Cauterio
IV. Deborah y el Mercurio
La tierra calcificada sobre mi frente me recuerda a mi juventud. El peso de la arena es igual al peso del hombre: constante, no cede jamás.
En todo este tiempo bajo tierra le he dado vueltas a mis primeras noches en la nueva casa, y el manto verde y frío a mi alrededor. Rododendros, hiedra, azaleas. He recordado los primeros meses, cómo intentaba hacerme con la casa. Hay varias cosas que le cuentan a una mujer de mi posición, pero que a mí nunca nadie me explicó porque mi madre dejó de hablarnos muy pronto a mi padre y a mí, más allá de lo imprescindible en la mesa.
Cuando me crecieron los pechos, me miró las caderas con asco, murmuró que era «ancha como una vaca» y se recluyó en las Escrituras. Me dejó a cargo de las criadas, que no tenían la autoridad para darme a entender nada a mí, la heredera, la hija única.
Una de las cosas que nadie me explicó es cómo organizar una casa.
¡Cuán sola me dejó mi madre ante la vida! Me lanzó a un hombre como quien lanza una prenda de ropa al cesto, sin muchos miramientos, y volvió a encerrarse en sus silencios y sus rezos. Mucho más adelante comprendí que llevar la casa se parece bastante a manejar un navío, siempre hay trabajo que hacer, órdenes que dar, superficies que limpiar, anticiparte a todo. No hay descanso, y mucho menos un sueño dulce. Mandar airear alfombras, alisar sábanas, cambiar colchones. Decidir qué hacer con las ocas, las vacas y los cerdos, cuándo servir qué platos a qué comensales. Sí, los comensales.
Mi marido ofrecía cenas opíparas para establecer relaciones con los hombres más influyentes de nuestro condado y pronto entendí que, como yo era la señora de la casa, él esperaba un orden natural de nuestra vida en común, una vida organizada. Esperaba un orden natural en la manera de presentar nuestras posesiones. Vajilla de plata o de porcelana, cristal pintado en oro, maderas pulidas. Todo aquello que me había sido dado y a lo que, en consecuencia, jamás había tenido que prestar la más mínima atención.
Otra cosa que no me contaron es que después de yacer con un hombre, el hombre se ausenta. Nadie me explicó eso del matrimonio. Te casas y te atas
a un territorio y a un hombre. Te conviertes en un mueble más y él desaparece. Él gestiona tierras, cuenta dinero, y tú llevas una casa. A ella y a él estás encadenada, a esas piedras, a esa argamasa, a esas cuatro vigas.
Eso eres y eso serás siempre: te conviertes en madera seca, en paja que crepita, en lana que pica. Solo por las noches, y muy de vez en cuando, vuelves a tener cuerpo y sus manos acuden a él, y lo amasan y lo mueven y lo vuelven líquido. Hasta entonces, inerte. Antes y después.
Empecé a depender de esas visitas, cuando mi marido llegaba borracho y excitado y se tumbaba encima de mí. Si solo así existía, qué mejor que existir entonces. Solo ahí tenía sentido todo. Esperaba una y otra vez ese acto de reconocimiento, esa posibilidad de que al mirarme fuera algo más que una res, que una silla. Durante ese breve tiempo todo el poder recaía sobre mí, yo era una reina con una corona que centelleaba, y cada gota de sangre que corría por mis venas era mercurio líquido. Podría haber matado a un animal de una dentellada, no tanto porque él fuera mío sino porque finalmente yo existía, y junto a mí las palabras, los ritmos y el lenguaje. En ese surco, durante ese instante.
Llevaba poco tiempo casada cuando mi cuerpo se volvió rotundo, y lo hizo muy rápidamente. La piel mucho más delicada y suave, me cambió el olor. Mi pelo, de un color poco definido, se oscureció y todo a mi alrededor adquirió otra consistencia, parecida a la piel de una fruta cuando se tensa, justo antes de reventar. Era en esos días cuando más le deseé y más le rogué a Dios que le dejara conmigo, porque nada era suficiente para mí. Él se quejaba y decía que no podía estar siempre en casa, que tenía asuntos que atender. Yo apretaba los dientes y nada me bastaba y me tiraba del pelo y me hacía trenzas que anudaba más arriba de las orejas, unas trenzas que me tensaban las sienes. Así sentía que algo me asía a este mundo, que no iba a echarme a volar, de tanta necesidad.
Fue mi madrina la que, en una visita, miró a mi madre, que permanecía impasible, y me llevó a una esquina y me reveló lo que era evidente para todos menos para mí: «Estás encinta, ¿cómo no te has dado cuenta?»
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