Cauterio

Lucia Lijtmaer · Capítulo 25 de 44

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Cauterio

13. Calle Santa Teresa (Antes)

Hago tiempo en un bar pequeño y oscuro de la calle Bonavista que huele a esa combinación de plancha caliente y café de las mañanas a primera hora. A través del ruido de las cucharillas y de los golpes que da el camarero al filtro del café, pam pam pam, puedo distinguir la voz de una locutora que llega desde el televisor. «El complejo Eurovegas finalmente no se instalará en El Prat, como estaba previsto.» La bruma que comienza a nublar mi cerebro es la bruma que cubre el Llobregat en las mañanas de invierno, me acuerdo, a veces, de cuando estábamos enamorados y paseábamos por allí y distinguía peces y aves, los juncos flexibles y verdes, la tierra húmeda y marrón, un riachuelo que avanzaba junto a fincas semiocultas por la vegetación, hasta el mar. «Hace unos días se conoció el emplazamiento definitivo de la futura ciudad de ocio, que por fin recayó en Alcorcón, localidad próxima a Madrid.»

Y de repente el mar, sí, el mar y toda aquella arena, y estábamos solos, y hacía viento, y parecía que el mundo era nuevo y limpio, solo para nosotros, me acuerdo, sí, me acuerdo.

«Los letrados del Parlament piden tres años de cárcel para veinte participantes en el asedio a la Cámara catalana durante el 15 de junio del 2011», sigue diciendo la locutora, y vuelvo en mí, a este momento, y aunque no te veo, sé que estarás haciendo llamadas y organizando asambleas y redactando declaraciones, e imagino la indignación, y el frenesí, sé lo que es el frenesí porque ya no lo siento, sé que en algún momento lo tuve, que existió esa energía que consume tiempo y espacio, sé que el frenesí son ganas de vivir, y no este hueco entre mis ojos, «... al considerar que cometieron un delito contra las instituciones del Estado por impedir la entrada de los parlamentarios.»

Pago mi café y salgo a la calle, en esta mañana laborable y llego hasta la calle Santa Teresa, a un paso de la Diagonal. Me gusta la calle Santa Teresa porque parece un error: está justo al lado de una gran avenida pero es una calle estrecha y burguesa, con tiendas sofisticadas y desiertas llamadas concept store que venden objetos, supongo, y restaurantes lujosos que solo

abren dos días a la semana. Busco instintivamente una persiana bajada de color verde, pero no la encuentro, quizás me haya confundido y todo pasaba en la calle Sant Agustí, una paralela, no sé, lo cierto es que todo pasaba muy tarde, el bar se llamaba Ricks y nunca llegaba antes de las cuatro de la mañana, cuando cerraban los otros bares y seguíamos la peregrinación por los locales abiertos en horario ilegal: Ricks, Lady Godiva, Agujero Negro.

Tras el agujero negro no había nada, claro está, solo quedaba la derrota, pero el Ricks era un buen y digno lugar para emborracharse. En mi recuerdo es un bar de dos plantas, con mesas de madera pegajosas y una barra larga donde una mujer en la sesentena que antes se llamaba Jaime y después fue Alejandra nos servía con una sonrisa. Las imágenes del bar son borrosas pero una se salva: soy veinteañera y bebo una cerveza con un amigo, él lleva una camiseta interior blanca y me dice que no me preocupe, que todo saldrá bien. Creo que es porque odio mi trabajo, o quizás le estoy hablando de El Inglés, de su pelo rubio, de su cuerpo, no estoy segura, pero por alguna razón esa frase me calma de verdad. Nos bebemos tres cervezas más y hablamos de tonterías y todo se alarga porque nadie quiere dormir, sopesamos las opciones hasta que Alejandra nos echa porque hace rato que es de día y no sabemos muy bien en qué día estamos, así que sin más alternativa emprendo el regreso a casa, a Hospital Clínic. Estoy tan cansada y embotada que solo puedo deslizarme pendiente abajo con la esperanza de encontrar algo de agua por el camino, como una peregrina, con el espinazo doblado, rogando limosna, calle abajo, merezco vivir, dame algo, dame algo. En medio de una penumbra mezcla de alcohol y speed, con todos los sentidos vivos pero alterados, veo cómo me engulle una marea humana, una enorme masa de gente henchida de felicidad, moviendo las caderas, veo volantes blancos y verdes, alguien tira confeti y se me pega el papel picado a la lengua, ya bastante rasposa, voy a morir, voy a morir, voy a morir, y de repente, como una aparición, a veinte metros se tambalea un camión enorme, del tamaño de un obús, y sobre él va el alcalde Joan Clos vestido con una camiseta amarilla que le aprieta la barriga y con las mangas cubiertas de algo que parecen llamas de fuego naranja dibujadas, y Clos se cimbrea hacia los lados, con torpeza, y yo intuyo de inmediato que esa torpeza es fingida, sé que es todo mentira, no sé cómo pero lo sé, la camiseta amarilla, el sudor, la grasa de su barriga, todo es una enorme maniobra de distracción, es la falsa modestia de un faraón, eso pienso, el

