Cherokee
Capítulo 24
Los dos hombres estaban cara a cara, en actitud de desafío. Uno llevaba un uniforme militar verde y blanco de finales del XVIII, con forrajera y cinto dorados. Tenía una mano en la cadera y en la otra un sable en posición de parada. Sus cabellos negros le caían sobre los hombros. Avanzaba un mentón arrogante hacia su pareja, un chino. El chino llevaba un mono abrochado hasta arriba y una gorra marcada con una estrella roja. Sonreía.
—Quiero ese —dijo Bock.
Dos gruesos dedos amarillos de nicotina cogieron el soldado verde y blanco por la cabeza y lo sacaron del escaparate.
—El joven Bonaparte en el puente de Lodi —anunció el comerciante poniendo al portador de sable en una mesa.
—Buena pieza —dijo Bock—. Uniforme de fantasía, pero buena pieza.
—A mí no me desagrada el chino —intervino Ripert.
—Puro camelo —juzgó Bock—. Porquerías modernas, no plomo auténtico.
—No se engaña usted —aduló el comerciante.
—¿Qué te he dicho? —dijo Bock—. ¿Me lo puede envolver?
Ripert salió de la tienda y observó el escaparate desde fuera. Desde el siglo XV hasta nuestros días se enfrentaban allí todo tipo de cuerpos de ejército, hasta un grupo de FFI acechando una escuadra nazi modelada al paso de la oca en ángulo de noventa grados. El movimiento de la calle se reflejaba en la luna del escaparate y hasta en los espejos de los pequeños camiones provistos de gasógeno, camuflados en verde y pardo y con una cruz de Lorena en la puerta.
Bock salió a su vez con aire satisfecho. Hacía saltar el paquetito en la mano.
—Serán tu ruina —profetizó Ripert.
—¿Qué hacemos? —preguntó Bock.
—No movernos de aquí. Va a venir. Mira, creo que es él.
Traje color espinaca, corbata verde oliva bordada con ínfimos palos de golf, sí que era él. Se acercaba lentamente. Se detuvo ante la tienda de soldaditos de plomo; la observó sin decir nada.
—¿El señor Shapiro? —se acercó Ripert.
—Sí —dijo Fred—. Soy yo.
—Ripert —dijo Ripert—. Encantado. Fui yo quien lo llamó ayer de parte de Roger. Bock.
—Encantado —dijo Bock.
Fred movió la cabeza. Luego Bock le preguntó si tenía noticias recientes de Georges Chave. Fred respondió que hacía cerca de diez años que no había hablado con su primo; era verdad. Que no sabía nada de él; era mentira. Que le gustaría saber qué era de él; no era mentira.
—¿Les crea problemas?
—Le hizo daño a mi compañero —dijo Bock—; mire. Y luego desapareció.
Ripert tiraba del cuello del polo para hacer admirar sus vendajes.
—Ya veo —dijo Fred—. Es peligroso.
—Muy peligroso —confirmó Ripert—. ¿Dónde podemos meternos?
En un café muy reducido de la esquina: una barra, ocho mesas, nadie. Detrás de la barra, la mujer que enjuagaba las tazas tenía grandes ojos tristes y largos cabellos grasos, labios delgados entre paréntesis de vello. Le pidieron tres aguas minerales. Disculpen un segundo, dijo Fred levantándose. La cabina telefónica estaba recién pintada, pero una mano había escrito ya en rojo El martes 6 estaba aquí con mi mujer.
—¿Qué coño pasa? —preguntó Fred—. ¿Es verdad que Georges ha desaparecido?
—¿Cómo se ha enterado?
—No te importa —dijo Fred—. ¿Habías avisado a los policías? ¿Estás seguro?
—Mi trabajo es avisar a los policías —recordó Briffaut con voz digna—. Es algo que sé hacer, figúrese usted, y sé cuándo lo hago. Llamé como habíamos quedado, sí; salieron en el acto; tenían que haber llegado en el momento oportuno. Pero el caso es que no consiguieron detener a su primo. Hasta les disparó, por lo visto.
—Es increíble —dijo Fred—. Nunca lo habría pensado.
—¿Qué tal con su tío? ¿Salió como quería?
—Calla —dijo Fred.
—Dispense —dijo Briffaut.
—Es increíble —repitió Fred—. Entérate, procura averiguar dónde está. Yo hablaré con los empleados de Benedetti.
—No sabía que los conociera.
—Mira que eres hipócrita, Roger —dijo Fred con voz cansada—. Mira que eres doble.
—Lo bien que le viene algunas veces —soltó el confidente antes de que Fred colgara.
Salió de la cabina con una sombra en la cara. ¿Por qué los mataré así? ¿Por qué tendré que rematar a esos ancianos? Bock y Ripert intercambiaban gestos y palabras en voz baja, que interrumpieron sin arte al llegar él.
—Estoy preocupado —declaró sentándose.
