Cauterio

Lucia Lijtmaer · Capítulo 33 de 44

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Cauterio

17. Paseo de L’exposició (Antes)

17. PASEO DE L’EXPOSICIÓ (ANTES) Espero que pague ella. Eso es lo primero que pienso, mientras asciendo con dificultad por las calles estrechas del Poble Sec. Desde que no hago nada más que estar tumbada en la cama o en el sofá, todo me pesa.

Últimamente mis días se repiten y se condensan en uno solo. Tomo mis pastillas. Bebo agua del grifo. Salgo a dar la vuelta a la manzana. Mi cuerpo tiene el metabolismo de una persona de ochenta y cinco años que camina con sumo cuidado, casi a tientas para no tropezar y quebrarse un hueso.

Nada en su interior se mueve. Nada se agita. Las leyes de la termodinámica dejan de existir para él. El teléfono suena a veces, y nunca lo cojo. La de Esade con quien convivo, dueña del piso en el que me alquila una habitación, ha comenzado a quejarse. Sus padres, dos parisinos riquísimos que decidieron invertir en la educación de su hija –algo que, en la actualidad, representa básicamente comprar un piso en esta ciudad–, están algo molestos porque pago con retraso. Ella, una veinteañera de piel lechosa y ojos de ciervo que sale por las noches por la Villa Olímpica a bailar salsa, no esperaba una compañera de piso como yo. No me levanto de la cama, mi cuarto es un vertedero de ropa y piezas de fruta que compro en mis intentos por comer mejor y que acaban descompuestas a las pocas semanas.

Desaparezco dos o tres días para beber y follar con desconocidos, pero luego no se lo relato como ella desearía. Ella proyectaba conversaciones de loquitas que transitan por el barrio Gótico bebiendo mojitos, la película que se había montado en su cabeza de compartir piso en Barcelona, pero yo me encierro y no salgo nada más que para sacar vino de la nevera y seguir durmiendo. No encarno a la habitante de la ciudad brillante y bohemia que imaginaba, y la verdad es que lo siento por ella. Porque tiene razón. Ella merecía algo mejor. Merecía paseos por la Barceloneta y a alguien que la escuchara. Merecía que le enseñara buenos bares en el Poble Sec y le presentara a chicas dicharacheras para formar una pandilla. Pero yo no hago nada. Literalmente. «Ni siquiera lavas tus sábanas, tu habitación apesta», dice a veces con asco. Yo asiento algo distraída, me disculpo, y le pago erráticamente, en un intento de que olvide mis torpezas. Sé que tiene razón.

También sé que no duraré allí, si tiene paciencia me aguantará tres semanas más, como mucho, y luego me largará.

Pero ahora, cuando finalmente llego al paseo de l’Exposició, contemplo con gusto cómo se abre la calle, sinuosa, y me doy cuenta del cambio de temperatura. Hace una mañana ventosa y fresca, mucho más fresca de lo que es común en este verano infame, pero eso está bien, me despertará.

Enfrento la cara al viento, hasta que se me saltan las lágrimas y moqueo.

Estoy algo inquieta, y no sé muy bien por qué. Miro a mi alrededor, para intentar distraerme. Recuerdo haber leído en algún plan del ayuntamiento que esta fue, históricamente, zona de canteras y barracas, un espacio urbanizado aleatoriamente, algo que se aleja del orden al que estoy acostumbrada. Las casas brotaban como setas, hace un siglo la central eléctrica se situaba en la falda de la montaña, y el nombre del barrio proviene de la falta de agua natural. Un pueblo seco. Donde no brota el agua no existe la civilización, y los territorios sin ley son siempre espacios de disputa, yo lo sé, y eso me pone nerviosa. Donde no hay agua no hay vida, donde no hay agua nada fructificará. Además, a estas alturas solo pienso en el agua marrón que nos cubrirá, espero, ¿cuánto falta?, ya no debe de faltar mucho, no, ya no falta mucho para que todo esto acabe.

Al alcanzar una curva de la calle me llega, de repente, un olor a sofrito que llena el aire y mi estómago se contrae, y el hambre no me deja seguir pensando.

En serio, espero que pague ella.

