Cauterio
XI. Deborah, Anne y las Mujeres
Cuando lo pienso ahora, me resulta sorprendente lo rápido que se me pasó la extrañeza de vivir en esta nueva tierra. Me acostumbré enseguida al olor a pescado del puerto, al horizonte inacabable del mar, a nuestras nuevas casas mucho más pequeñas y de techos más bajos pero tremendamente prácticas. Yo, desde mi parcela algo elevada en las afueras de lo que empezaba a ser una ciudad, contemplaba la bahía todas las mañanas y podía abarcar con los ojos todo lo que era nuestro, por fin nuestro. Y mi cabeza comenzaba a trazar líneas.
Mis finanzas eran cada vez más estables gracias al intercambio de bienes, la acumulación de tierras y los préstamos a las pequeñas empresas que se estaban estableciendo. Era una mujer, sí, pero muchos hombres me necesitaban: una pequeña suma al tenedor de caballos para ampliar su negocio, otra para el nuevo techo del almacén de grano, y poco a poco me había convertido en una persona necesaria. Mi viudez parecía protegerme de la mirada inquisitiva de la autoridad, es decir, de la Iglesia. Anne me llamó la atención para que no me contentara con esa vida: «Elige el empleo o vocación en que puedas ser más útil a Dios. No elijas aquello en lo que puedas ser más rica u honorable, sino aquello en lo que puedas hacer el mayor bien y escapar mejor del pecado.»
¿El pecado? ¿Yo, una mujer de más de cincuenta años, pecadora? A veces Anne me sorprendía en lo más íntimo, pero no hablaba de mi cuerpo como tentación, sino de mi cada vez más evidente comodidad ante mi nueva posición. Y entonces me mortificaba pensando, pensando de verdad mientras iba de un lado a otro de mi casa, y me prometía que mis ojos no se deslumbrarían por el oro, que mi corazón no se dejaría embrujar por la gloria y la dulzura de los tesoros terrenales. Pensaba en ti, Padre mío, y ansiaba tu palabra para no caer en la tentación de la prosperidad y lograr un alma enriquecida por tu gracia.
Anne me leía la angustia en el rostro todas y cada una de las veces. Y fue ella quien me rescató: acompáñame al bosque hoy al atardecer, me susurró un día que me vio cansada y sin ganas de nada.
Y la seguí, por supuesto que la seguí, y Anne llevaba un fardo a cuestas y unas botas para caminar por el barro y todo olía a abedules y hayas, a frío y hojas mojadas. Caminamos un buen rato entre la maleza, evitando arbustos y llegando a bifurcaciones que Anne parecía conocer bien, porque decidía qué camino tomar sin titubear.
Cuando anochecía y mis piernas empezaban a latir por el esfuerzo, llegamos a un claro en el bosque, en el que había un pequeño fuego y una choza hecha de ramajes y cuero. Lo que vi desde la pequeña abertura de la entrada me dejó petrificada como estatua de sal. Allí estaba Regina Robinson, que había desaparecido meses atrás, al cumplir los catorce años, sin dejar rastro.
Regina resoplaba, cubierta de sudor, con una barriga prominente y sangre entre las piernas.
–No, no, no.
–Deborah, no te quedes ahí parada.
–No, no, no.
–Tienes que ayudarme, va a nacer un niño y vas a tener que ayudarme a traerlo al mundo.
Yo, que no había tenido miedo al barco, ni a las ratas, ni a la podredumbre, me vi incapaz de seguir ahí. Me aparté de la choza y me coloqué junto al fuego, tapándome las orejas para no oír los gritos de la chica Robinson. Intenté recordarla meses atrás con el pelo color fuego, largo hasta los hombros, correteando detrás de su madre rumbo a la iglesia.
Pero su voz era más fuerte que nada, era como el aullido de una bestia, algo gutural que no había oído jamás y que tuve que escuchar como penitencia por haber intentado olvidar mi propia vida durante tanto tiempo. Aún quedaban las brasas de la fogata cuando salió Anne con la frente perlada de sudor, los antebrazos cubiertos de sangre viscosa y un envoltorio pequeño y caliente como una hogaza de pan.
