Cherokee

Jean Echenoz · Capítulo 11 de 32

Páginas del PDF

Cherokee

Capítulo 11

El domingo, al atardecer, iba a abrir sus puertas el Cirque d’Hiver. El espectáculo incluiría particularmente a una domadora de elefantes llamada Leslie Bogomoletz, treinta osos blancos del polo con un oso negro tibetano, las focas del capitán Froehn, los Flying Gonzales y los conejos de Gilette Milan. Mucho antes de la hora indicada, se había formado una cola ante la entrada del circo, ocupando toda la acera hasta el bar más cercano, a la derecha, en cuyo interior estaban sentados Georges y Véronique. Bernard Calvert entró en el bar, les hizo una señal, Véronique le sonrió. Él se acercó y se sentó a su mesa.

—¿Han visto a toda esa gente? Hace años que no he ido al circo.

—Yo también —dijo Véronique.

—Recuerdos —dijo Bernard Calvert—, apenas recuerdos.

Georges no dijo nada, no se opuso a nada, y así se encontró, cuarenta minutos más tarde, empotrado en una butaca rígida que dominaba la pista. Bernard Calvert estaba sentado al otro lado de Véronique.

Debajo de ellos, un hombre de perfil de medalla, vestido con esmoquin rojo, peroraba en un círculo de luz blanca. Procurando no apagar su voz, una pequeña formación musical compuesta de dos instrumentos de metal, un joven organista delgado y un batería peinado como un peluquero, se hallaba instalada a su espalda en un practicable cóncavo.

Desapareció el esmoquin rojo, se apagó el foco. En las alturas del circo, se desplazaba rápidamente una luz malva con una minúscula forma viva dentro: un mono, vestido de zíngaro, que bajaba saltando en ángulos agudos por entre los trapecios y las escaleras de cuerda; tocó la pista al mismo tiempo que surgía de las bambalinas, con los brazos abiertos, un hombre de mallas doradas que se desprendió vigorosamente de su capa rosa antes de precipitarse hacia los trapecios. El público en círculo alzó los ojos. Georges abrió los suyos cuando aplaudió la gente. Después, Leslie Bogomoletz hizo desaparecer tres elefantes tras hacerlos actuar sobre una maroma. Luego un amaestrador de aves reprodujo una escena de estación: los gritos y arrullos mezclados dibujaban ruidos de trenes, silbidos; algunas aves parlantes ordenaban retroceder, cerrar las portezuelas, el tren va a efectuar su salida, adiós mamá. Un hombre hizo juegos malabares con vasos de vino, una mujer se mantuvo en equilibrio sobre un dedo apoyado en una bola, hubo algunos payasos, uno de ellos estalló. El hombre de rojo anunció un descanso; los mozos de pista alzaban ya los barrotes en previsión de las fieras. Véronique se reía de lo que contaba Bernard Calvert; Georges se levantó.

En la entrada del circo dos almirantes comentaban un semanario hípico. Le indicaron a Georges la excepcional exhibición de fieras, donde resultó ser el único individuo de la especie humana —los visitantes irían más tarde, al final del espectáculo—. Georges observó aburrido a los animales inactivos: ninguno de ellos le era desconocido, ni ofrecía la menor novedad; aquellos animales se parecían demasiado a sí mismos. Sin testigos, le hizo una mueca a un mono, que respondió sacudiendo trivialmente los barrotes de su jaula. Georges se acercó a un alto recinto de tela metálica y forma cilíndrica, cerrado en su base con gruesos barrotes de madera por encima de los cuales revoloteaban colibríes y otros volátiles. Un foso inmundo se hallaba debajo del cilindro, una cloaca donde pululaban áspides y crótalos. Georges alzó la vista hacia los pájaros. Los estuvo mirando un momento. Su semblante era inexpresivo. Bruscamente, se desabrochó los botones del gabán, abrió este como lo hacen los exhibicionistas y gritó:

—¡Morgan!

En lo más alto de la jaula, un ave grande abandonó su palo, se dejó caer como una piedra en uno de los barrotes, vio un ángulo en el que dos de ellos estaban algo separados y comenzó a desmenuzar el obstáculo a picotazo limpio, arrojando serrín, virutas, esquirlas, que llovían sobre las serpientes. Se abrió paso, se dejó caer de nuevo, viró a dos metros del suelo para abatirse sobre Georges, que lo agarró con presteza, se lo escondió debajo del gabán y salió a toda prisa. Solo tenía que andar cien metros para llegar a su casa, donde encerró al animal en la menos frecuentada de las dos habitaciones. Luego, en la cocina, estuvo un momento sin moverse, de pie frente al cuadrado negro de la ventana, con un vaso de agua en la mano. No estaba emocionado, ni contento, ni sorprendido: no pensaba en nada. Regresó al circo.

