Cherokee

Jean Echenoz · Capítulo 9 de 32

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Cherokee

Capítulo 9

—Ha encontrado a esa mujer —decía Bock—. A Ripert no le ha hecho ninguna gracia, naturalmente. Hasta me ha dicho que no me fíe de él. Pero yo ¿a santo de qué no me voy a fiar de ese tío?

Había una lámpara encendida a su lado, una lamparita de mesilla de noche de vidrio con una pantalla roja, colocada sobre una escultura oblonga de granito gris, cuyos relieves informes plasmaban torpemente una idea imprecisa. No había otra luz en la estancia. Las cortinas estaban corridas. La silueta del hombre sentado detrás de Bock se señalaba únicamente por el reflejo de un alfiler de corbata en forma de flecha, que brillaba en la penumbra como un insecto dorado.

—A mí me cae simpático ese fulano —prosiguió Bock—; me recuerda un poco a mi tío. No parece calculador. Aunque mi tío sí era calculador, a su modo. Pero él no. Sin embargo me recuerda a mi tío. No sé si me explico bien.

El hombre sentado no respondió. Apenas se movió en su asiento, y la flecha de oro realizó un movimiento ínfimo en el espacio, punto zenónico mínimo.

—Por cierto, he soñado con él. Con el tío ese, quiero decir. En fin, no era él, era un soldado de plomo, grande como un hombre, pero con su cara. Con uniforme de dragón del siglo dieciocho, eso lo recuerdo muy bien. No se movía, era de plomo. Yo lo miraba, no estaba haciendo nada. Ah, sí, creo que llevaba un perro con correa, sí, un perro que dormía en el suelo al extremo de la correa. Yo buscaba algún sitio donde poder atarla. No me acuerdo de nada más.

Bock se retorció para sacarse un purito del bolsillo, lo encendió y acercó un cenicero montado sobre un pie, con un botón grueso que accionaba un sistema centrífugo. Apretó dos o tres veces el botón antes de proseguir.

—La agencia no marcha muy bien. Hay algunos contratos, pero se acabarán pronto. De seguir así, pasará como hace dos años, reducción de personal. Y ese tío que se las da de listillo. Benedetti se quedará con él. Puede que tenga razón Ripert. Puede que fuera mejor quitárselo de delante, qué sé yo, desanimarlo. Partirle la cara.

—Sí —dijo el hombre sentado.

—Eso es —dijo Bock—, partirle la cara, partirle la cara. A lo mejor es lo que hay que hacer.

—Bueno —manifestó el otro.

—Hago mal excitándome —juzgó Bock—. Además creo que es la hora.

—Esa rivalidad… —empezó el hombre sentado.

—Déjelo —dijo Bock—. Es la hora.

Se levantó del diván; se sacó del bolsillo un par de billetes tibios y arrugados. Por su parte, el hombre sentado no lo estaba ya.

—Quizá no esté el martes —anunció Bock—. Es posible que no pueda venir.

—Sí —dijo el otro—, ya sabe en qué quedamos.

—Es usted duro —dijo Bock.

El otro sonrió mecánicamente, precediéndolo hacia la salida; luego le tendió una mano que colgaba al final de su brazo como un chorro con poca presión.

—Es duro. Todo es duro —insistió Bock, dándole la suya húmeda.

—Todo se arreglará —dijo el hombre—. Un comprimido más, si hace falta, ¿eh?, por la mañana, aparte del tratamiento habitual.

Cuatro horas más tarde, vistiendo traje oscuro con zapatos de agujeritos, Benedetti ordenaba papeles y echaba alguna mirada técnica a sus ayudantes por encima de sus gafas de media luna. Callaban. Sonó el teléfono. Sí, dijo Benedetti, soy yo. Pausa. ¿Está seguro? Pausa. ¿Cuánto tiempo? Pausa. Entiendo. Es terrible. Lo intentaré, gracias; pasaré esta noche. Pausa. Sí, lo intentaré. Colgó, dejó un momento la mano sobre el aparato, luego echó los papeles a un lado y se sumió en la contemplación del tablero vacío de su mesa de despacho. Pausa. Levantó la mirada, observó a sus empleados uno tras otro con un movimiento de cabeza sentencioso y acercó los papeles de nuevo. ¿Por dónde íbamos?, preguntó.

Bock había puesto su cuerpo rómbico a horcajadas en una silla, con la barbilla apoyada en sus brazos cruzados. Ripert estaba encaramado en la repisa del radiador, con sus largas piernas colgantes y sus largos dedos puestos en las rodillas. Adosado de nuevo a la librería, Georges confesó que no había avanzado mucho en el estudio del expediente Ferro. No es extraño, dijo Benedetti, sigamos. Ripert, a continuación, designando el arco iris pardo de su frente, habló otra vez de accidente laboral, de días de descanso; Benedetti suspiró, garrapateó cuatro líneas en un trozo de papel, que le tendió. Gracias, dijo Ripert. No se aproveche, dijo Benedetti. Respecto al loro Morgan, Bock explicó que seguía una pista en provincias y que quizá faltara el martes. Conforme, dijo Benedetti, luego, con voz ausente, pronunció un breve discurso en el que habló de presión fiscal, de cargas patronales, de lo lamentables que eran esas cosas. Georges releía los títulos en los lomos de los libros. Se levantaron los demás. Benedetti se acercó a él:

—Vuelvo a felicitarle por la señora Degas.

