Cauterio

Lucia Lijtmaer · Capítulo 7 de 44

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Cauterio

4. Calle Almirall Barceló (Antes)

4. CALLE ALMIRALL BARCELÓ (ANTES) Nuestro verdadero principio, el que de verdad importa, se sitúa en una bodega de nombre irrelevante, en la que tres mujeres que rondan la treintena se emborrachan lentamente, en una de las calles más estrechas de la Barceloneta, una en la que no entra el sol jamás.

El espacio es importante para el relato. La madera está pulida, los suelos son de mosaico, la barra de mármol. Acaba de estallar en Barcelona la recuperación de bodegas antiguas de vino a granel, con sus barricas barnizadas, el precio del litro de vino dulce escrito a mano. Les llaman bodegas pero solo son bares caros, donde la gente se toma una caña que consideran bien tirada, un vino normalito y unos mejillones de lata a precio de oro y todo el mundo se siente de barrio y auténtico. Con el tiempo he entendido que de barrio y auténtico suele querer decir sucio y sin migrantes extracomunitarios o turistas daneses. El barcelonés, con sus bares, es racista sin complejos. Primer els de casa.

Mis dos amigas me miran, expectantes. Todas sabemos que es mi momento. Yo contemplo sus pupilas dilatadas, cómo me miran con la boca semiabierta, esperando a que empiece. Estiro el instante, me detengo, las contemplo. Las dos visten vaqueros y camisa primaveral, huelen bien, llevan pulseras en las muñecas de un viaje que hicieron juntas a Bolivia, y comparten el tatuaje de una llama perpetrado allí, en una noche loca.

Cuéntanoslo todo, dicen, mientras mascamos un embutido extremeño mediocre a dieciocho euros la ración.

–No sé, fue muy raro.

–Empieza desde el principio.

–Pero si ya lo sabéis todo.

–¿Cuándo os besasteis?

–En el tercer bar, no me acuerdo.

–¿Cómo no te vas a acordar?

–Yo qué sé, no me acuerdo. Además, ¿qué más da? De eso hace ya dos meses. Llevamos dos meses juntos.

–¡Sois novios!

Mis amigas chillan felices como dos pájaros estridentes, dos cotorras de las que hay subidas a los árboles más altos por las avenidas, esa es su risa exacta. La gente de la bodega nos mira durante un momento y nos veo desde fuera, tres treintañeras que gritan, mientras beben cerveza, una tarde primaveral. Mis amigas aplauden, esto es una fiesta, pero no sé muy bien de qué. Se acercan en modo conspiratorio al centro de la mesa y piden más datos. Necesitan rellenar fichas internas, formularios mentales, hacer cálculos y raíces cuadradas de las posibilidades de nuestra relación. De las posibilidades de que esto, por una vez, funcione. ¿Qué hay de malo en este relato?

Piden más cervezas al camarero con un gesto, y exigen más, más de todo.

Así que me vengo arriba y sigo relatando cómo nos encontramos en la barra del bar al que solemos ir las tres, en la calle Botella, en el Raval, y que le reconocí de una reunión del ayuntamiento, era uno de los pocos de nuestra generación que no parecía un oficinista de banco. «Me gustan sus patillas», digo, y suena ridículo. Resumir a la persona que te gusta es siempre una estupidez, los datos concretos resultan absurdos, ¿cómo describir a alguien que te gusta? Es como si estuvieras hablando de un mueble, o de unos zapatos. Les relato cómo me miraste desde lejos y le dijiste a la camarera algo que más tarde supe que era «me gusta esa chica», y que te acercaste a saludarme, y sonaba algo de rockabilly, que yo detesto, pero fingí que me interesaba porque por tus patillas te tenía que gustar el rockabilly.

Charlamos de grupos musicales, de lo aburridas que son las reuniones del ayuntamiento, y vi un destello en algún lugar de tu cara, una invitación que me hizo pensar que algo era posible. Admiración, creo. Escuchabas mucho, hablabas poco. Te reías de lo que yo decía. Sentí que había algo en mí que era importante. Que en ese instante, en ese bar, estábamos fundando algo.

Que tendrían que poner una placa, algún día, sobre nosotros en ese lugar.

Aquí empezó todo: invierno de 2012, una placa conmemorativa de esas de bronce, discreta, con las letras grabadas y pintadas en negro.

Pero eso último no lo digo. Solo murmuro algo sobre que eres sociólogo, que trabajas en el ayuntamiento, como yo. Que te gusta cocinar.

Las dos cotorras abren los ojos, se les dilatan las pupilas, y una pregunta su apellido y por supuesto le conoce porque Barcelona es así, todo el mundo se conoce, y dicen más, más, más y mascan la historia y la mojama que hay en el plato y yo sigo narrando: me dijo que soy la mujer de su vida,

me dice que quiere hijos, y ellas aúllan de placer, y entonces ya no son pájaros sino lobas que amamantan, enfurecidas e insaciables. Ya sé, me digo. Esta es la fiesta de la monogamia, se me había olvidado que ahora pertenezco a este club. No siempre he pertenecido a él. Pero es mejor pertenecer a él que no hacerlo. Le da sentido a todo. Es un club pegajoso, cómodo, monocorde, como un sedante.

Preguntan: «¿Cuándo os vais a ir a vivir juntos? No deberíais tardar.» La que le conoce, porque en Barcelona todo el mundo se conoce, dice: «¿Has visto a su ex? No, la otra, la rubia. Es bastante graciosa pero está loca, loca de verdad, no como tú, contigo será feliz, tú no le harás sufrir.» Lo importante de todo esto, pensamos las tres y no decimos, es no ser una loca.

Y me acuerdo de la chica de las medias roídas, y no sé por qué me la imagino con el pelo empapado bajo la lluvia, como si acabara de salir de un río, perdida, insomne. De repente siento una desazón que no sé de dónde viene.

Antes de pedir tres cervezas más y cambiar de tema finalmente, tomo nota mental de cuáles son mis deberes: mirar las fotos de su ex en las redes, comprobar si ella parece feliz, si sigue viviendo lejos, en otra ciudad, si está en pareja, si se comunica con él alguna vez. Si todavía le desea, ese trofeo que acabo de adquirir en forma de hombre, así pensaba yo, así, en esa bodega, cuando todavía trabajaba, tenía horarios y futuro, cuando formaba parte de aquel entramado de calles grisáceas que se parecen al hongo de la corteza de los árboles, salía por las noches y tenía resaca los sábados, cuando aún recordaba nombres y caras y tenía una vida, cuando aún tenía una vida funcional y no estas cuatro paredes de cristal en un verano infame.

No como ahora, que, día tras día, al despertarme, me digo: «Estoy enferma, alguien me descubrirá, tengo la sangre enferma, alguien me castigará: nadie sale vivo de todo esto.»

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