Cherokee
Capítulo 2
Georges Chave tenía un coche alemán azul que se averiaba con frecuencia. Cuando estaba averiado, Georges Chave iba a pie, como aquel día por la calle del Temple, en que había conocido a Véronique. La cosa había sido realmente sencilla. Por ejemplo, le había preguntado la hora, ella había respondido que su reloj adelantaba, él insistió en que cualquier hora valía. Poco después, sabía que se llamaba Véronique. La había acompañado un rato, hasta el jardincito del Temple, que está plantado de árboles de especies bastante diversas. La invitó, quiso darle su dirección, buscó en sus bolsillos sin encontrar otro papel que un ticket de metro nuevo, y ella, para escribir, solo tenía su lápiz de labios; formatos incompatibles. Dijo que se acordaría de las señas, mañana a las tres. Se despidieron, se volvieron uno hacia otro. Ella llevaba una falda de terciopelo abrochada a un lado, una chaqueta de recia lana beige, y ahora era mañana a las dos y Georges estaba —ya— sentado junto a su ventana.
Vivía al principio de la calle Oberkampf, en una casa contigua al Cirque d’Hiver. Los inquilinos eran de procedencias muy diversas; según su meridiano y sus hábitos respectivos, sus horarios se superponían, se oponían o se confundían en un ciclo ininterrumpido, como un desfase horario permanente, inmóvil. Cada instante era un contrapunto de palabras y músicas egipcias, coreanas o portuguesas, servias y senegalesas que se anudaban entre sí, se trituraban unas contra otras como granos en un molino, y por encima de todo ello subían ciertas noches los bramidos recogidos de los elefantes del circo próximo, los gritos de amor de los linces, y a los aromas polícromos de las cocinas de la casa, cuyas ventanas abiertas dejaban escapar también las animadas conversaciones a la luz de las bombillas desnudas, se superponía la fragancia intensa de las fieras, como una aceituna en un vermut.
Eran dos cuartos oscuros los que ocupaba Georges en el segundo piso; daban a una especie de pozo. Una pared entera de uno de ellos estaba ocupada por discos, cuatrocientos sesenta y ocho discos exactamente, sobre todo música de jazz grabada entre 1940 y 1970, que abarcaba la casi totalidad de los catálogos Prestige y Riverside, lo esencial de la Blue Note, una selección completa de las demás firmas y todos los que Georges había comprado en Holanda, encargado en Suecia, más las grabaciones piratas, las importaciones japonesas, así como los discos de marcas desconocidas, grabados en cocinas, con fundas hechas a mano, que enviaba a Georges un amigo americano.
Solo la ventana de la cocina veía el sol, dominando un patio bastante grande con unos adoquines extraordinariamente irregulares, como arrojados en desorden y abandonados allí, que comunicaba con la calle por una puerta cochera abombada en cuyas paredes estaban pintadas en rojo contraseñas turcas. Desde la cocina, más allá de aquella puerta, Georges podía observar un trocito de acera de la calle Oberkampf, en un marco trapezoidal cruzado por piernas de mujeres, piernas de hombres, mitades de niños, perros enteros. Las tres y cuarto: el cuerpo completo de Véronique avanzaba por el trapecio.
Véronique cruzaba el patio con precaución, vigilando sus tacones entre los adoquines, sin ver a Georges en su ventana, que la cerró enseguida, la abrió de nuevo, bajó la voz de la radio que gritaba si te quiero (clac), qué problema (clac-clac), ya que mientes (clac) sin cesar (clac-clac), y mis sollozos para ti (bum, bum) son como el viento, y Georges enderezó un cojín, se vio en el espejo, cerró la puerta del cuarto de baño, subió otra vez el volumen de la voz que ahora se quejaba de que grande es la pena bajo la higuera bífida, larga es la espera bajo el mango lánguido y el tedio acecha al pie del datilero, luego llamó Véronique, Georges abrió, entró ella, él abrió los brazos y pasado mucho rato la estaba besando aún y hablaba suavemente entre sus cabellos, mientras la voz murmuraba que rojos son el labio y la uña y azul la espuma del mar, que todo está claro, todo está claro.