–Todo ha ido bien.
–¿Y Regina?
–Está bien también.
Las dos nos quedamos mirando al niño que acababa de nacer, un animalillo nuevo y aún sin conciencia, apenas un fardo de carne.
–¿Cómo ha aguantado tanto tiempo en el bosque?
–Yo venía a echarle un ojo cada semana. Los indios la han respetado porque es pelirroja, no se meten con ellos porque creen que son criaturas sobrenaturales.
–Tú ya lo sabías y por eso la dejaste aquí, ¿no?
Anne miró los restos de las brasas, o quizás más allá, como siempre, quién sabe.
–Sí.
Tiró algunas sábanas encima para acabar de apagarlas y dijo, con el rostro ceñudo y una sombra de preocupación que le cruzaba el semblante:
–¿Te he contado alguna vez qué fue de mi padre?
Me sorprendió la pregunta, a esas horas, en ese momento.
–No.
–Fue él quien me educó desde que apenas podía sostenerme en pie.
Estaba asqueado por la falta de educación de los curas de nuestro pueblo, unos ignorantes que asustaban a la congregación con historias del diablo y no cumplían la palabra de Dios ni sus enseñanzas. Eran unos brutos que buscaban techo y comida a cambio de dar misa de memoria, unos auténticos analfabetos. Uno acusó a mi madre una vez de haber parido a una cabra.
Solo querían llenarnos de miedo. Pues bien, mi padre me educó porque estaba en casa. ¿Y por qué estaba en casa, un hombre de su posición, y no trabajando? Porque le habían condenado por herejía tras quejarse a las autoridades de las mentiras que difundían esas bestias. ¡Después de todo lo que habíamos hecho, después de la reforma! No habíamos abandonado la Iglesia de Roma para tener que aguantar a esos mangantes como autoridad,
¿no crees?
No podía verle la cara a Anne, solo oía su voz avanzando como un torrente en la oscuridad.
–Fue sometido a juicio en la catedral de Londres, le condenaron a diez años en prisión, donde enfermó y tuvieron que amputarle una pierna. Así que pasó el resto de su vida en arresto domiciliario. Fue entonces cuando nací yo. Me enseñó a leer y los trucos de las plantas y los animales. Soy partera y seguidora del fiel camino de Dios gracias a él.
Oímos el aullido de un lobo.
–Tenemos que irnos antes de que amanezca.
Asentí.
–Pero, Deborah, tienes que entender que te he elegido porque sé que
tienes la capacidad y el tesón para acompañarme en esta empresa. No puedes volver a dudar, no puedes fallarme. Dios no está ahí fuera esperando a que te decidas a trabajar para las mujeres que nos necesitan. Dios está dentro de ti, ayudándote todos los días, te acompaña pero no decide por ti.
Ya lo hemos hablado varias veces. Se lo debes a él y ahora nos lo debes a todas nosotras. Elige: o te unes a la causa, o no volveré a arriesgarme trayéndote aquí.
Anne creyó que esas palabras eran suficientes para convencerme, pero yo era vieja y comerciante. Lo que me presentaba como un regalo era también una trampa posiblemente mortal: hasta entonces yo había operado sola, con muchos menos riesgos y muchos más beneficios. Quería ayudar a las nuestras a ser dueñas de su destino, pero hasta entonces había sido mediante charlas inocentes en entornos seguros. Siempre en solitario, sopesando bien mis transgresiones y pudiendo salvarme siempre a tiempo de la mirada inquisitiva de la autoridad. Ahora ella me había llevado hasta allí, y me había hecho cómplice de inmediato.
Pero, Señor, Padre mío, cómo no imaginar sus ojos enfebrecidos en la oscuridad y entender que había que entregar algo para recibir algo. Cómo echarse atrás cuando ya estaba en el precipicio y toda esa fuerza, todo ese torbellino que era ella, me pedía que saltara. Una compañera, una colaboradora, una par, sí, una par.
–Estoy contigo. Estoy con Dios.
Sé que Anne sonrió, por fin, levemente, por fin, aunque no pudiera verla en medio de la noche oscura. No la vi pero lo sé.
–Bien. Pues vámonos a casa.
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