Cherokee
Capítulo 16
Érase una mujer de cuarenta y seis años que bajaba por el bulevar Magenta, por la acera de la derecha, con un vestido de lana y un abriguito pardo, hacia las once de la mañana. Pasaba junto a los escaparates, deteniéndose alguna que otra vez, y por el movimiento incesante de sus labios se hubiera podido creer que leía para sí misma los eslóganes y los precios, pero, si alguien se hubiera acercado más a ella, la habría oído repetirse a media voz la receta de los espaguetis carbonara.
Se llamaba Liliane Bock, y su marido la había conocido en el Macizo central. Después se habían mudado de la montaña a la gran ciudad. Graduado en derecho, Bock había realizado algunos períodos de pruebas en el despacho de algún procurador judicial, en agencias inmobiliarias y en asesorías jurídicas antes de encontrar su colocación más estable en la agencia de Benedetti. Durante este tiempo Liliane y él pasaron por diversas viviendas desalentadoras, antes de fijarse en la Cité de Wauxhall, muy cerca de République. Ya casi había llegado, ahora. Había grandes atascos debido a importantes obras en la calzada a la altura del mercado de Saint-Quentin, y la circulación compacta de los vehículos arrojaba una lluvia de gases a las aceras.
En el número 20 de la Cité del Wauxhall, Liliane subió los sesenta peldaños que separaban de la corteza terrestre las tres habitaciones que compartía con Bock. Este estaba inclinado sobre una maleta abierta colocada en el lecho conyugal, llena de ropa interior y exterior arrugada, con un neceser de ángulos completamente agrietados y un libro de bolsillo nuevo dedicado al triángulo de las Bermudas.
—Voy a hacer pasta —anunció Liliane—. ¿Te marchas?
—Me parece que me olvido de algo —dijo Bock—. No sé de qué.
—¿Comerás un poco de pasta? ¿Pasará Christian a recogerte?
—Sí —dijo Bock—. No sé de qué me olvido.
—La camisa gris.
—Sí —dijo él—. No. Está para lavar.
—La otra gris, entonces.
—Eso es, la otra gris.
—Te la traigo —dijo Liliane—. Y los medicamentos.
Salió de la habitación. Bock fue hacia su colección. La colección se apoyaba en una tabla grande sostenida por un caballete. Reconstruía, miniaturizadas, la batalla de Rívoli (1797, a la izquierda) y la del Paso de Susa (1629, a la derecha), o sea dos veces dos ejércitos enfrentados, con la representación de todos los cuerpos en todos sus detalles: no faltaba nada de nada. Sin hablar de los accesorios, había allí al menos cuatrocientos soldados de plomo, dispuestos en tal o cual fase del combate. Bock variaba de vez en cuando las posiciones de los adversarios, siguiendo por regla general el orden histórico preconizado por los estrategas, pero a veces daba también su opinión sobre un detalle de la maniobra, probando jugadas como en el ajedrez. Levantó los frunces de papel Kraft que representaban los montes Genèvre y Cenis, entre los que se escurre el Paso de Susa, quitó un estuche pequeño de gamuza que estaba allí y volvió a colocar las montañas en su sitio. El estuche contenía una pistola de repetición automática, calibre 7,65, de nueve disparos, modelo Le Français, fabricada en 1964 por la casa Manufrance. Luego, al otro lado, desplazó el papel de plata retorcido que figuraba el Adigio, en el que se halla la ciudad de Rívoli y debajo del cual descansaban dos cargadores. Metió este material en el fondo de la maleta en el momento en que Liliane volvía a la habitación, alisando entre dos dedos una arruga del cuello de la camisa.
—¿No se te ocurre qué me puedo dejar? —preguntó Bock.
—No pienses más en eso —dijo Liliane—. Siéntate, descansa, estate quieto. He puesto el agua a hervir. Ya no hay más que esperar a Christian; a lo mejor toma algo con nosotros, si le apetece. ¿No iréis a salir tan mal parados como la última vez?
—No —respondió Bock—, no hay peligro, ningún peligro.
