Cherokee

Jean Echenoz · Capítulo 10 de 32

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Cherokee

Capítulo 10

El sábado por la tarde Fred circulaba por las callejuelas desoladas de Montrouge a bordo de un Mazda amarillo de alquiler. Hacía fresco, la luz era blanca, el aire pesado y silencioso. En cierto momento, Fred encendió la radio, en la que unos hombres de voces engoladas andaban a la greña a propósito de Brahms, tras lo cual pusieron música de Brahms.

Al final de una callejuela había una portalada, a la derecha, con una verja abierta. Fred pasó la portalada y fue a aparcar delante de un largo edificio blanco y sucio, rodeado de un pequeño parque por cuyas avenidas deambulaban con lentitud representantes de la tercera edad, solos o por parejas, arrastrando a veces uno a otro. En bancos diseminados se apretujaban ristras de abuelos. Cerca de la entrada del edificio, una enfermera en prácticas empujaba la silla de ruedas de un joven idiota, arrebujado en una manta a cuadros verdes y violeta, de la que salían su cara dismórfica y sus pies con bambas azul marino, que llevaba colgando. Una de las bambas rascaba el suelo, cayéndosele regularmente, y el idiota pataleaba de júbilo cada vez que la joven enfermera se agachaba para recogerla, antes de volver a empujar la silla de ruedas, mientras hacía admirar cariñosamente al joven los arbustos podridos entre las matas de hierba gris, por donde se escabullía algún que otro gato de pelo pringoso. Fred subió tres gradas, cruzó una especie de vestíbulo donde había un anciano con dientes de conejo que le pidió un cigarrillo, un pequeño pitillo, y al que Fred aconsejó amablemente que se fuera de patitas al otro barrio.

Pequeña y patosa, una mujer gorda y lenta con uniforme de nurse estaba detrás de una ventanilla. Fred se le acercó y dijo que quería visitar a un tal Léon Richaud. La mujer deslizó el dedo por un registro arrugado.

—Está en las últimas —dijo.

—¿Y qué? —preguntó Fred.

La empleada le dirigió una mirada torva y rural.

—Piense —dijo Fred gravemente— que solo me tiene a mí. Que me vea antes de, en fin, que me haya visto.

—La tres —dijo la nurse, señalando la entrada de un pasillo.

Fred se metió por el pasillo. Reinaba un fuerte olor mixto a sopa agria, a desinfectante y a excrementos, sobre todo a excrementos. Las paredes estaban pintadas de amarillo y pardo. A Fred todo aquello le parecía repugnante y grotesco. Las puertas de las habitaciones se cerraban solas y tenían un ventanillo; una silla atrancaba la de la primera, amueblada con seis camas ocupadas, tres de las cuales tenían barandillas metálicas laterales para evitar que se cayeran sus ocupantes; no se oía ningún ruido. La puerta de la habitación número dos estaba cerrada; tampoco se oía nada dentro. La número tres estaba igualmente cerrada, pero sonaban voces en su interior, dos voces masculinas, una joven y paciente, vieja y agria la otra.

—Ya llevaba un tubo para comer —recriminaba la voz vieja y agria—. Y ahora este al otro lado. ¿Qué pinto yo entre los dos?

—Eso le facilita la vida —abogó audaz la voz joven y paciente—. Su cuerpo funciona mejor con eso. ¿No quiere que funcione mejor su cuerpo?

La voz vieja se deshizo en una risa infame.

—Ya no funciona nada; todo eso se hace solo. Yo tenía un primo —añadió sin transición perceptible—. Tengo un primo, Gratien.

Calló abruptamente. Fred aguantaba la respiración al otro lado de la puerta.

—Sí —dijo la otra voz—, su primo. Su primo Gratien.

—A Gratien no le hubiera pasado esto. Con él, los médicos, los médicos iban con él como una seda.

—Usted lo quiere mucho —aventuró la voz joven—. Quería mucho a su primo.

—Prrt —emitió la voz vieja—. Con él, como una seda. Y además las perras.

—Sí.

—Luego se fue. Igual ha muerto, ¿no? No hacemos más que dar vueltas. Nos morimos todos.

—Sí —reconoció la otra voz—, es verdad que nos morimos todos.

—Y además las perras, todas las perras —resollaba el órgano viejo—, sus perras, las suyas. No mías. Que se las hubiera quitado. Perdido por perdido… —agregó oscuramente.

Fred tuvo que incorporarse entonces, pues un inválido avanzaba con gran lentitud por el fondo del pasillo cogiéndose del pasamanos. Se perdieron algunos elementos de la conversación. Pasó el inválido sin mirar a Fred, se alejó. Fred volvió a pegarse a la puerta; de nuevo contuvo la respiración.

