Cauterio

Lucia Lijtmaer · Capítulo 1 de 44

Páginas del PDF

Cauterio

1. Plaza de Les Glòries (Antes)

Durante mucho tiempo solamente me quiero matar. Fantaseo con dejar de existir, con dejar de tener cuerpo, y esa idea me resulta inevitable y pacífica.

Al principio ansío la placidez de un mar de barbitúricos, un mar como después de una tormenta, como una playa caribeña sin oleaje. Pero poco a poco la fantasía se sofistica, y la imagen más recurrente que se instala en mi cabeza es que el suelo del piso en el que vivo se curva hacia los lados, las esquinas se convierten en toboganes y resbalo por ellas, sin poder agarrarme a nada, y como si todo formara parte de un experimento sádico, caigo al abismo hasta la tela asfáltica que recubre el patio interior de la finca.

Pero soy cobarde y no me mato.

Soy cobarde. Esto es importante para esta historia.

Con el tiempo, mientras voy en el autobús número 7 rumbo al trabajo la fantasía cambia. Una mañana, en algún cruce aburrido, lleno de gente con cara de sueño y tuppers en la mochila, comienzo a imaginar que la ciudad entera queda anegada por los efectos del cambio climático.

La idea va tomando cada vez más forma en la oficina donde trabajo, una sala gigante situada dentro de un bloque de cemento en la plaza de les Glòries, en cuya entrada unos operarios instalaron un enorme mapa retroiluminado del Poblenou con la leyenda «Districte 22@, un districte de futur». Desde aquí, desde este bloque de cemento visto tanto por dentro como por fuera, una de esas hazañas del partido socialista de los años noventa, atiendo llamadas y pienso en el final.

Mientras imagino líneas rectas entre Diagonal Mar y la calle Llacuna, mientras redacto planes de comunicación para justificar qué edificios ruinosos de la calle Pallars se convertirán en hubs de diseño con los muros cubiertos de cascadas de helechos o en centros logísticos de paquetería, el agua marrón me nubla la vista y me invade el cerebro.

Si los polos se están derritiendo, Barcelona será de lo primero en quedar borrada, después de Venecia y Ámsterdam. Como está en una pendiente que oscila entre el diez y el quince por ciento, además, primero morirán los

pobres, los taxistas paquistanís del Raval, las chicas filipinas de la panadería de la calle Sant Vicenç, la señora Quimeta y su mercería, los guiris de la Barceloneta, todos, absolutamente todos, los holandeses, los franceses, los ingleses y los italianos –nadie echará de menos a los italianos–. También se irán flotando los vigilantes de seguridad, los trabajadores del metro y los dependientes del mercado de Santa Caterina.

Se anegarán el Llobregat y todos sus juncos, se desbordará el Besòs y todo ese torrente se confundirá con la mancha de agua que ocupará Sant Adrià y Cornellà, a este y a oeste, esa mancha que acabará con el aeropuerto y arrasará Castelldefels. Se salvarán, en una pirueta azarosa, el templo budista del Garraf, llamado Sakya Tashi Ling, y los jipis de la Floresta, solamente porque el suelo es calcáreo y las casas no se vendrán abajo tan fácilmente.

Putos jipis.

El agua cenagosa lo cubrirá todo. Las últimas en caer, seguro, serán las señoras pijas del Putxet, menudas cabronas. Pero tampoco ellas se salvarán.

Con sus perlas nacaradas, su esmalte de uña color café con leche y sus peinados lacados impecables e indestructibles, flotarán como góndolas calle Balmes abajo, azules, muertas, hinchadas, por el agua marrón que se lo llevará todo, todo se lo llevará, hasta el Quadrat d’Or modernista. Se llevará los Pans’n’Company, el Liceu, los tatuadores de la calle Tallers. Quedarán anegadas las falsas bodegas de pueblo, esas que tienen un mobiliario un poco antiguo pero no mucho, esas con el suelo de baldosa hidráulica de papel adhesivo. El agua color charco y el olor a cloaca nos cubrirá a todos, incluyendo a Joan Gaspart, a Núria Feliu, a Andreu Buenafuente, a Bibis Salisachs –que ya está muerta, pero qué más da–. Los muertos llevan susurrándonos durante décadas y no hemos querido escucharles, yo lo sé. El centro comercial Maremagnum se verá reducido a un montículo, arrasado por la inundación. También la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Pompeu Fabra. Y las sesiones matinales de los Icària Yelmo.

Por las noches hago listas de todo lo que la subida del nivel del mar destrozará. No puedo parar. La Colònia Güell, el Teatre Nacional, el bingo Billares, el centro de arte Hangar, todos los Mercadona, la sede de la Agencia Tributaria de Letamendi, el bar Lord Byron de la calle València, el Institut del Teatre, el cuartel del Bruc.

Caerá el Sutton, caerán las chocolaterías de la calle Xuclà. Las golondrinas, esos barquitos turísticos de madera que olían a petróleo, ya no

estarán en el puerto sino que habrán aterrizado extrañamente sobre algún arbolito de Montjuïc, donde el agua también habrá sorprendido a dos amantes en plena acción, por lo que morirán con los pantalones bajados.

Es con esa imagen en la cabeza y no otra que, al volver del trabajo, cuando hago la compra en el supermercado, empiezo a pedir más bolsas de plástico. Tengo tantas ganas de que nos ahoguemos todos que dejo las luces encendidas en casa y no reciclo. Si supiera conducir lo haría a toda velocidad por la carretera de les Aigües, despegaría por la ronda de Dalt a ciento cincuenta, con gasolina altamente contaminante, algo para chamuscar la flora, algo para ahogar a los jabalíes, algo para acelerar el proceso. Vamos a envenenarnos todos juntos, vamos a darle caña a este ritual conjunto, vamos a darlo todo, once more with a feeling.

Pero no lo logro. En su lugar, me voy a vivir a Madrid. Que es algo bastante parecido a la muerte.

OceanofPDF.com