Pero Ripert llegaría tarde, demorándose con un tal Roger Briffaut, que lo había citado de improviso en una tienda de discos de los Campos Elíseos. Roger Briffaut había abrazado precozmente la condición de confidente de la policía, concediendo ocasionalmente sus favores a relaciones más o menos vinculadas con aquella profesión, como Christian Ripert. Era un joven de semblante descontento y cuerpo achaparrado, con una reluciente raya al lado y casi sin cuello, el imprescindible para una corbata a cuadros negros y blancos muy apretada.
Al entrar Ripert en la tienda, Roger Briffaut había emitido un largo silbido plácido de una sola nota. Después había formado una pila de quince discos que había tendido a Ripert sin decir palabra. Ripert había llevado la pila a la caja, había pagado los discos y había devuelto la pila a Briffaut, quien declaró en el acto que había oído hablar del llamado Chave, el cual parecía haberse juntado con un tal Gibbs, que tenía la mirada puesta en una historia clásica de herencia de la que el confidente pretendía no saber nada con certeza, salvo que podría tramarse algo por los Alpes del sur. Ah, bien, muy bien, dijo Ripert, gracias, hasta la próxima. Briffaut respondió a esto con un bisbiseo entre dientes, tras lo cual aseguró los discos bajo el brazo.
No quedaban más que dieciséis espaguetis fríos pegados al fondo de un recipiente de pyrex cuando Ripert llegó a casa de los Bock. Venga, dijo, nos vamos, expediente Ferro, te lo explicaré por el camino. A los veinte minutos salieron de París por la Porte d’Orléans, conduciendo a buena marcha un GS amarillo canario hacia los Alpes del sur.
El GS se mantuvo a una velocidad decente hasta el Morvan, donde hay cuestas, subiendo las cuales empezó a aflojar anormalmente; luego ya no corría ni en las bajadas, y finalmente no pasó de sesenta y cinco ni en terreno llano.
—Pero ¿qué le pasa? —exclamó Ripert—. Cualquiera diría que va frenado.
Recorrieron aún unos cincuenta kilómetros así; todo el mundo los adelantaba; Ripert no podía más.
—Nos volvemos —decidió Bock—. Es inútil seguir así. De todas formas, con lo retrasados que vamos…
En el cambio de dirección de Mâcon dieron, pues, media vuelta y volvieron hacia París a su velocidad de rodaje.
—No nos vamos a morir de asco —dijo Ripert—, con lo que va a durar esto. Pararemos en todas partes. Restaurantes. Todo. Visitaremos Vézelay. ¿Has estado en Vézelay? ¿No te dice nada?
—Acuérdate de lo que dijo el otro día.
—¿Qué? ¿Quién?
—Benedetti. Las notas de gastos. Antes vamos a llamarlo. Para en la primera estación de servicio, ahí, en el primer restaurante, restauroute, no sé cómo se dice.
Ripert había refunfuñado, y luego se había callado. Bock también. Y subieron hacia el norte, llevando una velocidad media de Solex engreído, mientras pensaban en el destino, en su destino, en el de Georges Chave, juzgando que este último, a estas horas, habría llegado ya a la casa de Marguerite-Elie.
En lo cual se engañaban, ya que, cinco horas antes, Georges Chave y Ferguson Gibbs se hallaban aún en Ivry-sur-Seine, pero en los límites de Ivry, lejos de la casa de Fernand. Con la esquina de una calle empalmaba un camino en el que se injertaba un callejón sin salida, al fondo del cual un portalón abierto descubría un gran taller oscuro. Los restos de varios coches se amontonaban en un rincón, junto al cual un Panhard y un Saab, en estado ruinoso, parecían en tránsito, en espera, pendientes de decisión. Una luz sintética caía de las hojas onduladas translúcidas amalgamadas en la fibra de vidrio del techo. A la izquierda había un elevador nuevo, de colores todavía alegres, a la derecha, un recinto aislado con placas de plástico grueso manchadas de pintura. Entre ambos se extendía un banco de trabajo lleno de tornos, herramientas, motores enteros o a trozos, cajones grasientos que contenían piezas, bidones taponados con trapos negros, panoplias de llaves fijadas en la pared por orden decreciente como saxofones entre varios calendarios del año en curso, ilustrados con fotografías de mujeres desnudas en coches descapotables. En el centro del banco, unos mechones rebeldes de pelo rojo remataban una ancha espalda enfundada en un mono de trabajo azul, y un brazo corto y rechoncho golpeaba violentamente un objeto a martillazos que resonaban con estridencia en el taller.
