Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 27 de 54

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Bandido

Capítulo 17

 

Estaba sentada en una de las mesas del pequeño comedor que por las noches se transformaba en bar. Al verla sin el uniforme, por un momento me pareció que había perdido todo su encanto, pero enseguida advertí que era tan atractiva como durante la mañana: llevaba el pelo recogido en un moño alto y un vestido de lana azul marino. Sola en la mesa, con un vaso medio lleno, en su actitud había algo desafiante, que se percibía incluso en la inclinación de su cabeza. Una mano descansaba encima de la mesa, y con los dedos rozaba el cristal del vaso, mientras sus ojazos azules miraban a un punto indeterminado. Y entonces me rendí ante aquella belleza, ante aquella ternura que se negaba a abdicar frente la oscuridad que me acompañaba.

Aquella noche hacía frío en la pensión. En el bar habían encendido la estufa y el calor que desprendía me calmó un poco. Todavía había mesas vacías. La televisión parpadeante retransmitía, como cada noche, las noticias polacas. El camarero secaba vasos detrás del mostrador. Lo saludé moviendo la cabeza, él me devolvió el saludo y señaló uno de los vasos que estaba secando en una pregunta muda a la que asentí. La cuestión era saber dónde iba a sentarme, o mejor, a qué distancia de Lidia. ¿Por qué no a su lado? La miré de nuevo y, asombrado, vi que me señalaba el televisor: en la pantalla se veía a un montón de palestinos lanzando piedras y cócteles Molotov entre una densa humareda de neumáticos ardiendo y granadas de gas lacrimógeno que a su vez lanzaban los soldados, muchos de los cuales también disparaban balas de goma o munición verdadera a los manifestantes. Y de pronto detrás de ellos apareció una máquina agrícola, la Hatzitzit, que avanzaba lentamente tratando de dispersar a los manifestantes esparciendo grava. Lidia me decía algo, pero como no la entendía tuve un pretexto perfecto para acercarme a ella.

—Belén —dijo llevándose una mano a la cruz que pendía de su cuello.

—Sí, Belén, la iglesia de la Natividad —sonreí antes de volver a mirar de nuevo a la pantalla.

Cuando terminó la noticia y pasaron a otra me senté en una mesa cerca de la suya.

—¿Estuvo allí? —preguntó con la voz un poco emocionada—. ¿No es peligroso?

—Ahora sí, pero hace un año no lo era. De todos modos, seguro que terminará pronto, y entonces podré llevarla a comer humus frente a la iglesia de la Natividad.

—¿Humus?

—Es un plato de allí, era un decir.

El camarero colocó un vaso delante de mí y lo llenó de vodka, y luego miró el vaso de Lidia y también lo llenó. Después, él mismo alzó su vaso y Lidia y yo nos apresuramos a levantar los nuestros.

—Na zdrowie! —dijo—. ¡A tu salud, Lidia, y felicidades!

—¿Es su cumpleaños?

—Sí —sonrió con timidez.

—¿Han encendido la estufa en su honor?

—No —se rio—. Se ha estropeado la calefacción central. Le he dejado otra manta en el armario, y cuando suba a su habitación puede recoger una estufa en recepción.

—¡Muchas felicidades y que cumpla muchísimos más! Que tenga un maravilloso año, felicidades —le dije, y tomé otro sorbo.

—¡Gracias! Pero no me gusta demasiado celebrar mi cumpleaños. De hecho, no pensaba ni salir de mi habitación, pero la señora Janowska ha insistido para que bajara a tomarme una copa con usted, y a ella no hay forma de negarle nada.

—¿Dónde está la señora Janowska?

—Ha ido a casa de su hijo para echarle una mano, porque la nieta está enferma, pero se le ha hecho tarde y no ha conseguido salir antes del toque de queda. Me lo acaba de comunicar.

—¿Ha ido a casa de su hijo Bolek? —pregunté, estupefacto.

—Sí, de Bolek.

—¡Me sorprende que esté vivo! Era un auténtico animal, Bolek.

—Tengo entendido que salió de la cárcel hace unos años y la señora Janowska lo mandó para Varsovia. Allí conoció a una muchacha, se casó con ella y tuvieron una niña. Es un haragán, pero la señora Janowska está feliz de ser abuela. No es que se preocupe mucho por su hijo.