—Querrían saber dónde está —decía el hombre—. Las perras, siempre igual, todo el mundo querría tener muchas. Pero a mí que no me jodan con eso. Gratien se fue, no se sabe dónde está. A mí que no me busquen.

—¿Quién quiere que lo busque? —dijo la otra voz pacientemente.

—Creen que puedo decir algo —resolló aún la vieja tesitura—, pero no diré nada, que se enteren. Que se enteren de que no diré nada. Que se enteren de que no sé nada.

—Bueno —dijo la otra voz—, voy a dejarlo. Pasaré mañana.

—Que se enteren —insistió débilmente el anciano.

Fred se incorporó, puso cara indiferente y el propietario de la voz joven salió del cuarto. Era un hombre moreno, de pelo rizado, flaco, aspecto aplicado, con gafas sin montura y una bata blanca de cuello levantado. Dirigió a Fred una mirada ofendida al pasar por su lado. Cuando hubo desaparecido del todo, Fred arrebató una bata que colgaba como una hoja seca del muñón de una percha y se la puso: le iba como un guante sucio. Fred empujó la puerta y entró en el cuarto.

Léon Richaud tenía una cara larga y chupada, grandes ojos pálidos hundidos en el fondo de sus cuencas, ricitos blancos en las sienes y largos pelos blancos en las orejas y la nariz. Estaba acostado, vestido con un pijama de anchas rayas, con los puños cerrados sobre el embozo al final de sus flacos brazos. Afortunadamente para Fred, tres de las camas estaban vacías y las dos restantes contenían internos dormidos aún o muertos ya. El viejo observó a Fred con desconfianza cuando se sentó a los pies de su cama.

—Soy el doctor Péroné —dijo Fred—. Ahora vendré yo a visitarlo.

El otro no manifestó ningún entusiasmo ante la noticia.

—¿Qué? —preguntó Fred—. ¿Cómo vamos hoy, señor Richaud?

Léon Richaud se limitó a pestañear. Su comisura izquierda esbozó un rictus resignado.

—Mi asistente —Fred señaló la puerta— acaba de hablarme de ese problema con su primo, el señor Ferro. Gratien Ferro, ¿verdad?

El viejo se puso tieso enseguida.

—Está usted inquieto —observó tranquilamente Fred—. Le preocupa ese problema.

El anciano sacudió violenta y negativamente la cabeza. Había que actuar rápido. En cualquier momento podía entrar alguien en la habitación. Fred renunció a los miramientos. Se arrojó sobre Léon Richaud, agarrándolo del brazo.

—Lo mejor es hablar del asunto, señor Richaud —dijo con voz suave—. Las cosas hay que decirlas. Luego se sentirá mejor, ya lo verá. Se quedará tranquilo. Nadie vendrá a darle la lata.

El otro se agitó, le entró pánico y abrió completamente la boca, en la que Fred pegó inmediatamente su mano.

—Dígame —murmuró Fred—, dígame simplemente dónde está Gratien. Yo me voy y aquí no ha pasado nada.

Léon Richaud se movió convulsivamente bajo la presión de la mano. La cara se le ponía oscura. Fred dejó libre una punta de su boca.

—Venga —sugirió.

—Hay que decirles que no lo sé —escupió lentamente el hombre viejo.

—Me ha entendido mal —observó Fred.

Pero en aquel preciso momento, dejó de sentir resistencia bajo su mano, como si de pronto ejerciera su presión en el vacío. Se apartó. Léon Richaud no se movía, la vida lo había abandonado, sus ojos permanecían clavados en dirección a Fred, que se apartó más para salir de su campo de muerte. Joder, enunció en voz baja. No quería eso, pensó vanamente. Se levantó, fue hacia la puerta quitándose la bata con dificultad, y una hora más tarde se hallaba en el fondo de una cervecería de la Porte d’Orléans, donde lo esperaba un hombre agazapado en un rincón oscuro, delante de una cerveza negra, disimulado bajo un sombrero y unas gruesas gafas.

—Las cosas no han salido bien en el asilo, señor Gibbs —dijo Fred—. Se acabó, ya no hay que contar con ello.

—Es una pena —dijo el señor Gibbs—. ¡Qué le vamos a hacer! Olvidémoslo.

—Eso es —dijo Fred—, olvidémoslo.

—¿Y Benedetti?

—Es delicado, no hay modo de hablar con él —eludió Fred—. Quizá pudiera encargarse usted mismo del asunto.