—Pura chamba —dijo Georges.

—No estoy tan seguro —dijo Benedetti—. Para el loro, Bock, ¿no necesita que le echen una mano?

—No —respondió Bock nerviosamente.

Se despidieron. Georges salió al bulevar de Strasbourg, que recorrió hasta el primer teléfono público. Era una cabina de tres plazas; sus puertas se abrían dificultosamente. En la primera faltaba el aparato, el de la segunda lo habían partido en dos probablemente de un hachazo, y un joven tímido monopolizaba el de la tercera, con un diario abierto por la página de los anuncios. Georges aguardó consultando lo que quedaba de las guías telefónicas junto a los aparatos devastados: Weltman, escrito así, había dos.

El joven colgó bruscamente y salió de la cabina corriendo hacia su porvenir, y Georges marcó el primer número. Respondió una voz de mujer, más bien agria y dura.

—Hola —dijo Georges—, ¿podría hablar con Jenny?

—Se equivoca —gruñó la voz.

—¿Está segura?

Habían colgado. Georges estuvo pensativo un momento y marcó el segundo número, al que correspondía simétricamente una voz de hombre maduro y fofo.

—Buenas noches, caballero —dijo Georges—. Está usted en directo con nuestro concurso «Mala suerte». Por favor, apague el transistor que tiene a su lado y que provoca interferencias desagradables para nuestros oyentes. Muchas gracias. Y póngame con Jenny.

—Pero si aquí no hay ninguna Jenny —dijo el hombre.

—Mala suerte —exclamó Georges—. Vamos a por su segunda oportunidad. ¿Conoce usted a una señorita llamada Jenny?

—No, no creo —respondió el hombre—. ¿De qué se trata?

—Mala suerte —profirió Georges de nuevo—. ¿Está seguro? ¿No le suena ese nombre en absoluto? Que está perdiendo un millón, ¿se da usted cuenta?

—¿De francos nuevos? —preguntó el hombre—. No sé, no sé. ¿No podría ser una Geneviève?

—Todo depende —dijo Georges—. ¿Tiene un vestido negro? ¿Con cositas grises? Es su tercera oportunidad.

—No me acuerdo —se azaró la voz—; era mi tía, por parte de mi padre. Todavía tengo fotos; puedo mirar; espere un momento.

—Mala suerte —gritó Georges en el aparato—. Ha perdido una burrada de dinero. Le habrá sentado como un tiro. Peor para usted; al fin y al cabo, no nos conocemos. ¡Mala suerte! Nuestro concurso nunca ha merecido más su nombre.

Colgó. No estaba pues en la guía telefónica. Al llegar a casa, sonó su propio teléfono.

—Chave —dijo escuetamente Benedetti—, me gustaría que echara un vistazo a esa historia del loro, ¿eh? Tengo muchos asuntos pendientes, habría que resolverlo cuanto antes.

—Puedo intentar algo —dijo Georges.

—Sí, sí, intente algo. He tenido noticias de mi mujer hace un rato —añadió, cambiando bruscamente de tono—. Está enferma, ¿sabe? Dicen que le queda ya poco tiempo. No sé por qué le digo esto.

—Ya me hago cargo —dijo Georges—. Es terrible.

—Sí —dijo Benedetti—, es terrible. Es terrible. ¿De dónde sale ese apellido suyo, Chave? —divagó al cabo de una breve pausa—. ¿De qué región es?

—No lo sé muy bien —dijo Georges—. Hay un bulevar en Marsella que se llama así. Era donde antiguamente les cortaban la cabeza a los condenados.

—Ah, sí —dijo Benedetti, apagado—. Bueno. Intente hacer algo por ese loro, ¿eh? Téngame al corriente. Si acaso, de momento deje el asunto Ferro; puede esperar.

—Eso no le gustará a Bock —objetó Georges—. En principio, se encarga él del loro.

—Lo sé —dijo Benedetti—, lo sé. Por eso lo llamo ahora. No quiero hablar delante de él. ¡Qué enojosos son esos problemas personales, Chave! ¿Cree usted que son inevitables? ¿No sería mejor que fuéramos todos explícitos, transparentes, en una especie de armonía de las conciencias? No sé, no sé si es posible. ¿Y usted, Chave? ¡Eh, Chave!

—Sí —dijo Chave—. Dígame.

—Bueno —abrevió bruscamente Benedetti—, conque me encuentra usted ese pájaro, ¿eh? Muerto o vivo antes del lunes, a ser posible. Buenas noches.

—Buenas noches, jefe —dijo Georges.