Cherokee

Jean Echenoz · Capítulo 30 de 32

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Cherokee

Capítulo 30

Fred no amenazaba a Georges con su arma. Esta pesaba en su mano sin utilidad práctica, no siendo más que una simple señal, una baliza dispuesta allí para indicar hacia qué lado se inclinaba la relación de fuerzas, si es que alguien se interesaba por aquella cuestión.

Al principio no se dijeron nada. Fred sonreía un poco, sin complacencia, con una única alegría cómplice en la mirada. A su espalda, los tres hombres lampiños vigilaban la escena con la porra. Unas rápidas pisadas crecieron por el pasillo, y entró el cuarto lampiño.

—Se están poniendo nerviosos —anunció nerviosamente—. Haría falta alguien.

—Que los entretenga la chica —dijo Fred—. Que chille un poco más.

—Ya chilla —dijo el lampiño—, ya chilla; hace lo que puede. Pero no hay quien los aguante.

Fred se volvió hacia Gibbs.

—Vaya usted. Dígales algo. Haga un pequeño discurso.

—Eso no estaba previsto —protestó el inglés—. ¿Qué les voy a contar?

—Invente —dijo Fred—. Yo qué sé. Hombre, sí, las verduras. Siempre se ponen contentos cuando ven las verduras. Forma parte del tinglado. Suelo repartírselas al final pero, bueno, por una vez…

—No sabré cómo hacerlo aún —farfulló el pelirrojo.

—Ya me está cabreando, Ferguson —gritó Fred—. Hay que hacer un mínimo, ¿no? Arrime un poco el hombro, si quiere que la cosa marche. Pregúntele al masajista, eso, mire al masajista y haga como él, venga. Pero vaya de una vez.

El inglés se puso tieso, inspiró, quiso mover los maxilares.

—Está bien. Voy a hablarles —dijo con voz insegura—. Allá voy.

Salió seguido del lampiño. Fred se volvió hacia Georges sonriendo de nuevo, guiñó un ojo y luego alzó los dos al cielo, como cuando alguien se queja disimuladamente de su criado o su señor.

—Todo lo he de hacer yo. Se lo he de decir todo.

Hizo señal a los otros tres de que se apostaran en el pasillo. Cerró la puerta y fue a abrir un gran armario muy hondo al otro extremo de la habitación, en uno de cuyos lados se superponían cajones. Fred dejó el revólver en uno de ellos, sacó de otro una botella de bourbon Barclay y dos vasos y de un tercero un diminuto transistor negro y gris de fabricación japonesa con un gran botón rojo encima. Llenó los vasos, se arrellanó en un taburete, con la espalda en la pared, puso los vasos en el suelo y se los señaló a Georges con un movimiento del mentón, mientras manipulaba el transistor, que empezó a emitir música de piano, concretamente Sweet and lovely por el trío Wynton Kelly. Fred desplegó la antena, graduó el volumen y levantó un vaso en dirección a Georges, que hacía girar el alcohol amarillo al fondo del suyo. Bebieron.

—Oye —dijo por último Georges—, esto no puede seguir. ¿Qué es toda esta historia?

—Qué poca confianza tienes —lamentó Fred—. Cálmate. Hasta ahora has hecho lo que hacía falta; has representado muy bien tu papel. Hasta tu pequeña fuga. Fue perfecta. Desviaste la atención exactamente como era preciso.

—Pero ¿qué dices? ¿Qué papel? —se irritaba Georges.

—El que quería que hicieras. No tenías obligación de estar al corriente; incluso era mejor que no lo estuvieras. No intentes comprender, haz lo que te digo, que todo irá bien. Ya verás, no te preocupes por nada, tienes mucho que ganar en esta historia. —Bebió—. Cambiando de tema, ¿qué tal después de tanto tiempo? No has cambiado mucho.

—Tú tampoco. Excepto los cabellos, quizá.

—¿Qué? —dijo Fred, encrespándose—. ¿Qué pasa con mis cabellos?

Pero se dominó, restableció los niveles en los vasos, puso sordina al piano, que ya no era el de Wynton Kelly sino el de Ronnel Bright.

—Ahora sé dónde está el dinero, al final lo he descubierto. Soy el único en saberlo; ni siquiera Gibbs está enterado. ¿Quieres verlo?

Se había levantado y arrastraba a Georges hacia la ventana.

—¿Ves la roca? A la derecha, arriba, ¿la ves? Está allí, en el fondo de un pozo, todo está allí. En fin, puede que no esté todo; digamos que hay bastante. No hay más que bajar. Se puede coger con facilidad; podrías cogerlo tú, si quisieras. ¿Has oído ese ruido?

