Cauterio

Lucia Lijtmaer · Capítulo 12 de 44

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Cauterio

VI. Deborah y el Mármol Negro

Todos los hombres se parecen. Esta es una verdad que tardé en aprender, y que sopeso ahora, cuando contemplo a mi marido muerto, años después, en Londres, sobre la mesa de mármol negro de su biblioteca. Esos dichos de las mujeres, murmurados en confidencia en nuestras estancias, suelen ser ciertos. Todos los hombres se parecen, pero sobre todo se parecen a sí mismos. Ahí está, mi marido, vestido como un señor, tendido sobre una mesa de mármol negro cubierta con un manto de terciopelo púrpura, exactamente como especificó. Sus gustos de nuevo rico me han obligado a morderme la lengua desde que se organizó el velatorio. La imagen es espantosa, grotesca, tan alejada de la austeridad de nuestra fe: un hombre de más de ciento cincuenta kilos, ya del color de la cera, sobre el terciopelo, parece un pavo a punto de ser deshuesado.

La mesa apareció durante una de las ausencias de mi marido, una monstruosidad negra, del tamaño de un toro. Las criadas me aclararon prontamente que se trataba de un escritorio de mármol. Había elegido portoro, un mármol italiano, dijeron, con vetas doradas. Es un material noble, el más caro, susurró una de ellas, bonita como una flor, contratada por mí solamente para tentarle. Cada vez me divertía más ver cómo, cuando se dignaba a pasar por casa, se escondía de mí para fornicar con las criadas en cualquier esquina, como la bestia que era.

Ahora toco la piedra negra pulida, que no devuelve luz. Toco la piedra pulida, helada como el fondo de un lago. Me imagino el sudor que hizo falta para colmar el capricho de un labriego enriquecido de provincias. Es espantoso, pienso. Ordeno a una de las muchachas que les cambie el agua a los lirios porque se están mustiando y me deprime. No quiero flores mustias para todas las visitas que están por llegar. Miembros del Parlamento, empresarios, ganaderos, habrá que atenderles a todos.

Tardé algún tiempo, pero tras dejar de compartir lecho con él finalmente comprendí que me había casado con un hombre demasiado parecido a mi padre: alguien que conocía el trabajo pesado y duro de las granjas, que se había hecho a sí mismo. Tuve mucho tiempo durante sus ausencias para

poder analizar lo que había sido de mí. Todo lo que tenía, de hecho, era tiempo, así que por fin pude pensar por mí misma. Solo así se entiende mi elección de esposo. Confundí su capacidad de supervivencia y su escalada social con hombría. Qué estúpida. Si hubiera entendido eso antes me habría podido ahorrar lo que vino después. Mi marido, como mi padre, había tenido que labrarse un porvenir, sabía de caballos, de vacas y de tierras, pero no era un hombre de ciudad que poseía una finca, sin más. Era un hombre de campo, había tenido demasiado cerca la tierra. Ese barro bajo las uñas, ese hedor a estiércol. Por eso, ahora quería cosas. Oh, cómo las quería. Pero no cualquier tipo de cosa, solo lo mejor. Sedas, especias, oros, comidas exquisitas, vinos espumosos. Cosas que le alejaran de sus orígenes.

Ahora que se había casado conmigo, ahora que no era un simple granjero venido a más –como había sido su abuelo, y su padre–, tenía una buena fortuna. Y no se iba a conformar únicamente con eso: también quería poder.

Era verano cuando, tras pasar unos días en Londres, llegó a casa con la noticia de que yo era, desde ese momento, la mujer de un baronet. No pregunté, no tuve que hacerlo. Era evidente que era un título ridículo que había adquirido de algún cortesano lamebotas a cambio de una buena parte de mi dote. No protesté, lo entendí.

Mi marido. Mientras gotean los cirios en su velatorio contemplo su tripa hinchada de tanto vino y capón. Pienso en las cenas políticas, en las otras mujeres. Él creyó que no me daba cuenta, o peor, pensó que me daba igual.

