Cherokee
Capítulo 1
Jean Echenoz
ePub r1.0
SoporAeternus 16.05.15
Título original: Cherokee
Jean Echenoz, 1983
Traducción: Josep Escué
Diseño de cubierta: SoporAeternus
Editor digital: SoporAeternus
ePub base r1.2
1
Un día, un hombre salió de un almacén. Era un almacén vacío, en los suburbios del este. Era un hombre alto, ancho, recio, con una gran cabeza inexpresiva. Era el final del día.
El hombre iba vestido con un pulóver hecho a mano, de rayas amarillas y rojas, debajo de un impermeable de plástico flexible, opaco, con acanalados estampados que imitaban una tela de gabardina. Un sombrerito para la lluvia se extendía como un pez plano en lo alto de su cabeza. Acababa de dormir cinco horas seguidas en el fondo del almacén y ahora caminaba echando frecuentes vistazos a su izquierda, a su derecha, detrás de él. No iba tranquilo. La víspera, había robado una cantidad importante, y temía que lo reconocieran, no quería que lo detuvieran; no quería que le quitaran el dinero.
No lejos del almacén, en un café, unos dibujos en una carta fijada cerca de la vieja cafetera representaban bocadillos, tortillas, queso en lonchas. El hombre miró aquellos dibujos un buen rato. Le gustaban las imágenes de las cosas, era más sensible a ellas que a sus nombres, y que a su precio desde la víspera. Se volvió hacia la sala, donde no se hallaban más que tres clientes, dos que se estaban besando y uno solo, muy viejo, luego pidió un hot-dog y una ración de queso.
—¿Junto? —preguntó el mozo.
El hombre, sin responder, dijo que también quería un tango-panaché. Esperó de pie, con una de sus manazas pegada a la barra, sin dejar de echar ojeadas a su alrededor. El mozo le sirvió con dos palabras de circunstancias, ahí tiene, que aproveche, a las que tampoco respondió el hombre, ni siquiera gracias; era un hombre poco locuaz. Comía aprisa, pegando grandes bocados, recuperaba fuerzas. Vació de un trago su bebida rosa, dejó un billete en el mostrador, salió sin aguardar la vuelta, y empezó a andar de nuevo.
En un momento dado quiso saber la hora; su reloj marcaba las tres y veinte, era inverosímil: el hombre situaba aquel momento entre las siete y las nueve. No habría podido decir la fecha del día que iba a acabar, pensaba tan solo que era noviembre. Se llevó el reloj al oído, le dio cuerda brutalmente, se quitó la pulsera, sacudió el reloj con el puño, lo volvió a auscultar, luego lo arrojó al suelo, lo aplastó como a una cucaracha y apretó el paso.
Había poca gente a su alrededor, pocos vehículos; una vez un coche de la policía, y el hombre recio se arrimó a un portal, junto a un gran cubo de la basura que amplificaba los gruñidos apresurados y coléricos de un gato entre unos restos de ave. Más lejos, más tarde, pasó junto a una estación de servicio muy iluminada: en una cabina de cristal dormitaba un vigilante nocturno de mono blanco y gorra de lunares, desplomado sobre la mesa, como pisoteado por el gran caballo rojo que abría sus alas detrás de él. Inmediatamente después se alzaba una gran portalada de hierro cerca de la cual aguardaban treinta personas de ambos sexos, por parejas, por grupos, vestidas de colores vivos que rompían momentáneamente la oscuridad de la noche. El hombre cruzó la portalada, tras la cual ascendía al aire una escalera metálica estrecha, dominando un solar que se adivinaba vacío, hacia un gran edificio de hormigón nuevo, apenas seco. Al final de la escalera, en una garita le pidieron sesenta francos al hombre recio, que recorrió luego una especie de vestíbulo sin revocado, con regueros de cemento húmedo en el suelo, relieves de encofrado en las paredes, y otros grupos y parejas. Nadie pareció fijarse en él a pesar de su corpulencia, su atuendo, su modo de andar, su sombrero como un lenguado, su aire de bestia.
Después había que bajar otra escalera, ancha y muy honda, rectilínea, que iluminaba apenas de arriba abajo una serie de fluorescentes verdes. Una música violenta crecía, subía hacia el hombre. Al pie de la escalera alcanzaba el máximo, se hacía abstracta por su monstruoso volumen de estridencia y gritos, enormes cajas como máquinas herramientas girando en una hormigonera de ogro cuya risa horrible sonaba en medio del tumulto. Era una extensión oscura, vasta como un campo de fútbol, constantemente estriada de rayos de colores violentos, nerviosos, que se agitaban a veces con temblores estroboscópicos, barriendo la superficie del espacio donde bailaban mil personas.
