Cauterio
XV. Deborah y el Señor Cotton
A la salida de la escuela, una tarde oscura de invierno, tras uno de sus mejores sermones, nos estaba esperando el marido de Anne junto a un hombre alto y delgado, con un farol con la mano. Anne les sonrió y se giró hacia mí y me dijo: «Les he pedido que nos esperen y hagamos juntos el camino hasta tu casa, así podemos hablar.»
Disimulé mi sorpresa y avanzamos los cuatro en silencio, como solíamos hacer las dos solas, hasta llegar a la puerta de mi casa. No pude ver bien el rostro del desconocido que nos acompañaba hasta que entramos en el salón y encendí el fuego de la chimenea. Tenía una cara fina y pálida y los cabellos negros. Pese a que debía de tener mi misma edad, sus ojos eran jóvenes y del mismo color de su pelo. Parecía una cara digna de ser dibujada, todos sus rasgos encajaban y denotaban inteligencia y cordialidad.
Puse agua a hervir y serví el té, que él me agradeció efusivamente. Un hombre amable bajo mi techo seguía siendo una sorpresa después de lo que parecía una eternidad en la bahía. Aunque los hombres eran cada vez más amables conmigo, ya me había dado cuenta. Desde que Anne predicaba en la escuela y yo era su acompañante y benefactora, nos habíamos convertido en una especie de celebridad, un dúo importante. Algo había sucedido, la consistencia del aire era más ligera, nuestros pasos más rápidos y certeros, todo estaba a nuestro favor. La respetabilidad es un manto tremendamente confortable: es invisible pero una vez que la alcanzas no puedes vivir sin su calidez, sin la protección que te brinda.
Y así llegaban los hombres amables, toda una novedad en mi vida.
Señores de todas las edades que me saludaban con una sonrisa cuando nos cruzábamos por el pueblo, que pedían mi opinión sobre todo tipo de materias simplemente por el gozo de hablar conmigo, de contar que yo, Deborah Moody, una mujer piadosa y venerable, les había dado mi parecer.
Tenía ante mí ahora a un ejemplar de hombre amable, diligente y algo callado al principio. Anne había hecho las presentaciones: se trataba de John Cotton. El nombre me resultó familiar, porque, más allá de nuestras ocupaciones, estábamos enteradas de hasta qué punto se estaban forjando
las alianzas en la bahía. Pese a vivir en la periferia, Boston quedaba cerca, y Cotton era ya un hombre de cierta importancia. En aquella época se presentaba como un rebelde reformista, o algo parecido, al menos eso es lo que había llegado hasta nuestro pueblo. Anne nunca le había mencionado y, de hecho, no sabía que se conocieran. Pero Anne lo aclaró enseguida, sentada entre los dos hombres, presidiendo de alguna manera mi mesa con uno a cada lado, y yo enfrente. Se habían conocido en Inglaterra. Al poco de casarse, Anne y su marido habían presenciado uno de sus sermones durante el viaje de novios. Quedaron tan impresionados que se hicieron asiduos a su iglesia, que se encontraba a día y medio de viaje. No importaban las inclemencias del tiempo, allí estaban los Hutchinson, cada domingo, para verle predicar. Tienes que escucharle, Deborah, él sabe exactamente lo que queremos hacer y puede ayudarnos. Nuestra doctrina coincide con la suya. No hay persona más inteligente y brillante que John, era preciso que os presentara.
Cotton le dio una suave palmada en la mano, como para callar sus elogios, avergonzado. Anne entendió el gesto e interrumpió su discurso.
Anne, callada simplemente por un gesto. Sentí un escalofrío.
