Bandido

Itamar Orlev · Capítulo 49 de 54

Páginas del PDF

Bandido

Capítulo 5

 

Por la mañana, la tía se puso su vestido de fiesta, un pañuelo floreado a la cabeza y, en vez de botas de goma, unos zapatos de piel. Como cada domingo, se disponía a ir a la iglesia y nos preguntó si queríamos acompañarla. La idea me gustó. En las vacaciones, cada domingo el tío enganchaba los caballos al carro, lo cubría con paja, ponía encima unas mantas y nosotros lo adornábamos con cintas de colores. El tío y la tía se sentaban delante, los demás detrás, encima de las mantas, y el carro se ponía en marcha.

De toda la región llegaban carros adornados a la plaza de la iglesia. Los gitanos montaban una feria en ella y reinaba un ambiente festivo. Antes de entrar en la iglesia, acostumbrábamos a ir al cementerio, que estaba al lado, a visitar la tumba del abuelo. La abuela y la tía limpiaban la lápida y a menudo llevaban flores. En la losa de mármol negro estaban inscritos el nombre y la fecha de la muerte, y encima había una gran cruz negra, amenazadora, con la figura en plata de Cristo crucificado, pequeña y angustiosa.

—¡Ni hablar! —gritó papá—, tenemos cosas más importantes que hacer que ir a tu iglesia. Iremos al cementerio a visitar a papá, a mamá, a Sabina, y a ver cuáles de mis conocidos han muerto. Después buscaremos una tumba para mí.

—¿Cómo vais a ir? —preguntó la tía—. A tu ritmo, llegaréis al cementerio el domingo que viene.

—Cogeremos el carro, Irena, aún recuerdo cómo se lleva un carro.

—No tengo caballo, Stefan, el carro lo enganchamos al tractor.

—Pues cogeremos el tractor.

—Eso sí que no. Venís conmigo. Pronto vendrán Leszek y Blanca a buscarme con su carro para ir a la iglesia. Desde allí podréis ir a pie al cementerio.

—¿Y esos quiénes son? —preguntó papá, suspicaz.

—No los conoces. Él nació después de que tú te fueras, es hijo de Picosiński.

—Menudo hijo de puta —refunfuñó papá.

—Totalmente de acuerdo, pero él es su hijo.

Ayudé a papá a montar al carro de los Picosiński. Los tres hicimos el camino atrás, en silencio. El carro se detuvo en la iglesia. No había feria, ni gitanos, ni carros adornados. No quedaba rastro del ambiente festivo que recordaba. La gente que acudía lo hacía en silencio, la mayor parte eran mayores. La tía nos preguntó si queríamos entrar y papá pareció dudar hasta que al fin empezó a caminar dificultosamente hacia el cementerio. Yo lo alcancé después de esperar a que la tía entrase en la iglesia.

Cuando la misa hubo terminado, regresamos a casa con el matrimonio Picosiński. Al mediodía vinieron a visitarnos Halina y su familia. Me alegró volver a ver a Halina y Adam. Su presencia iluminaba las estancias de la casa, que el silencio de la tía y de papá volvía sofocantes, y los dos niños les dieron vida. Adam nos entregó dos billetes de tren.

—Halina me ha dicho que os queréis ir mañana, así que me he ocupado de los billetes. Podéis salir de Chełm por la mañana y llegar a Varsovia por la tarde. Os vendré a recoger.

Le di las gracias y quise reembolsarle el importe de los billetes, pero no lo aceptó de ningún modo.

—Cuando vayamos a Israel ya nos invitarás —me dijo.

Nos sentamos a almorzar. La tía y Halina trajeron a la mesa salchichas ahumadas y morcilla, zurek y pierogi rellenos de carne, patata y setas; trigo sarraceno cocido con manteca de cerdo y cebolla frita, trocitos de pepino y nata agria. Al ver todos esos manjares, papá casi se echó a llorar.

—¡Gracias! —exclamó emocionado—. Muchas gracias, Irena querida. Creía que jamás volvería a comer los platos que mamá nos preparaba.

Cuando terminó de elogiar el almuerzo, volvió a alabar la educación y los buenos modales de los hijos de Halina, tan distintos a los bandidos que crecieron en su casa, insistió. Después de comer, sacó del bolsillo la cartera, cogió dos billetes de veinte eslotis y dio uno al hijo y otro a la hija de Halina. La pequeña reverencia que le hicieron para agradecer el regalo lo dejó encantado.

