Bandido
Capítulo 12
La tía Nella había sido una gran bebedora, como su marido, maquinista de tren, que la zurraba en cuanto empinaba el codo. Cada vez que ocurría, ella venía a refugiarse a nuestra casa: sabía que él no se atrevería a seguirla hasta allí. Cuando ya estaba calmado, el maquinista venía, se arrodillaba y le rogaba que volviera con él.
A veces, por las tardes, mis hermanas, Robert y yo representábamos funciones en el vestíbulo de casa. Llamábamos a los vecinos, les vendíamos entradas, colocábamos sillas y poníamos en escena la historia de la tía Nella y el maquinista. Ola se sentaba en una silla y Robert se arrodillaba a sus pies y rogaba.
—Mi amor, hermosa mía, vuelve conmigo.
—¡Eres un hijo de puta, una mierda de tío, un desalmado! No quiero volver a verte en mi vida —gritaba Ola, y a veces le pegaba una colleja imitando a la tía Nella.
Los vecinos se desternillaban, y papá, si estaba presente, también se partía de risa hasta atragantarse, y aplaudía, pateaba y añadía sus propios insultos a los que Ola soltaba imitando a la tía Nella.
—Juro que nunca más te pondré la mano encima —decía el maquinista despacio, con la torpeza del borracho que apenas podía mantenerse de rodillas —, dejaré la bebida.
—¡Te odio, cerdo repugnante, rata de cloaca! ¡Has convertido mi vida en una mierda! ¡Por tu culpa no puedo dejar de beber!
La tía Nella estaba casi siempre bebida. Le lanzaba a su marido maldiciones con lengua viperina, lo aporreaba como a cámara lenta, hasta que, aturdido, el maquinista se derrumbaba en el suelo y, con grandes esfuerzos, lograba ponerse a cuatro patas.
Al final, cuando la tía Nella se ponía de pie y ambos se dirigían tambaleándose hacia el bar para celebrar la reconciliación, los vecinos aplaudían animados, pedían un bis, y jamás nos permitían irnos sin repetir la escena.
Y allí estaba la tía Nella sentada en el bar de su pensión en Varsovia. De no ser por la verruga a un lado de la frente no la habría reconocido en la mujer menuda y arrugada sentada sola a una de les mesas. Cuando entré miró en mi dirección sin reconocerme y al momento cogió la taza y sorbió el té como un pajarillo.
—¿La señora Janowska? —pregunté para asegurarme.
Me miró de arriba abajo, desconfiada.
—¡Sí! —respondió con la voz de pito de la tía Nella.
—Soy hijo de Stefan —le aclaré, ya que no se me ocurrió otro modo de presentarme, no estaba seguro de que se acordara de mí después de los años transcurridos—, mi padre me ha mandado aquí.
—¿Eres hijo de Stefan?
—Sí…
Me examinó un buen rato, escrutándome con sus ojos inquietos; estaba claro que no me reconocía.
—Ven. Siéntate. ¿Te apetece tomar algo?
—Un café.
—¡Mozo! —gritó al hombre que había servido la noche anterior—, un café, por favor. —Y después, en voz baja, me confesó—: Nunca recuerdo su nombre, a lo mejor es por culpa del alcohol, que me dejó el cerebro hecho polvo. Hace años que no lo pruebo, pero el mal ya está hecho, y tengo una especie de agujeros negros. En fin, tanto da. ¿Y tú de dónde sales tan de repente?
—He venido a ver a papá.
—Está bien que vengas a visitar a tu padre. Aunque, si me permites, no se lo merece. Que reviente solo, después del daño que ha hecho a tanta gente. A él todavía tengo derecho a insultarlo, aunque yo ya no beba, no fume, no coma carne ni suelte tacos. Así lo decidí porque me pareció que ya me había ensuciado suficientemente la boca en esta vida. Como comprenderás, a veces me gustaría soltar un taco en voz bien alta, pero me contengo. Qué le vamos a hacer… Bueno, cuéntame, ¿y tú de dónde vienes? ¿De Libia?
—¿De Libia?
—Sí, él nos lo dijo. Que tu madre había encontrado trabajo en Libia.
