Cauterio
XXI. Deborah, la Cruz y la Plaza
XXI. DEBORAH, LA CRUZ Y LA PLAZA Así que por eso estoy aquí, enterrada en vertical. Por eso este diálogo inerte contigo, mi Señor, por eso esta sal y este polvo de molusco a mi alrededor. A esta tierra pertenezco, después de tanto tránsito.
Los fuegos fatuos centelleaban la noche en que Susanna y yo partimos con lo que tenía ahorrado, dejando todo atrás. Los indios nos dejaron pasar porque el pelo color fuego de Susanna, como el de Regina Robinson, la convertía a sus ojos en un ser sobrenatural, y a ella me aferré como me aferré años atrás a un salvoconducto que me permitió subirme a un barco y huir de la pobreza. Ni me planteé llevarme conmigo a Henry, hecho ya un hombre en Saugus, con su propia familia, su propia descendencia, y a quien nadie asociaría a mí. Él estaba a salvo y yo iba a salvarme también.
Si la primera vez que salí corriendo con mi niño de rizos rubios lo hice sin un plan, esta vez la huida me encontraba con tierra comprada a los holandeses a unos días de viaje. Tenía que haber sido nuestro nuevo mundo, para todas nosotras, garantes del espíritu y de la vida, lideradas por Anne hacia nuestra propia tierra prometida. El reverendo Peter creyó que me dejaba en la indigencia y que eso era castigo suficiente para una vieja, pero pude huir con algo más. Aunque para eso tuve que pactar. Aprendí que puedes hacer pacto de silencio con los hombres si aprendes a comportarte como ellos. Por eso sellan sus negocios en los burdeles hasta los más rectos: si yo callo tus pecados tú también debes callar los míos. En eso se basa todo.
No acudí a ninguno de los juicios de Anne, ni al civil ni al eclesiástico, pero su historia llegó más allá de la frontera de Massachusetts, llegó hasta mí, por supuesto, a mi nueva tierra llena de agua y sal, y polvo de ostra y un horizonte plano, en la arena que se come el mar, en la que me establecí, tras tanto pacto, con Susanna. Otra vez, una casa, un hijo y un pedazo de tierra.
Otra vez, vuelta a empezar. Tuve noticias de Anne porque era imposible frenar todo lo que sucedió, por más que el reverendo y los gobernadores lo intentaran. Los juicios fueron breves pero encarnizados, y las transcripciones tardaron en hacerse públicas, por lo que solo conocí lo que
se supo de oídas hasta mucho más adelante. Llegaron voces sobre su semblante blanco y sus manos de pájaro, su voz grave al contestar cada una de las preguntas del gobernador. Anne dijo que su cuerpo pertenecía a la colonia pero su alma pertenecía a Dios. Anne dio todas las explicaciones necesarias. Jamás descubrieron a las chicas escondidas en las montañas, ni yo supe qué fue de ellas. Quizás sobrevivieran, aunque lo más probable es que fueran descubiertas en las luchas fronterizas. Toda esa sangre derramada se mezclaba una vez más: la que era fruto de un desliz pecaminoso con la sangre de la guerra por las tierras. Todo acababa siendo solo sangre oscura.
A Anne intentaron atraparla con la artimaña de la diferencia entre la fe y la gracia, pero ella contestó siempre con decencia y rapidez. Parecía no entender que no importaba lo que dijera: el problema no era su palabra, sino su existencia. Era su existencia lo que resultaba ya insoportable. Anne se defendió como pudo, pero fue acusada de ofender y trastornar la Iglesia con sus errores y revelaciones.
Imagino que cuando lo de su último hijo, Anne supo que no había nada que hacer. Hasta ese momento pensé que se trataba de una invención del reverendo Peter para hacer correr las habladurías, pero Anne confirmó en uno de los juicios que su hijo no había nacido sano, eso dijeron los labriegos que llegaron hasta mí con la historia en nuestro nuevo asentamiento. Anne sobrevivió a un hijo muerto, pero no superaría el último juicio. Dicen que sus últimas palabras a sus antiguos vecinos fueron una maldición en nombre de Dios, contra la férrea senda religiosa que acababa de comenzar en la bahía y que se extendería como la peste entre sus habitantes. Sus palabras fueron entendidas como una confirmación de su carácter impío.