En Breslavia, Bolek, aun siendo pariente, nos daba un miedo horrible. Era violento e imprevisible, así que nunca le dirigíamos la palabra. La primera vez que lo vi de cerca, fue un día que vino a casa con su madre. Se sentó en una silla junto a una puerta que daba al balcón y, sin venir a cuento, empezó a soltar tacos y a insolentarse. La tía Nella, nerviosa, le arreó un bofetón en toda la cara que lo lanzó con silla y todo contra la puerta acristalada, que se hizo añicos. Se lo conté a Lidia y se rio.

—¡Muy propio de la señora Janowska! —añadió.

Guardamos silencio. El camarero se acercó y nos sirvió más vodka. Con una voz vibrante, absolutamente opuesta a su inexpresivo rostro, se sentó y felicitó por su cumpleaños a Lidia. A lo mejor la dueña le había dado instrucciones para hacer feliz a su empleada o lo había decidido él por su cuenta, pero en cualquier caso lo hizo con su torpeza habitual.

—¿Hace mucho que se conocen? —pregunté a Lidia.

—¿Quién? ¿Roman y yo? Sí, hace tiempo que trabaja aquí. Todos llevamos tiempo trabajando aquí, incluso yo, que me considero nueva.

—¿Cuánto hace?

—Unos tres o cuatro años, desde que llegué a Varsovia.

Por primera vez la tenía muy cerca, así que me di el gusto de contemplar la expresión de su rostro, de escuchar su voz tranquila, melancólica. Tenía una expresión triste en el rostro, a veces incluso afligida. Los ojos azules, redondos, irradiaban un sutil resplandor, como un resto de inocencia de la niña feliz. Y su sonrisa resultaba tan cálida que borraba de su rostro cualquier rastro de seriedad.

No obstante, mientras me contaba su historia no sonreía. Había llegado a Varsovia desde una aldea de la región de los lagos, al noreste del país. Como buscaba una excusa para salir de allí, se inscribió en un curso de enfermería en la capital.

—No quería estudiar enfermería, pero eso fue lo que encontré. Al llegar busqué trabajo y precisamente la señora Janowska necesitaba una camarera. Dije a mis padres que estaba estudiando, pero no era cierto. Creía que, una vez en la gran ciudad, tendría la posibilidad de cultivarme. Desde entonces estoy aquí. No está mal, estoy a gusto. De momento no necesito nada más. — Y tomó un sorbo de vodka.

Le pregunté si quería un cigarrillo y me respondió que no fumaba. Entonces le pregunté si le molestaba que fumase.

—Por supuesto que no —me contestó, y de pronto, echándose a reír, añadió—: La señora Janowska se preocupa por mí, querría que hiciera vida social y que encontrase marido. No deja de repetírmelo, e insiste en que, al menos una vez por semana, salga pronto del trabajo y me vaya por ahí con las amigas. Ella no sabe que aquí no tengo amigas, así que voy a la iglesia, me gusta, o paseo por la orilla del Vístula o por el parque. —E interrumpiéndose de repente me miró dubitativa—. No se lo contará, ¿verdad?

El vodka ralentizaba sus movimientos ya de por si lánguidos. No siguió hablando sino que se puso a juguetear con la cruz que pendía de su cuello. Por lo visto era de esas personas a las que no incomoda el silencio, como yo mismo, pero en aquel momento tuve la sensación de que si no hablaba Lidia se alejaría de mí y la perdería. Entonces le hablé de Tecla, la asistenta que mamá trajo a trabajar a casa, al PGR, cuando papá no vivía con nosotros. En ese momento no estábamos apurados económicamente y Tecla venía a casa tres días por semana. De hecho, Lidia me recordaba a ella, no por su aspecto, ni tampoco por su carácter, sino por su inocente fe en la Santísima Trinidad y su sencillez propia de la gente de pueblo. En Lidia aquella sencillez apenas se insinuaba, pero el vodka parecía agudizarla, mientras que en el caso de Tecla la sencillez era la esencia de su carácter. Nuestra asistenta del hogar era una muchacha de pueblo bastante inculta y católica devota, y como Lidia, siempre jugueteaba con la cruz que pendía de su cuello.