—¿Eso fue lo que dijo?
—Sí. Que vio en un anuncio del periódico que el gobierno libio buscaba médicos. Eso sí lo recuerdo. Y según tengo entendido tu madre es ginecóloga. Él dijo que cogió a los niños y se fue a trabajar a Libia.
—Creo que me confundes con otro. Yo soy Tadeusz, el hijo de Stefan Zagorski, tu sobrino.
—Sí, sí, lo sé. Vivíais en Breslavia, unas calles más allá de la mía.
—Cierto, pero Ewa, mi madre, nunca ha sido ginecóloga y nunca fue a Libia. Nos fuimos a Israel.
El rostro de la tía Nella se ensombreció de repente, luego pareció asustada y finalmente se echó a llorar.
—Pero si nos dijo que habíais muerto —balbuceó antes de echarse a reír —. ¡Tadek! ¡Hijo mío! Claro, ¡ahora te reconozco!
Se puso de pie, se echó a mis brazos y empezó a gimotear. Vino el camarero, dejó la taza de café sobre la mesa y se marchó enseguida. La tía Nella apartó un poco su rostro del mío y mirándome me puso una mano en la mejilla.
—Sí, claro, sólo me ha confundido la barba, ¡eres tú!
Finalmente nos sentamos de nuevo. La tía Nella tomó unos cuantos sorbos de té.
—Ahora tomaría vodka, me fumaría un cigarrillo y soltaría unas cuantas palabrotas. ¡Pondría verde a tu padre! Me mintió, me dijo que todos vosotros habíais muerto en la guerra. Qué hijo de puta, ¡qué hijo de la gran puta! — gritó con todas sus fuerzas, y acto seguido se llevó una mano a la boca—. Lo siento —murmuró—, no lo he podido remediar…
—¿Eso fue lo que te dijo?
—Sí.
—¿Y le creíste?
—Primero no, pero luego vino una noche a mi bar, ¿recuerdas que tenía un bar, en Varsovia? Bueno, pues ya era tarde y estuvimos hablando un rato. Entonces le pregunté cuándo se iba a Israel a reunirse con vosotros y me respondió que no se iba. A mí me sorprendió, porque todos sabíamos que iba a reunirse con vosotros. Entonces fue cuando me dijo que habíais muerto. Primero no le creí: «Deja de decir chorradas, ¡no se bromea con esas cosas!», le dije. Me pidió que le sirviera otro trago de vodka, pero como ya lo conocía le respondí: «Primero paga». «Fíame, anda, —me pidió—. Y una mierda», le respondí. En mi bar no fiábamos a nadie, y menos a él, pues yo ya sabía de qué pie cojeaba. «Venga, cuéntame de una vez por qué no vas, —insistí—. Te lo acabo de decir, han muerto, en ese lugar están en guerra cada dos por tres». «¿Cuándo?, —pregunté—. No hace mucho». «¿Lo dices en serio?». «Sí». «Es terrible». «Terrible, —repitió—, estoy destrozado». No parecía demasiado destrozado pero pensé que tal vez era porque estaba borracho. Por lo demás, yo también lo estaba, así que lloré un poco, pero no me acababa de hacer cargo de lo que me contaba. Sin embargo, al despertar por la mañana lo recordé, y entonces sí que me eché a llorar de verdad y a gemir. En cuanto me calmé pensé que si tu padre no estaba triste debía de ser porque en adelante podría hacer de su capa un sayo. —La tía Nella suspiró, con una mano en el corazón—. ¡Ay, mi Tadek, estaba tan afligida por vosotros, por vuestra madre! ¿Cómo está ella?
—Estupendamente.
La tía Nella golpeó la mesa con fuerza.