Los agentes de lo contencioso lo miraron con aire de estar curados de espanto.
—Lo conozco —prosiguió Fred—: es primo mío. Sé de lo que es capaz. Les está creando problemas y yo quiero ayudarlos. Mi acción es desinteresada. ¿Qué más quieren tomar?
—Tenemos prisa —dijo Bock—. No nos dará tiempo.
—Pero, hombre, Martial —protestó Ripert—, sí que nos da tiempo.
Fred mandó traer cervezas de marca.
—¿Conocen a su mujer? —preguntó—. Si es que tiene mujer, claro.
—Lo vimos una vez con una chica —dijo Ripert—. ¿Te acuerdas? Una morena, de pelo corto, bastante buena.
—Sí —dijo Bock—, es posible.
—Es muy sencillo, ¿no? —recordó Fred—. Basta descubrir a la mujer, como pasa siempre.
—Ya veremos —dijo Bock—, ya veremos.
—Si es peligroso, hay que encontrarlo. Me gustaría que lo encontraran. Puedo pagar para ello.
—Pero ¿por qué nos dice eso? —preguntó Bock—. ¿Quién es usted exactamente?
Cuarenta minutos más tarde, Fred Shapiro estaba sentado en la oscuridad, como le ocurría a menudo. Ante sus ojos, en tres dimensiones, sentado en una silla, un hombre con una gorra de tela azul hablaba con una joven rubia vestida de blanco, de pie a su espalda.
—Mi querida esposa —decía el hombre—, en vista de nuestra situación financiera, he decidido comprar hoy un pescado. Considero que un comisionista puede permitirse eso: un comisionista que no bebe, que apenas fuma, que no tiene por así decir ninguna pasión. Conque, ¿compro un pescado grande o prefieres uno pequeño?
—Uno pequeño —respondió la mujer.
—Mal —gritó una voz.
Los ojos de Fred se habían adaptado a la penumbra: el que acababa de gritar era un hombre bajito, moreno, de treinta y cinco años, con una americana de cheviot color hoja seca. Su cara era flaca, arrugada en torno a los ojos, con algo melancólico y obsceno en la mirada, como un perro abandonado en celo. Estaba sentado en la mitad de la tercera fila; no había casi nadie en la sala. El hombre agitaba los brazos.
—Dices uno pequeño como si sintieras que sea pequeño, como si te resignaras a que no compre uno grande. No, no, no. Tienes que decir uno pequeño porque precisamente lo que quieres es uno pequeño, no uno grande. Es sobre todo la idea de que es pequeño lo que te gusta. ¿Lo entiendes?
—Pero si no quiere decir eso, Michel —dijo la joven.
—Me importa un huevo lo que quiera decir —se exasperó el hombrecillo—. Si no quiere decir eso, mejor. Así el que lo dice soy yo. ¿Es que no hay manera, joder? ¿No hay manera?
La joven rubia salió del escenario.
—No te vayas —chilló el director—. Está bien, venga, vale, no te vayas.
Reapareció por una puerta estrecha que comunicaba lateralmente con la sala y que derramó un chorro de luz terrosa a su paso. Subía con aire decidido la pendiente suave que llevaba a la salida entre las filas de butacas. ¡Eh!, dijo en voz baja Fred. La joven se detuvo, buscó a Fred con la mirada y sonrió; luego se metió por la fila y fue a sentarse a su lado.
—Bueno —refunfuñaba el hombre más abajo—, probamos el cuatro.
—Este tío es imbécil —murmuró la joven.
—En parte tiene razón, no crea —murmuró Fred contestando—. Es verdad que limitarse al texto, a la larga, supone no salir de lo mismo.
—No empiece usted ahora —sonrió ella, subiendo un tono—. ¿Ha quedado contento con mis amigos?
—Contentísimo. Tengo más trabajo para ellos. Pero sobre todo ha sido usted la que ha hecho un buen trabajo.
—¿Con su primo?
—Sí —dijo Fred—. Es primo mío, sí.
—Parece buen chico el primo ese.
—El cuatro —reclamaba el hombrecillo con voz rencorosa y paciente.
—No hablemos de él —dijo Fred—; hablemos de usted.
—Vámonos —propuso Jenny Weltman.
Se levantaron. Una mujer de negro acababa de irrumpir en el escenario.
—Hola, señores militares —exclamaba—. Yo soy la viuda de Begbick y este es mi vagón bar. Enganchado a todos los transportes militares, corre por todas las vías férreas de la India. Y como les da de beber whisky y los transporta del modo más cómodo, lo llaman el «Begbick-vagón-bar». Y, de Hyderabad a Rangoon, todos saben que ha servido de refugio a más de un soldado mortificado.
La joven recobró el aliento. Habían subido hacia las puertas batientes provistas de ojos de buey azules.
—Puede que tenga algo más para usted —dijo Fred cuando estuvieron fuera—. Algo más estable.