Bandido
Tercera Parte
1
Sentado en un banco de la estación central de ferrocarriles de Varsovia, con una vieja maleta y una mochila a sus pies, papá agarraba el nuevo bastón que había tenido tiempo de comprarle aquella misma mañana. El vestíbulo era una sala inmensa, gris, bajo un altísimo techo de hormigón sostenido por columnas de hierro. El hollín se pegaba a los viajeros aglomerados en las escaleras y los andenes, a quienes esperaban en filas interminables en las taquillas, a los que subían y bajaban de los vagones destartalados que llegaban y partían jadeando y chirriando.
Miraba satisfecho a su alrededor, con sus ojos engrandecidos por los cristales de sus gafas, y observaba divertido el mundo del que se había retirado hacía años, el día en que ingresó en la residencia de ancianos: era un mundo abarrotado y frenético, como en la época en que lo abandonó. De vez en cuando miraba buscándome en la larga cola que avanzaba perezosamente hacia la taquilla y, en cuanto me veía, sonreía y me saludaba con la mano, feliz, orgulloso de su hijo. No estaba solo en el mundo.
Por la mañana me había despertado sereno. Lidia ya se había levantado y había dejado la cama y la habitación. Me duché, me recorté un poco la barba y luego preparé las cuatro cosas que quería llevarme para el viaje. Acto seguido, bajé a la recepción. Detrás del mostrador había el mismo empleado de siempre y a su lado la tía Nella y Lidia, que llevaba el mismo vestido de lana que la víspera.
—A alguien se le han pegado las sábanas esta mañana —bromeó la tía Nella acercándose a mí para darme un beso en la mejilla—. ¡Bueno, no es de extrañar! Ya me han contado cómo celebraste con Lidia su cumpleaños.
Desazonado, miré a Lidia, pero ella sonrió y con la mirada me tranquilizó.
—¡Es maravilloso! Cuando quedé atrapada en casa de Bolek me pasé la noche pensando en que la pobre Lidia estaría sola. Pero, mira por donde, no me has decepcionado, Tadek. Hijo, te has convertido en un muchacho estupendo. ¿Qué planes tienes hoy?
—La verdad es que salgo de viaje, tía Nella, me voy de visita al pueblo.
—¿Al nuestro? ¿A nuestro pueblo? —preguntó, conmovida.
—Sí, le daré una sorpresa a Irena.
—¡Irena, mi querida sobrina Irena! Es la única de la familia que se ha quedado en el pueblo —explicó a Lidia y al recepcionista—. Hace años que no voy; de hecho, desde que era joven. Dales muchos recuerdos, querido Tadeusz. ¿Volverás, verdad?
—Por supuesto. Guárdame la habitación. Te la pagaré.
—No te preocupes, ya haremos las cuentas al final, ahora no tenemos tiempo, ¿verdad, Lidia? Le he prometido una compensación por mi ausencia de ayer y las dos iremos juntas a pasar una buena mañana para celebrar su cumpleaños. Besos, Tadek, hijo mío, nos vemos cuando regreses.
La tía Nella cogió de la mano a Lidia y la arrastró con ella. Lidia sólo alcanzó a lanzarme una mirada. No pude determinar si su rostro expresaba tristeza, alegría o tan sólo resignación. Viéndola alejarse sentí muchas ganas de estar con ella, de sentir el calor de su cuerpo, de oler su aliento, de intercambiar unas palabras de despedida; el único modo de lograrlo habría sido encontrar un pretexto para que tuviera que subir a mi habitación, en lo alto de las escaleras de caracol, pero no se me ocurrió nada, así que me quedé en la recepción digiriendo mi frustración ante la mirada suspicaz del recepcionista.
—Tengo que hacer una llamada.
—Por favor, señor —dijo el recepcionista acercándome el teléfono.
Llamé a la residencia y le dejé a papá un mensaje lacónico: «Iré a buscarte esta mañana a última hora, prepárate para el viaje».
Cuando entré en su habitación lo encontré sentado en la cama, emocionado, con una maleta descolorida a su lado. Le había dado tiempo para que se afeitase, se recortase el bigotazo y se pusiera su mejor atuendo, una chaqueta y un pantalón de un color marrón rojizo y una camisa azul.
—¡Tadzio, querido hijo mío! —gritó papá—. ¡Has venido! —Se puso de pie. Llevaba la camisa mal abotonada y había olvidado subirse la cremallera del pantalón. Cuando se acercó le abotoné la camisa, y la cremallera se la subió él solo—. Vamos, no hay tiempo que perder. Será un largo viaje, ya conoces la mierda de sistema ferroviario polaco.