Georges tosió entre dos martillazos; Pellegrin se volvió. Aflojó rápidamente el torno que tenía delante, sacó el objeto mártir y se lo metió en la boca empujando con fuerza, consolidando la cimentación de la dentadura que se había fabricado él mismo con un movimiento brusco, una breve sacudida, igual que hubiera comprobado la solidez de un cardán.
Se acercó a ellos, moviendo la cabeza con expresión de desconfianza. Georges no estaba nunca realmente seguro de que Pellegrin lo reconocía en sus sucesivas visitas, espaciadas pero regulares. El hombre se expresaba con una familiaridad hosca que autorizaba todas las hipótesis al respecto.
—¿Se acuerda de mí? —quiso saber una vez más Georges.
El hombre del mono volvió a mover la cabeza —lo cual podía significar sí lo mismo que no, lo mismo que eso no importa, al grano— a la vez que dirigía al pelirrojo Gibbs una mirada ruda, rival y solidaria.
—El Volkswagen —recordó Georges—. El azul.
Con la evocación de aquel vehículo, el mecánico cerró los ojos con una expresión dolorosa y compasiva, medio volviéndose como si se fuera a marchar.
—Bueno, no importa —dijo Georges—. ¿No tendría por casualidad otra cosa, lo que fuera?
Pellegrin movió de nuevo la cabeza —cada vez de modo distinto— y les hizo dar la vuelta al taller, detrás del cual estaban aparcados un Ford Transit azul celeste en estado de uso, un Fiat 600 gris mal pintado y un 204 oxidado con matrícula corsa.
—Este —dijo Georges.
Pellegrin dijo un precio —le oyeron la voz—. Gibbs pagó. A los quince minutos, iban a salir a su vez por la Porte d’Orléans, donde hicieron una parada para llenar el depósito de gasolina. Gibbs salió a vigilar la operación. El empleado de la gasolinera era un hombre jovial. De todo su ser emanaba una animosa jovialidad.
—Córcega —exclamó al ver la matrícula—. Y usted aquí. Con este tiempo de perros. Cuando en Córcega tiene el sol, el buen sol, el sol cálido, el buen calor del sol.
—Sí —dijo Gibbs—, tiene razón.
—Tiene el sol, tiene…, qué sé yo.
—Es verdad, es verdad.
—Allá —supuso el de la gasolinera en voz más baja, en otro tono y sin parecer sensible al débil pero real acento inglés del inglés— lo que falta es trabajo, ¿no es verdad?
—Desde luego —reconoció Gibbs—, existe el problema del trabajo.
—Le advierto —observó el otro— que es el problema de las islas en general. Son ciento sesenta y cinco francos con veinte.
Otros quince minutos más tarde, tras abrirse paso por calles de dirección única congestionadas, seguir un trozo de bulevar periférico donde se podía circular normalmente a esas horas, y recorrer treinta kilómetros de zona suburbana, punto de intercambio nervioso entre la capital y la provincia, la autopista del Sur apareció vacía, casi vacía, y respiraron con más libertad.
—Lástima que no hayamos podido coger el mío —dijo Gibbs—: corre más. Pero esa junta de culata… Y al suyo ¿qué le pasa?
—Un chirrido —dijo Georges.
—Un chirrido no puede ser muy grave —aventuró Gibbs.
—Y esa gente —cambió Georges de tema—, Baptiste y esos, ¿quiénes eran?
No se atrevió a pronunciar el nombre de Jenny Weltman.
—Artistas, creo. Esa gente necesita dinero, ya sabe; yo no los conozco personalmente. Oiga, a esa casa ¿usted también cree realmente que merece la pena ir?