—Qué hijo de puta, pero qué hijo de puta, ¡¡¡qué hijo de la gran puta!!! — gritó otra vez—. Lo siento, me saca de quicio. Todos estos años pensando que tu madre, que siempre se portó tan bien conmigo, como una buena amiga, estaba muerta. Y también vosotros, los niños, todos vosotros. Y ahora resulta que estáis todos sanos y salvos. ¡Estoy tan contenta, soy feliz! Me tomaría un vaso de vodka contigo para celebrar la ocasión. Pero si me tomo uno, ¿por qué no dos? Y ya no bebo, ni fumo, ni digo tacos, ni maldigo. —Suspiró—. Tu padre merece arder en el infierno. Eso no es una maldición, es un deseo, una esperanza. Y pensar que hasta fui comprensiva con él cuando llegaba de pronto a la pensión con sus amigos y me pedía una habitación. Cuando podía los dejaba dormir gratis. Para eso está la familia, ¿no? Merece arder en el infierno, ¡se lo ha ganado! Y discúlpame, será la última vez: ¡hijo de puta! — gritó, y dicho esto volvió a escrutarme el rostro—. Y entonces, cuéntame, ¿por qué no fue a reunirse con vosotros?
—Porqué mamá se ocupó de que no pudiera ir. Ese fue el único modo que tuvo de librarse de él.
—Es una mujer lista tu madre, siempre lo fue.
—Oye, tía Nella…
—Dime, Tadek, hijo mío. ¡Ah, te has convertido en un hombre hecho y derecho! Te recuerdo cuando no levantabas un palmo del suelo.
—¿Qué es toda esa historia de Libia y la ginecóloga?
La tía Nella guardó silencio.
—¡Mozo! —gritó—, se me ha enfriado el té, tráeme otro.
Mientras, encendí un cigarrillo.
—¡Ah, es maravilloso! ¡Qué suerte la tuya! Deja que huela el humo — dijo olisqueando a su alrededor.
—¿Te molesta?
—No, ¡al contrario! Me encanta. ¿De qué estábamos hablando, Tadek?
—De Libia.
—¿No sabes nada de eso?
—No.
La tía Nella se llevó una mano a la boca.
—No sé callarme la boca, nunca he sabido callarme la boca.
—¿A qué te refieres?
—A la segunda familia.
El camarero trajo una segunda taza de té. Con muchísima parsimonia, para ganar tiempo, la tía Nella vertió en él dos cucharaditas muy cargadas de azúcar, removió, sacó el saquito; sin embargo el tiempo se terminó y no tuvo más remedio que mirarme, suspirar, saborear un poco el té y suspirar de nuevo.
—Me lo tendrás que explicar…
—Bueno, vale. Te contaré lo que ocurrió, entonces lo entenderás. Como te decía, yo tenía el bar a unas cuantas calles de vuestra casa, un poco lejos para tu padre, y además yo era la única que no le fiaba ni le hacía precio especial, porque no le tenía miedo. No obstante, venía de vez en cuando. Un día se sentó, se emborrachó enseguida y empezó a hablar solo. No se dio cuenta de que yo estaba justo detrás de él, porque yo trabajaba de lo lindo en mi bar, y estaba todo el tiempo yendo y viniendo entre un montón de borrachos. Bueno, a lo que iba: tu padre estaba hablando solo. Decía: «Debería ir… Me están esperando… Eso no está bien, hace mucho que no los veo», y cosas por el estilo. Yo no entendía de qué estaba hablando. Sin embargo, como siempre he tenido un sexto sentido, cuando se fue avisé a mi camarero de que salía y le seguí. Eso fue al mediodía, lo recuerdo perfectamente, como si fuera ayer, aún no estaba del todo borracha. Él cruzó una calle, otra, una tercera, puso rumbo a un edificio y de repente dos niños corrieron a su encuentro gritando «¡Papá, papá!», y detrás de ellos apareció una mujer no especialmente guapa que dijo a los niños: «¡Dejad a papá en paz! Dejad que entre». Yo no me chupo el dedo, ni me lo chupaba entonces, así que me informé un poco y muy pronto descubrí que tenía una segunda familia. Que sepas que se lo conté a tu madre de inmediato. ¡No tenía corazón, Stefan! No entiendo cómo tu madre siguió con él un minuto más después de enterarse de esto. No sólo se bebía el sueldo, sino que encima le pegaba y le ponía los cuernos. Un sinvergüenza, vaya. Y esto no es un insulto, es llamar las cosas por su nombre: era un sinvergüenza. Pero ¿tu madre no te lo contó nunca?