Nos levantamos de la mesa. Los niños fueron a jugar al patio, Adam a reparar el televisor, papá y la tía a descansar, y Halina y yo salimos a pasear un rato. Fuera brillaba el sol, el cielo estaba despejado pero el aire era frío. Llevábamos puestos los abrigos y tomamos el camino de tierra que llevaba a la granja vecina. Allí había ganado y aperos de labranza por todo el patio (así recordaba el nuestro).

—Qué puedo hacer yo —me explicó Halina—, mamá no está dispuesta a cambiar. Trabaja mucho, demasiado para su edad, pero es imposible hacerla renunciar a su rutina. Odia a todo el mundo, está reñida con la mayoría de los vecinos. Su mejor amiga es la vieja vaca reumática, con la que mantiene largas conversaciones. Hace tiempo, mi hermana y yo, para ayudarla, reunimos dinero y le compramos un tractor nuevo. Creíamos que estaría dispuesta a aprender a conducirlo, ya que no es peligroso, pero se negó. Allí está, en el almacén: se contenta con limpiarlo. A veces paga a alguien para que la ayude a labrar, por ejemplo, o a recolectar. Su soledad me parte el corazón, por eso vengo a visitarla siempre que puedo, pero con eso no basta. Nunca se queja, dice que así es la vida. Y sin duda tiene razón, pero es una pena que la vida sea así.

Avanzamos un poco más y vimos la granja rodeada de una cerca que yo había visto el día anterior.

—¿No estaba aquí la pocilga de Boris y Janka Górska? —pregunté.

—Sí, todavía está, hace tiempo que es la más próspera de la zona. Boris murió hace años. Malas lenguas dicen que ella lo mató. Yo no lo creo. Quizá la vida con ella precipitó su muerte, ¿quién sabe? De todos modos, ella robó tierras a todo el mundo, a mamá también. Así ha creado un imperio. Y si alguien se queja, enseguida le arrea una tremenda paliza, también a los hombres. No teme a nada y tiene dos hijos bandidos que la protegen si es necesario. Todo el pueblo la teme, nadie se atreve a buscarle las cosquillas. También golpeó a mamá.

—Quizá podríamos decirle a papá que se encargara de ella —bromeé.

—Pues en un momento dado lo pensamos. Pero ya está viejo, apenas camina. Y mamá nos dijo que de ningún modo quería tener nada que ver con él.

—Me ha llevado al cementerio para mostrarme las tumbas del abuelo y de la abuela. Recordaba la tumba negra del abuelo, de pequeño me daba miedo. La de la abuela aún no la había visto.

—Era vieja cuando murió, tenía ochenta y seis años. Los últimos tres vivió con nosotros, después de reñir con mi hermana, y se fue apagando poco a poco hasta que murió. Lo curioso es que, de repente, cada día te mencionaba. Hacia el final, cuando ya no sabía dónde estaba, preguntaba: «¿Dónde está Tadek?».

—¿Y qué le respondíais?

—Por entonces ya estaba tan mal que no le decíamos nada. No valía la pena.

Cruzamos un campo que aún no había sido arado después de la cosecha en el que había espigas secas aquí y allá.

—Después me ha llevado a la tumba de Sabina —le expliqué—, nunca había estado allí. Siempre que visitábamos el cementerio, íbamos sólo a la tumba del abuelo. Cuando le he preguntado a mi padre por qué, me ha dicho que esta mierda de familia prefería no recordarla, porque había sido una gran tragedia. Y la tumba estaba prácticamente en ruinas, apenas se veía su nombre.

—Tu padre tiene razón. Realmente decidieron olvidarla. Mi madre casi no hablaba de ella. Cuando le preguntaba por ella, por ejemplo, cómo era antes de que el caballo le diera una coz en la cabeza, qué aspecto tenía, cosas así, me respondía secamente que la dejara descansar en paz, así que dejé de preguntar. Sólo una vez, cuando yo vivía aún en el pueblo, vi a mi madre delante de su tumba, cabizbaja.

Salimos del camino y Halina me dejó escoger hacia dónde ir. Fuimos a dar a un sendero que no sabía adónde llevaba, y al cabo de un centenar de metros, después de cruzar entre matas de eneas y frambuesos, llegamos a los pantanos, las «lagunas» de mi infancia, donde nadábamos y en las que se ahogó Piotr.