Bajo la dirección del capitán Froehn, tres focas ejecutaban su número clásico, llevando en la punta del hocico unos grandes balones rojos decorados con estrellas verdes e interpretando desacompasadamente El bello Danubio azul mediante un dispositivo de trompas cromáticas. En medio de los ejercicios, el capitán se sacaba de un bolsillo impermeable de su esmoquin unos peces plateados, vivitos y coleando, que arrojaba a los animales por encima de la pista, como diminutos rayos. Georges bajó las escaleras entre las filas de butacas mientras el hombre de rojo hacía la presentación de Gilette Milan, enumerando las testas coronadas que habían aclamado a sus conejos. De nuevo se apagaron las luces. Georges tuvo que pisar a varias personas para intentar volver a su sitio. Se desplazaba mascullando disculpas. Gilette Milan apareció bruscamente a plena luz, rodeada por sus sesenta roedores, y Georges descubrió a Véronique y a Bernard Calvert muy juntos. Los miró un segundo, se volvió y desanduvo lo andado, cuando la orquesta atacaba una azarosa música para conejos.

Casi estaba en la puerta de su piso, cuando oyó dentro un ruido de conversación que se interrumpió al acercarse él; la luz de la escalera se apagó al mismo tiempo. Georges se sobresaltó antes de acordarse del loro Morgan. En la cocina, preparó un poco de comida en una bandeja, poniendo precavidamente fruta pelada para el animal. Luego se instaló en la habitación que le había destinado, sentado en el suelo en un rincón, con la bandeja sobre las rodillas, y escuchó al ave.

Era, en efecto, el loro más hablador del mundo, sin comparación con los que oímos a veces casualmente acá o allá. Naturalmente, siendo incapaz de un discurso organizado, abundaba en fórmulas breves, interjecciones, estribillos, reniegos, eslóganes en varios idiomas, así como en zumbidos de máquinas, chirridos de puertas, disparos de armas, parloteos de animales diversos y gritos de amor. Su vida debió de ser fértil en viajes, experiencias, encuentros, conocimiento de todos los ambientes. A veces se quedaba callado, pero Georges no tardó en descubrir que bastaba repetir dos o tres veces lo que fuera para que Morgan lo repitiera por su cuenta antes de enlazar con su propio repertorio.

—Bernard Calvert es un mierda —decía Georges, por ejemplo, mientras echaba catsup en un trozo de pan—. Repito: Bernard Calvert es un mierda.

—Calvert es un mierda —repetía el loro—. Donde las dan las toman. Ponlo en la mesa. Introibo ad altare Dei. Agárrenlo, agárrenlo, agárrenlo, agárrenlo.

Parecía conocer bien esta orden. Después ladró un buen rato.

—Aunque a mí me la trae floja —prosiguió Georges, hablando consigo mismo.

—Me la trae floja —confirmó el ave—. Mehr Licht. Establecimientos Molotov al habla. Diez mil como máximo. Azul, azul, Jenny Weltman.

La bandeja se le cayó de las rodillas a Georges, que se levantó de golpe. Miró con fijeza al animal, encaramado en el respaldo de una silla.

—¿Qué dices?

—Jenny Weltman —respondió el loro.

Georges se le acercó. Repite, dijo, repite. Repite, repitió Morgan. No, dijo Georges, repite Jenny Weltman. Repite Jenny Weltman, dijo el loro. Georges se puso nervioso, cogió al loro de un ala y empezó a gritar y a sacudirlo. Morgan se soltó lanzando su propio grito y después una imitación del de Georges, abandonando una pluma del pecho de color gris hierro en un vuelo desordenado hacia lo alto de un armario en el que fue a posarse, volviéndose enseguida hacia el hombre con una expresión de reproche, con toda la amargura de una confianza defraudada en su mirar redondo. Georges volvió a sentarse en su rincón, recogió la bandeja y empezó a comer de nuevo, sin dejar de vigilar al ave por el rabillo del ojo. Callaban ambos.

Avanzaba la noche y el loro seguía enfurruñado. Georges acabó durmiéndose, con la cabeza apuntalada en el ángulo de la pared y poco tiempo después con el zócalo por almohada. Se despertó varias veces. El loro seguía mirándolo. Georges le ofreció unos trozos de manzana a modo de disculpa: Morgan reaccionó con un movimiento de pupila como aceptándolos. Georges fue a buscar una caja de cartón y una cuerda, volvió, llamó delicadamente al loro por su nombre. Morgan descendió del armario sin discutir, en un breve vuelo planeado, y se metió tranquilamente en la caja.

A eso de las nueve entraba Georges en el pasaje Bardy por el bulevar de Strasbourg. Aún no había llegado Brigitte, Bock estaba de viaje y Ripert enfermo. Georges cruzó el vestíbulo, llamó a la puerta del despacho de Benedetti, entró, dejó la caja encima de una silla.

—Ahí tiene al animal —dijo.

Benedetti dejó de agitar una cucharilla en una taza que tenía en la mano, miró largamente a Georges y le tendió la taza, tenga, tómeselo, pues traía aspecto sucio y cansado, la ropa desabrochada, las mejillas azules, los ojos con ojeras. Luego sacó de debajo de su mesa una cajita de caudales de acero en la que guardaba algún dinero líquido, diciéndole que le hacía falta un anticipo.

Pero tres horas más tarde, cuando regresó Georges a la calle Oberkampf, tampoco estaba Véronique en casa. Había ido durante su ausencia y se había vuelto a marchar. En el espejo del cuarto de baño había dejado dos o tres palabras de circunstancias, escritas con el lápiz de labios de su primer encuentro que, por cierto, se había quedado allí, de pie, en la repisa de vidrio del lavabo.