—A mí no…
La tía Nella guardó silencio un momento, con la mirada perdida.
—Es inteligente, yo soy una bocazas.
—No sabías que no nos lo había contado.
Se quedó pensativa, asintió con la cabeza, me miró, me acarició una mejilla y frunció el ceño.
—En cuanto supo que se lo había contado a tu madre, vino a mi bar hecho una furia. Debía estar convencido de que iba a impresionarme, pero a mí nunca me dio miedo. ¿Qué podía hacerme? ¿Darme una paliza? Mi marido también lo hacía, te lo aseguro. Tu padre nunca se atrevió, hasta él tenía sus límites. Pero sí se echó a gritar, arrojó sillas por el suelo y me puso de vuelta y media. Esperé tranquilamente a que terminara de desahogarse y le dije: «¡Eres un sinvergüenza, un hijo de puta!». Ahora ya no insulto, sólo te cuento cómo lo insulté. «¡Eres un sinvergüenza, un hijo de puta!», eso le dije. «¿No te da vergüenza venir aquí hecho un energúmeno? ¡Deberías presentarte ante Ewa de rodillas! ¡A rastras! Besarle los pies e implorarle de rodillas que no te dé una patada en el culo». —Y mirándome de reojo añadió—: Y no creas que no sabía que hacíais parodias teatrales sobre mí y mi marido, que me lo contaron, pero dejémoslo correr. En resumidas cuentas, esa es la historia. Poco después de que os fuerais vosotros, ellos también desaparecieron. Se fueron a Libia según me contó tu padre, y yo lo creí, ¿por qué no? También le creí cuando me dijo que habíais muerto todos en una guerra en Israel y estuve llorando una semana entera, puede que más. Que arda en el infierno, se lo merece. El ser humano puede ser muy cruel. Te pido un vodka —dijo Tía Nella al ver mi cara—. ¡Mozo, un vodka! —gritó—. Ya veo que estás sorprendido. En fin, es normal, la vida es así, está llena de sorpresas. Yo tengo un método: cuando algo me preocupa trato de no pensar en ello, me concentro en pensar en otras cosas. ¡Mira! —dijo echando mano a la botella que acababa de traer el camarero, y tras ordenarle que no se la llevara lo observó alejarse—. Adelante, bebe —me animó mientras llenaba el vaso de vodka. Bebí y me sirvió de nuevo—. Otro. —Bebí y me sirvió un tercero—. Este tómatelo despacio. Créeme, soy una artista de la bebida. Sabía tanto que casi me dejé la piel. Ay, no te imaginas lo que daría por beber contigo, aunque sólo fuera un vasito, pero si me tomo uno ¿por qué no dos? —Miró mi vaso lleno, se relamió los labios y alzó los ojos hacia mí—. ¿Qué te estaba diciendo? ¡Ah, sí!, que cuando algo me preocupa procuro pensar en otra cosa. —Y mirando a su alrededor me señaló el umbral de la puerta—: Mira, eso, por ejemplo…
Al otro lado de la puerta podía verse la recepción, donde se encontraba Lidia, de espaldas a nosotros. La tía Nella se apresuró a llamarla, y Lidia acudió y se quedó de pie, plantada delante de ella, turbada, con las manos cruzadas a la espalda, la mirada baja.
—Hola, guapa —dijo—, quiero que conozcas a Tadeusz, un pariente mío muy querido que ha venido a visitarnos directamente de Israel.
—Ya nos hemos visto —aclaré—, en mi habitación.
—Lidia es como una hija para mí —dijo la tía Nella—, una magnífica trabajadora. Un poco lenta, pero a quién le importa, no tenemos ninguna prisa. Es magnífica. ¿Estás casado?
—Divorciado.
—Bueno, ¿qué te parece, Lidia? Vivirías en un país de Occidente, te irías de aquí. —Lidia se sonrojó, seguramente yo también, y la tía Nella se echó a reír—. ¡Mozo! —gritó—, trae otro vaso, no te preocupes que no es para mí, es para Lidia. Y pon música, por el amor de Dios, con este silencio oigo mis propios intestinos. Estamos de celebración. ¡Tadek, mi amado sobrino, ha resurgido de entre los muertos!