La autopista se quedó casi vacía. De tarde en tarde, cada cien kilómetros más o menos, habían instalado unas mangas de viento con anchas rayas blancas y rojas que daban la medida del viento flojo balanceándose muellemente a lo largo de su mástil como trompas. Cerca de Tournus, unos pictogramas anunciaron un restaurante de autopista que dominaba el tráfico en forma de arco de triunfo esquemático, anguloso, acristalado, perfilándose al fondo de una perspectiva de carriles separados por barandillas metálicas, semejantes a las cintas paralelas de una cremallera. Georges y Gibbs decidieron parar; el 204 se desvió, fue a aparcar a un parking sembrado de pequeñas inmundicias: contenidos de ceniceros, pieles de naranjas y cáscaras de huevos duros, latas aplastadas, reducidas al estado de crêpes deformes en las que se cabalgaban nombres de bebidas competidoras apenas descifrables.
Era el final de la tarde. A su alrededor, más allá de las barreras que delimitaban el no man’s land de la autopista, el campo se dejaba aplastar suavemente por un cielo estriado de filamentos de nubes finas, lechosas, lineales, casi traslúcidas, como de saliva o albúmina, que difractaban unos tonos rosa anaranjados en aquella gran claridad serena, azul pálido próximo al oscuro, en la que se borraban las huellas de reactores confundiéndose por mimetismo con las nubes. A lo lejos, en el declive plácido de un campo de surcos hechos a pluma, avanzaba un tractor imperceptiblemente.
Quitado el contacto, les quedó en los oídos el zumbido del motor, así como conservaron sus riñones por un momento el ángulo de los asientos. Tres escalones de cemento incrustado de gravilla llevaban a una doble puerta acristalada, pasada la cual una escalera mecánica los subió hacia un largo corredor que daba por un lado al tráfico y estaba decorado por el otro con fotografías de monumentos y paisajes locales, con pequeñas vitrinas tras cuyos cristales se enmohecían algunos productos de la región. A mitad del corredor, que se prolongaba hasta comunicar con la otra orilla de la autopista, se abría un pasillo que llevaba al restaurante, donde un camarero de fisonomía rural, que flotaba en una chaqueta de nailon de color violáceo, les sirvió unos filetes de carne dura que nadaban en una salsa acuosa con acompañamiento de verduras indiferenciables. Apenas lo probaron; comieron mucho pan untado de mostaza y luego pidieron un café con ginebra, seguido de otro café y de una última ginebra; luego salió Bock de la cabina telefónica y vio que estaban allí.
Ellos no lo habían visto. Al descubrir tazas de café en su mesa, Bock no quiso correr el riesgo de ir a avisar a Ripert, que lo esperaba en el GS aparcado en el parking opuesto, temiendo que Chave y Gibbs desaparecieran entre tanto. Salió discretamente del restaurante y fue a apostarse a la entrada del corredor opuesta a la que había tomado al llegar. Con una mano en el bolsillo cerrada en torno a la culata de su pistola, aguardó cerca de la escalera mecánica, que giraba vacía.
No esperó mucho tiempo; Georges Chave y el pelirrojo salieron casi tras él del restaurante, sacudiéndose las migas de pan pegadas a la ropa. No levantaron la vista hacia la figura de Bock hasta hallarse a unos diez metros de ella, en el preciso momento en que les gritaba tres breves palabras con voz apagada, oculta la mano derecha en un bolsillo demasiado abultado, con semblante tenso y mirar confuso. Georges agarró a Gibbs de la manga y dio media vuelta, arrastrándolo como un muñeco desarticulado; echaron a correr por el pasillo acristalado por encima de los coches y camiones que se cruzaban y se adelantaban nerviosamente a sus pies. Bock se lanzó tras ellos, dificultado en su carrera por la mano en el bolsillo, sujetando la pistola que no se atrevía a sacar.