He quedado para comer con una amiga de un amigo que me va a ofrecer trabajo. Me llegó un email hace unos días, y a eso me aferro, como si se hubiera adelantado la Navidad, como si eso pudiera sacarme de mi letargo.

Desde que me echaste del piso y dejé de presentarme en la oficina, ando justa de dinero, claro. Supongo que podría pedirles algo prestado a mis padres, pero están de vacaciones, lejos de aquí, y eso implicaría dar explicaciones sobre nuestra separación. Con lo que le gustabas a mi madre, qué disgusto. Supongo que podría volver al ayuntamiento si realmente me esforzara. Se han visto casos de abandono del puesto de trabajo mucho más absurdos que el mío, y que han contado con la magnanimidad de nuestra oficina de hormigón armado en Glòries. Supongo que podría volver, como un perrillo descarriado al que se le han permitido ciertas extravagancias y ahora regresa a por comida, pero desde hace un tiempo entiendo lo que me

pasa como una especie de señal de cambio que debo atender pase lo que pase. Tengo que despojarme de mi vida anterior, tengo que renovarme, tengo la oportunidad de ser otra y se me está brindando ahora, delante de mis narices. Necesito ponerme a trabajar cuanto antes y este es el boleto de la suerte que estaba esperando.

En todo esto pienso cuando llego al bar-restaurante elegido por mi interlocutora, un espacio pequeño y coquetón, lleno de maderas enceradas y luces bajas, que gusta mucho a los actores y actrices que trabajan en un teatro cercano, y que por eso abre hasta tarde. Un sitio de moda. El lugar adecuado para una entrevista de trabajo a una aspirante a un futuro mejor pero sin grandes pretensiones, pienso. Aunque casi no puedo pensar, porque para cuando llego a la puerta me ruge el estómago.

Aunque llego pronto, ella ya está ahí, en la única mesa ocupada. Es morena, pequeñita, de tez clara y sonrisa amable. Parece nerviosa o energética, realmente no lo sé, pero intuyo que se trata de una mezcla de ambas cosas. En cuanto me ve, hace un gesto rápido para que me acerque, y me siento frente a ella. Estamos solas, es temprano, y a estas horas solo se oye el trajinar en la cocina. Unos platos que se lavan, el tintineo de unas copas. A lo lejos, capto las voces de los trabajadores en la parte de atrás, cargando cajas. Mi acompañante levanta una mano con una sonrisa y el camarero se acerca presuroso y nos canta los especiales del día. Todo se resuelve rápido. Por suerte ella pide por las dos, liberándome de un incordio más: cuscús de cordero y una botella de vino blanco. Cuando le digo que no bebo, sonríe. Es su primera reacción a algo que digo. Bueno, en realidad, es la primera vez que abro la boca. Algo en sus ademanes hace saltar una alarma dentro de mí, en algún lugar del plexo solar, una angustia desconocida. Algo que en otro momento hubiera sido una intuición.

–Esto no es una entrevista de trabajo, ¿verdad?

Ella suspira y sonríe.

–No, no lo es. No sabía si aceptarías venir si no ponía una excusa.

Al oír sus palabras se me cierra el estómago de inmediato, así que en cuanto nos traen los platos opto por juguetear con el cuscús. Por el contrario, ella sí come y bebe con gusto. Se lleva la copa a los labios y miro cómo desaparece el líquido amarillo, casi transparente, de un trago. Debe de ser un buen vino, aromático, que hace que se me llene la boca de saliva instantáneamente, aunque no quiera. De repente algo de oxígeno se abre

paso en mi cerebro e intuyo algo, algo relacionado con el sitio donde estamos. Es un día laborable, ¿verdad? ¿Qué día es?

–He quedado contigo aquí porque siempre me has caído bien, te considero una persona inteligente, alguien capaz. Si hubieras querido, podrías haber conseguido un buen lugar en la organización. Pero ya sabemos que a veces las cosas se... tuercen.

Es un lunes de agosto, joder. Hoy no hay teatros. Por eso el restaurante está vacío.