—Aún puedo ver al padre de Piotr de rodillas, cogiendo a su hijo muerto como si fuese un bebé, mirando al cielo y gritando «¡Levántate, levántate!».

—Fue terrible —recordó Halina—, hay tantos niños que mueren porque sí. ¿Y cuando nosotros éramos niños? A veces, cuando lo pienso, me parece un milagro que sobreviviéramos, gracias a Dios.

Cuando Halina cogió un cigarrillo y me preguntó si tenía fuego, también yo busqué uno de los míos y encendí ambos con el mechero.

—¿Aún hay escasez?

—Los hijos de puta de los rusos… —dijo.

—Sí, qué hijos de puta…

Nos quedamos contemplando las lagunas en silencio. El cielo, sin una sola nube, teñía el agua de azul oscuro. En la superficie nadaban los patos. Otras aves de largas patas caminaban lentamente con largos pasos por la ribera en busca de alimento. Eran las últimas, pronto migrarían al sur, antes de que el frío helara las aguas de los pantanos.

—Luego hemos ido a la tumba de Lunka —le seguí explicando.

Papá se detuvo y observó la lápida en silencio, sin maldecir, sin refunfuñar. Se sentó encima y la limpió un poco con la mano.

—Era un buen amigo, Lunka —murmuró—, mira qué joven murió. Esos hijos de puta lo mataron. —Se interrumpió un instante antes de proseguir—. Hablaron mucho de él, dijeron que era un bandido, un sinvergüenza, un mafioso… ¡Chorradas! Eran unos envidiosos de mierda, unos cobardes. No discuto que sabía atizar, eso está claro. Pero siempre defendía su honor y el de sus amigos, ¡qué tiene eso de malo! Siempre sabía lo que había que hacer, sobre todo en la guerra, te aseguro que pocos partisanos fueron héroes como Lunka. A lo mejor cometió algunos disparates, pero ¿quién no? Sobre todo era un amigo fiel. Es imposible olvidar las noches de farra con él. Todos los cabrones que lo ponían a parir lo hacían porque no habían logrado su amistad, así de simple. Y Lunka tenía pocos amigos. Los escogía de uno en uno. — Volvió a guardar silencio y se secó una lágrima que no había podido contener —. Él y yo éramos amigos de la infancia, decían que éramos como mellizos. Nuestra amistad debería haber durado toda la vida, pero esos hijos de puta me lo arrebataron. Estoy seguro de que esos cabrones ya no están vivos. Pero ¿de qué me sirve eso? —Papá miró alrededor—. Ve, Tadzio, hijo mío, coge algunas flores de esa tumba y tráelas para acá. Se las pondremos a Lunka. Aquí nadie cuida de él.

Le llevé las flores que me había señalado. Las dejó sobre la tumba y luego apoyó las manos en la lápida, bajó la cabeza y murmuró algo para sus adentros.

—¿Papá? —le dije al cabo de un rato.

—Un momento —me respondió, y se quedó unos instantes más con los ojos cerrados—. Tengo que despedirme de él. Es la última vez que nos encontraremos así. La próxima será ya bajo tierra, cuando me entierres. —Dio unas palmaditas a la lápida como si fuera el hombro de su amigo y me pidió que lo ayudara a levantarse—. Vámonos de aquí, ya está bien —susurró.

—¿Y tu tumba?

—Estoy cansado, entiérrame junto a papá y mamá, ¿qué más da? Confío en ti, estoy seguro que te ocuparás. Venga, vámonos.

Cuando volvimos a la plaza de la iglesia, la misa había terminado. Papá dudó un instante, suspiró y decidió entrar y encender una vela en recuerdo de su amigo Lunka.

 

—Según cuentan, él y tu padre eran el terror del pueblo —me contó Halina—. Dicen que se parecían mucho. Zurraban, se emborrachaban, se repartían a las chicas. Dicen que el tal Lunka era aún peor que tu padre y que fue él quien lo llevó por el mal camino. Eran amigos del alma, como se suele decir. Y hay quien dice que incluso había algo más, ¿sabes?, pero quién sabe, son sólo chismorreos de pueblerinos aburridos. En cualquier caso, sin duda fue el amor de la vida de tu padre. Creo que lo sigue llorando aún hoy. Siempre que oigo hablar a tu padre de Lunka tengo la impresión de que nunca lo he oído hablar del mismo modo de nadie más.