Bajo esta tierra que ya no me pesa debo recordar lo que ya sabía entonces: todo pacto necesita de un acuerdo entre las partes. Y para romper un pacto de silencio, como todo el mundo sabe, hace falta un delator.
La acusaron de traer a Satán, de ser una pagana, y mostraron como evidencia sus sermones y su propio fervor. Anne había elegido el amor.
Pero ¿el amor a quién? Parece ser que Cotton estuvo en el banquillo pero jamás se le acusó de nada. «Los hombres te traicionarán», había dicho aquella curandera tantos años atrás. Solo Anne y su familia fueron obligados a abandonar la colonia y establecerse más allá de sus límites, no
Cotton. Una de las criadas me dijo un año después de su expulsión que Anne y los más pequeños de su prole buscaron cobijo a apenas unas millas de aquí, también cerca del agua, donde crecen los helechos y los iris azulados. Cotton se quedó en la bahía y alcanzó fama y prosperó como gran autoridad de la colonia. Lo único que tuvo que hacer fue distanciarse de ella, como si su asociación hubiera sido una mala etapa, un sueño de otra época, y no arrancarse un brazo, que es lo que debió de sentir Anne.
Arrancarse un brazo, el corazón, las tripas, y entregárselos, con todo su amor, a su delator. No se me ocurre una manera más cruel de dejar de creer en Dios.
Al cabo de unos años oí que Anne volvía a tener problemas. Había ido arrastrando el peso de su familia por distintos asentamientos y se habían quedado prácticamente sin nada. Anne estaba enferma y deshidratada y no podía mantener a los suyos. La mayoría de sus seguidores, los pocos que peregrinaron tras ella cuando su expulsión, no se atrevían a hacer trayectos largos por caminos tan peligrosos. Los indios acechaban fuera de nuestro nuevo mundo, custodiado por los holandeses. A apenas unas millas de casa, Anne languidecía mientras yo tenía de todo, comida, calor, prosperidad y a Susanna. A veces me parecía sentir que estaba cerca, Anne y su aliento vegetal, merodeando, aullando como una loba, pidiendo clemencia.
Pero un pacto es un pacto, y quien elige el amor debe pagar por ello. No acudí a salvar a Anne cuando el reverendo vino a advertirme y no lo hice ahora, cuando podía tenderle la mano. Finalmente había aprendido. No temblé la mañana en que se posó una tórtola gris en el alféizar de mi ventana, un día más, un pájaro más, un presagio de las noticias que estaban por llegar. Me levanté de la cama, pura carne floja, y preparé mi té negro con la certeza de que Anne había muerto. Una tórtola en la ventana siempre anuncia desgracias, y la única desgracia posible era esa. Supe después que la tribu de los Siwanoy les había encontrado en sus tierras y había acabado con todos, incluidos sus hijos y los dos sirvientes que les quedaban. Dicen que tenía una cruz de plata en la mano, una última ofrenda al Señor, un escudo que debía protegerla, pero nunca pude comprobar esa leyenda. La propiedad es la propiedad, y las armas son las armas, Anne, estúpida, ocupada en la salvación del alma, olvidaste los preceptos más básicos que tú me habías enseñado. Carne, sangre, tierra. Estúpida.
Ese mismo día me incorporé, me lavé con agua fresca y salí a la gran
explanada que había frente a mi casa, a mis dominios. Llevaba conmigo un objeto de metal con el mango de madera, que me había dado la curandera de los ojos claros, tanto tiempo antes, y con él abrí la tierra, como un carnicero abre la piel de un ternero, con la misma certeza. Con el cauterio tracé las calles de mi pueblo y fui hasta la autoridad local a ponerle nombre: mi pueblo con dos calles en forma de cruz y una plaza en medio. Esta sería mi tierra y este mi futuro. Mi propiedad. Me olvidé de las mujeres y de todo lo que pudimos haber construido. Todo desapareció como pulverizado por la fuerza de la sal y la arenisca. Por fin, el descanso. Por fin, la paz.
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