Cherokee
Capítulo 13
Otra vez había dos hombres que circulaban por el bulevar periférico exterior en un 504 azul metalizado, al son de la marcha consular en Marengo, interpretada por la banda de la Guardia republicana, que difundían dos altavoces colocados a uno y otro lado del habitáculo. Poco después de la Porte Champerret, el coche se halló en medio de un embotellamiento, y el hombre que lo conducía empezó a renegar. Era bastante alto, sus hombros eran anchos, llevaba un traje azul y una corbata azul. Su cabello era moreno oscuro, sus ojos húmedos y su cara rojiza ofrecía una red de venillas escarlatas de una densidad comparable a la hidrografía de la Beauce. Se llamaba Guilvinec y había nacido en Bannalec, como constaba en un carnet barrado con los colores nacionales que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Representaba a la ley. Era su profesión.
El hombre sentado al lado de Guilvinec iba vestido de gris. Sus ojos y sus cabellos eran asimismo grises. Era delgado y encogido como una llama que se va a apagar, como ella carecía de brillo, como ella llamaba con toda la atención. Se llamaba Crémieux y ejercía la misma profesión que Guilvinec. Estaba hojeando un grueso volumen en rústica. Levantó la cabeza y pronunció unas palabras inaudibles. Guilvinec bajó enseguida el fuerte volumen marcial.
—¿Qué dices?
—Que bajes la música —dijo Crémieux.
—Ya está —dijo Guilvinec.
—Ya era hora.
Guilvinec fijó en Crémieux una larga mirada hostil aunque afable, envidiosa, sombreada de respeto; se lo permitía la detención total de los vehículos circundantes en una superficie cerrada de dos kilómetros cuadrados, luego emitió algunas groserías con voz suave, tras lo cual metió la primera, pues las hectáreas de automóviles se disponían a distanciarse un metro. Crémieux se había sumido de nuevo en su lectura, consistente en un catálogo de economato que ofrecía a sus socios artículos de primera necesidad a precios competitivos.
—¿No te gusta la música? —preguntó Guilvinec.
—No —dijo Crémieux—, no mucho.
Recorrieron todavía un buen cuarto de periférico a la velocidad tranquila de un minutero por la esfera de un reloj. Guilvinec cambiaba continuamente de carril, so pretexto de avanzar más, pero sin otro motivo que el de hacer algo. A la altura de Malakoff, adelantaron a un coche volcado de lado en mitad de la calzada y Guilvinec dijo que era por eso, pero, después del accidente, la cosa siguió igual. Dejaron el bulevar periférico en la Porte d’Italie, creyendo llegar antes a la puerta siguiente por los bulevares de los mariscales, pero también por allí estaba igual, y hasta Crémieux empezaba a ponerse nervioso. Guilvinec se inventó un atajo que les hizo perderse por Alfortville, errar por calles y avenidas permutables y verse reducidos a tener que preguntar a un colega de uniforme. Un poco más tarde, situados por fin en Ivry, llegaron rápidamente al chaletito de Fernand.
Crémieux tiró varias veces del cordón de la campanilla que colgaba de uno de los pilares. No provocando este gesto reacción alguna, empujó la puerta, se rasgó la franela en un matorral de rosales que tendían al estado silvestre y se acercó a la casita. Iba a llamar a la puerta, cuando un largo tubo metálico hueco surgió de un agujero practicado en aquella a la altura de un hombre y su extremidad fue a meterse precisamente en la punta de la nariz del hombre gris.
—Venga, Fernand, soy yo —dijo Crémieux—. Yo solo.
—¿Y el rojo ese de atrás? —gritó una voz enérgica al otro lado de la puerta—. ¿Quién es ese rojo?
—Un colega —dijo Crémieux—, un amigo.
—Ya conozco a tus amigos —dijo la voz—. Os conozco a todos. ¿Qué quieres?
—Nada —dijo Crémieux—. Pasaba por aquí.
