Cauterio
III. Deborah y el Cauterio
En mi recuerdo la curandera tiene los ojos blancos, del color de la leche, es el mismo color de los ojos de los africanos que deambulan por la colonia, aterrados, sin reconocer nada de su entorno. «Un puerto es como una boca abierta, puede llenarse de las más hermosas maravillas, pero también de infecciones», eso decía Anne Hutchinson, siempre preocupada por salvar, limpiar, desinfectar todo lo que veía, incauta, sin mirar en realidad qué es lo que pasaba a su alrededor.
Anne compadecía a los africanos que se arrastraban por el puerto y perdían la razón, tan lejos de su tierra. Los veíamos caminar lentamente, pidiendo dinero, comida, un techo. Anne Hutchinson, con sus manos pálidas, maltratadas de tanto trabajar, con su sonrisa exacta y su voz aguda e inteligente, siempre dispuesta. En cambio yo miraba sus caras jóvenes, adolescentes, y tenía miedo de ellos. Yo ya era vieja. No me daban miedo porque fueran diferentes, al fin y al cabo esclavos hay en todo el nuevo mundo, lo mío no era pacatería. No necesitaba salvarles como Anne, que los metía en su casa, junto a sus hijos, e intentaba educarles en el amor a Dios y la vida recta. Yo entendía que cambiar de mundo puede volverte loco, mucho más loco que otra cosa. Yo miraba el velo que les cubría los ojos a los esclavos cuando desembarcaban en América, el mismo velo que tiene la leche cuando la hierves: una membrana molesta que lo cubre todo.
Si pudiera tocarlo sería de terciopelo, pero me quemaría las manos cada vez, como cuando era niña. Siempre intentaba tocar el cazo y recuperar ese velo untuoso que no sabe a nada y se escurre entre los dedos. Pero había pasado mucho tiempo desde la infancia.
Muchos años antes de ahora, antes de ser vieja, la curandera me mira con esos mismos ojos lechosos y me abre las manos. Estamos en su cabaña, que huele a cuero y a pelo de algún animal. Al fondo, el carbón de la chimenea y un par de platos con un guiso. Me lo ha ofrecido al llegar, pero no puedo comer, estoy demasiado nerviosa. No debería haber venido, me he escapado de la vigilancia del ama de llaves para llegar hasta aquí. Allí podrán ayudarte, no lo hables con nadie, había dicho mi prima mayor, cuando,
desesperada, le conté de mi angustia, que no me dejaba dormir. Y por eso estoy ahora frente a la curandera, que me agarra las manos abiertas entre las suyas, que son calientes y firmes. Ella es gorda y muy afable, y eso me sorprende. Esperaba otra cosa, unos ojos inquisidores, supongo. En ningún caso una mujer maternal y cálida. Ella se ríe y me hace sentirme bien, siento que podría decirle lo que quisiera, todo lo que quisiera. Acaricia mis manos abiertas hasta encontrar la base de los dos pulgares, que presiona con los suyos. Noto una punzada de dolor y ella sonríe.
–Estás muy tensa y tienes el pulso errático. ¿Duermes mal?
Asiento.
–Tienes los nervios destrozados, niña.
Suspira y me pide que me siente en una mecedora, que cierre los ojos y abra los brazos en cruz. Cuando lo hago oigo el crujir de la madera, y su aliento, que se acerca. Al instante, refriega mis extremidades con sus manos, como intentando que entren en calor. Lo hace durante un tiempo indeterminado, hasta que todo mi cuerpo responde y dejo de tener frío, hasta que me he acostumbrado al olor de su casa.
Oigo el crepitar del fuego y una silla que chirría, intuyo, bajo su peso.
Carraspea.
–Abre los ojos y cuéntame a qué has venido.
Su cara redonda, de ojos rasgados y sonrisa amplia, está frente a mí otra vez. Miro sus dientes separados y algo grises, su rostro agradable, lleno de pecas. Parece una niña, no una curandera, pienso.
–Me voy a casar.
–Eso ya lo sé. Lo sabe todo el condado. Te casas con un Moody, un comerciante, un hombre que hará carrera política. No está mal. No serás pobre, si es eso lo que te preocupa, él está bien relacionado.
–No.
–Qué quieres saber exactamente. ¿Si vas a tener hijos?
–No. Quiero saber si debo casarme o no.
–Eso no es una pregunta. Toda mujer debe casarse. No es por eso por lo que has venido.
No respondo. La mujer toma mis manos entre las suyas otra vez y las frota. Se ha dado cuenta de que vuelven a estar frías, pese al fuego.
–Túmbate –dice. Y señala una cama cubierta de pieles de animal, que parece mullida y cómoda.