Le entregué el nuevo bastón que había comprado de camino.
—Y no se lo rompas a nadie en la cabeza —le advertí.
Papá se rio. Terminó el vodka que le quedaba en el vaso y se metió en el bolsillo de la chaqueta la caja de cigarrillos y las cerillas.
—¿Dónde está el encendedor?
—No lo sé. Seguro que el gilipollas de Wojciek me lo pilló anoche —me explicó mientras hurgaba en el bolsillo del pantalón—. Un momento…
Se acercó a la cama, levantó la almohada y cogió la cartera. El cuchillo no estaba. No le pregunté si lo llevaba en la maleta.
—¿Llevamos las fotos? —le propuse, y papá las miró—. Quizá a Irena le guste verlas.
—Muy bien, llevémoslas.
Las despegué de la pared y saqué de la mochila el sobre en el que las había llevado. Cuando lo abrí, los ojos de papá de joven me miraron un instante desde la foto que había quedado dentro.
Empezamos a caminar por el pasillo al ritmo de sus cortos pasos. Cuando lo estaba ayudando a descender los cinco escalones que conducían al exterior reparé en que había olvidado comunicar que me lo llevaba.
—No importa —dijo papá con su pícara sonrisa—, no tienen por qué saberlo todo.
—Espera un instante —le pedí, y me fui a recepción.
Cuando regresé, encontré a papá de pie en el mismo lugar donde lo había dejado, apoyado en el bastón, con el rostro vuelto hacia los rayos de sol, que lo acariciaban, con los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios. Sonreí. No quise estropearle el momento. Aproveché para cerrar los ojos y dejar que el sol me calentara también a mí el rostro.
—Eh, ¿por qué esperamos? ¿Qué te ha dicho?
—Que de ningún modo puedes venir conmigo. Que a duras penas andas, y tampoco puedes estar sentado mucho rato, tienes que estar tumbado.
—¡¿De verdad?! —gritó papá, furioso—. ¿Y qué les has dicho a esos hijos de puta?
—Que la responsabilidad es mía, que tú estás de acuerdo. Que cuidaré de ti y que no les pido permiso.
—Buen chico —me felicitó papá, y añadió—: Venga, vámonos. —Miró el edificio de la residencia, escupió en el suelo y empezó a caminar con paso inseguro—. Mira Tadzio, hijo mío —me dijo en cuanto llegamos a la carretera—, brilla el sol, hace un tiempo hermoso. Han dicho en el noticiero que tendremos unos días primaverales en tu honor, en mitad del otoño polaco de mierda. En honor a nuestro viaje.
—A la estación central —dije al taxista, y en cuanto se dio cuenta de que yo venía de Occidente se puso a quejarse de la vida en Polonia.
Papá miraba por la ventanilla y escuchaba divertido las quejas.
—¿Qué quieres? —lo interrumpió de pronto cuando el taxista protestaba por los sueldos que el gobierno pagaba a los obreros—. Aquí los obreros hacen ver que trabajan y el gobierno hacer ver que les paga, así todo está compensado. —Papá se echó a reír y el taxista cerró la boca.
El taxi se detuvo en la entrada de un gran edificio rectangular de hormigón gris.
Avanzamos de nuevo con pequeños pasos y nos dio la bienvenida la visión de la multitud caótica que abarrotaba el vestíbulo.
—¿Te sorprende? Así son las cosas aquí. Bienvenido a la estación central de Varsovia. Sígueme, yo me encargo —me ordenó con voz enérgica, aunque seguía avanzando lentamente.
—Ve a sentarte en el banco, yo me ocupo de los billetes.
—No tienes ni idea.
—Sé lo suficiente para arreglármelas en una estación central.
Papá sacudió la mano en señal de desaprobación y se sentó en el banco más cercano. Dejé la mochila a sus pies y me puse al final de la cola de la taquilla. Papá estaba sentado entre mi mochila y su maleta mirando, divertido, lo que sucedía a su alrededor. Volví al cabo de cuarenta minutos.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Dice que no hay billetes para Lublin ni en sueños. Que debería haberlos comprado con antelación.
—Pues claro, ¿qué creías? Hijos de puta. Así es.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—No me has dado oportunidad.
—¿Desde cuándo esperas a que te la den?
—Oye —dijo mirando el reloj—, dentro de un cuarto de hora sale un tren para Pilawa. Es un tren regional que para en cada jodida estación, pero es posible comprar el billete al revisor si el hijo de puta pasa por el vagón. De allí, cada una o dos horas sale un tren para Deblin y en Deblin, por la tarde, podríamos coger el tren que va de Łódź a Lublin, en ese trayecto siempre hay asientos libres. —Me miró—. No te hagas el sorprendido, hice ese trayecto muchas veces en la vida y los horarios son los mismos desde el presidente Piłsudski.