Las palabras de Halina fueron haciendo mella en mi cabeza. Ella se dio cuenta de que la expresión de mi rostro había cambiado.

—Lo siento, quizá no debería haber dicho nada.

—Al contrario, te lo agradezco.

—No pareces contento.

Me callé. En aquella última semana había vivido demasiadas cosas. El rostro de papá no dejaba de cambiar ante mí y con cada cambio una nueva traición se añadía a las anteriores. No sólo derrochó nuestro dinero en vodka, no sólo nos dio unas palizas atroces, no sólo desaparecía cuando le venía en gana, no sólo tenía una segunda familia, otros hijos y montones de amantes, ¡sino que, para acabarlo de rematar, también tenía a Lunka! Lunka el bandido, el desalmado, el delincuente, el mafioso; Lunka, el amor de su vida. Nosotros, su familia, habíamos tenido que tragar mierda por su culpa, y la poca ternura de la que había sido capaz, la poca compasión, nostalgia y fidelidad, se las había reservado a su difunto amigo de adolescencia.

—Esta última semana has descubierto demasiadas cosas —me dijo Halina.

—Sí —asentí sonriendo.

—¿Estás bien? —me preguntó cuando llegamos a la puerta de la casa mirándome preocupada.

Entramos en la cocina. La tía, Adam y papá estaban sentados a la mesa tomando té. Junto a la taza de papá había un vaso de vodka.

—¿Dónde estabais? —preguntó de inmediato papá.

No respondí. Habría querido no estar allí. Me apoyé en la pared y me esforcé en ocultar todo el resentimiento que había ido incubando.

—Precisamente les estaba diciendo lo maravilloso que ha sido que hayas venido a visitarme —prosiguió papá con unos ojos brillantes que delataban que, tras la siesta, se había levantado de un humor sentimental—. Y también que hayamos podido venir al pueblo, que hayamos visto a mi hermana Irena, a la querida Halina y al bueno de Adam y a sus dos hijos tan educados. — Irena miraba recelosa a papá—. De hecho, ¿dónde están los críos? —preguntó de repente.

—Creo que en el patio —dijo Halina.

—Ah, pensaba que estaban con vosotros —dijo pensativo, antes de volver a ponerse sensiblero—. Jamás habría podido imaginar que tendría esta oportunidad, estaba seguro de que me pudriría allí, en la residencia de ancianos.

—Y así será, te pudrirás en la residencia —quiso precisar la tía, que seguía mirándolo recelosa.

—Vete a saber, querida Irena… La vida está llena de sorpresas.

La inquietud que expresaba el rostro de la tía se agudizó. Estaba claro qué era lo que le preocupaba.

Papá se calló y jugueteó con un cigarrillo antes de encenderlo. También yo saqué uno de mi cajetilla, y cuando le ofrecí fuego me temblaba la mano, cosa que Halina advirtió. Papá vació el vaso de vodka y miró a su alrededor con una ancha sonrisa. Nadie más sonreía en la habitación.

—¡Es increíble que estemos aquí sentados, todos juntos! ¡Toda la familia! —exclamó extasiado, hasta que de pronto se le ensombreció el rostro—. ¿Dónde están los niños?

—Halina te lo acaba de decir, están jugando en el patio —le respondió fastidiada la tía.

—¡Son unos niños tan buenos!

—¿Desde cuándo te han importado los niños? —dijo la tía, enojada, golpeando la mesa—. ¿Desde cuándo te importa alguien?

Papá tuvo que hacer esfuerzos para controlarse y soltó tan sólo una breve risita. Halina me lanzó una mirada inquieta y yo traté de sonreírle.

—Bueno —dijo Adam—, los niños están bien, seguro que están jugando en el pajar. Conocen la granja, no hay razón para preocuparse.

—Vale… —terminó concediendo papá—, pues ya no me meto en vuestros asuntos, son vuestros hijos. Tan educados. Sólo preguntaba porque me encanta su compañía, pero ya me callo.

Nuestras miradas se cruzaron un instante, luego miró la botella de vodka y la agarró con sus manos pesadas y torpes. Se detuvo un segundo, sin duda esperando que alguien le ayudara, pero al ver que nadie se molestaba en ofrecerse vertió él mismo el vodka con cuidado, despacio, en su vaso.

