rayas. Junto a él estaba la botella extra de vodka que llevaba por lo que pudiera ocurrir y el cuchillo de carnicero en su vaina negra. Cerré la maleta, la empujé bajo la cama y ayudé a papá a ponerse el pijama.

Cerró los ojos para saborear los cuidados que yo le prodigaba. Una pierna primero, luego la otra, y finalmente tiré del pantalón hacia arriba. Un brazo primero, luego el otro, y por último abroché los botones uno tras otro. Pidió un vaso de agua para diluir un poco el vodka antes de dormir, según me dijo. Cogí uno de los vasos en que habíamos estado bebiendo, lo enjuagué y lo llené de agua. A papá le costó sostenerlo con la mano temblorosa, se lo acercó a los labios y lo bebió a largos tragos.

—¿Quieres más? —pregunté.

—No, gracias, ya está bien, hijo mío.

Lo ayudé a echarse en la cama. Lo arropé con la manta, le deseé buenas noches y me preparé para acostarme. Me cepillé los dientes, bebí tres vasos de agua, uno tras otro, y me senté en la taza del inodoro esperando que se calmaran el ardor de estómago y la sensación de aturdimiento provocada por el vodka, los cigarrillos y lo que me había contado. Necesitaba que mi mente, con la que siempre había podido contar, me permitiera distanciarme de la insoportable realidad y el magnífico envoltorio de la ficción envolviera los hechos. Sólo así era posible vivir, con los sentidos embotados, y quizá con el consuelo de las maravillas de la vida, los momentos cotidianos, la frágil bondad; un débil envoltorio que podía rasgarse en un instante, romperse en mil pedazos en cuanto aparecía cualquier cosa horrible.

Cuando decidí ir a acostarme me consolé pensando que ya dormiría profundamente, pero aún estaba despierto, tendido de espaldas con los ojos abiertos. Encendí la lámpara de la mesita y me tendí junto a mi padre el asesino.

—Hay otra historia que no te he contado y que debo explicarte —dijo papá en voz baja—. No es que sea muy importante, pero trata de la justicia moral e histórica.

—Un cuento para que me duerma.

—Eso, un cuento para que te duermas —replicó papá riéndose un poco, y carraspeó varias veces, muy fuerte—. Después de Majdanek, cuando volví con los partisanos, no cejé en la búsqueda del hijo de puta que me denunció en su fonda. Todos los partisanos de la zona de Lublin que me conocían sabían que iba tras él, pero al parecer al desgraciado se lo había tragado la tierra. Pensé que quizá había huido asustado, o que había muerto, o bien que los alemanes lo habían metido en un campo. Imposible saberlo, había muerto tanta gente en la guerra… Pero resultó que un buen día vino a verme una conocida. Era una muchacha hermosa que se movía por Lublin olfateando, indagando, flirteando si hacía falta para proporcionar información a la resistencia. Total que vino a decirme que creía que había encontrado al que yo andaba buscando. Me dijo que el tipo había abierto un restaurante en Lublin. El hijo de puta había estado escondido, pero en cuanto el Tercer Reich fue desmantelado creyó que había transcurrido el tiempo suficiente y se atrevió a salir. La muchacha me dio la dirección. Agarré dos pistolas por si acaso una se atascaba y me fui para allá. Entré. Detrás de la barra había una muchacha. Le pregunté dónde estaba el dueño y me contestó, señalándolo, que estaba allí, con unos clientes. Al mirar comprobé que era realmente él. En cuanto me vio acercarme, lo supo. Se quedó lívido, se puso de pie y gritó: «¡Pero si es el señor Zagorski, que ha venido a visitarnos! ¿No es increíble?». ¡El cabrón recordaba mi nombre y todo! Creía que si lo pronunciaba en voz alta los testigos sabrían quién era yo y me asustaría. Se acercó unos pasos tendiéndome la mano. Yo me limité a responderle: «¡Hijo de puta! ¿Recuerdas lo que te prometí? Sabes a qué he venido, ¿verdad? ¡Hijo de puta!». Y saqué las dos pistolas. Aún tuvo tiempo de gritar «¡Señores, señores, se ha vuelto loco!» antes de que vaciara los dos cargadores. Al día siguiente terminó la guerra.