El cañón se retiró lentamente, dejando un redondelito blanco en la nariz de Crémieux, y la puerta acabó abriéndose en un staccato de cadenas, cerrojos, barras de hierro. Crémieux siguió al sexagenario refunfuñante hacia una habitación completamente invadida de libros. En las estanterías, los libros tapaban las paredes hasta el techo y luego formaban por toda la estancia grandes pilas inestables que se aguantaban mutuamente como la gente a las horas punta en los transportes públicos. Fernand había dispuesto aquella proliferación como en un esbozo de mobiliario: una acumulación cúbica de libros servía de mesa, nivelada en su superficie mediante una serie de grandes formatos, y un montón oblongo, más bajo, hacía de sofá, y hasta de sofá cama combinado con otras pilas cercanas. Montones de periódicos, más amplios y más blandos, podían servir de butacas. Crémieux se acomodó en uno de ellos y Fernand se sentó frente a él, con la escopeta en las rodillas. Con las manos a la espalda, Guilvinec observaba por la ventana grasienta el huerto del chalet.
—¿Qué tal van los negocios? —preguntó Crémieux.
—Ya no hay negocios —respondió Fernand—, ya no hay nada. Se acabó todo. La gente ya no lee.
—Pero estás bien aquí. Prácticamente es el campo.
—Tenga cuidado con las alcachofas —dijo Guilvinec sin volverse—. Con los fríos que se anuncian, más le valdría proteger los retoños con una campana de vidrio. Puede trasplantarlos en primavera.
—Sí —dijo Fernand—. De todos modos, no como alcachofas. ¿Cómo se llama tu colega?
—Guilvinec.
—Ah —exclamó Fernand—, yo soy de Brest. Conque pasabais por aquí.
—Eso es —dijo Crémieux—, pasábamos. Pasábamos. Por casualidad, ¿no habrás sabido algo de un tal Chave últimamente?
—Ah, es eso —dijo el librero—. Haberlo dicho antes. Pasabais por eso.
—Sí —reconoció Crémieux—, pasábamos por eso.
—¿Qué quieres de él?
—Nada —minimizó Crémieux—, poca cosa. Tal vez conozca a uno a quien buscamos. Así que echamos algún vistazo, por no estar ociosos. Ya sabes cómo es eso.
Fernand miró a Crémieux fijamente en medio del silencio, apenas turbado por Guilvinec, que había acabado sentándose a su vez y miraba a su alrededor. Después, el sexagenario se levantó bruscamente y retrocedió hacia la puerta apuntando con la escopeta a los dos funcionarios.
—¡Fuera! —gritó, con un breve movimiento de la barbilla—. ¡Largaos! No soy muy joven, pero no por eso dejaré que vengáis a joderme aquí, en mi propia casa. Venga, largaos. Largaos.
—Escucha —dijo tranquilamente Crémieux—, ha pasado algo realmente molesto. La otra noche, por Jules Joffrin, prácticamente enfrente de donde vive Vermont. Crocognan. ¿Conoces ese nombre? ¿Te suena de algo?
—Vermont sí —dijo Fernand—. Crocognan no. Algún joven. A los jóvenes ya no los conozco. Pero ¿por qué le responderé a ese mierda? —se indignó de pronto—. Hala, vete. Vete, mierda. Marchaos.
Agitaba su arma, parecía cerrado a toda transacción. Crémieux se levantó, encogiéndose de hombros. Guilvinec siguió el movimiento, echó una última ojeada al huerto, al pasar por delante de la ventana.
—Y aquel perifollo…
—¡Largo! —vociferó Fernand.
—Ya podría protegerlo.
El librero intentó pegar culatazos a los dos hombres, que se batieron en retirada hacia la puerta y retrocedieron hacia el 504, arañándose de nuevo con los rosales ariscos. La puerta, gritó aún Fernand. Las puertas se cierran. Inmóvil en el umbral, con su larga arma de cañón deslucido en las manos, vigiló un momento su marcha desordenada, soltó una carcajada frenética, se metió en la casa, dio un portazo. Viejo chiflado, dijo Guilvinec.
Echados los cerrojos, Fernand cruzó la habitación de los libros, luego otra, abandonada, llena de ropa arrugada, subió dieciocho escalones para llegar a un despacho pequeño amueblado con una verdadera silla y una verdadera mesa con un viejo teléfono encima. Se sentó, descolgó el auricular, marcó un número, luego otro, dejando cada vez que sonaran los teléfonos un buen rato, provocando estridencias solitarias que se amplificaban en estancias vacías, hacían temblar los cristales, despertaron a un gato. Al tercer número, acabaron respondiendo al cabo de una docena de llamadas.
—No está —contestó Véronique—. No, ni idea. He venido a recoger unas cosas, ya estaba fuera, he oído llamar. He corrido —resopló—, estoy sin aliento. Sí, se lo diré, es decir, no sé si lo veré. No parece que haya vuelto. Bueno, le dejaré una nota. ¿De parte de quién?