—¿Alguien quiere té? —preguntó la tía.

—Traigo las tazas —dijo Halina yendo hacia el armario. De repente se echó a llorar. Adam se acercó a ella—. Lo siento, no sé qué me pasa.

El silencio se apoderó de la cocina y sólo se oían los sollozos de Halina. Llevó dos tazas a la mesa y después se acercó al lavamanos, se echó agua de una jarra de latón en las manos y se lavó la cara. Mientras, la tía había servido el té en las dos tazas. Papá prosiguió como si nada:

—Antes les contaba a Irena y Adam todos los nietos que tengo. Michał, el hijo de Tadek, un ángel, y los otros. Les he contado que has traído fotos, Tadek, y me he dado cuenta de que olvidé mostrárselas cuando estuvimos en Chełm. Ve, Tadek, ve a buscarlas. Estoy seguro de que tanto Irena como Halina las querrán ver.

Me acerqué a la mesa y apagué el cigarrillo. Halina me miró, como preguntándome: ¿qué te parece? Le respondí asintiendo con la cabeza y fui a regañadientes al dormitorio. Saqué el sobre de la mochila, regresé a la cocina y lo dejé encima de la mesa. Papá me guiñó el ojo sin decir nada. Halina lo ayudó a sacar las fotos del sobre y las extendió: las de mi familia feliz, las de las familias de mis hermanos, la de mamá con el coche y la de él mismo de joven, la que cogí de casa de la abuela antes de irnos de Polonia.

—¿Es tu hijo? —preguntó Halina señalando la foto—. ¿Y esta es tu mujer?

—¿Qué es esto? —dijo papá. Como le costaba coger con sus torpes dedos la foto donde aparecía él puso la mano encima y la arrastró hasta el borde de la mesa, donde logró agarrarla—. ¿De dónde sacaste esta foto?

No respondí.

Se colocó las gafas en la frente y se la acercó a los ojos: estaba en la playa, con un bañador oscuro. Sacaba pecho, los brazos musculosos en jarras, las grandes manos en las caderas, en una pose arrogante. Era joven, lanzaba una mirada desafiante a la cámara.

Pasó la foto a Halina.

—Stefan, qué guapo eras —dijo con una sonrisa forzada.

—¡Eso está claro! Era joven. Increíble, ¿verdad? Había olvidado esta foto. Está tomada en una playa del Báltico. Fuimos Lunka y yo un verano. ¡Hay que joderse! ¡Eso sí que fue un viaje! Seiscientos cincuenta kilómetros. Pero éramos jóvenes, eso fue antes de la guerra. Esperamos a que terminara la cosecha, que hubiera menos trabajo, cogimos el carro de los padres de Lunka con el viejo caballo y nos pusimos en marcha. Dormíamos en los campos, intentábamos cazar perdices y faisanes con el fusil de mi padre. Y como no lo logramos, robamos gallinas. ¡Qué tiempos aquellos! Llegamos a un pueblo de pescadores, Karwin, donde Lunka tenía parientes. No les quedó más remedio que alojarnos Era la primera vez que veíamos el mar. Salimos a pescar, a nadar, y la familia de Lunka nos dio de comer tanto pescado que lo aborrecí para siempre. ¡Qué tiempos aquellos!

Halina le había pasado la foto a su madre, quien a su vez se la pasó a Adam.

—¿Y el niño? —preguntó de repente Adam.

—¿Qué niño?

—El que está al lado.

Sentado sobre un pilar bajo de madera había un niño en bañador y con una especie de albornoz a rayas encima. Tenía la espalda muy recta, las manos en las rodillas, y miraba al frente, muy serio. Tenía el cuerpo un poco ladeado, como si se inclinara hacia alguien que no salía en la foto. Los primeros tiempos en Israel yo había mirado tan a menudo aquella foto birlada a la abuela que me sabía todos los detalles. De modo que cuando Adam lo mencionó, sabía exactamente a quién se refería. ¡Me había preguntado tantas veces qué habría sido de ese chico!

Se la había mostrado muchísimas veces a mis compañeros del kibutz para presumir de padre, para que vieran lo cachas que estaba. Pronto iba a reunirse con nosotros, les decía, y entonces me sacaría del kibutz. Y a veces, sobre todo por las noches, cuando suspiraba por todo lo que nunca había tenido, me tumbaba en la cama contemplando la foto y la amada mirada de papá me consolaba: ese era el padre que siempre había querido tener. Y ahora, en un instante, también a ese me lo arrebataban.