El hombre se hizo sitio junto a una barra balizada con focos. La gente se apiñaba, todos los taburetes estaban ocupados, una doble o triple hilera bebía de pie. El hombre pidió un tango-panaché. Un barman de mirada dura le alargó la carta de bebidas, en la que no figuraba aquella mezcla. Cruzaron dos o tres gestos y el otro le trajo una cerveza de importación, tras lo cual quiso cobrar enseguida. El hombre recio buscó otro billete en el bolsillo, en vano, luego registró su otro bolsillo, sacó un gran fajo de billetes de los grandes, atados con una gruesa goma, bajo la mirada dura y bruscamente atenta del barman. Pagó, se guardó la vuelta, se volvió, se adosó a la barra, y ahora se iba a beber lentamente aquella cerveza mirando a la gente que bailaba, a las mujeres que bailaban.
Justo a su lado estaba sentado en un taburete un hombre de gran estatura, un poco más alto que el mismo hombre recio, que, sin embargo, era alto y recio. El hombre de gran estatura era solo alto, se llamaba Georges y su apellido era Chave. A la inversa del recio, estaba de cara a la barra, tenía su vaso delante y observaba maquinalmente al barman, que atendía a los consumidores, dosificaba los líquidos, discutía en los momentos de respiro con un joven pálido de sienes afeitadas, que vestía una cazadora de ante con flecos, sentado al otro extremo de la barra.
Y ahora que tenía un momento, el mozo hablaba otra vez con el joven, señalando con la mirada al hombre recio. Parecía hablar en voz baja, pero, a pesar de la música, el joven parecía entenderlo: se deslizó del taburete, avanzó pausadamente a lo largo de la hilera de consumidores para acercarse al hombre recio y decirle algo que Georges Chave no pudo oír.
El hombre recio se sobresaltó, quiso retroceder, chocó con la barra. El joven movió de nuevo los labios y luego, súbitamente, escondida entre ellos en medio del gentío oscuro y el ruido, Georges Chave vio brillar una navaja cuya hoja refractaba un haz fugitivo de luz amarilla. Producido no se sabe por qué, hubo entonces un revuelo entre el público y Georges Chave chocó bruscamente con el hombre recio, que dio un traspié y al que quiso sujetar el joven agachándose debajo de Georges Chave, el cual movió entonces secamente la pierna para aplastar con el pie la nariz del joven, que empezó a gritar algo inaudible, llevándose las manos a la cara, mientras se perdía la navaja bajo las suelas de los que bailaban. El hombre recio miró brevemente al hombre alto y se alejó de la barra, corriendo hacia la escalera, abriéndose un brutal camino de jabalí por entre las mujeres que bailaban. Georges Chave corrió tras él, alcanzándolo en el vestíbulo.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Necesita ayuda?
El otro lo observó, con los ojos muy abiertos, inmóvil.
—Crocognan —dijo—. Crocognan.
Crocognan no es nada, no es un nombre, no quiere decir nada. Pero aquella nada dio un paso atrás, otro, más aprisa, se volvió, desapareció, y Georges Chave bajó de nuevo la escalera, regresó a la barra. El barman le sirvió como si tal cosa, el joven de la navaja había desaparecido, era como si no hubiera ocurrido nada. Georges salió del local sobre las seis de la mañana, y algo más tarde se comió unos croissants en un café del bulevar Magenta, y a eso de las siete y media pasó por la plaza de la République, frente al cuartel de bomberos, donde a veces se instalan algunas adivinas con sus roulottes. Había precisamente dos y una de ellas tenía abierto. Llamó a la puerta.
—Son raros los hombres que consultan a una adivina —dijo la señora Tirana—, sobre todo a estas horas. Pase.
Ofrecía varias técnicas; Georges optó por la bola. Pero, apenas sentado, lo invadió sin avisar el cansancio de aquella noche y al instante empezó a respirar pausadamente, con los ojos cerrados y la cabeza suavemente inclinada a un lado. La adivina levantó los ojos de la bola, miró a Georges, luego volvió a mirar la bola frunciendo las cejas, luego otra vez a Georges y de nuevo la bola, pensativa, con dos dedos en la barbilla. Da igual, se lo digo, masculló, levantándose. Dio la vuelta a la mesa, se acercó a la butaca, se inclinó hacia el hombre dormido.
—Tendrá un encuentro —le sopló bajito al oído—. Y hará un viaje, un viaje corto. Y además ganará mucho dinero.
Georges gruñó un poco, acurrucándose en la butaca. La adivina le dirigió una mirada de ternura y le echó una manta sobre las piernas; luego salió sigilosamente de la roulotte, cerrando sin ruido la puerta para ir a llamar a la de la roulotte vecina; su comadre la hizo pasar y le preparó un poco de café cuyos posos examinaron ambas.