Cherokee

Jean Echenoz · Capítulo 3 de 32

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Cherokee

Capítulo 3

Georges Chave era, pues, un hombre algo más alto de lo normal, bastante delgado por otra parte, lo cual podía hacerlo parecer todavía un poco más alto. Tenía poco dinero, royendo los últimos huesos de una herencia descarnada, aliñada apenas con un resto desvaído de ayuda pública. Se compraba poca ropa, que era casi siempre de fabricación americana y muy a menudo de segunda mano, y que adquiría en dos o tres puestos, siempre los mismos, de la Porte de Clignancourt. Véronique cambiaría todo eso.

Georges la volvió a ver los dos días siguientes enteros, que eran un fin de semana, y casi todas las noches de la semana siguiente, luego durmió en su casa. Como ella trabajaba todo el día en un despacho de la calle de las Pyramides, no se veían hasta eso de las siete, tras lo cual sus noches les parecían cortas y su despertar temprano.

Georges se pasaba, pues, el día esperando a Véronique. Esta espera le impedía llenar como antes su existencia con una actividad de bares, cines, viajes a los suburbios, visitas hechas, recibidas, devueltas, novelas, sueños imprevistos, aventuras provisionales. Luego, siempre quería regalarle a Véronique flores, joyas, ropa, en particular un vestido amarillo que había visto en la plaza de las Victoires. Descubrió, con despecho, y tuvo que admitir luego, que carecía de dinero para ello y que sin Véronique, y casi sin advertirlo, esta situación habría podido eternizarse.

Un jueves, con una maleta en la mano, salió Georges de su casa a las nueve de la mañana, tiró calle Oberkampf arriba hacia la estación de metro Oberkampf, donde se embarcó rumbo a la Porte d’Italie. Después de la Bastille, el tren subió a airearse un poco por el Quai de la Rapée, volvió a hundirse y ascendió de nuevo como siguiendo el perfil de unas montañas rusas sepultadas, saliendo al aire libre para darle la vuelta a la Morgue, por cuyas ventanas esmeriladas se adivinaba a hombres de bata que efectuaban horribles comprobaciones, luego giró bruscamente hacia el Sena por el puente de Austerlitz. Sureste o noroeste, los pasajeros se volvían entonces hacia las ventanillas y contemplaban el paisaje fluvial, limitado respectivamente por los arcos superpuestos del puente de Bercy y la trivialidad plácida del puente Sully entre los que, lentamente, flotaban apenas algunas chalanas cargadas de materias primas.

En la plaza de Italie, Georges subió al aire libre por una escalera mecánica monumental y luego anduvo hacia el este, por avenidas bordeadas de altos edificios, parques cuidados en torno a fundaciones filantrópicas de ladrillo rojo, pequeños comercios vetustos, zonas de construcción o de derribos, supermercados recién estrenados.

Su maleta pesaba, nada pesa más que los libros. Cruzó el barrio chino, que no proliferaba en gritos breves, música agria, rincones oscuros, trastiendas, olores inesperados, ideogramas y farolillos, sino que consistía en altas y largas líneas de edificios grises, cual buques en cuarentena varados a ambos lados de la avenida como un dique a cuyo alrededor iban y venían, semejantes a chalupas, coches abarrotados de hombres amarillos. Un puente pasaba luego sobre el bulevar periférico, donde rezongaba en ocho filas un ganado forzado que pugnaba en su óxido, del que se escapaban, apenas perceptibles, por los deflectores abiertos, filamentos de autorradios. Después se llegaba a Ivry; un chaletito gris subsistía al fondo de un pasaje, protegido por una puerta de hierro que se abría mal y cerraba mal y cuyos dos pilares estaban adornados con un par de grandes dados de cemento apoyados en un ángulo. Georges franqueó la puerta, dio la vuelta a la casa por un camino estrecho obstruido por un gigantesco cadáver de glicina y llegó a un diminuto huerto cuadrado al que daban sombra los altos edificios circundantes y en el que crecían alineadas unas cuantas hortalizas decididas.

Un hombre de sesenta y cinco años gritó algo desde dentro; luego fue a abrir la vidriera de la cocina. Georges entró; había un fuerte olor a perro o más bien a perros, con uno por lo menos mojado. Pero no había perros, como tampoco había gallinas en el gallinero ruinoso, apuntalado en una pared al fondo del huerto.

—No tenías que venir —dijo el hombre.

Iba vestido con una espesa sedimentación de tejidos: chaqueta, chaleco, camisa, camiseta, de escotes decrecientes, y color de hierro, bronce, petróleo, antracita, con un ancho pantalón caqui de antiguo corte colonial, sostenido con gran cantidad de botones.

Georges dejó la maleta sobre la mesa y fue sacando una veintena de libros, que eran novelas de Georges Ohnet, Paul Reboux, Claude Farrère, biografías de Barrès, Barbès, Barbusse, estudios históricos, testimonios históricos, novelas históricas, con la colección encuadernada de la publicación de 100 Chistes correspondiente al año 1964.

—Eso es todo lo que he encontrado, Fernand —dijo.

Fernand evaluó el lote murmurando ceros. Déjalo, dijo Georges, los he conseguido por nada. No, no, exclamó el sexagenario. Sí, hombre, dijo Georges. Bueno, dijo Fernand, ¿querrás un café? Se tomaron un café. ¿Y cómo van las cosas?

—Así, así —respondió Georges—, hay días de todo.

—¿Buscas algo?

Georges movió levemente los hombros.

—Es que no puedo hacer nada por ti —dijo el hombre—. Yo ya no veo a nadie, ya no sé nada. Date cuenta —se animó de pronto—, yo conocí a Javel, conocí muy bien a Pons, yo fui quien descubrió a Sapir, todavía tengo en la cabeza todas las cuentas de Roux-Flacelière. ¿Qué más? Trabajé para las hermanas Jones, para Gaston d’Argy, para Paul, y aquí me tienes, un viejo imbécil sin retiro, sin nada. Podredumbre —pataleó débilmente—, sífilis y panadizos.

—No te amargues la vida —dijo Georges—. Olvídalo, son cosas viejas.

Pero Fernand se volvió de súbito hacia él, con la mirada viva y un dedo en alto:

—¿Y Benedetti? Me olvidaba de Benedetti. Vete a ver a Benedetti, sencillamente. ¡Con las veces que te lo han dicho!

—Es verdad, después de todo —dijo Georges—. ¡Con las veces que me lo han dicho!

—¿Y Fred? ¿Tienes noticias suyas?

—A Fred no lo quiero ver más —dijo Georges.