—Menudo viaje para un hombre que a duras penas puede caminar.
—Como no reservaste el billete, no queda más remedio. Tampoco es tan terrible, créeme. Ven, no perdamos más tiempo, dentro de un cuarto de hora sale el tren y si lo perdemos todo el programa se va a la mierda. Sale del andén diecisiete, hay que bajar las escaleras y caminar un poco.
Papá se levantó. Aunque le di el brazo para que pudiera avanzar con mayor agilidad, tardamos un buen rato en llegar a las escaleras, donde empezó a bajar poniendo un pie tras otro con mucha precaución.
—Tendríamos que haber traído tu silla de ruedas.
—¡Ni hablar! ¿Te parece que soy un inválido?
—Casi.
—Todavía puedo andar. A mí nadie me verá en silla de ruedas como un viejo senil.
Miré el reloj, los minutos corrían deprisa.
—Pues te voy a llevar yo.
—¿Cómo?
—A cuestas.
Papá se echó a reír.
—No me toques los huevos.
—Perderemos el tren.
—No vas a llevarme a cuestas. Aún me queda algo de dignidad.
—Al menos para bajar las escaleras, de otro modo no vamos a llegar en la vida. Aquí nadie te conoce. Y tampoco lo entiendo, ¿desde cuándo te importa lo que piensen de ti?
Papá vaciló.
—Será un momento, si no te devuelvo a la residencia, no me dejas opción.
—Bueno, pero sólo las escaleras.
Bajé un escalón más que él y le di la espalda.
—Yo cojo la maleta y la mochila, tú monta.
Esperé unos instantes. De pronto noté su cuerpo pegado al mío. Me rodeó el cuello con los brazos, sujetando el bastón en la mano. Me incliné un poco hacia delante y, con un único movimiento, me lo subí a la espalda. Pesaba menos de lo que imaginaba, como si los huesos se hubiesen vaciado. Su rostro estaba cerca de mi mejilla, podía sentir su respiración, el contacto de todo su cuerpo. Después de dudar un instante, dobló las rodillas y las apoyó en mis caderas.
—¿Preparado?
—Sí —susurró.
Cuando llegamos al final de las escaleras, me detuve.
—Ya puedes bajar.
No se movió.
—¿Papá?
—No tenemos tiempo, sigue.
—Entonces, ¡agárrate fuerte!
Empecé a correr. Estábamos en el andén número uno y nos abrimos paso entre la multitud. Andén dos, tres, cuatro, cinco. Cuanto más avanzábamos, más se iba relajando el cuerpo tenso. Iba refunfuñando y soltando tacos entre dientes cada vez que estábamos a punto de chocar con alguien. Seis, siete, ocho, nueve. Papá se irguió un poco.
—Adelante Tadeusz, hijo mío —gritó—, aplasta a todas estas cucarachas.
Diez, once, doce. Papá me rodeó el cuello con un brazo, apretó más las rodillas y blandió el bastón con la otra mano.
—¡Dejad el paso libre, hijos de puta! —gritó de pronto mientras silbaba como un pastor de ganado—. ¡Abrid paso, borregos! ¡Abrid paso o perdemos el tren, cojones, abrid paso! ¡Mi hijo y yo vamos al andén diecisiete! ¡Mi hijo y yo nos vamos al pueblo! ¡Vamos, hijos de puta, abrid paso!
Dieciséis, diecisiete. El tren ya estaba resoplando y las ruedas empezaban a moverse.
—¡¡¡Detened el tren!!! —gritó papá señalando con el bastón al jefe de estación que estaba en el andén—. Mi querido hijo y yo queremos montar en el tren.
El jefe de estación miró sorprendido a la extraña pareja que formábamos: un hombre joven jadeando, con una maleta en una mano y una mochila en la otra, corría hacia él llevando a cuestas a un anciano que blandía un bastón en todas direcciones.
—¡¡¡Detened el tren!!! —repetía papá a gritos, y el jefe de estación dio varios silbidos seguidos.
El tren se detuvo. Nos abrieron la puerta. Colocándome de espaldas a la entrada del vagón dejé a papá en el escalón y yo subí detrás con la maleta y la mochila.
—Gracias —le dije al jefe de estación.
—De nada, señor —respondió.
Dio un largo silbido, le hizo una seña al maquinista y el tren se puso en marcha.