A Tecla le daban miedo los grandes óleos que mis hermanas habían encontrado en la mansión y colgado en la habitación donde vivíamos nosotros. Creía que el alma de los antiguos ocupantes de la casa vivía en los cuadros, que los personajes representados en ellos vigilaban lo que hacíamos y decíamos, que sus miradas la seguían dondequiera que fuese y que querían perjudicarnos a todos nosotros, los invasores de la casa que había pertenecido a sus ancestros durante generaciones. Como no le gustaba quedarse a solas con los cuadros, siempre encontraba un pretexto para que me quedara con ella. De paso, la ayudaba con las labores domésticas: fue ella quien me enseñó a barrer, planchar o a hacer una tortilla. Juntos bajábamos al patio para hacer la colada y cortar leña para la estufa. Cada vez que caía enfermo, aunque fuera sólo un resfriado, se tomaba a pecho mi enfermedad y deslizaba bajo mi almohada una medalla de la Virgen María. Rezaba arrodillada a los pies de mi cama como si se tratara de una cuestión de vida o muerte, mientras miraba, horrorizada, los retratos colgados en las paredes que nos vigilaban.

Finalmente, un día se arrodilló frente a mí, se sacó del bolsillo la medalla de la Virgen María, me la puso en la mano y me la cerró. «¡Pero si no estoy enfermo!, —protesté yo—. Ya lo sé, Tadek, pero me voy para siempre y quiero que la Virgen María se quede contigo y te proteja», me explicó. «¿Dónde vas?». «A la ciudad».

—¡Igual que yo! —dijo Lidia riendo.

—Cierto, aunque Tecla no dejó el PGR para ir a estudiar enfermería, sino para hacer la calle. Decía que allí todo el mundo la jodía, pero gratis, así que prefería cobrar algo por lo menos. Se fue del PGR con el sentimiento de irse a cumplir una misión, como si finalmente hubiese encontrado su destino.

—En mi pueblo había muchachas como ella —me explicó riendo Lidia—, también las jodían todos. No se iban para hacer la calle, pero eran lo suficientemente bobas para terminar haciéndola.

Se levantó, me dijo que iba un momento al servicio y salió con paso un poco vacilante. Mientras pedía otro vodka vi que Roman, en el mostrador, seguía a Lidia con la mirada. ¿Estaba preocupado o celoso? Cuando advirtió que lo estaba mirando, vino hacia mí, me llenó de nuevo el vaso, echó un vistazo a la puerta del lavabo y a continuación me miró y vaciló. Me pareció que quería decirme algo, pero de inmediato volvió al mostrador y encendió un cigarrillo. La misma expresión puso cuando me vio sentarme a la mesa de Lidia.

Ella tardó en regresar. Yo deseaba que volviera cuanto antes, porque en cuanto desapareció me asaltó de nuevo la imagen del rostro de papá en la residencia, rodeado de los miembros de la segunda familia. Para combatir el recuerdo de la habitación cargada del olor del humo de los cigarrillos y del alcohol barato, del rostro furioso de papá y su sucia boca, sólo podía recurrir a las verdes extensiones del campo en Polonia, a los prados, las viñas, los pastos, los frondosos bosques, los arroyuelos, los ríos y los lagos: sí, extrañaba aquella naturaleza voluptuosa y el rostro redondo, sonriente, de la bonita camarera de mi pensión que, al regresar, me encontró sentado a su mesa.

—Na zdrowie! —le dije, brindamos de nuevo y dimos un trago.

—Cuénteme más cosas —me pidió.

—¿Qué quiere que le cuente?

—Algún otro recuerdo de infancia como el que acaba de contarme. Anécdotas que me permitan recordar por qué me fui de mi pueblo y dejar de sentir nostalgia —me explicó sonriendo tímidamente.

Entonces le conté la historia de los tres hermanos locos, dos chicos y una chica.