—¿Cree que sabré hacerlo? —se inquietó el señor Gibbs.

—Se lo explicaré todo. Lo bueno sería conocer a alguien de su oficina, ya sabe, alguien que pudiera trabajar al mismo tiempo para nosotros. Puedo arreglarlo: he tanteado un poco el terreno antes de hablarle de ello.

—Bueno, haga lo que pueda. Téngame al corriente.

—Entendido —dijo Fred—. Y aquella historia de secta ¿le interesa?

—Creo que sí —dijo el señor Gibbs—. También lo necesitaré a usted para eso: habrá que precisar los detalles. Llámeme mañana. ¿Qué quiere tomar?

—No tengo tiempo —respondió Fred, levantándose.

Luego, poco antes de las once, Fred se hallaba en el interior del Mazda, aparcado frente al pequeño arco del Carrousel. A la luz de la lamparita del techo leía Fedra, en una vieja edición escolar de color verde botella, encantado de que ese nombre fuera un anagrama fonéticamente correcto del suyo. Leía lentamente, estaba impresionado por su lectura, era sensible a la idea de que algunos crímenes preceden siempre a los grandes crímenes. Los cristales del coche, por dentro, estaban empañados por un vaho espeso que se condensaba a veces en gruesas gotas pesadas, rápidas.

A las once, un mecanismo fijado a su muñeca disparó una transcripción de las trompetas de Aida para reloj de pulsera y Fred cerró el librito con pena. Limpió el parabrisas con un kleenex, arrancó para efectuar un breve trayecto bajo los arcos del Louvre y cruzó la calle de Rivoli para detenerse en doble fila al comienzo de la avenida de la Ópera. Desde allí veía muy bien las puertas del Théâtre-Français, entre las que unos carteles amarillos de aspecto oficial anunciaba Fedra. Esperó. Había vuelto a coger el libro, lo hojeaba, leía alguno que otro verso y se lo repetía varias veces para desentrañar su sentido, su encanto, sin conseguirlo siempre.

Las puertas del teatro se abrieron, salió el público, hubo una pausa, luego salió el personal: tres personas cruzaron la calle de Richelieu y se dirigieron al Mazda. Fred abrió las puertas; el grupo se repartió en los asientos: dos hombres y una mujer. Uno de los hombres era huesudo, agudo, tez oscura, pelo corto, traje verde, treinta años. La mujer era sonrosada, redonda, rubia, treinta años. El otro hombre era igualmente rubio pero de pelo rizado, atlético pero extraordinariamente pálido, veinticinco años.

—Buenas noches —dijo Fred—. Me llamo Fred.

—Lo sabemos —dijo el hombre huesudo—. Nos lo ha dicho ella. ¿Qué hay que hacer exactamente?

—Es largo de explicar —resumió Fred—. Vamos a tomar unas copas.

—¿En su casa?

—No —dijo Fred—. Vivo en un hotel.

Giró en la avenida de la Ópera, para coger por la calle Saint-Honoré y llegar al Châtelet, desde donde fueron al café Sarah-Bernhardt. Durante el trayecto, Fred se enteró de que el joven rubio se llamaba Baptiste y tenía un papel de guardián en Fedra. La rubia redonda se llamaba Béatrice y hacía de Panope, una criada de Fedra, la que dice: «¡Agoniza, señor!» casi al final. El huesudo sentado al lado de Fred no formaba parte del mundo teatral, pero pretendía responder al apellido de Barrymore. Baptiste y Béatrice eran pareja: se besaban sin parar en el asiento de atrás. Fred intentó una vez o dos hablarles de Fedra, pero les daba risa y se besaban más. Renunció.

En el Sara-Bernhardt, pidieron chocolate; se lo sirvieron lleno de espuma en unas tazas demasiado gruesas. El coñac de Fred brillaba delante de él como un bloque de ámbar redondo.

—Es como una obra de teatro —explicó—, algo por el estilo. Se aprenden un texto, yo les digo a grandes rasgos las indicaciones escénicas y ustedes actúan. Un día y medio, cinco mil francos cada uno.

—Conforme —dijo Barrymore—. En esas condiciones, conforme.

—Habrá que ocuparse de un tío. Se pueden prever sus reacciones, la cosa no debería ser complicada.

—¿Nada sexual? —preguntó Béatrice.

—Nada sexual —dijo Fred—, en principio nada sexual. Por supuesto, eventualmente, usted verá qué hace.

—¿Es un enemigo suyo? —preguntó Baptiste—. ¿Alguien que le busca las cosquillas?

—No —dijo Fred—. Su vana amistad no es lo que más temo.