Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 16 de 54

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Bandido

Capítulo 6

 

—¿De qué conoce a Artur, señor? —me preguntó Tereza.

En cuanto regresé de visitar a papá insistió en que almorzara, aunque fuese tarde. Aunque no tenía apetito, me gustó la propuesta, porque no quería pensar en el encuentro con papá. Nos sentamos en la cocina, después de que cerrase a Chopin, el pastor alemán antisemita, en el dormitorio, con el hijo enfermo. Le conté a Tereza que Artur llegó a Israel hace unos años con su compañía de teatro y los organizadores buscaban a alguien que les tradujera los textos del polaco al hebreo: así fue como nos hicimos amigos.

—Artur es brillante, me impresionó mucho.

—¿Le gusta la comida? Casi no la ha tocado.

—Está muy buena, pero como le decía no tengo mucho apetito.

—No se preocupe, coma lo que le apetezca. Es verdad, Artur es un magnífico actor. Hemos trabajado juntos algunas veces.

—¿Usted es actriz?

Miró mi plato de nuevo y me preguntó si había terminado. Le di las gracias, se llevó el plato y los cubiertos al fregadero y empezó a fregarlos.

—Sí, soy actriz. Sin embargo, no actúo desde hace años. Cuando era joven me daban muchos papeles, era famosa, la gente me paraba en la calle. Pero con el paso de los años cada vez me hacían menos propuestas o me prometían montones de cosas que tampoco se concretaban. Ahora trabajo aquí, en el teatro de Varsovia, como responsable de la programación y cosas así, ya me entiende. Ya no espero que me den ningún papel, es como si se hubiesen olvidado de mí.

No sabía qué decir y guardé silencio. Ella terminó de fregar los platos y se sentó de nuevo a mi lado.

—¿Un café?

—Gracias.

Cuando le ofrecí un cigarrillo americano lo aceptó con mucho gusto, pero en cuanto dio unas pocas caladas le cambió la expresión y pareció ponerse sombría. Me pareció que el silencio la incomodaba, pero este cada vez era más tenaz. Cómo podía yo romperlo, sobre todo con una persona a la que apenas conocía.

—Era una estrella —dijo de pronto con una voz demasiado fuerte—, sí, una verdadera estrella. Mi marido aún me llama prima donna.

Observé a aquella mujer apagada. Si era cierto que en el pasado había sido una diva, no quedaba rastro de ella. Tomó el café como una obrera, y viéndola recordé los buenos modales de mi madre, que ningún desastre había logrado borrar.

—¿Y usted a qué se dedica, señor?

—Trato de escribir.

—¿Es usted escritor? —dijo con los ojos repentinamente iluminados.

—Podría decirse que sí.

—¿Qué clase de escritor es usted?

—Uno medio dormido.

Se rio.

—No, quería decir qué es lo que escribe usted, ¿es realista o vanguardista?

—Más bien vanguardista —fantaseé.

—¡Estupendo! ¿Y qué tipo de vanguardia?

—Sobre todo novela policíaca.

—Qué combinación más emocionante. Estoy encantada, cuánto hacía que no tenía a un escritor en casa. Hubo una época, cuando tenía salón, en que organizaba reuniones y venían escritores. Enseguida voy a recordar sus nombres, aunque, como usted es un escritor joven, no los conocerá… —Y de repente se puso a murmurar con tanta torpeza que resultó lamentable.

Entonces le comuniqué que no iba a quedarme allí y que ese mismo día iba a mudarme a una pensión que me habían recomendado. Para tranquilizarla le dije que por supuesto podía quedarse con el adelanto de la semana, y pareció satisfecha.

—El bastardo del portero nos vigila en todo momento —dijo para justificar la expresión de alivio que apareció en su rostro.

Le pedí un listín telefónico y busqué en la sección de hoteles la dirección que papá me había proporcionado hasta que la encontré. El recepcionista, agobiado y nervioso, me respondió que la señora Janowska no estaba, que regresaría al día siguiente y que no había habitaciones disponibles. Le expliqué que era pariente de la señora Janowska y que estaba seguro de que ella estaría encantada de alojarme en su pensión, que necesitaba la habitación para aquel mismo día y estaba dispuesto a pagar lo que fuese necesario. Me pidió que aguardara y al cabo de un momento me informó de que podía alojarme en el desván, aunque añadió: «Como hay que arreglar la habitación para el señor tendría que llegar al atardecer».

—¿Vendrá usted alguna tarde a tomar café? —me preguntó Tereza mientras lanzaba una risita y se inclinaba un poco hacia delante para mostrar su escote—, tendremos la casa para nosotros. Mi marido no regresa hasta la noche y al chico lo mando mañana al pueblo a casa de mi hermana, para que tome el aire. Así tendremos tiempo para hablar.

Recogí la mochila de la habitación del hijo. Al salir le estreché la mano y le dije que no estaba seguro de si podría volver, aunque nunca se sabía, y salí a toda prisa de allí.

 

—No me creo nada —interrumpió mi madre—, debía de hacer pequeños papeles y ahora se las da de importante.

—¿Cómo lo puedes saber?

—No es que lo sepa, lo supongo. —Y tras quedarse pensativa unos segundos, dijo—: Yo también habría podido ser una actriz famosa.

—No lo dudo, mamá, tienes el porte de toda una actriz.

—No sólo el porte, también el talento. Si tu padre no se hubiera opuesto habría podido hacer una carrera de actriz. Te sorprendería la de ofertas que tuve.