Los hombres se parecen tanto a sí mismos y yo había aprendido, finalmente, el arte del disimulo.

–Nos vamos a la ciudad –dijo.

–¿A Bath?

–No, mujer. A Londres. He sido elegido por Malmesbury para entrar en el Parlamento. He encontrado una casa perfecta para nosotros, muy cerca de Westminster, y te necesito allí.

La cabeza me dio vueltas por la alegría. ¿Londres? ¿Por fin? Aun así, me asaltaron las dudas. Ya me había hecho con la casa, con las criadas, con los cambios de estación.

–Yo no voy.

–Por supuesto que vendrás. No voy a dejar que te quedes aquí y te conviertas en una pueblerina, ¿en qué lugar me deja a mí eso? Tienes una nueva profesión: entretener a las mujeres de los otros parlamentarios.

Debemos ganarnos su confianza, y para eso te necesito. Has aprendido a llevar muy bien la casa, eres lista y rápida. Es imprescindible que vengas y organices nuestra nueva vida.

Henry Moody, estás muerto frente a mí y casi he olvidado todo. He olvidado nuestras primeras mañanas, tu barba rubia, esas manos cortas y fuertes que detestabas y yo tanto amé al principio. He olvidado el olor a salvia de tu cuerpo, antes de que se convirtiera en este pavo ridículo que tengo ante mí, antes de que decidieras ser ese advenedizo al que todos escuchaban porque venías del campo y precisamente por eso debías de ser honesto, la gente es estúpida, a veces se me olvida. Los hombres no cambian y la gente es estúpida.

–Solo con una condición. El niño viene con nosotros.

Se hizo un silencio sucio y espeso, como un charco. Pude ver cómo hacía cálculos de manera rápida y, en un gesto automático, buscaba las salidas de la habitación, dónde estaban las puertas, cuánto tardaría en alcanzar la más cercana. Será un buen parlamentario, pensé.

–Deborah, el niño tiene una madre.

–No. He tolerado tus infidelidades, has malvendido mis tierras, me has humillado públicamente. Si empezamos de nuevo, quiero un hijo.

–Y qué quieres que haga. ¿Que lo rapte? ¿Te has vuelto loca?

–Ahora eres baronet y político, ¿no? Enciérrala. Ella es una mujer casada y adúltera. No te costará mucho, ahora que tienes poder. Nos quedamos con el niño y se viene con nosotros a Londres. Se llamará como tú, Henry Moody. Apenas tiene dos años, yo seré su madre a partir de ahora. Es mi única condición.

Días después apareció en casa una mujer anodina de rasgos tristes, con el niño más bonito jamás visto, de rizos rubios y ojos de almendra, que me observaba, muy serio, a dos palmos del suelo.

Señor, ahora que me has abandonado, espero que perdones mis pecados.

Sé que son muchos, sé que has tenido que hacer un esfuerzo, pero eso es el amor, un esfuerzo tras otro y yo me he dedicado a ti. Si todavía queda algo por expiar, perdóname alguno, dime dónde estoy y sácame de aquí, de debajo de esta tierra.

Ya sabes que así es como mi marido y yo nos fuimos a vivir a Londres.

No nos llevamos a nadie del campo más que a Henry, ni siquiera a un sirviente. Mi marido solo exigió la mesa de mármol, él y sus cosas. Cuántas

cosas acumulamos después como símbolo de su nuevo estatus, todo eran posesiones, pero la primera fue esa mesa que cargaron tres caballos, tres pobres animales que hubo que sacrificar nada más llegar a las puertas de la ciudad. Habían terminado extenuados tras el trayecto, que se había hecho más largo de lo habitual. Oí que el conductor relató cómo el carro se desfondaba cada tres o cuatro días, por el enorme peso que acarreaba.

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