Era el inspector Guilvinec que disparaba un tiro.

Guiados por Véronique y seguidos por Benedetti, Crémieux y él habían encontrado la habitación de la gran cama de cobre y luego se habían metido solos por el pasillo hasta la sacristía. Los tres lampiños de guardia se habían arrojado enseguida sobre ellos blandiendo sus porras. Los funcionarios habían levantado sus armas de servicio y Guilvinec acababa, pues, de largar un proyectil que rebotó repetidas veces entre las paredes del pasillo antes de caer agotado, completamente deformado por los impactos. Luego se habían batido simétricamente en retirada, se habían refugiado en los rincones, se preguntaban qué iban a hacer.

Sin prisa alguna recuperaba Fred su Taurus del armario. No te muevas, dijo casi maquinalmente, quédate aquí. Georges se encogió de hombros y vació su vaso, mientras Fred iba hacia la puerta, la entreabría. Frente a él, los tres esbirros arrinconados le dirigieron ademanes que expresaban la impotencia y la perplejidad. Más lejos hacia la izquierda, una punta de abrigo de lana negra sobresalía de un ángulo muerto y en un vano flotaban faldones de impermeable verde novísimo.

Fred disparó sin vacilar sobre la tela verde, la agujereó, y Guilvinec masculló coño con tono de irritación, retrocedió demasiado bruscamente contra la pared y su cuerpo dio como un rebote; Guilvinec tropezó, levantó la pierna para recobrar el equilibrio y Fred disparó sobre la pierna, la agujereó, y Guilvinec exclamó coño con expresión de despecho, sin más pasión perceptible que si acabaran de empujarlo con cierta violencia en una acera; no sintió enseguida mucho dolor, pero empezó a caer, y Fred quiso disparar otra vez, pero el abrigo negro empezó a dispararle a Fred, que se volvió prestamente a la sacristía. Pegados a la pared, los lampiños ni se habían movido.

Crémieux dejó su refugio, disparando en dirección a aquellos dos o tres últimos tiros disuasivos, progresando lentamente de espaldas hacia su compañero, que ahora se aguantaba la pierna gimiendo coño coño con expresión de dolor. Arrastrando uno al otro por las solapas del impermeable, desaparecieron por el primer recodo, lejos de la mirada de los lampiños, que se volvían precisamente en el mismo instante, pues Gibbs acababa de surgir por el otro extremo del vestíbulo, con las ropas y los cabellos en desorden y el espanto pintado en el semblante. Irrumpió en la sacristía arrollando a Fred, que acechaba detrás de la puerta.

—Quieren lincharme —relinchó—. No he sabido hacerlo. Ya se lo había dicho.

—¿Qué? —preguntó tranquilamente Fred—. ¿Qué hay?

—Un amotinamiento —susurró el inglés—. Habré dicho algo que los ha disgustado.

—¿Y ella?

—No sé. He salido corriendo. Querían tomarla conmigo, ¿entiende?

Georges se levantó.

—No te muevas —dijo Fred—, prefiero que no te muevas. Si vas allí, será peligroso para ti. Seguro que es el sacrificio, no se ha hecho, eso es lo que ha debido de excitarlos.

—Pero, cojones —se exasperó Georges—, se te ha ocurrido a ti esa puta idea del sacrificio, ¿no?

—Tengo mis contradicciones —reconoció Fred—. Y no seas tan grosero.

La puerta volvió a abrirse y apareció Jenny Weltman. Había corrido, resplandecía, Georges estaba deslumbrado. Hubo un silencio lleno de respeto a su alrededor, solo que era Barry Harris quien tocaba ahora en la radio. La joven fue hacia el armario, lo abrió, se quitó el velo de Hermana detrás de la puerta del mueble, del que sacó ropa que los tres hombres oyeron resbalar por su piel.

Reapareció. La ropa no era tan femenina: una cazadora de aviador en cuero de caballo muy oscuro, un jean 501 descolorido, un jersey de cachemira gris y zapatos de ante negro con bastante punta. Georges seguía mirándola con una expresión extática y tímida y un poco imbécil. Alelado un momento, Gibbs empezó a funcionar súbitamente.

—Nos vamos —gesticuló—. Esto ya ha durado bastante. Encuentre el dinero y vayámonos.

Fred inspeccionó prudentemente el pasillo. Hizo entrar a los lampiños y les repartió armas de puño que sacó de un cuarto cajón del armario.

—Paciencia —dijo.