Cauterio
II. Deborah y la Paloma Gris
El día en que murió Anne Hutchinson, justo a la madrugada, se posó una tórtola gris sobre mi ventana. Me despertaron sus sonidos guturales y me di la vuelta en la cama, para intentar dormir algo más, pero la piel me ardía.
La vejez trae consigo una enorme cantidad de piel que debes arrastrar, como un fardo. Esa es la realidad: la vejez es flojera. Piel que cuelga, dientes que se sueltan, venas que sobresalen.
Un poco antes de que saliera el sol me resigné a levantarme, y me preparé un té negro en la cocina. La criada aún dormía y no valía la pena despertarla, el día iba a ser largo. Tantos años después y todavía echaba de menos las infusiones de hierbas insulsas de mi infancia. Pero en las colonias solo había sabores y olores fuertes, cosas que matasen el dolor y las sutilezas.
El peso del cuerpo me hizo recordar a mi madre y sus palabras: tienes caderas para parir, anchas y fuertes, es lo único bueno que dijo jamás de mi cuerpo, ella, que siempre me obligaba a llevar ropa que lo empequeñecía, que me dañaba la piel, demasiado pecho, demasiadas caderas, demasiado de todo. Pero aquel día junto a los caballos vi cómo él adivinaba mi cuerpo bajo mi vestido, lo adivinaba sin nada encima, y supe que tendría que engendrar sus hijos, y concentré toda la sangre allí abajo, la sangre que sabe a cobre pero que es de hierro fundido, y le miré a los ojos y él me aguantó la mirada.
Venga usted a merendar un día, le espeté cuando ya no pude más, y el ama de llaves susurró: «Cállate, niña, una mujer no habla, no invita, cállate», pero él dijo: «Sí, sí, iré.» Aquella noche tan atrás pensé en sus manos, y en la piedrecita del anillo, de un azul oscuro como el ojo de los pavos reales que decían que había en el palacio del rey, pensé en sus dedos acariciando la piedra preciosa hasta que me dormí.
Nos casamos tres meses después, un día de finales de febrero, ese mes que no es nada, solo una extensión de la noche oscura.
Me empeñé en llevar un vestido de color gris perla que mi madre detestó, con mangas de tul hasta las muñecas. Las pruebas en la modista llevaron un
mes. Y solo nos vimos dos veces desde el primer encuentro hasta la boda, siempre acompañados. Era un matrimonio apresurado, pero que nadie estaba dispuesto a contradecir. Yo sabía que mi padre estaba aliviado de casarme, al fin.
No recuerdo nada de la ceremonia, solo sé que hacía mucho frío y llovía, y el gris del cielo era mucho más oscuro que mi vestido, y que él me dijo al salir de la iglesia que parecía una paloma de campo, con el vestido gris, los tules, los guantes perfumados bordados en plata, la única extravagancia que me permití. «Eres una paloma a la que hay que cazar, pam, te llenaré de perdigones, pam pam», decía, y se reía a carcajadas.
Cuando llegué a mi nueva casa, tan distinta de la mía, grande, oscura, llena de objetos, los fui tocando uno a uno, y me dije: todo esto es mío.
Estas cortinas, estos muebles, incluso las escobas. Todo mío. Las criadas que agacharon la cabeza a mi paso alzaban luego los ojos y me miraban fijamente. Vi todo en su mirada, especialmente en las más bonitas. Esa mirada que quiere decir: por qué un hombre como él ha elegido a una mujer sin sustancia. Me agarré fuerte del brazo de mi marido para sostenerme entre todas esas habitaciones, todos esos sirvientes y toda esa novedad.
Cuando hubo pasado todo, de noche, en la cama, le dije: «Creen que te has casado conmigo por mi dinero.» Y él no contestó, solamente me abrió las piernas con su rodilla.
El gris de mi vestido, pienso, el gris del cielo de mi primera juventud, tan lejano, años atrás, era justamente el gris de esa tórtola posada en mi ventana que me anunciaba que Anne iba a morir, cuarenta años después de mi boda.
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