Cauterio

Lucia Lijtmaer · Capítulo 2 de 44

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Cauterio

I. Deborah Bajo Tierra

No sé si estoy viva.

Intuyo que no. La tierra a mi alrededor es apenas polvo, tan distinta del barro oscuro de mi infancia. La tierra sobre mi frente es salada, no entiendo por qué. También sobre mis brazos, entre mis piernas, tierra con gusto a sal y a mar, apenas puedo abrir los ojos, rodeada de tierra arriba y abajo. Dicen que la sal cauteriza, pero con los años he aprendido que también corroe y destruye todo lo que toca.

No debo de estar viva, tanto peso sobre mis hombros, y sin sentir dolor, no hay nada en mis pulmones, esta tierra me es desconocida, no la recuerdo.

Los pastos de mi infancia eran húmedos, de un verde deslavado, siempre pasado por agua, y los bosques en cambio oscuros en invierno, el aire cortando el aliento, una cuchilla que raspaba por dentro. No hay aire dentro de mí, ni agua, solo tiempo.

Definitivamente no estoy viva porque a mi alrededor reptan los gusanos, suaves como la seda china, cosquilleando sobre mi piel.

Seda china. Olor a fruta exótica. El recuerdo de nuestra primera noche, no, ahora no, entre esta tierra gris rata no cabe nuestra sangre, ahora que estoy vaciada, ahora que alguien me sacó las entrañas, y mi cuerpo soporta todo el peso del tiempo y de esta tierra desconocida.

Debo empezar por la tarde en que él se presentó en casa a pedir mi mano, o quizás más atrás, más aún, cuando nos conocimos. Fue tres meses antes, en las caballerizas. Yo llevaba el pelo largo, muy largo, no me lo había cortado nunca pese a que mi madre insistía, no permití que me lo cortaran.

Lo tenía recogido, tirante, en un enorme moño que me pesaba, la falda perfumada, las manos bien enjabonadas, ya mayor, veinte años. En casa no me dejaban ir a los bailes, toda mi experiencia eran los campos verdes, la misa de domingo, la iglesia de piedra fría, y mi padre enseñándome mapas en los libros. «¿Ves las calles, Deborah, las ves?» Y yo recorría las calles de las ciudades con el dedo y parecían ríos de color cobre, que se retorcían como serpientes, como nudos en la madera. El hombre entró al establo buscando al capataz, pero estábamos solamente el ama de llaves y yo,

dando de comer a los caballos. Era noviembre, pasábamos parte del otoño y el invierno en el campo, lejos de Londres. Yo echaba terriblemente de menos la ciudad, pero mi padre insistía en volver a la casa que le vio nacer en la época en la que crecen las setas del bosque y florecen los rododendros, el mes de los castaños y de cazar ciervos. Me fijé en que era alto, tenía la barba rubia y los ojos curiosos. Le pidió permiso a mi acompañante para sentarse con nosotras en un banco en el exterior de las caballerizas. Qué bridas usa, preguntó, sin preguntar mi nombre, porque ya lo sabía. Tenía las manos pequeñas, vestía muy diferente de los hombres del pueblo, y llevaba un anillo con una pequeña piedrecita, una piedra que yo no había visto nunca, y él dijo «zafiro». Hablamos del tiempo, de las castañas, de los caballos. Las crines resplandecían, mi cuerpo hervía, la sangre roja, roja, notaba cómo estallaba y se repartía en gotitas como metal fundido, rojo y naranja, como el cristal líquido cuando quema, y después me subía hasta el rostro. «Tiene la cara del color de las manzanas», dijo, y se echó a reír, y cuando el ama de llaves se levantó un momento, me susurró al oído una grosería, «¿es usted de las que corre rápido, como los caballos?», y yo me mareé y negué con la cabeza, y entonces volvió ella y dijo: «ya está bien, Henry, ya está bien, la niña es de buena familia, vete a tu casa».

Ahora, tantos años después, noto que el cuerpo no me responde y sostiene un enorme peso sobre la cabeza y los hombros. Supongo que quiere decir que me han enterrado en vertical y con los brazos en cruz. Por eso todo el peso sobre mi cabeza, mi columna, justo en el espacio en que la nuca se convierte en espalda. Toda esta tierra que me rodea, arriba y abajo, es de algún material que no logro distinguir. Algo me escuece, es la sal, y esta tierra que es tan dura me produce cortes en los brazos, en las manos, en los pies. Son apenas del tamaño de una hormiga, los cortes, como cuando una hoja de papel te rasga los dedos. Pese a que el peso debería ser insoportable, ahí instalado sobre el cuello y las sienes, me siento fuerte, no siento dolor, no de verdad. Agarro un puñado y lo sostengo en la mano.

Ahora lo entiendo. Esta tierra está mezclada con arena, es producto de los moluscos pulverizados de la playa, ahí arriba todo debe de ser agua y sal.

¿Qué hago aquí bajo tierra? Si me enterraron en vertical es que nadie ha reclamado mi cuerpo. Es que estoy maldita. Y lo peor, no solo estoy muerta sino que no me he salvado. Oh, Señor, estoy muerta. Confié en ti y me has dejado sola. Crucé océanos por ti para acabar insertada bajo tierra como una

lombriz, ni siquiera he logrado llegar al purgatorio, cómo pudiste hacerme esto, Señor todopoderoso, Dios bendito, no te has apiadado de mi suerte.

Tus ojos eran alhajas que adoré pese a todo y no he merecido nada. Fui una buena mujer, eso quiero creer, y me has condenado a la arena salada donde nada fructifica, donde nada crece. ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado?

Y de repente se me aparece el rostro de Anne Hutchinson, blanco y ojeroso, su cabellera suelta, sus manos blancas, delante de mí, aquí en la tierra, y comprendo.

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