–Todo está yendo muy deprisa, imagino que lo sabes, que lees la prensa,

¿sí? Bueno, el caso es que voy a ser nombrada secretaria de organización y... él –no se atreve a decir su nombre, creo que tiene miedo de que me levante y me vaya. Pero es lunes. Quizás le preocupa que monte una escena, aunque sea solo para los camareros–. Él va a ser candidato.

En algún lugar del mundo, en este momento, nace un niño. En este preciso instante, mientras ella pronuncia esta frase, un manto de algas cubre la costa de Irlanda y una res es sacrificada, justo en este momento. Puedo oler la grasa, la vérnix caseosa que protege al bebé, puedo sentir la sal agrietando la pulpa carnosa de las algas, puedo oler la sangre caliente que fluye del animal.

–Creo que ahora sí que voy a beber –logro contestar, y ella hace un gesto y pide una copa que llena ella misma.

–Es por eso que te he pedido que vengas. –Inspira, como quien tiene que realizar un trámite engorroso con el que no contaba. Sacarse el barro del zapato, borrar una mancha de aceite del puño de una camisa–. Tienes que dejar de decir las cosas que vas diciendo por ahí. Ya sabes a lo que me refiero. Nos pueden hacer mucho daño. Lo vuestro, además, es una cuestión privada, ya acabó, a nadie le importa.

Se hace un silencio incómodo, más incómodo si cabe.

–Sabemos que le has seguido.

–Solo una vez.

Me mira con la misma tranquilidad con la que ha comenzado a hablar. Su tono no ha variado en todo este rato. Será una buena secretaria de organización, sin duda.

–No es verdad –sonríe–. No pasa nada. Aquí somos dos mujeres, no tienes que explicarte. Ya está. Pero tienes que dejar de hacerlo. –Hace una pausa–. Y tienes que dejar de decir las cosas que vas diciendo por ahí.

–Yo no he dicho nada.

–Bueno, eso no es exactamente así. Llamaste a... –consulta sus notas en un cuaderno sencillo que hace las veces de agenda, que no había visto sobre la mesa– Mónica, de la comisión de feminismos, para hablarle de tu caso.

No entendemos muy bien por qué. Lo vuestro es una cuestión privada.

–Sí, eso ya lo has dicho dos veces.

Las dos nos miramos, en silencio.

–Mira, nosotros no queremos meternos en asuntos de pareja. Pero esto es por tu bien.

–¿Por mi bien? –río.

Por primera vez veo cómo le cambia el gesto. Su mirada se endurece.

Pide al camarero que retire los platos y acerca su rostro al mío.

–De acuerdo, te voy a conceder que es un trepa, y probablemente un hijo de puta también. Pero es un hijo de puta listo y ha llegado hasta arriba muy rápido. Qué te voy a contar, a mí me lo han colocado en las listas. Tengo las manos atadas. Sé que tienes mensajes suyos que nos joderían vivos a todos antes de las municipales y quiero que desaparezcan o, si los cálculos de las encuestas aciertan y ganamos, haré que no vuelvas a trabajar ni en el ayuntamiento ni en ninguna empresa privada en los próximos cuatro años, ocho, si no la cagamos demasiado y nos hacemos con las autonómicas.

¿Eso lo has entendido? ¿O necesitas un croquis?

Siento que algo se astilla dentro de mí, no sé, algo diminuto cerca de la sien. No recuerdo nuestra vida, ni tu cara, ni siquiera tu nombre cuando hago la siguiente pregunta, ya sin aire, ya sin esfuerzo.

–¿Y qué propones?

Sonríe. Desde la ventana puedo ver cómo crece el romero, aquí, justo en la ladera de Montjuïc. La montaña de Montjuïc es especialmente rica en especies vegetales, tanto autóctonas –pino piñonero, algarrobo, encina...–

como exóticas –jacarandá, chumbera, pita...–. También hay algunos árboles caducifolios, como el ceibo de Jujuy, usado en jardinería urbana por su sombra y flores espectaculares, y la higuera, muy rústica y resistente.

Finalmente dice una cifra. Unas motas de polvo quedan suspendidas en el aire, atravesadas por la luz dorada de la primera hora de la tarde.

–El doble y me voy de la ciudad esta misma semana –contesto.

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