—Vivían solos con su madre, como nosotros, pero a ellos todo el mundo los evitaba. Staszek, el benjamín, parecía un poco retrasado, tenía el rostro deformado y se dedicaba a insultar al primero con el que se cruzaba. Jacek, el mayor, parecía normal, pero también él estaba como un cencerro. Cada día salía con dos perros para llevar las vacas a pastar y había bautizado a las vacas con colores. «La azul», decía a los perros, o «la roja, la morada», y ellos salían corriendo detrás de la vaca mencionada. Un día, mi hermano y sus amigos se hicieron unos zancos de madera y, mientras caminaban por delante de la casa solariega, Jacek regresó con sus vacas. Yo iba con ellos. «¿Qué hacéis? ¡Bajad de los zancos ahora mismo!», nos gritó enojado, pero nosotros no le hicimos caso. Mientras se acercaba, Jacek iba gritando: «Pero ¿qué intentáis hacer? ¿Queréis elevaros por encima del suelo? ¿Os atrevéis a desafiar a Dios? ¡Lo que hacéis es pecado!». Pero Robert, ni corto ni perezoso, le soltó: «¿Tú nos hablas de pecado? ¡Mi hermano os vio a ti y a tu hermano follaros a las vacas en el establo!».

Al darme cuenta de lo que estaba diciendo me interrumpí de golpe, un poco avergonzado, pero Lidia me tranquilizó enseguida:

—No se preocupe, ¿cree que en mi pueblo no había quien se follaba a las vacas?

—Un día la hermana mediana, la gorda Jadwiga, fue a la ciudad a comprarse un montón de bragas con el dinero que había ahorrado. Desde entonces, cada día estrenaba unas y se paseaba entre los chicos y chicas del pueblo levantándose la falda. «Mirad, ¡llevo bragas nuevas!», decía satisfecha. Y cuando no lo hacía eran los del pueblo los que la provocaban gritándole: «¡Eh, Jadwiga! ¿Hoy no te has cambiado las bragas o qué?», y de inmediato ella se levantaba la falda para demostrar que sí se las había cambiado, y ellos disfrutaban del privilegio de volver a mirar de nuevo sus gruesos muslos y su barrigota mientras se partían de risa. Y de pronto yo empecé a sentir un deseo irrefrenable de tocar aquella tripa regordeta. Un día se presentó la oportunidad cuando Jadwiga apareció frente a mí con una horca a hombro. Avanzábamos pegados a una cerca, uno frente a otro, y yo pasaba la mano por encima de los pilones, de modo que, cuando íbamos a cruzarnos, dejé la mano extendida como por casualidad y toqué un instante su barriga con los dedos. Pasé de largo como si nada, pero ella se detuvo y se volvió: «¡Sinvergüenza!», gritó apuntándome con la horca. Si no llego a saltar de costado, me ensarta. Lo intentó de nuevo, pero yo hui como alma que lleva el diablo. Jadwiga no cedió y me persiguió gritando y soltando tacos. Para cuando llegué a la gran explanada ella me seguía a duras penas: «¡Escapa, escapa!», me gritaban los campesinos con los que me cruzaba, pues tampoco ellos se atrevían a acercarse a Jadwiga armada con su horca. Finalmente, cuando las fuerzas la abandonaron, se detuvo, y pude dejar de correr: «¡Ya te ajustaré las cuentas! El año que viene, cuando vayas al colegio que está al lado de mi casa, ¡te atraparé y te cortaré los huevos!».

—¿Se los cortó? —preguntó Lidia.

—No, se le olvidó.

—¡Menos mal! —dijo sonriendo.

—Sí, tuve suerte. Ella no tanta. Unos días más tarde sucedió una desgracia en su familia. Staszek, el pequeño, contrajo disentería y no podía parar la diarrea. Al final estaba tan harto que pidió a Jacek que le metiera un tapón de madera en el culo. Entonces, el hermano mayor le hizo un tapón de madera del tamaño adecuado, se lo metió a Staszek en el culo y al día siguiente le explotaron las tripas.

—Virgen santísima —balbuceó Lidia besando la cruz que pendía de su cuello antes de dar otro trago a su vodka.