Finalmente, Cotton habló: lo que la querida señora Hutchinson intenta decir con estas alabanzas desmedidas es que ha llegado el momento de que hablemos. He estado predicando en Boston todo este tiempo, pero de una manera algo soterrada. Los gobernadores de la bahía no son muy amantes de nuestra creencia compartida de que la fe es la verdadera medida de la salvación del alma. Es por eso que he estado carteándome con Anne desde que llegamos al nuevo mundo. Las mujeres, ustedes, son el vehículo perfecto para desarrollar nuestro pensamiento verdadero sobre el amor a Dios. Anne me dijo que debía conocerla. Dijo que usted tenía una visión parecida a la nuestra. Que entiende la relación directa con Dios igual que la entendemos nosotros, como una relación natural, y con ello me refiero a la naturaleza. Que la fe tiene los mismos componentes que la vida natural, el movimiento, la alimentación, el crecimiento, la reproducción y la expulsión de aquello que es peligroso.
Tanto Anne como su marido le miraban asintiendo como se asiente en la iglesia, como las mujeres asentían en la escuela, absortas, bebiéndose las palabras de Anne.
–Entiendo, señor Cotton, que usted ha venido a felicitarnos. No es
necesario. Me da una tremenda alegría que comparta nuestra idea de la fe, es usted bienvenido a esta ciudad y a mi casa siempre que desee.
Todos sonreímos, y Anne y Cotton intercambiaron una mirada rápida.
–No se trata exactamente de eso, Deborah. Ha llegado el momento de dar un paso más –dijo Anne, sus ojos centelleantes por el fuego de la chimenea–. John es un predicador incómodo en Boston, pensamos que aquí tendrá mejor acogida.
No, no, no. Anne, no. Somos perras viejas, Anne, no.
–Pero no lo entiendo. ¿Creéis que el reverendo Peter le va a ceder su lugar? Comprendo vuestro optimismo, pero es algo desmedido. Peter jamás le dejaría su espacio al primero que llegue, y mucho menos si ha generado algún tipo de problema en la bahía. Anne le tiene mucho aprecio, señor Cotton, pero no veo en qué puedo ayudarle, sinceramente.
No.
El señor Cotton asintió con aparente placidez, y su rostro me pareció, de repente, el de un hombre en estado de alerta. Anne y él se miraron, se levantaron a la vez y se dirigieron a la entrada. El marido de Anne se quedó sentado, casi como un mueble, lo cual me hizo comprender que la conversación no había terminado. Le miré, un pobre hombre que había sido un señor recto y ahora estaba ante mí con los hombros hundidos. Me pregunté cual sería la naturaleza de su relación. ¿Se amaban como el primer día? Quizás, pese a mi fracaso, no era del todo imposible. Quizás habían conseguido aquel entendimiento que a mí se me había escapado, pese a que Anne jamás hablara de su marido. Pero estaban esperando el decimocuarto hijo, eran una pareja que en algo se avenía, aunque en ese momento, quizás por el centellear del fuego, vi los pómulos hundidos del señor Hutchinson y pensé si no sería Anne quien le estuviera chupando la sangre, de alguna manera, consumiéndole. La culpa por haber tenido un pensamiento tan macabro me sobrevino en un rubor vergonzante que, por suerte, nadie notó.
La leña crepitaba mientras Anne y Cotton, de pie, intercambiaban palabras ininteligibles y se miraban a los ojos en un momento largo y untuoso, un momento extraño entre los dos en el que tuve que apartar la mirada y mirar al frente hasta que finalmente el momento terminó.
Anne se me acercó para enfrentarme con la mirada.
–Creemos que es el momento de que los hombres se incorporen a esta
lucha, que participen de nuestras reuniones –dijo Anne–. Solo así expandiremos la fe.
Noté entonces un peso enorme sobre mi pecho, una oleada escarlata de sangre y lodo, que me dejó el cuerpo como un peso muerto. Era el peso de todo lo que no había sido capaz de ver hasta ese momento. Todo lo que no quería comprender, pese a que estaba delante de mis narices.
–John es mi maestro, Deborah. Son sus palabras las que he estado repitiendo día tras día en los sermones.
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