alcalde Joan Clos construirá nuestras pirámides, lo veo en sus ojos, mientras agita las maracas, mientras protagoniza este gigante espectáculo trilero, dónde está la bolita, dónde está la bolita, y arranco a aplaudir, bravo, sambalona, samba en Barcelona, sambalona, bravo, ¡bravo!

Diez años después estoy en esa misma calle, ya no saliendo del Ricks sino tocando el timbre de una finca señorial que no tiene portero pero sí un montón de jarrones llenos de rosas en el vestíbulo que me hacen preguntarme quién les cambiará el agua. El ascensor me deja en la segunda planta y abre la puerta una señora de aspecto adusto de unos cincuenta años.

Me siento donde ella me indica, junto a una biblioteca. Saca una libreta gris y un bolígrafo.

–Has llamado porque no te sientes bien.

–No.

–¿Qué te pasa?

–No logro levantarme de la cama.

–¿Desde cuándo?

–Desde hace varios días. Tampoco puedo comer. Y no duermo. No sé cuánto hace que no duermo, creo que unos siete días, y cuando lo hago me despierto inmediatamente.

–¿Por qué?

–Mi novio me ha dejado. Se ha ido con otra persona. Y ahora no puedo dormir porque pienso que están aquí.

–¿Aquí dónde? ¿En esta casa?

–No, están aquí, en esta ciudad. En todas partes.

–Pero tú sabes que no es cierto. No están en todas partes.

No sé qué contestar a eso.

–Esa sensación que tienes, ¿te impide dormir?

–Sí. No me los quiero encontrar.

–Te repito: ellos no están en todas partes. Además, Barcelona es grande.

Me callo. Barcelona es tan grande como mi coño, quiero decir y no digo.

–Tienes que intentar sobreponerte, no se acaba el mundo.

No, no se acaba. Tiene razón. Me pregunto por primera vez si te quería.

¿Y si no te quisiera? ¿No resolvería eso todo? No te quería, me empeño en pensar. Y si te quisiera, a efectos prácticos, tampoco importaría demasiado ya.

No le cuento a la señora lo de las motas de luz, cada vez más frecuentes,

cuando fijo la vista en cualquier cosa. No le cuento que cuando cierro los ojos siento el latido de mis sienes y que he dejado de ducharme, que mi boca tiene la textura de la arena de los Monegros en un mediodía de agosto.

No le cuento que veo agua marrón por todas partes, ahogándonos a todos.

–Me dijo que estaría siempre conmigo. Que tendríamos hijos.

–La gente hace planes cuando está en pareja. No hay nada anormal en ello –sonríe. Me aguanta la mirada. Anota algo en la libreta gris.

–¿Cuánto tiempo llevabais juntos?

–No me acuerdo. Dos años. ¿Tres? Necesito algo para la angustia.

Necesito dormir.

Dar forma a esa idea me ha dejado agotada. Siento que soy un atadijo de carne que alguien ha depositado sobre la silla Thonet forrada en raso beige en la que me mantengo, milagrosamente, sentada en posición vertical.

–Vas a tomar tres de estas al día. Si puedes suprimir la de mediodía, mejor, porque puede que te atonte un poco. Y quiero que vengas a verme la semana que viene. Son cien euros.

Le doy los cien euros, me devuelve una receta sellada. Salgo a la calle y el aire de la primavera otra vez me acaricia la cara. Paso por delante del Ricks y me caen las lágrimas hasta el suelo, creo que es porque finalmente lo he localizado, ya no existe, en su lugar solo hay un supermercado que abre veinticuatro horas al día. Quizás debería reír, miro el papel que me ha dado la señora de la libreta y pienso que antes los camellos te atendían sobre todo de noche y casi nunca, no, casi nunca en una de estas calles del centro de la ciudad.

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