Adam devolvió la foto a papá, que se colocó de nuevo las gafas en la frente y la examinó de cerca.

—No sé quién es este niño. Es un niño cualquiera. Pero ese pilar servía para enrollar el cable, sacar la barca y dejarla amarrada en la playa.

—Es lo que me había parecido —dijo Adam.

Halina soltó una risita.

—Entonces, ¿de dónde ha salido la foto? —insistió papá.

No respondí, no podía hablar. Me miró de nuevo y decidió dejarme en paz. Halina me echaba miradas por el rabillo del ojo, preocupada.

—En fin, en cualquier caso es una bonita historia —concluyó Adam mirando a papá.

—Sí que lo fue, eso está claro, qué tiempos aquellos, tan hermosos. Antes de la guerra todo era fácil, no sabíamos nada de lo que se avecinaba. —Se le endureció el rostro—. El puto destino nunca deja de sorprendernos, no hay que confiarse nunca. Miradme en esta foto, ¿qué sabía yo? Nada de nada. Me parte el corazón verla. Lunka y yo en la playa, qué felicidad.

—Y estos son tus nietos… —interrumpió Halina tratando de cambiar de tema.

—Sí, estos son mis nietos. Que el Señor los proteja, que proteja a todo el mundo. —Y de pronto, mirando a Halina, insistió—: Aún no han vuelto los niños.

—Ya te hemos dicho que no te preocupes, están jugando fuera —lo tranquilizó Adam.

—No los oigo.

—Se habrán ido a jugar más lejos —sugirió Halina.

Yo ya no podía soportarlo. ¿Desde cuándo le importaban los niños? Habría querido gritar, aullar, echarme encima de él y estrangularlo, abofetearlo, sin piedad, como nos había pegado a nosotros. ¿Desde cuándo le preocupaba lo que pasaba a su alrededor? No dije nada, pero todos los ojos estaban puestos en mí, como si hubiera gritado.

Salí de la casa precipitadamente y un montón de sensaciones físicas muy conocidas se apoderaron de mí. Me dolían los músculos, apretaba los dientes, notaba el corazón latir agitado en el pecho y en las sienes. Cuando llegué detrás del almacén vi un montón de leña y, en un tocón, un hacha. Coloqué un leño encima del tocón y le di un hachazo con todas mis fuerzas. Se partió en dos y salieron astillas disparadas en todas direcciones. Volví a darle otro hachazo y se partió en dos nuevos trozos. Coloqué otro leño y lo partí. «¡Pégame!», oí gritar a mi mujer, y fui astillando uno tras otro: «¡Pégame, te mueres de ganas!, ¡pégame!». Daba hachazos, una y otra vez, pero no conseguía calmarme. «¡Pégame, eso sí se te da bien! ¡Así te educaron! ¡Vamos, pégame! Como tu padre, lo prefiero a tu silencio, a tu mirada asesina». Me empujaba, me daba puñetazos en el pecho, me abofeteaba las mejillas una y otra vez. «¡Vamos, pégame de una vez!», chillaba llorando amargamente. «¡Pégame, no te quedes en silencio! No me mires así. Pégame, si no explotas ocurrirá una catástrofe. ¡Pégame, hazlo por mí, pégame! Por nosotros, por tu hijo…», sollozaba. Me agarró y me hincó las uñas, yo me la quité de encima con fuerza, la empotré contra la pared y cayó al suelo, igual que mamá cuando papá la rechazaba. Deseaba abalanzarme sobre ella con todas las fibras de mi cuerpo; y sólo por eso se lo merecía, sólo por lo que provocaba en mí. Por eso tuve que huir de casa en plena noche. Corrí pendiente arriba por la larga y sinuosa carretera, y llegué a la cima de la montaña, donde los semáforos parpadeaban y los caminos y las aceras estaban desiertos. Seguí corriendo por un camino secundario, respiraba con dificultad. Al llegar ante la puerta cerrada del Yad Vashem, el museo del Holocausto, me tumbé en el suelo sin lograr recobrar el aliento. Sobre mi cabeza se alzaba la verja cerrada, con sus picas de hierro forjado, como pinchos terroríficos, como alambre de espino, como los colmillos de una bestia infernal.