—Es inútil —dijo Crémieux, cortando el interceptor fijado en el salpicadero del Peugeot y que, convertido de nuevo en emisor, volvió a lanzar sus acentos bélicos—. No saben nada. Podemos marcharnos.
—Viejo chiflado —repitió Guilvinec—. Le he cogido esto, mira. Algo es algo.
Se sacó un libro escondido en la americana. Estaba sentado encima, dijo, no parece malo, y además la portada es bonita. Era una edición de bolsillo en lengua inglesa del Caleb Williams de William Godwin, cuyo título se destacaba en beige sobre un dibujo de colores oscuros, que representaba un hombre con cara preocupada sentado dentro de un fiacre.
—¿Hablas inglés? —preguntó Crémieux.
—No, pero es una ocasión para aprender. El mejor medio para aprender es el baño lingüístico. ¿Lo sabías? Las tapas están realmente bien. ¿No te gusta la literatura?
—No —dijo Crémieux—, cada vez menos.
—Toma —dijo Guilvinec—, el tío del fiacre, en el dibujo, se te parece. Pareces tú.
Se había puesto a hojear el libro, y Crémieux lo miraba como un hombre demasiado solo mira a veces a su perro, con una indulgencia mezclada de desesperación y matizada de rencor sordo, Luego su mirada se hizo fija y borrosa. ¡Eh!, gritó Guilvinec, ¿algo que no chuta? Crémieux se sacudió; le hizo señal de arrancar al otro.
—Bueno —dijo—, vamos a hacer un informe.
—Sí, jefe —dijo Guilvinec.
—¿Por qué me llamas jefe?
Se alejaron. Decreció el ruido de su motor, se fundió en el rumor lejano, ya no estaban allí. Ya no están allí. Pero nosotros nos quedamos. Alrededor el paisaje es gris y mate. El tiempo es húmedo y frío. Todo está desierto; no se oye más que aquel rumor lejano, sin interés. ¿Por qué no nos vamos? Pero hete aquí que otro ruido de motor surge entre bastidores, se precisa, se encarna en un nuevo coche que aparece a la entrada del pasaje, se acerca, frena y aparca en el mismo sitio donde estaba aparcado el 504. Es el Mazda de alquiler de Fred. ¿Ocurrirá algo? ¿Habremos hecho bien en quedarnos?
Fred corrió nerviosamente al pasadizo estrecho que se extendía a un lado de la casa hasta el huerto. Entró en la cocina sin llamar.
—Estos no son modos —protestó Fernand.
—Hola —dijo Fred—, soy yo.
—Ya lo veo.
—Pasaba por aquí.
—¡Ah, tú también!
—¿Cómo que yo también?
—¿Vienes otra vez a lo mismo? —eludió Fernand—. Si es eso, la respuesta es que no. Ya te dije que era que no.
—Escucha —dijo Fred—, solo tú puedes hacer eso. Has conocido a Benedetti; lo conoces. Puedes hablarle de mí, solo cuatro palabras. Hazte cargo, es importante.
—No —se obstinó Fernand—, he dicho que no.
—Anda, llámalo —insistió Fred—. Telefonea, tío.
—No puedo —explicó el tío—, hazte cargo de que no puedo. Ya trabaja Georges con 61. Volveríais a pelearos.
—Ah, claro —dijo Fred—, tú también prefieres a Georges.
—No seas tonto —aconsejó Fernand.
—Siempre habéis estado todos contra mí, todos —se enfadó de pronto Fred—. Pero me importa un pito. Os desprecio, os escupo a la cara. Ya me encargaré yo de todo eso, ya verás. Ya lo veréis. Sé lo que tengo que hacer.
—Pero ¿qué es lo que te figuras?
Fred dejó totalmente de contenerse. Agarró un tazón puesto en la mesa y lo arrojó al suelo con toda su fuerza. El recipiente estalló; se esparcieron fragmentos en todas direcciones; un trozo rebotó y fue a herir a Fred en la mejilla derecha. Hostia, gritó Fred tres veces, luego profirió amenazas de muerte incoherentes y generalizadas. Una gota de sangre asomó a su piel y se escurrió hacia la barbilla. Quiso secarse con una punta del pañuelo, pero se ensangrentó media cara. Fernand le indicó el fregadero debajo de la ventana.
—Anda, límpiate eso. Y espera, voy a ponerte un poco de hemostático.