—Cuando el carro con el ataúd de Staszek recorrió el pueblo de camino a la iglesia, detrás de él iban sólo Jacek, Jadwiga y la anciana madre. Los habitantes del PGR salieron a las puertas de sus casas y observaron en silencio el triste cortejo, pero ninguno de ellos se añadió a la comitiva. Y un buen rato después de que esta desapareciera de la vista siguieron oyéndose los bramidos de Jadwiga, que finalmente también se extinguieron a lo lejos. Al cabo de unos instantes, antes de que los campesinos se dispersaran, vimos aparecer una figura encogida con una maleta en la mano y un pañuelo negro en la cabeza que andaba despacio arrastrando una pierna. Cuando se acercó se empezaron a oír los gritos de los campesinos: «¡Mirad, es Tecla, la reina de las putas!». Mi madre fue a su encuentro enseguida, y nosotros detrás. Tecla tenía el cuerpo lleno de magulladuras. Instintivamente me saqué del bolsillo la medalla de la Virgen María que me había dado y se la ofrecí, pero con un gesto me indicó que me la quedara. Mi madre pasó un brazo por su espalda y la condujo al interior de la granja, la hizo subir a nuestra habitación, nos ordenó que nos quedáramos fuera y cerró la puerta. Así que pegamos las orejas a la puerta. «¡Ay, señora Zagorska, si supiera lo que me ha pasado!, — se lamentaba Tecla—. Cuando me marché, fui a visitar a mi familia en el pueblo y fui feliz, ¡tan feliz! Hacía tiempo que no los veía. Mamá cuidaba de mí, me daba de comer, y yo jugaba con el rollizo bebé de mi hermana. Pero al final me fui a la ciudad sin decirles a qué pensaba dedicarme, porque sabía que se enojarían. Pero en la ciudad, señora Zagorska, ¡en la ciudad fue un desastre! Me compré ropa nueva y enseguida me encaminé a la calle de las prostitutas. Sabía que con lo que ganara podría alquilar una habitación, así que me llevé mi maleta. Cuando encontré un lugar que me pareció adecuado me quedé allí de pie, como las otras putas, y dejé mi maleta junto a mí. Pero nada más verme, me rodearon y me insultaron: “¿Quién te crees que eres, desgraciada?, —me decían—. ¿Vienes a robarnos la clientela?”. Y entonces empezaron a golpearme, señora Zagorska, a zurrarme de lo lindo, incluso ya en el suelo me seguían golpeando. Me abofetearon, me arañaron, me tiraron del pelo, me rasgaron la ropa hasta dejarme casi desnuda. Así que tuve que huir. Me envolví en el abrigo y regresé al pueblo, con la familia. Pero en cuanto mamá oyó lo que había hecho, me echó de casa». Por eso regresó con nosotros Tecla. Aunque un tiempo más tarde volvió a desaparecer de repente. Nunca supe adónde fue.

Lidia hizo señas a Roman para que nos sirviera más vodka, pese a que ya estábamos bastantes borrachos. Nos reíamos, pero no de alegría.

—Lo siento —dije.

—No lo sienta. Ya no estoy en el pueblo.

—Pues yo mañana quizá regrese…

—¿A su pueblo?

—Al de mi abuela. Mi tía todavía vive allí.

—Qué bien —dijo.

—No lo sé —respondí, y entonces decidí contarle que mi padre quería acompañarme. Por supuesto no se lo conté todo, pero sí lo suficiente para que pudiera entenderlo. Y lo entendió.

—¿Para qué ha regresado? —preguntó de pronto.

—Para volver a verlo.

—Yo a mi padre no quiero volver a verlo nunca.

—¿Por qué? —Como no respondió, añadí—: Mi padre fue partisano en la guerra.

—Mi abuelo también. —Guardó silencio un instante antes de proseguir—: ¿Le ha hablado de ello?

—No mucho.

—A mí lo poco que me contaron me quitó las ganas de oír más.

No respondí. Cuando nuestras miradas se cruzaron, murmuré:

—Todo es repugnante, Lidia, tan asqueroso…

Ella me tomó la mano y la puso sobre su vientre.

—No te preocupes —me aclaró al ver que la miraba sorprendido—, yo no te voy a cortar los huevos.

Entonces apreté un poco, con la punta de los dedos. El vientre de Lidia era blando y cálido, incluso a través de la falda de lana.