En su precipitación, Georges y Ferguson tomaron al revés la escalera mecánica simétrica a la primera y tuvieron que bajar los peldaños cuatro veces más rápido de lo que subían. Bock, absurdamente, quiso seguirlos por la misma vía, resbaló en un peldaño, se agarró del pasamanos, tuvo que dejarse subir hasta el rellano para lanzarse por la escalera fija, perdió tiempo. Cuando apareció en el parking fue para ver, demasiado lejos, a Chave y al pelirrojo que abrían precipitadamente las puertas del GS, donde Ripert fumaba, tranquilamente hasta entonces, consultando un mapa de carreteras extendido sobre sus rodillas. Bock vio cómo Georges sacaba brutalmente a Ripert del coche, cómo Ripert caía con un breve quejido de espanto en el suelo pintado del parking, con el mapa enrollado en el cuerpo y dando con la nuca en un saliente de cemento. Aunque dejó de moverse, Bock vio que el inglés daba la vuelta al coche para ir a propinarle de todas formas dos o tres patadas furtivas, luego el mapa emprendió una especie de vuelo rastrero impulsado por el viento flojo, reptando por el suelo con desdoblamientos espasmódicos como una lombriz gigante criada con maxiton, con el ritmo mecánico, glacial, del sprint póstumo de un pato decapitado. Georges había saltado al volante, seguido del pelirrojo, que se arrojó al asiento trasero del coche amarillo, el cual se precipitaba ahora en dirección a Bock, que se echó torpemente a un lado, tropezó de nuevo y cayó de espaldas en el momento mismo en que el inglés cerraba su puerta; Bock creyó que era un disparo, se vio morir, buscó el dolor por su cuerpo.
Los agentes de lo contencioso parecieron inanimados poco menos de un minuto, a un centenar de metros uno de otro, mientras el ruido de su coche disminuía por el ramal de empalme antes de fundirse en el back-ground homogéneo de la autopista. Bock volvió en sí primero. Se levantó, se acercó a Ripert, completamente tendido en el asfalto rayado de blanco, entre un Range Rover color almendra y un Magirus castaño oscuro. Bock sacudió y luego abofeteó sin método al descalabrado.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? —resolló Ripert, incorporándose en el acto como si Bock acabara de sacarlo de una pesadilla.
—Calma —dijo Bock—. Ya te lo explicaré. Habrá que encontrar otro coche ahora. Espérame aquí; voy a llamar otra vez a la oficina.
—¿Por qué hemos hecho eso? ¿Por qué hemos hecho eso? —preguntaba por su parte Gibbs, escalando el respaldo del asiento no sin dificultades motoras para ir a sentarse delante, al lado de Georges Chave.
Georges se protegió lo mejor que pudo de las rodillas y los codos acerados del pelirrojo. La autopista volvía a ser llana; humeaban campos yermos a un lado y otro; encima, un avión trazaba su línea rayando de blanco el cielo exangüe.
—¿Por qué hemos hecho eso? —reiteró Gibbs acomodándose, enrollando varias veces una pierna en la otra.
Georges no respondió.
—Mire, vacas —dijo Gibbs, mostrando algo a su derecha—. ¿Ha visto las vacas?
—¿Qué le pasa a este coche? —dijo Georges—. No tira. Parece que no tire.
—Esto nos puede crear dificultades —observó el inglés—. La policía y todo eso. Recuerdo que había vacas cuando era pequeño —prosiguió en el mismo tono—, cerca de la casa donde iba de vacaciones. Me gustaban mucho aquellas vacas. Hermoso animal la vaca.
Ocho horas más tarde, siendo noche cerrada, abandonaron el GS en la avenida de la Soeur-Rosalie, en el distrito trece. Luego hubo que discutir un rato sobre su próximo encuentro: más valía primero estar a la expectativa, esperar a que las cosas se calmaran un poco. Para volver a verse propuso Georges un viejo sistema, una idea que había encontrado en algunas novelas. A Gibbs le gustó la idea; le dio dinero a Georges. Se separaron en la estación de metro Nationale. De allí fue andando Georges hasta el primer hotel aceptable, en el que se hospedó y durmió de un tirón hasta la mañana siguiente.