La curandera enciende una ramita que desprende un olor muy fuerte y oigo el tintineo de unas campanillas. Abro un ojo y veo que me está recorriendo el cuerpo con la rama, creo que de sándalo, apenas a varios centímetros de la piel.
–¡Cierra los ojos o no funcionará! Escúchame. Vas río abajo en una barca
–dice–. El río es largo y tiene algún salto, hay rocas. ¿Qué ves?
–Veo a mi familia en la orilla. A mis padres. Ellos me ven pero no pueden alcanzarme.
–Y qué más.
–Alguien va a mi lado en la barca pero no distingo su rostro.
–No importa, ya tendrás tiempo para descubrir su cara.
–¿Es mi marido?
–No importa, no hagas preguntas. ¿Qué más ves?
–La barca se agita, la persona que está a mi lado la mueve, creo que vamos a caernos. ¡Y el agua está muy fría! No me quiero caer.
–No te caerás, agárrate bien.
–Veo otra cosa..., no sé muy bien qué es..., una piedra gris, pulida, hermosa, con destellos de colores.
–¿Un diamante?
–No, no, es una piedra gris, pero en algún punto tiene colores muy vivos, verdes, azules, violetas, brillan en la oscuridad. Jamás he visto algo así. Es hermoso.
–¿Cómo se llama? ¿Puedes nombrarla?
–No tengo una palabra para algo así. No he visto jamás algo como esto.
–Intenta encontrar la palabra.
Siento que un nombre se me escapa de la boca como una pompa de jabón, como un huevo saliendo de una gallina, resbaladizo, una presencia enorme y redonda que no estaba aquí hace un minuto. Ópalo.
–Es un ópalo –digo.
–Esa palabra no existe, Deborah.
–Sé que se llama así. La piedra que veo se llama ópalo.
Cuando abro los ojos, la curandera me mira con los ojos achinados, sus ojos blancos como la leche, y está muy seria, ya no sonríe. Va hasta una alacena y trae una botella y dos vasos. Los sirve y me ordena:
–Bebe.
Lo hago, y noto cómo baja un aguardiente muy fuerte por mi garganta.
–Hacía tiempo que no veía algo así. Un mineral tarda miles de años en crearse, apenas cientos en descubrirse y unos segundos en ser nombrado.
Has encontrado algo que todavía no ha sido descubierto, pero que ya estaba allí, enterrado y esperándote. Le has puesto nombre. Tú crees que has venido para saber si tu futuro marido te quiere pero en realidad Dios te ha traído hasta aquí porque tu misión es mucho más importante, aunque solo seas una simple mujer. Olvídate del amor, no es lo que marcará tu destino.
Ninguno de los hombres de tu vida importará mucho. Estás aquí para que yo te cuente qué va a ser de ti. Y esto es lo que veo: viajarás dos veces y habrá mucha agua en tu camino. Tu tránsito te hará encontrarte con hombres anodinos pero capaces: todos te traicionarán. A ellos les darás todo tu poder sin que te den nada a cambio, pese a saber lo que te acabo de contar. Esa será tu tragedia, y aunque lo sepas, no podrás modificar tu destino. Habrá oro y habrá sangre. Pero, sobre todo, te encontrarás con un ángel de pelo rubio; cómo te comportes frente a él determinará tu futuro.
Acuérdate del ángel, por encima de todo lo demás.
La mujer rebusca en su bolsa.
–Te daré algo para protegerte.
De una bolsa de cuero extrae un instrumento largo, plateado, con una curva en un extremo y un mango de madera.
–Esto es un cauterio. ¿Lo ves? Cuando lo calientas al fuego, cambia de color, puede ser ceniciento, rojo cereza, rojo oscuro, y sirve para curar.
Puede aislar las infecciones con la quemadura. Te servirá para purificar aquello que necesites salvar. Es importante que te mantengas sana. Eres joven, pero aún tienes un larguísimo camino por delante.
Las manos y las piernas me hormiguean, y la curandera me ordena que me levante. Me acompaña hasta la puerta de su cabaña y mientras guardo el objeto de plata en mi capazo me dice:
–No lo olvides, junta fuerzas ahora. Vivirás lejos de aquí, Deborah, muy lejos. Irás a sitios que no han sido nombrados y que, por lo tanto, parecen no existir, como la piedra que has visto. Pero te sucederá algo inaudito: harás el tránsito dos veces, vivirás aquí y en otro lugar cerca del mar. No olvides que el camino, para ti, será más importante que el destino.
Acuérdate del camino y de sus piedras. Y del ángel, sobre todo del ángel y de su hermosa cabellera. Ese ángel lo determinará todo.
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