—¿Por qué se opuso papá?

—¿A ti qué te parece? ¡Pues por celos! Tenía miedo de que yo llegase a ser alguien y él quedara en segundo plano. ¿Sabes?, nosotros también fuimos jóvenes, también soñamos con hacer algo en la vida, pero tu padre no podía soportar la idea de que yo triunfara y él no. Por eso prefirió arrastrarme con él.

—¿Qué es lo que hizo?

—Nada en especial. Sólo me prohibió aceptar la oferta que me habían hecho. Cuando, al terminar la guerra, el Teatro Nacional reabrió, se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme un papel. Tu padre afirmaba que la razón de la oferta era que el director estaba enamorado de mí, por eso me lo prohibió. Cuando insistí, me dijo que ningún problema, pero que si sospechaba de alguien le rompería brazos y piernas. Así que desistí, ¿qué podía hacer? Y la obra de teatro siguió adelante sin mí. Era la traducción polaca de una obra soviética, Dios mío. Debo admitir que el realismo soviético nunca ha sido santo de mi devoción, nunca he entendido por qué, si ya nos sometíamos a la triste cotidianidad que imponía el comunismo, no podíamos al menos dar rienda suelta a los sueños en el escenario.

—¿Aun cuando la obra fuera una porquería?

—Sí, aun así. Todo era mejor que la vida que llevaba —suspiró—. En cuanto a tu padre, quizá habría podido ser un buen músico, tenía talento. Pero mira cómo terminamos.

 

Volvía a caminar por las calles, pero esta vez, además de la mochila a la espalda, llevaba una bolsa de papel con algunos víveres cuidadosamente seleccionados en una mano y en la otra el bastón que había comprado en el mercado negro, en la tienda sugerida por Tereza, cerca de la pensión. Saqué el pequeño mapa de la ciudad que había cogido en la oficina de turismo del aeropuerto e intenté averiguar dónde me encontraba. Fui a sentarme en un banco y encendí un cigarrillo.

Al momento se me acercaron dos personas para pedirme fuego.

—¡Qué hijos de puta, los rusos! —les dije.

—¡Hijos de puta! —respondieron, y me dieron las gracias.

Uno de ellos me indicó en el mapa la dirección que buscaba, sólo a dos calles. Cuando ya me levantaba para ir hacia allá oí a mis espaldas una voz quebrada que me llamaba:

—¡Disculpe, señor!

Al volverme vi a una anciana con un cigarrillo apagado entre los dedos que venía tras de mí tan rápidamente como le permitían sus piernas. Me acerqué a ella. Jadeaba de lo lindo.

—Señora, no debería fumar tanto, se va usted a ahogar.

—Da lo mismo —respondió entre resoplido y resoplido—, para lo que hay que ver, prefiero ahogarme.

Hurgué en la bolsa de papel marrón y saqué una de las cajas de cerillas que había comprado en el mercado negro para papá y para mí. Luego pensé que debía ayudar a la anciana a sentarse en el banco que acababa de dejar. Ella me miraba encantada; me dio las gracias una y otra vez y me deseó una vida feliz. Al cabo de un rato llegué a la calle Zgoda, en la que el paso del tiempo había causado innumerables estragos en gran parte de los edificios que la guerra respetó. Así debían de estar también los de nuestro antiguo barrio de Breslavia después de veinte años de desidia.

—El señor ha llegado antes de tiempo —me amonestó el recepcionista de la pensión.

—No hemos quedado en una hora exacta. ¿Cómo he podido llegar antes?

Miró mi mochila y su expresión se dulcificó un poco al darse cuenta de que no tendría que ayudarme a subirla hasta el desván.

—Muy bien, el señor ya puede subir hasta el cuarto piso donde están las habitaciones del desván. La camarera aún no ha devuelto la llave —dijo mirando de nuevo el reloj—. ¡Le lleva horas limpiar el polvo! —murmuró—. Suba, suba, debe de estar en la habitación y con el rato que lleva allí ya tiene que estar a punto de terminar. Es la habitación catorce. —Y dicho esto siguió a lo suyo.

La recepción de la pensión de la tía Nella era sencilla, estaba un poco polvorienta, pero con todo resultaba agradable. Una cruz de madera pendía de una de las paredes y junto a ella había un cuadro con rosas rojas pintadas con la ingenuidad de un aficionado. Enfrente se encontraba una foto en blanco y negro del puente sobre el río Oder en Breslavia. La vista del puente sobre el río en la ciudad donde crecí le iba bien a la recepción de la tía Nella, y mientras subía por la escalera de caracol hasta el cuarto piso sentí que por fin estaba en el lugar adecuado.

El corredor del cuarto piso no era largo. Había tres puertas numeradas: la once y la doce estaban cerradas, la catorce entreabierta. La trece no existía, seguramente por superstición. Como no quería molestar a la camarera mientras trabajaba, fui hasta el final del corredor y abrí la ventana que daba al patio de atrás, bastante abandonado.

Esperé un rato al fondo del corredor, pero al advertir que no se oía ningún ruido procedente de la habitación que me habían asignado decidí asomarme para echar un vistazo al interior. Me acerqué a la puerta y la abrí otro poco con cuidado. Dentro, sentada en un sillón, estaba la camarera, una mujer oronda con uniforme (un vestido negro y un delantal blanco). Estaba inmóvil, tenía el rostro redondo, liso y hermoso, el pelo rubio recogido, y sus ojos azules y brillantes contemplan el vacío.